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La matanza de 1932 vista por un inglés

Un misionero protestante fue testigo presencial de lo que ocurrió en Tacuba durante el levantamiento de enero de 1932. Su testimonio, virtualmente desconocido hasta hoy y cargado de una mirada de superioridad hacia lo indígena, describe sus experiencias bajo “el fuego de rifles y ametralladoras” que silbaban sobre su cabeza.

ElFaro.net / Publicado el 23 de Enero de 2017

El 12 de marzo de 1932 un misionero inglés de las Asambleas de Dios, Ralph Williams, publicó un recuento virtualmente inédito de lo que observó en el occidente de El Salvador en las semanas anteriores, en los días de la Matanza. Su escrito fue publicado en The Pentecostal Evangel, la revista oficial de las Asambleas en los Estados Unidos. Para interpretar su narrativa es necesario comprender la perspectiva de un representante de la cultura heredada del imperialismo europeo y estadounidense del siglo XIX y principios del XX.

Las naciones imperiales estuvieron marcadas por una inconfundible penetración y dominación cultural la cual ha creado el mito de lo occidental como lo “otro” superior; un mito que es continuamente evocado en las disputas internacionales, y en los discursos culturales, políticos y religiosos. Los misioneros protestantes, como Ralph Williams, eran herederos de esa visión mítica imperial y su pensamiento estaba orientado alrededor del concepto de diferencia. Como toda experiencia colonial, los misioneros a menudo construyeron discursos de paradigmas contrastantes enfatizando a concepciones opuestas sobre los nativos tales como: cristiano/salvaje, civilizado/bárbaro u orden/desorden; para definirse a sí mismos, y para explicar la dominación colonial. Esos emparejamientos contrastantes ayudan a condenar al otro como inferior y a determinar la naturaleza de su control sobre las personas.

Las percepciones imperiales misioneras han sido muy variadas, han visto las naciones colonizadas como inmovilizadas por la ignorancia, la pobreza y la inflexibilidad, poseedores de conductas morales sospechosas, espiritualmente retardadas y materialmente débiles. Por otro lado, replican imágenes negativas para justificar su intervención, pero por otro utilizan estas imágenes como un vehículo conveniente para promover el evangelio.

Página ocho de la edición del 12 de marzo de 1932 de The Pentecostal Evangel, la revista oficial de las Asambleas de Dios en los Estados Unidos, en la que el misionero inglés Ralph Williams publicó un recuento de la Matanza de indígenas sucedida pocas semanas antes en El Salvador.

Página ocho de la edición del The Pentecostal Evangel del 12 de marzo de 1932, en la que el misionero inglés Ralph Williams relató la matanza, bajo el título Violence and Bloodshed in El Salvador.

El censo de Kenneth Grubb evidencia que para 1937 había un poco mas de 7,000 protestantes evangélicos sobre el territorio salvadoreño y que de ellos un 13% pertenecía a las Asambleas de Dios, organización pentecostal que para esos días tenía pocos años de trabajo en El Salvador. Ahora el pentecostalismo posee un enorme crecimiento nivel mundial; globalmente unas 35,000 personas se unen a ese movimiento cada día y uno de cada cuatro cristianos es ahora pentecostal. Ralph Williams había llegado a El Salvador en los años anteriores de la matanza de 1932. Su área de trabajo era precisamente las zonas montañosas de las fincas cafetaleras donde se dio la rebelión indígena. Otro misionero de nombre Alejandro Roy MacNaught también trabajaba en esas montañas. Ambos dejaron testimonios escritos de la masacre, los cuales fueron publicados oportunamente en los Estados Unidos, muy poco tiempo después de los hechos, constituyéndose ambos en registros históricos de gran valor documental, por haber sido escritos por testigos oculares de los hechos. El escrito de McNaugth ha sido citado ya por numerosos historiadores, pero el que dejó Ralph Williams es practicamente desconocido.

A continuación, ofrezco una traducción completa del artículo publicado por Williams, el cual considero de gran valor para la memoria histórica nacional, y en el cual se evidencia esa mirada imperial que marca diferencias en relación al “otro” indígena, oprimido y marginado.

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Violencia y matanza en El Salvador

Ralph Williams

El miércoles 20 de enero, arribamos a Tacuba, ciudad de buen tamaño, situada cerca de la frontera occidental de esta república, y después de sufrir una estricta revisión de paquetes y papeles por parte del comandante a cargo de la ciudad se nos permitió pasar al salón que sirve como lugar de reuniones para los 20-30 nuevos convertidos de esta obra recientemente abierta. Llevaba conmigo dos jóvenes que asistieron a nuestra escuela bíblica el año pasado, quienes están mostrando señales muy favorables de convertirse en fieles trabajadores del Señor.

Nuestro plan era visitar por unos cuantos días a cada una de las varias asambleas dispersas a través de este distrito antes de que regrese de nuevo la estación lluviosa. El Señor nos concedió tres servicios del evangelio con buena concurrencia y distribuimos una buena cantidad de literatura a los grupos grandes que se agruparon alrededor de las puertas, pero que no tuvieron el coraje para entrar. Sin embargo, no pude dejar de sentir que allí había un extraño espíritu de resistencia que no había experimentado antes entre estos indígenas.

El viernes por la noche nos acostamos en nuestras pequeñas hamacas con la idea de salir temprano la mañana siguiente, para esperar a nuestros hermanos al otro lado de la cima de la montaña, cuando entre la 1 y las 2 de la mañana fuimos despertados por el sonido de fuego de rifles en dirección al centro de la ciudad. Inmediatamente nos pusimos nuestra ropa y cautelosamente investigábamos tratando de descubrir cuál era la causa del problema, cuando se dio un toque suave en la puerta y un hermano nos pidió entrar diciéndonos que un grupo grande de muchos cientos de rebeldes comunistas habían atacado la ciudad, forzando a todos los hombres a acompañarlos so pena de muerte. Mataron a casi todas las autoridades, y tomando todas las armas disponibles, alrededor de las 8 a.m. habían tomado posesión de la ciudad.

Conociendo sus despiadados métodos de asesinar y repartirse los despojos, así como su poca tolerancia a toda oposición, nos tranquilizó Sus promesas, leyendo el Salmo 91 y nos entregamos a Su cuidado teniendo gran certeza de que las armas de nuestra batalla no son carnales, sino poderosas en Dios.

Durante el día escuchamos el sonido de puertas siendo destruidas y también noticias de que varias personas conocidas por nosotros habían sido asesinadas por ofrecer resistencia, y como el indio está más bien por debajo del promedio en inteligencia, temimos que sería de poco beneficio para nosotros tratar de razonar con ellos, por lo que nos mantuvimos todo el día con las puertas cerradas.

El sábado ya tarde escuchamos que el camino hacia Ahuachapán estaba abierto, por lo que decidimos que, si la noche estaba tranquila, saldríamos la mañana siguiente hacia esa ciudad, como un esfuerzo por escapar. Eso fue lo que hicimos, pero no habíamos cruzado más que unas pocas calles cuando a la distancia vimos un tipo de aspecto rudo con un rifle en la mano escondido en los arbustos a lo lado del camino. Cuando llegamos a ese lugar, alrededor de 50-75 hombres armados nos confrontaron y nos invitaron a ir con ellos a la oficina del alcalde, ahora en ruinas humeantes con los registros oficiales de muchos años ardiendo en el piso. Buscaron entre nosotros armas y nos interrogaron sobre nuestro propósito en el lugar, cuando desde la multitud varias voces gritaban que ellos nos conocían, que éramos evangelistas. Este reconocimiento salvo nuestra situación ya que pensaban que, por la ropa que yo usaba era un agente del Gobierno.

Nos informaron que lo más probable era que nos dispararan si continuábamos nuestro viaje, porque habían luchas a lo largo del camino, así que confiando en el Señor, afirme: “Entonces regresaremos a la Iglesia”. Ellos no pusieron objeción, así que pasamos otra noche en ese lugar. Escuchamos muchas historias tristes de la mujer que nos acompañaba, y por la noche algunos vinieron a dormir a la Iglesia como medida de protección contra los ladrones que rondaban alrededor bajo el cobijo de la oscuridad.

El lunes por la mañana los comunistas realizaron una búsqueda sistemática en la ciudad rompiendo puertas y forzando a todos los hombres para que se les unieran y disparando a algunos que rechazaron la propuesta. Nosotros abrimos completamente nuestras puertas antes de que ellos vinieran, y aunque no teníamos armas de algún tipo fuimos forzados a acompañarles, porque los ignorantes indios pensaban que dos tapones de pluma que sobresalían de mi camisa eran balas de fusil. Sin embargo, no habíamos olvidado el Salmo 91, y esperábamos que el Señor nos librara de una manera u otra. Tan pronto como vi a su líder me aproximé hacia él y le advertía que estaban en terreno peligroso tomando como prisionero a un misionero extranjero y forzándolo a acompañar un levantamiento comunista en contra de su voluntad, recordándole que mi cónsul querría saber qué es lo que me había sucedido. Él (el líder) me conocía porque en viajes anteriores yo había comido en la casa de su madre, que era una de las mejores de la ciudad. Incluso en esto vimos la previsión y el cuidado de Dios. Él escribió una nota de salvo conducto no solo para mí sino también para los dos jóvenes y el pastor que estaban conmigo. Nos apresuramos en regresar a la Iglesia para agradecer a Dios por su intervención.

Esa misma tarde, las tropas del gobierno atacaron la ciudad, matando muchos de los rebeldes y añadieron a la ruina iniciada por los comunistas, quemando varias casas de los enemigos. Nos tiramos al piso desde las 4 p.m. hasta las 10 a.m., mientras el fuego de rifles y ametralladoras silbaban sobre nuestras cabezas, y se añadió a esto el rugido de un avión. Pudimos haber tenido dificultas en probar al oficial comandante de las tropas gubernamentales la legalidad de nuestra presencia en ese lugar, pero incluso en esa situación el Señor se había anticipado y fui inmediatamente reconocido por un joven soldado que ya había investigado nuestro caso, hacía casi dos años atrás, cuando robaron todas mis pertenencias.

El comandante nos permitió regresar a Santa Ana, lo que hicimos el siguiente día, avanzando hasta al punto donde habíamos dejado a la Sra. Williams y los niños, alrededor de 24 millas desde Santa Ana, arriba en las montañas, llevándolos con seguridad hasta nuestra casa. Entonces comprendimos el alcance de la revolución y las horribles atrocidades cometidas por los rebeldes en una amplia zona, incluyendo algunas ocho o diez ciudades y cierto número de villas. Se ha estimado en algunos de los periódicos que alrededor de cinco mil comunistas han sido asesinados.

Sentimos que nuestra responsabilidad sobre esta gente ha aumentado. Al ignorante le prometieron salarios tentadores, lo mejor de las tierras y las casas de los ricos para vivir, así como repartir los despojos. Ellos recibieron mayormente muerte, heridas y la pérdida de los pedazos de chozas que poseían. Varios artículos han aparecido en los diarios urgiendo a los ministros y misioneros llegar hasta esta gente y enseñarles moral y altos ideales, pero nosotros apelamos urgentemente a ustedes en casa para que se mantengan en oración por nosotros y con los recursos para que, como representantes de ustedes ante estas masas ignorantes, seamos capaces de llevar a ellos el glorioso evangelio de salvación, regeneración, y una esperanza segura de vida eterna antes de la venida de Señor.

 

*Luis R. Huezo Mixco posee estudios de Teología y Filosofía Iberoamericana y es coordinador del Programa Cultura y Religión de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la República desde el año 2011. El documento traducido se publicó originalmente como “Violence and Bloodshed in El Salvador”, The Pentecostal Evangel, 12 de marzo de 1932.