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Resistencia en el mundo que crean los machos

Los asesinatos de travestis reflejan una cultura en la que el ideal del macho domina la construcción social de identidades de género. Los travestis de La Praviana a mediados del siglo XX representaron una temprana y valiente identidad de resistencia ante jerarquías sexuales que se remontan a la época de la conquista.

ElFaro.net / Publicado el 12 de Diciembre de 2016

Adentrarse en temas de sexualidad en El Salvador es un desafío que pocos autores se han atrevido a encarar debido, principalmente, a la connotación de tabú que se le ha designado a esta temática por parte del pensamiento conservador en el país. Además, se debe reconocer la existencia de mecanismos de presión cultural y política que se ejercen para ocultar el cuerpo, el género y la sexualidad de los discursos públicos, académicos y oficiales, que dan como resultado una reducida producción académica sobre esa temática.

La situación anterior no es por un acaso, por simple casualidad, sino reflejo del proceso de jerarquización sexual en el que lo heterosexual se vuelve el modelo hegemónico con lo que se mide todo.

En nuestro contexto, el modelo heterosexual se encarna en el macho. Esta identidad se construye por negación a todo aquello que se relaciona a lo femenino, lo cual se transforma en su opuesto. Todo hombre que no logra realizar un performance del ideal de macho es remitido a un lugar secundario o terciario, y designado con adjetivos peyorativos –injurias– para marcarlo como una persona de segunda categoría. Sobre estas injurias vamos a discutir en este texto.

El proceso de construcción de categorías de identidad que degradan a los hombres que no logran cumplir con el ideal de macho, se puede considerar un proceso del pensamiento occidental. En las culturas indígenas, para nuestro caso los Pipiles, únicamente realizaban una distinción entre el cuiloni y el tecuilonti, adjetivos que calificaban a un hombre de acuerdo al rol que desempeñase en una práctica sexual entre dos hombres, y esta designación no necesariamente marcaba su identidad personal en forma negativa.

Con los procesos de invasión colonial, las construcciones de nuevas identidades sexuales se posicionan en nuestro territorio. Así, desde la Iglesia Católica se presenta al sodomita como un monstruo que no debe existir. No obstante, son cuestionadoras las palabras del Arzobispo Pedro Cortez y Larraz, que en 1770 define a San Salvador como la Sodoma de las provincias del Reino de Guatemala. Esta designación nos hace pensar la existencia de prácticas sexuales entre personas del mismo sexo, ya que en el pensamiento cristiano se relaciona a Sodoma con las prácticas sexuales entre hombres. Aunque esta situación requiere mayor estudio, es necesario hacer notar que la homosexualidad no es un fenómeno contemporáneo, ni mucho menos reciente, sino que ha existido a lo largo de la historia, también en nuestro territorio.

En los procesos de imposición de la cultura hispánica se construyen diferentes identidades para designar a aquellos que no cumplen el ideal de macho. El concepto más suavizado es el de afeminado, con el que básicamente se designa a hombres que tienen ademanes y gestos que se atribuyen a la mujer. Es un concepto utilizado en un lenguaje más recatado y en contextos sociales donde se limita el uso del lenguaje vulgar.

En contextos menos reglamentados para el uso del lenguaje se crean otros dos conceptos tradicionalmente usados para designar a un hombre que no cumple con el ideal de macho: maricón y culero. Cada uno de ellos remite a la construcción de una identidad subvalorada en una sociedad que premia la realización de una performance de macho y rechaza todo aquel que no logra realizarla. Estos conceptos son utilizados como injurias para desvalorizar y remitir a un lugar de inferioridad a otro hombre.

Phoebe, Silvana, Saggy y Sophy participan en un desfile de modas en Oráculos Discoteque, en el año 1987. Foto de Nicolás Rodríguez ,  cortesía de AMATE El Salvador.
 
Phoebe, Silvana, Saggy y Sophy participan en un desfile de modas en Oráculos Discoteque, en el año 1987. Foto de Nicolás Rodríguez ,  cortesía de AMATE El Salvador.

En este caso estamos ante una pedagogía de la injuria. Por medio de ella se construye la noción de lo que debe ser un hombre y lo que no debe de ser, tanto si es heterosexual como si es homosexual. Ser insultado como maricón o culero coloca al hombre en un espacio de subordinación y en contraposición al que emite el insulto, en un espacio que busca dominio y poder sobre el otro. Para romper este esquema de dominación, en la mayoría de casos, se recurre a la violencia.

En los albores del siglo XX una nueva categorización comenzó a circular para designar a los hombres que no cumplen el rol heterosexual. La medicina, en este caso la psiquiatría, empezó a utilizar el término de invertido sexual. Esa categoría se relacionaba con el diagnóstico de obsesión, y por ello calificaba a la persona como enfermo; la única forma de tratamiento contemplada era la reclusión en un hospital, y la recomendación de la práctica cuasi medieval de la hidroterapia para controlar esa obsesión.

Por medio del trabajo sexual de calle, sobre todo en las proximidades del mítico salón-bar La Praviana en el centro histórico de San Salvador, se dan a conocer tiempo después las travestis. La travesti es posiblemente la primera identidad de resistencia contra las injurias socialmente construidas hasta esa fecha. No obstante, el pensamiento conservador la remite a una subvaloración de la persona: se considera que al no realizar la performance de hombre macho heterosexual e imitando el ser mujer, se transita a una condición de cuasi no humano. Bajo esa perspectiva se puede comprender el porqué de los procesos de marginación, exclusión y precarización que todas las identidades trans padecen.

Una guerra en la guerra

Ya en la década de los 80 podemos ver cómo aparecen en el país los conceptos gay y homosexual. El primero es una clara migración desde Estados Unidos. El principal espacio de promoción de ese concepto es Oráculos Discoteque, un espacio de encuentro entre hombres gay con cierto poder adquisitivo que en muchos casos conocieron dicho concepto en sus viajes y que, con la idea de construir una comunidad gay salvadoreña se apropian de él y lo utilizan. En la misma época comienza a utilizarse con mayor fuerza el concepto de homosexual, que se populariza de la mano de la epidemia de VIH que también El Salvador experimenta en plena época de la guerra civil.

En los 90 circula el concepto de travestido, que siguiendo el modelo de la pedagogía de la injuria intenta hacer ver que la de los travesti no es una identidad válida, sino un disfraz o una mascarada que solo tiene validez en las fiestas de agosto o en el carnaval de San Miguel. El concepto travestido es una nueva ofensa que se suma a los insultos ya existentes.

En 2011 se realizó una campaña publicitaria denominada “No me etiquetes”, que pretendía disminuir la homofobia en El Salvador. El pensamiento conservador hizo nuevamente uso de sus mecanismos de opresión por medio de la pedagogía del insulto y reconvirtió el slogan y mensaje de la campaña hasta lograr que se comenzara a hablar popularmente de “etiquetado” en lugar de referirse a cada persona por el nombre con el cual se quiere identificar. Es una muestra de cómo el pensamiento opresor se adapta, se apropia de los conceptos y cambia su significado para mantener y defender los fundamentos conservadores de la sociedad.

La jerarquía sexual, fundamentada en el binomio opresor-oprimido marca las relaciones de poder en las relaciones entre los hombres, en un modelo en el cual todo lo relacionado a lo femenino es objeto de opresión. Cuando hablamos de identidades sexuales masculinas disidentes, algo que no necesariamente remite a lo femenino, el machismo lo interpreta como una alteración que desestabiliza el ordenamiento binario sexual y de opresión. Por eso quien ejerza ese tipo de identidades, según la epistemología de la violencia ejercida en el país, debe de ser eliminado.

Esta eliminación ha adquirido dos formas de expresión: la física y la social. La muerte física es la más conocida: se cometen crímenes de odio, se asesina a personas por el hecho de tener una determinada orientación sexual o manifestar una expresión de género diferente a la esperada por el modelo heterosexual hegemónico. En cuanto a la muerte social, hago referencia a los comentarios, chismes y rumores que se generan para desacreditar a una persona por su orientación sexual y expresión de género, lo que produce en los contextos sociales una desvalorización de esta como persona, como estudiante, como trabajadora, etc, según el contexto en el que se produzca la injuria que pretende esta muerte social simbólica.

En este contexto de injurias, la politización de las identidades sexuales disidentes representa una ruptura histórica. Esta eclosión inicia después de 1992, pero habrían de transcurrir 17 años aún para que se asentara en la agenda política nacional. Como actores políticos, las poblaciones que ejercen estas identidades han invertido su energía en la deconstrucción de la marginación, exclusión y opresión proveniente del imaginario cultural heterosexual hegemónico. Pero esa es otra historia, para ser contada en otro momento.

 

*Amaral Gómez-Arévalo es analista de la plataforma O Istmo, Instituto de Estudos da América Latina, de la Universidade Federal de Pernambuco, Brasil. Esta entrega se basa en su artículo “Del cuiloni al homosexual: sexualidades masculinas disidentes en El Salvador entre 1932-1992” Cultura, Lenguaje y Representación, XV (2016): 119-137.