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¿Qué es Europa después del Brexit?

Mario Roger Hernández

 
 

Aleja jacta est. Los dados están echados. Luego de meses de especulaciones, el Reino Unido realizó el 23 de junio de 2016 un referéndum para determinar su salida de la Unión Europea. Con un elevada participación del 72% de una población electoral de 46.5 millones de personas, un 52% de la población votó a favor de Brexit, es decir, de la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE), contra un 48% que votó en contra.

Este hecho sin precedentes es, sin ninguna duda, la prueba política más importante desde la construcción del Acta Única Europea de 1986. El Reino Unido fue uno de los doce miembros fundadores de la UE, y ha sido parte de la Comunidad Económica Europea desde 1973, aunque siempre ha tenido un tratamiento diferente, léase excepciones, frente al resto de los países.

El Reino Unido no adoptó la moneda única, el euro y en su momento se abstuvo de participar en el Acuerdo de Schengen, el cual incluía entre otras normas regionales la supresión de los controles de personas en las fronteras interiores, un conjunto de normas de común de aplicación a las personas que cruzan las fronteras exteriores de los Estados miembros, la armonización de las condiciones de entrada y de visados para las cortas estancias, una mejora de la coordinación policial (incluidos los derechos de vigilancia y persecución transfronterizas), el refuerzo de la cooperación judicial a través de un sistema de extradición más rápido, una mejor transmisión de la ejecución de sentencias penales, y la creación del Sistema de Información Schengen (SIS). Posteriormente, el Reino Unido suavizaría la mayoría de controles fronterizos en Europa.

Desde el punto de vista económico, en marzo de 2012 se firmó el Tratado de estabilidad, coordinación y gobernanza en la Unión Económica y Monetaria (TECG), que adoptaran 25 países de la eurozona, con la excepción del Reino Unido y la República Checa. Este tratado, también denominado el Pacto Fiscal Europeo, impone una serie de objetivos y medidas vinculantes en temas del déficit o deuda o ajustes automático en una áreas como la fiscal, tradicionalmente excluida del ámbito de competencia de Bruselas.

Estos antecedentes, que no son los únicos, muestran que el Reino Unido siempre ha tenido una posición basculante y en algunos casos ambigua respecto de algunos aspectos del proceso de integración europeo, evidenciando el fuerte peso de la política interna británica, especialmente en lo relativo a los márgenes de acción de la soberanía inglesa en decisiones como el rescate económico y financiero, los ciclos económicos o las posiciones políticas europeas respectos a temas como el terrorismo o la inmigración.

Se pueden hacer varias reflexiones ahora que se confirma el Brexit: la primera es que otros estados consideren opciones similares o, cuando menos, se inicie una fuerte discusión política que valore sobremanera los proyectos nacionales por sobre los regionales, opción legítima y viable dado los actuales resultados, pero que sobre todo no es extraña, sino más bien atractiva para diferentes proyectos políticos en países como Francia, Hungría o Polonia.

En segundo lugar, a pesar de lo ajustado del resultado, se da cierta validez, al menos en la consciencia colectiva de los votantes y ciudadanos europeos, al argumento de una insatisfacción con las grandes decisiones de Europa en Bruselas. Con razón o sin ella, se estaría confirmando que el rumbo de las decisiones centrales europeas puede ir en otra vía en temas como las medidas ante los refugiados, temas sensibles como la inmigración, las macro medidas económicas y de política económica —especialmente por la lenta recuperación del empleo y una política monetaria al límites de sus instrumentos—, la excesiva burocratización o la centralización de las decisiones económicas, políticas y sociales. Un grupo de 300 directivos de empresas publicó días atrás una nota en el histórico The Telegraph a favor del Brexit aduciendo, por ejemplo, que la excesiva burocratización europea sofocaba a las más de 4.5 millones de empresas británicas y los directivos auguraban un mejor y más sostenido crecimiento fuera del ámbito de la UE.

No menos importante son las consecuencias para el mismo Reino Unido ahora que se ha confirmado el Brexit. Desde que se conocieron los resultados, la primera reacción impresionante ha sido un viernes negro en las principales bolsas europeas y mundiales con caídas en todos los parqués internacionales por la aversión al riesgo, y los grandes bancos europeos han sufrido pérdidas millonarias. En el mercado cambiario, la libra esterlina cayó 9.3% respecto al dólar, lo que sin duda llevará a los bancos a importantes inyecciones de liquidez en los mercados para frenar la caída. Los próximos meses serán clave para evaluar el impacto económico de la decisión que han tomado los ciudadanos del Reino Unido.

La cita del 23 de Junio es, sin duda, un punto de inflexión en el proceso de integración de la Unión Europea. El Presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, ha afirmado estar preparado para la salida del Reino Unido —la cual, dicho sea de paso, no iniciaría antes de 2018— pero por lo inédito de las circunstancias en realidad se trata una situación de verdadera hondura política sobre la vigencia, continuidad y renovación de un proyecto regional, de una idea comunitaria entre estados que hoy uno de esos mismos estados ha puesto en tela de juicio.

 

*Mario Roger Hernández es doctor en Economía. Actualmente es Gerente de Proyectos Estadísticos del BCR. Antes fue Viceministro de Economía entre 2009 y 2014 y Director General de Relaciones Ecomómicas del Ministerio de Relaciones Exteriores.

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Alfons Luna (AFP) / El Faro

 
 

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