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A Salvador Samayoa: mi generación sí se hace cargo

Héctor Silva Hernández

 
 

El domingo leí una entrevista que La Prensa Gráfica le hizo a Salvador Samayoa en el marco del 25 aniversario de los Acuerdos de paz. Samayoa, reconocido intelectual salvadoreño y firmante de los acuerdos que este año “celebramos”, habló sobre el legado y las oportunidades perdidas que nos dejó la paz firmada en el castillo de Chapultepec, México,  el 16 de enero de 1992.

El punto central de la entrevista es que la firma de la paz era indispensable para evitar la destrucción total de El Salvador, y que en ese momento fue lo mejor que pudo ocurrirle al país. Samayoa argumenta también que los problemas que vivimos ahora tienen que ver no con supuestas deudas que dejaron los acuerdos y sus firmantes, sino con la incapacidad de nuestras élites políticas para aprovechar las oportunidades que heredaron de la paz. Lo segundo es cierto. Las elites políticas de este país se han asegurado en convertirse en obstáculos y no en habilitadores del camino hacía el desarrollo. Francisco Flores, Antonio Saca y Mauricio Funes son prueba de ello. Los mismos diputados que ahora reiteran su apoyo al fiscal general, Douglas Meléndez, cuando muchos de ellos cabildearon por la reelección de Luis Martínez, son prueba de ello. Las mentiras de ARENA y el FMLN en cuanto a sus negociaciones con las pandillas también son prueba de ello.

Las declaraciones de Samayoa son, en su mayoría, sensatas y conforme a la realidad que vive el país. Sin embargo, hubo una frase que me pareció sumamente fuera de lugar. “A las generaciones de nosotros le pueden decir de todo, que la cagaron, que se equivocaron, pero hay una sola cosa que no pueden decir: es que no nos hicimos cargo de los problemas; en cambio, yo, a las generaciones de hoy sí les puedo decir que no se están haciendo cargo”.

Primero, es importante entender las diferencias entre mi generación y la que peleó la guerra. Esta generación tiene un problema de identidad sumamente grave causada por la migración forzada, la cual ha creado hogares desintegrados donde los jóvenes no tienen referentes ni valores ni protección de ningún tipo. Esta crisis de identidad se ha materializado en los grupos criminales que todos conocemos. Ahora, es igual de importante entender que esta guerra no decidimos pelearla nosotros, esta guerra la heredamos. Estos grupos criminales son hijos de la misma desigualdad producto de la mezquindad de las élites que estuvieron al centro del conflicto armado en los ochenta. Entiendo que la generación de la guerra tampoco tuvo muchas opciones, pero no es justo que nos digan que no nos hacemos cargo como si nos dejaron un país en excelentes condiciones, lleno de inversión y oportunidades con el cual no estamos haciendo nada. Eso no existe.

Es complicado, para una generación como la mía, empezar a resolver los problemas de nuestro país cuando estamos enfrentados con nosotros mismos. Entre quienes han encontrado su identidad en la pandilla y quienes huyen de ella. Samayoa terminó su entrevista diciendo que las generaciones hoy en día “están muy aburguesadas, muy acomodadas”. Hay, en efecto, jóvenes aburguesados y acomodados en nuestra generación, como también los había en la suya. Sin embargo, creo que los cientos de miles de jóvenes que día a día arriesgan su vida al cruzar territorios de la Mara Salvatrucha y la Pandilla 18 para estudiar y trabajar, no tomarían a bien ser caracterizados como parte de una generación aburguesada y cómoda.

El pecado principal de los firmantes de los Acuerdos de paz, no necesariamente del señor Samayoa, es haberse convertido en las mismas élites que despreciaban hace tres décadas. Es difícil que nos hagamos cargo, cuando las personas que tomaban las decisiones, hace 20 o 30 años, las siguen tomando hoy. No hay un solo ministerio del Estado dirigido por alguien menor de 50 años. Si en serio quieren que nos hagamos cargo, que aportemos nuestras soluciones, empiecen por promover un relevo generacional no solo de edad sino que también de ideas. Estoy convencido de que en este país, donde el estado no invierte ni el 5 % de su presupuesto en educación, donde ser joven es sumamente peligroso y ser pobre es delito, contamos con la voluntad y las ideas para hacernos cargo de la mejor manera posible.

*Héctor Silva Hernández es estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Massachusetts.

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