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El pasado también es nuestro

Lya Cuéllar

 
 

Soy una hija de la posguerra. Nací tres años después de la firma de los Acuerdos de Paz. Crecí en la transición a la democracia, y estoy entrando a la adultez en el preludio de un nuevo conflicto. Dejé El Salvador hace dos años para estudiar Ciencias Políticas, en Berlín. Incluso antes de venir y de conocerla, Berlín me enamoró. Sospecho que aun más que los clubes de música tecno, mi sed de memoria definió ese amor a primera vista. En esta ciudad es imposible olvidar la historia; cada esquina jugó algún papel en crímenes y conquistas, y sus ciudadanos insisten en recordarlo todo.

El edificio central de mi facultad es una de mis evidencias materiales favoritas de la fuerza de la transición alemana a la democracia. La casona que ahora alberga a una comunidad de docentes, investigadores y estudiantes, famosa en el resto de Europa por su inclinación progresista y compromiso social, sirvió como instituto de investigación de Antropología y Eugenesia durante la dictadura nazi. En el mismo salón en el que aprendo y discuto sobre multiculturalidad y diversidad, antropólogos y genetistas se esmeraban en proveer legitimación científica para los crímenes del régimen, ochenta años atrás. Los estudiantes organizan marchas contra el racismo y en pro de los derechos de migrantes entre las mismas paredes que presenciaron esterilizaciones forzadas en prisioneros de guerra y experimentos en partes humanas enviadas desde campos de exterminio. Los bisabuelos y abuelos de mis compañeros fueron, si no actores, por lo menos engranajes en un sistema perverso y cruel. Sus nietos se desviven por evitar que algo similar vuelva a suceder.

Me gusta pensar que mis compañeritos podrían ser mis nietos. Que en sesenta años, los jóvenes tendrán claro lo que ocurrió en las dictaduras militares, en la guerra civil y en esta nueva guerra que nosotros tenemos enfrente. Que a diferencia de muchísimos de mis contemporáneos –que no aceptan quién mató a los jesuitas de la UCA, por ejemplo, o se rehúsan a creer que en la comandancia guerrillera hubo abusos– mi descendencia no verá nuestro pasado como algo debatible y aceptará la evidencia documentada por vergonzosa que sea. Juego a imaginar una generación de mujeres y hombres salvadoreños que tendrá claro que los derechos humanos existen por una razón y que el autoritarismo, el terrorismo de Estado y el genocidio son inadmisibles.

El proceso de transición alemán puede servirnos de ejemplo en términos de memoria histórica y reconciliación, especialmente si tomamos en cuenta sus errores. La Vergangenheitsbewältigung –disculpen el alemán–, que se traduce más o menos como “la lucha por hacer las paces con el pasado”, triunfó en términos de educación civil, pero se encontró con muchísimos obstáculos a la hora de llevar a criminales de guerra a juicio. Un sinnúmero de miembros del partido nacionalsocialista no buscaba contarles a sus hijos lo que hicieron en la guerra. Muchos de ellos integraron posteriormente el sistema judicial de un país en “desnazificación”. El resultado: en setenta años, apenas 49 oficiales de los 6 mil 500 que trabajaron en Auschwitz comparecieron ante la justicia en Alemania. En la última década, juicios y condenas a culpables de genocidio se han visto truncados por su edad avanzada. Pronto, no quedarán criminales para enjuiciar ni víctimas que sirvan como testigos.

Para que nuestros nietos sean esos jóvenes reflexivos nos va a tocar trabajar. No haber vivido el conflicto armado no puede servirnos de excusa. Nosotros no vivimos la guerra, pero nuestra identidad está irremediablemente ligada a eso que no vivimos. La labor de recuperar la memoria histórica, buscar justicia y ofrecerle a las víctimas reparación y garantías de no repetición no es solo de la generación que nos precede. Si ellos se niegan a luchar por la verdad, esa tarea recae en nosotros. Si los cobardes intentan evadir la responsabilidad y robarnos la oportunidad de entender nuestro pasado, es nuestro deber impedírselos.

No podemos darnos el lujo de ignorar el pasado. “No reabrir heridas” no es un argumento válido; las heridas no han cerrado todavía. Los reto a encontrar a un sobreviviente de tortura o a la madre de un desaparecido hablar de perdón y olvido, si nadie le ha pedido perdón. Trabajar nuestro pasado no es dejar de prestarle atención al presente. Por el contrario: es imposible lidiar con lo que tenemos enfrente, si no entendemos lo que ocurrió. Los criminales también están ahí y cobran de nuestros impuestos. Las víctimas también siguen ahí, luchando por ser escuchadas. Escuchemos. Condenemos. No esperemos a que ya no estén para que nuestros nietos nos pregunten por qué no hicimos nada. (fin)

 

*Lya Cuéllar es estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Libre de Berlín, Alemania, y fue miembro del equipo de Redacción de El Faro entre 2014 y 2015.

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Guillermo Esquivel

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