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El Gran Muro

Ron Brenneman

 
 

Mucho se oye hablar en estos días sobre la construcción de un muro en la frontera de los Estados Unidos con México. Conocido como el Gran Muro o el Muro Trump, el objetivo del mismo es mantener controlado el movimiento de personas no documentadas a través de la frontera sur.

La propuesta ha producido reacciones emotivas, tanto a favor como en contra. Así suele suceder con los proyectos motivados políticamente. Desde sus propias emociones, cada uno está convencido de que tiene la razón. En este caso, las emociones se originan en ilusiones frustradas por un lado y temor a los cambios incómodos en el estilo de vida por el otro. Hay poco esfuerzo para analizar de manera objetiva la situación.

Históricamente, una industria parásita de traficantes, abogados mafiosos, carceleros y empleadores inescrupulosos se lucran tremendamente de este desorden y falta de control migratorio. Hay muchos intereses de por medio, algunos en representación de grupos de poder financiero, y poco trabajo para encontrar una solución.

Si la respuesta al problema de controlar la migración irregular se reduce a poner un obstáculo en el camino, construir un muro está condenado al fracaso desde el inicio. Incluso, solo vendría a fortalecer a la misma industria parásita de tráfico de personas, provocando un aumento en la tarifa del viaje.

Si logramos superar la discusión puramente emocional podríamos llegar a la misma conclusión que el poeta norteamericano Robert Frost cuando escribió: “Buenas vallas hacen buenos vecinos”. Es decir, para evitar un constante conflicto con el vecino necesitamos una clara definición de los límites. Recordemos que el muro sirve en ambas direcciones. En la historia reciente entre El Salvador y Estados Unidos habrá que aceptar que ambos podrían tener razón al reclamar por haber sido invadidos y abusados. También está muy claro que ninguno de los dos ha sido representado por sus mejores elementos en este intercambio. El temor no es un buen asesor, para ninguno de los dos. Para avanzar, las emociones deben reducirse y debemos identificar mejores interlocutores.

En la mayoría de los casos, la decisión para emprender el viaje hacia Estados Unidos. es tomada como la única opción para obtener un ingreso económico estable y digno. No es una decisión tomada a la ligera. Se deja atrás a los seres queridos, con consciencia de que no se volverá a ver a algunos de ellos. Se vende un terreno o se adquieren deudas para pagar una fortuna al traficante. Esta es una realidad. Es la decisión tomada a diario por decenas de hombres y mujeres en los cantones y caseríos, en el mal llamado “interior del país”. A menudo nos preguntamos por qué estas personas están dispuestas a arriesgar tanto, hasta la vida misma, y a deshacerse de un dinero que bien podría invertirse aquí, en su propio país. La respuesta es sencilla: el factor confianza. Hay poca confianza en las condiciones del país como para realizar tal inversión.

Seguir la ilusión del sueño americano requiere un alto nivel de valentía y sacrificio. Demanda resignación también. Para ponerlo en perspectiva, como promedio cada migrante paga 20 veces el costo de un boleto aéreo, además de arriesgarse a dejar su vida y dignidad en el camino. ¿Cuál es el muro que puede contener este nivel de determinación?

El único muro capaz de contener el flujo migratorio de El Salvador hacia los Estados Unidos será aquel que vuelva más atractivo quedarse aquí en vez de marcharse. Es el muro que desplaza la percepción de la migración como la única salida económica. Es un muro hecho de oportunidades, en El Salvador.

La creación de ese muro debe partir de un programa de educación integral que prepare a los jóvenes para tener una actitud proactiva, sentido de responsabilidad, y que les proporcione capacidades reales para la vida y oportunidades de superación. Implica una sólida preparación técnico-profesional y un enfoque en la investigación científica para el desarrollo de emprendimientos, productos y tecnologías nuevas. Las paredes de ese muro deben incorporar innovación, inversión y acceso abierto y directo a toda información y proceso productivo. Se corona el muro con una política pública que motive y proteja la actividad económica local e individual sobre toda invasión comercial que la amenace.

Entonces, unamos esfuerzos y construyamos este Gran Muro. Creemos un sueño salvadoreño que mantenga nuestro talento aquí, por medio de un programa sólido de educación y oportunidades.

Un tema práctico que surge es, por supuesto, el costo. ¿Quién va a pagar todo eso? Una buena respuesta comienza con otra pregunta: ¿quién está pagando por el desorden actual? Como un ejemplo, en 2015 el costo diario para retener a un menor en custodia por entrada ilegal en la frontera de los Estados Unidos era de $252. Este monto pagaría la beca completa para 45 estudiantes en Amún Shéa, un programa de aprendizaje con base en problemas en Morazán, una área de El Salvador de alta migración. ¿Suena como una buena inversión una con retorno 45 a uno?

Señor Trump, usted es empresario y comprende totalmente la diferencia entre una inversión y un gasto perdido. Hagamos un trato para trabajar juntos en la construcción de un muro de educación y oportunidades, que funcione para ambos. Si aceptamos que buenas vallas hacen buenos vecinos, entonces podemos abrir grandes portones también, haciéndonos mejores vecinos todavía.

 

*Ron Brenneman, estadounidense, está al frente desde 2008 del Centro de desarrollo integral “Amún Shéa” (Tierra de semillas, en lengua lenca), un proyecto educativo localizado en las montañas del nororiente del departamento de Morazán, El Salvador. En la década de los 80 realizó trabajo humanitario en campamentos de familias salvadoreñas refugiadas en Honduras. Es autor del libro “Perquín Musing. A gringo’s journey in El Salvador” (2013).

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Foto Olivier Morin (AFP) / Texto Roberto Valencia

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Javier Tovar (AFP) / El Faro

 

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