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Rico McPato y su peluquín

Sergio Ramírez

 
 

El centro de atracciones Luna Park se abrió en Coney Island en 1895, y en sus teatros se presentaban toda clase de espectáculos en vivo, raíz de las posteriores superproducciones de Hollywood cuando llegó la era del cine: en “El tornado del siglo”, por ejemplo, un pueblo de Kansas volaba por los aires, casas, animales de labranza y gente. En “La grieta fatal”, un torrente de montaña caía sobre un apacible pueblo minero y hombres, mujeres y niños eran arrastrados en medio de los restos de las casas destruidas por la fuerza del agua. Y en “La batalla del siglo” se podía ser testigo de la caída de Adrianápolis, representada con sus palacios de cúpulas azules y doradas y mezquitas de altos minaretes, mientras los invasores bombardeaban la ciudad y asediaban la fortaleza hasta que la guarnición turca se rendía.

Pero la atracción más celebrada era “La cacería humana”. Trescientos jinetes, hombres y mujeres, aparecían al galope por la pradera, montados en caballos de verdad, persiguiendo entre disparos de armas de fuego y gritos de muerte a un roto mexicano, de guaraches y sombrero, que huía desesperado por delante de la cabalgata, dando traspiés. Por fin le daban caza lazándolo, lo arrastraban hasta una pila de leña, lo amarraban a un poste, y lo hacían arder en la hoguera. El tiquete de entrada costaba 25 centavos de dólar, los niños media paga.

El roto de este espectáculo era sin duda un inmigrante pobre que había cruzado la frontera, entonces no tan severamente vigilada por drones y radares aerostáticos. Y la idea que entonces se tenía de los mexicanos en Estados Unidos, como para que uno de ellos fuera el personaje central de una representación teatral semejante, con centenares de extras al galope para darle alcance y quemarlo vivo entre los aplausos de los espectadores, aún queda prendida como un rescoldo que sólo basta avivar en la mente de algunos.

En San Ysidro, un condado de San Diego lindante con México, los miembros de una asociación de policías fronterizos enseñan a los niños a disparar con una pistola de pinball a la figura de un hombre de blue jeans y camiseta, recortada en cartón, que evoca la de un inmigrante ilegal, colocada al lado de la valla que separa los dos países. Esta es una de varias actividades recreativas organizadas por los patrulleros, que incluyen una carrera de cinco kilómetros para adultos y otra de dos kilómetros para menores, siempre a lo largo de la valla fronteriza.

Esta imagen del inmigrante latino como amenaza tampoco ha cambiado en la mente de Donald Trump, el multimillonario de peluquín color zanahoria que quiere ser como los clásicos íconos de la mitología del capitalismo, Cornelius Vanderbilt, Randolph Hearst, o Howard Hughes, pero no parece acercarse a la medida. Es más bien su caricatura, y en todo caso me recuerda a Phineas Taylor Barnum, el empresario que luego fundaría el famoso circo que llevó su nombre, y que tuvo en Luna Park su primera carpa donde alojaba su Museo de Seres Increíbles.

Además de los consabidos siameses y enanos, entre ellos el diminuto general Tom Thumb, que medía sesenta centímetros de alto, Barnum exhibía una sirena capturada junto con otras de su especie por la tripulación hambrienta de un barco ballenero extraviado en el mar del Norte, la única en salvarse del cuchillo del cocinero gracias a ser la más vieja de todas. Trump, que se ha proclamado aspirante a la presidencia de Estados Unidos, también captura sirenas. Es el dueño de todo un circo mundial, el de Miss Universo, donde la pasarela sustituye a las vitrinas para exhibir especímenes.

Hace chasquear el látigo de domador delante de los emigrantes, y también de las misses de su emporio de reinas de belleza, a las que no perdona que suban un gramo de peso, un delito por el que es capaz de humillarlas en público. Y tampoco perdona debilidades en su reality show “Los aprendices”, que se abre con la música de “Por amor al dinero”, donde tras una pelea canina a diente pelado entre aspirantes a ser empleados de sus empresas él mismo se encarga de tratar a los perdedores como basura.

Y cuando habla de los mexicanos, indeseables por inmigrantes, a los que promete un inexpugnable muro de contención si gana la presidencia, no oculta que se refiere a todos los latinoamericanos pobres que buscan atravesar la frontera de Estados Unidos. Son los que dejan sus huesos blanqueando en el desierto de Arizona, o se quedan antes en el camino, asesinados por las bandas criminales que han inventado el negocio increíble de secuestrar pobres cobrando recompensas a sus familias, igual de pobres, a cambio de sus vidas. Para Trump todos ellos son criminales, traficantes de drogas y violadores.

Ha habido momentos en que los fabricantes de mitos contra los latinoamericanos han inventado otro tipo de imágenes, las de haraganes y revoltosos, sin visión de futuro ni disciplina, destinados para siempre al atraso, como aquella del mexicano durmiendo la siesta todo el día bajo un nopal; o la de Pepe Carioca, el brasileño que lo único que hace es bailar samba, pareja a la del pistolero alborotador que es Panchito Pistolas.

Estos dos personajes fueron creados por Walt Disney en los años cuarenta del siglo pasado, según se dijo entonces “como gesto de buena voluntad”, ya que venían a formar un trío con el pato Donald. De Donald Duck pasamos ahora a Donald Trump. O mejor, de Scrooge McDuck, Rico McPato, que se zambullía en su piscina de monedas de oro, pasamos a Donald Trump.

Pero aunque parezca salido de los dibujos animados con su peluquín color zanahoria, no lo tomemos a broma. En las encuestas aparece como segundo detrás de Jeb Bush entre los candidatos del partido republicano a la presidencia; y entre sus potenciales votantes estarán, seguramente, quienes entrenan a los niños para disparar bolas de pintura contra las efigies de los inmigrantes.

Gijón, julio de 2015.

 

*Sergio Ramírez es escritor y político. Fue vicepresidente de Nicaragua entre 1986 y 1990, durante el gobierno de la revolución Sandinista. Sus novelas y cuentos le han hecho ganar numerosos premios internacionales, como el Alfaguara (1980), el Casa de las Américas (2000) o el Carlos Fuentes (2014).

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