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Un recorrido por la historia de la Joya de Payson Sheets

María Luz Nóchez y Élmer L. Menjívar

El descubridor de Joya de Cerén hizo un recorrido por el sitio arqueológico descubierto hace más de 36 años y declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad. Sheets recuerda cuando, al datar su hallazgo, supo que en esta zona cercana a San Juan Opico había una historia de 1,400 años de antigüedad. “¡Aquí está el resto de mi vida profesional!”, se dijo.

ElFaro.net / Publicado el 31 de Marzo de 2014

El Arqueólogo Payson Sheets en el sitio Arqueológico Joya de Cerén. / Foto de Fred Ramos.

El Arqueólogo Payson Sheets en el sitio Arqueológico Joya de Cerén. / Foto de Fred Ramos.

Podría creerse que nada en Joya de Cerén puede sorprender a Payson Sheets, pero resulta que su capacidad de asombro se mantiene intacta y dispuesta. Entramos juntos al museo en el sitio arqueológico y justo al atravesar la puerta suelta un efusivo “¡Qué maravillla!”, y se acerca con los brazos abiertos y la mirada iluminada a la maqueta del sitio recién instalada en el centro de la sala única del museo.

—¿Quién la hizo? –pregunta con entusiasmo.
—De una universidad –responde una de las guías del museo y del sitio– no me acuerdo de cuál…

El nombre de la universidad no está por ningún lado. Sheets se ha quedado contemplando la maqueta con curvas de nivel de cartón, examina con evidente curiosidad el pasto hecho de aserrín pintado y los árboles que son en realidad retoños secos, se agacha para mirar debajo del techo de paja de los pequeños ranchos que ubican las estructuras principales que han sido excavadas. En un extremo donde las curvas del cartón alcanzan su nivel más bajo, unas gordas pinceladas de témpera azul claro representan al Río Sucio. Aparentemente aprueba la maqueta y, si no, se reserva sus críticas, que seguro las tendrá, pues nadie como él conoce cada metro cuadrado de este sitio arqueológico que la humanidad pudo reclamar como patrimonio gracias a su descubrimiento hace más de 36 años. Sheets fue el descubridor. Es el descubridor.

Se apropia inmediatamente de la maqueta y la utiliza para contarnos algunos detalles de cada estructura, cómo fueron saliendo de la tierra, las estructuras aún sin excavar que admite no deberían estar ahí y que, en cambio, debería incluirse el sacbe (o camino blanco) que empezaron a excavar entre junio y agosto del año pasado. Señala, además, la presencia del Río Sucio, haciéndole honor a su nombre por la descarga de químicos que recibe de las fábricas ubicadas en la zona.

La sorpresa ha sido el factor constante en su vida. La historia es por más conocida. Él estaba haciendo un reconocimiento del Valle de Zapotitán y unos campesinos de la zona lo invitaron a que hiciera un reconocimiento del lugar. Sheets no fue el primero en visitar los vestigios que quedaron al descubierto con el corte de la máquina excavadora. En 1976, cuando fue descubierto, los dueños del terreno se pusieron en contacto con el Museo Nacional de Antropología. Los investigadores llegaron, pero no le dieron mayor importancia. Hubo un segundo antropólogo que llegó a explorar y aunque le pareció impresionante, no contaba con los fondos para echar a andar un proyecto. Dos años más tarde, Sheets entró a la escena y al recibir la data de las muestras que extrajo para comprobar la época de origen de lo que había presenciado supo que el azar al que está supeditado la vida de un arqueólogo había encontrado su primer hito. “Cuando yo recibí la data de las muestras y estas revelaban que tenían una edad de 1400 años dije “¡Uauuu, aquí está el resto de mi vida profesional”.

Frente a él, pero del otro lado del prototipo, lo escucha con atención Francine Mandel Sheets, su esposa y uno de los grandes pilares para su investigación. “Ella fue mi novia en Chalchuapa, muy loca ella”, dice entre risas al momento de presentarla. Curiosamente, sus caminos se cruzaron aquí en El Salvador, cuando ambos se habían enlistado en un proyecto de la Universidad de Pennsylvania que tenía como sede la ciudad de Chalchuapa, en donde se habían instalado para realizar investigaciones en el sitio arqueológico Casa Blanca. Nunca se habían visto y desde entonces han sido casi inseparables. Los únicos momentos en los que no ha estado a su lado fue cuando a finales de los 80, por motivo del recrudecimiento de la guerra y de seguridad para su familia, él optaba por viajar solo.

Al contrario de sus colegas arqueólogos, Sheets ha tenido siempre claro que el diálogo debe trasladarse a los habitantes de la comunidad en donde está ubicado el sitio en investigación. Para el caso, lejos de buscar su comodidad en hoteles o una casa con el confort posible en la capital, buscó un terreno en la zona, lo compró y lo convirtió, además, en el laboratorio de investigación para todos los científicos y estudiantes que han colaborado con él en el proyecto, desde hace 36 años. La intención no es solo hacerlos sentir orgullosos por el patrimonio que los rodea, sino también para involucrarlos en el proceso de conservación y restauración. “Cada vez que encontrábamos una nueva estructura en la comunidad celebraban con cuetes de vara, cuando los escuchan en la comunidad ya saben que hay un nuevo descubrimiento... En Estados Unidos están prohibidos los cuetes de vara, son muy aburridos allá”.

El éxito y el reconocimiento que trae implícito el ser nombrado el descubridor de Joya de Cerén no ha dejado que le infle el ego, y aprovecha la oportunidad para dar el crédito que se merecen a Salvador Quintanilla, quien era el dueño del terreno que ahora conocemos como el sitio arqueológico. Le agradece por el trabajo constante durante casi cuatro décadas a cargo del mantenimiento, restauración y la correcta conservación de las estructuras. Quintanilla es hoy en día el anfritrión en el sitio, es el que puede contar la historia de este descubrimiento porque estuvo en primera fila y ahí se ha mantenido hasta la fecha como un centinela. "Él consiguió  a Zanate y Cubano, fíjense en los nombres, que halaron la carreta en la que colocamos el radar (de penetración terrestre) que nos permitió obtener la data muy limpia de las anomalías (estructuras). Los geofísicos del Servicio Geológico de Estados Unidos estaban sorprendidos, nunca habían visto algo así, porque ellos utilizan el radar atado a un pick up o un helicóptero, y la vibración que estos generan hacen que la imagen salga con mucha interferencia. Nos pidieron que lleváramos a los bueyes para allá y yo les dije 'Lo siento, viven en un país muy desarrollado".

Un sofisticado radar de penetración terrestre del Servicio Geológico de Estados Unidos fue maniobrado por Zanate y Cubano, los dos bueyes que halaron la carreta guiada por Salvador Quintanilla durante las exploraciones inmediatas al descubriemiento de Joya de Cerén hace 36 años. / Foto proporcionada por la Editorial Universitaria de la UES. / Foto proporcionada por la Editorial Universitaria de la UES.

Un sofisticado radar de penetración terrestre del Servicio Geológico de Estados Unidos fue maniobrado por Zanate y Cubano, los dos bueyes que halaron la carreta guiada por Salvador Quintanilla durante las exploraciones inmediatas al descubriemiento de Joya de Cerén hace 36 años. / Foto proporcionada por la Editorial Universitaria de la UES.

Otra mención que Sheets hace con insistencia es para Zulma Ricord de Mendoza, a quien le aplaude por su visión y apoyo para llevar la propuesta de este lugar hasta la Unesco para que fuera declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad. “Sin ella no hubiera sido posible. Yo le expliqué el descubrimiento a y ella entendió que era importante, diferente y nos sentamos a conversarlo. Yo le ofrecí información, fotografías y todo eso. Pero oficialmente tiene que ser una persona del país quien hace la propuesta para el nombramiento”.

El encuentro entre Mendoza y Sheets se produjo en 1986, cuando el caso le fue remitido a ella, Directora del Museo de Historia Natural, porque nadie en el Muna podía atenderlo. No sabían inglés. A partir de entonces empezaron a trabajar de la mano. Aunque el Estado nunca apoyó con presupuesto, la funcionaria se encargó de facilitarles todos los permisos que necesitaran, ya fuera para realizar las excavaciones o para extraer muestras y trasladarlas a Estados Unidos para que fueran analizadas en laboratorio. Su incidencia en la declaratoria va más allá del papeleo. También se encargó de hacer el cabildeo con el representante de El Salvador en la Unesco, de capacitarlo y resolver las dudas que surgieran para que al momento de enfrentarse a sus pares tuviera la certeza de la importancia de que Joya de Cerén fuera declarado Patrimonio de la Humanidad. “La Unesco recibe miles de propuestas cada año, y en 1993 solo la nuestra fue aprobada”, recuerda el arqueólogo en este recorrido de la semana pasada.

Payson explica que la declaratoria se aprobó en un año, aunque el proceso suele tardar dos, como mínimo, debido a que lograron sustentar ante la Unesco la particular fragilidad del descubrimiento, y que era urgente su protección para poder conservarlo bajo el resguardo manifiesto de la humanidad. 

Sheets insiste en lo fundamental que ha sido la figura de Mendoza, ya que no necesariamente que un país tenga una rica tradición arqueológica significa que el reconocimiento será inmediato. Para ejemplificar trae a colación el caso del sitio arqueológico que se llama Tetimpa, en el lado Este del volcán Popocatépetl, en México. El descubrimiento de un pueblo enterrado por una capa de ceniza volcánica y su declaratoria como Patrimonio Nacional se ha visto frustada por la utilización que distintas empresas dieron a la ceniza para hacer bloques de cemento. "Ellos son muy buenos arqueólogos y han luchado para que se dé la declaratoria, pero incluso han sido amenazados".

—Cada vez que usted habla de Joya de Cerén lo hace de la misma manera en que un padre orgulloso habla de su hijo. ¿Ha sido una crianza en conjunto con el Estado salvadoreño?
—Yo nunca he pedido dinero para investigación o análisis. Yo creo que esto es mi responsabilidad. Más que todo, el apoyo vino de la Fundación Nacional de Ciencias (National Science Foundation) y el año en que estábamos haciendo excavaciones y análisis y muchas investigaciones, necesitamos como 90 mil dólares. Es costoso. Pero el gobierno nos ha ayudado en varias cosas. Nos han donado el techo para unas estructuras, la primera dama Margarita de Cristiani, por ejemplo. Nunca vamos a excavar una estructura antigua antes de tener un techo y drenaje.

A pesar de que en ocasiones hasta le ha tocado sacar dinero de su propio bolsillo para costear parte de las investigaciones, Sheets no se siente el dueño de su descubrimiento. Sabe que eventualmente no podrá seguir haciéndose cargo. Tiene 70 años. Y lejos de sentirse el elegido para declarar a un sucesor, delega esa tarea al gobierno salvadoreño. “Es muy importante que salvadoreños estén involucrados y por eso cada año yo tengo al menos un estudiante. Yo voy a seguir investigando para unos años más, pero no puedo seguir más que 10 o 15 años. Y son varios. El sitio es salvadoreño y yo soy extranjero. Ellos mandan, ellos van a decidir. Seguro que va a ser alguien muy conocido y dedicado a la conservación”.

Esta descentralización, sin embargo, no implica el corte del cordón umbilical que lo une a su primer hijo, y desde ya ha entregado un plan de manejo detallado para el sitio y los lugares que están alrededor, en donde no duda que haya más estructuras enterradas. Como medida previsoria también está entrenando a profesionales salvadoreños y extranjeros. Y, por sobre todas las cosas, ha empezado a decir en cada conferencia y oportunidad que tiene la importancia de empezar a evitar que se sigan deteriorando los vestigios. Por eso, insiste, para el futuro de Joya de Cerén hay que poner un repello de sacrificio (una mezcla de arcilla, ceniza volcánica y tierra) para que las sales destruyan el repello puesto recientemente y no el material original. “Si alguien decide no hacerlo, esto es una decisión de permitir la destrucción de este sitio”.

Joya de Cerén es un sitio frágil porque es un sitio único en el mundo. Es un descubrimiento que requiere más explicaciones que otros sitios arqueológicos, porque no se trata de estructuras monumentales como las pirámides, los palacios o sendas obras de ingeniería que maravillan a simple vista. Lo que Joya de Cerén muestra son los restos de las casas de una aldea donde se desarrollaba la cotidianidad de la gente del pueblo. Esta cotidianidad fue "congelada" en el tiempo al ser súbitamente cubierta por las cenizas de una erupción volcánica que presuntamente hizo salir huyendo a los habitantes, que dejaron escenas domésticas en pleno desarrollo: alimentos cocinándose o almacenados, herramientas propias de la labranza de la tierra, utensilios de uso diario en casas de bahareque, cuyos cimientos y paredes llegaron a nuestros días en un estado que les permite contar cómo es que vivía la gente común hace 14 siglos, qué comían, cómo construían, con qué materiales y cómo distribuían los espacios privados y comunitarios en que habitaban.

Payson no necesita una excusa para viajar a El Salvador, se siente tan cómodo acá que quienes lo conocen dicen que es tan salvadoreño como cualquiera de nosotros. Sin embargo, todos estos hallazgos condensados en un libro, que ahora publica en español la Editorial Universitaria de la Universidad de El Salvador, son los que lo han convocado en una breve estancia en el país para presentar el libro "Joya de Cerén. Patrimonio Cultural de la Humanidad 1993-2013". Su estadía se prolongó esta vez solo por una semana, porque, explica, "si no estoy allá mis estudiantes se van a quedar sin quien los asesore". Originalmente el libro se publicó en inglés en Estados Unidos. La edición salvadoreña fue una sorpresa más para el arquéologo: "Este libro se publicó con imágenes en blanco y negro allá. Y este está muy bonito, a colores y en un buen papel. Yo le dije a mis amigos científicos en Estados Unidos que en El Salvador reconocen el valor de las cosas y las hacen bien".

Nosotros nos vamos y Sheets se queda en el sitio, que es como su casa, repartiendo saludos y bromas a quien se le cruza en el camino. Escucha con atención a todos los que se le acercan con noticias sobre lo que ha pasado en el sitio o en la comunidad durante su ausencia, una comunidad de la que se siente parte desde hace 1,400 años.