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Paz25

El país que anhelo

Leonor Selva

 
 

“Me gustaría que nos escribieras sobre eso. Sobre el país que aún sueñas”. El país que aún sueño...

Pues bien, si de soñar se trata, supongo que podría darme a la tarea de escribir una especie de “carta a los Reyes Magos”, una interminable lista de todas las características de mi país ideal: seguro, próspero, en paz, con un diseño urbano que promueva la convivencia ciudadana y el bienestar físico y mental de sus habitantes, igualitario, justo, etc. Al fin y al cabo, la primera definición de soñar, según la RAE es “discurrir fantásticamente y dar por cierto lo que no es”. Sin embargo, esta definición prescinde de la realidad, del tiempo y, más grave aún, no alude a ningún tipo de responsabilidad personal o colectiva.

No. A mí no me gusta soñar así. En su lugar usaré otra definición, que considero con más mérito: anhelar persistentemente algo. Ello, pues anhelar se refiere a tener ansias o un deseo vehemente por conseguir algo, mientras que persistir implica mantenerse firme en algo por un largo tiempo.

Propongo que al soñar con un mejor país, veamos más allá del ¿qué queremos?, y que, en su lugar, pensemos también en ¿qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo? Y es que no conozco a ningún salvadoreño que no quisiera vivir en un país como el que describí arriba; pero ¿cuántos nos comprometemos a trabajar por él, y qué estamos dispuestos a hacer para lograrlo?

Así, El Salvador que anhelo y creo posible no es uno de soluciones fáciles ni instantáneas. Obviamente, quiero un país sin 5 mil 278 homicidios en un año; que en lugar de desigualdad y pobreza haya una economía y una sociedad que faciliten la movilidad social con base en el esfuerzo; un Estado de Derecho fuerte que garantice la igualdad ante la ley, y un servicio público honesto, capaz y eficiente. Sí. Quiero todo eso. Pero sé que eso nunca podrá ser, si antes no sueño persistentemente con ser parte de una sociedad dispuesta a trabajar por ello, a hacer las reformas políticas, económicas y sociales necesarias; en fin, una sociedad dispuesta a rehabilitarse y transformarse a sí misma.

Por lo tanto, anhelo que, como sociedad, admitamos que estamos con un problema –o varios– sobre el cual todos tenemos algún grado de responsabilidad. Dejemos de jugar a las muñecas (es decir, “de a mentiras”), porque la paz no se construye a punta de estampillas que nadie usa, monumentos estéticamente cuestionables o eventos con código de vestir de “guayabera obligatoria”. Tampoco la construye un sector empresarial que cree que su responsabilidad social es regalar tamales, guacales (o qué se yo), mientras se evaden impuestos o se dejan de pagar las cotizaciones de seguridad social de los empleados. No hay virtud en hacer llamados de unidad, consenso y dialogo, si los réditos electorales están por encima de la voluntad de resolver los problemas del país. Y, definitivamente, tampoco hay virtud en autodenominarse movimiento social/sindical cuando no se actúa más que como un mercenario.

Finalmente, tampoco construimos paz los ciudadanos, si continuamos construyendo nuestras relaciones sociales con base en la desconfianza, la falta de empatía y el oportunismo; cuando lejos de discutir problemas y soluciones, nos regimos por un sistema de “clanes políticos” (clanes, porque lejos de ser una división ideológica, a estas alturas lo que tenemos no es más que un comportamiento tribal), o cuando nos recluimos en nuestros estratos sociales, cómodos, con la ilusión de contar con seguridad física y la certeza de que nuestras opiniones están salvaguardadas de cualquier exposición a otras realidades, percepciones o ideas que las reten.

Los Acuerdos de Paz que hoy conmemoramos constituyeron una verdadera revolución, no exactamente la que la guerrilla pretendía, pero definitivamente la que el país necesitaba en ese momento. Ello, pues implicó el genuino compromiso de parte de todos no solo de construir un sistema de instituciones distinto, sino de un cambio de narrativas, de formas de pensar y de relacionarnos los unos a los otros. Con todo y sus pecados y limitaciones (a las que dedicaré futuras columnas), esos Acuerdos representaron un salto cualitativo enorme hacia un Estado –sustancial y no solo formalmente– democrático. Además, marcaron el camino en la construcción de un Estado que garantiza los derechos humanos de sus ciudadanos. Los Acuerdos fueron, ante todo, un nuevo comienzo que no supimos aprovechar tanto como debimos. Por eso, hoy no anhelo un El Salvador sin problemas, sino un país dispuesto a afrontarlos. (Fin)

 

*Leonor Selva es licenciada en Ciencias Jurídicas y candidata al Master en Políticas Públicas de la Universidad de Oxford. Ha trabajado en política, relaciones internacionales y fue colaboradora jurídica para la Sala de lo Constitucional. 

 

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