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El zoológico de un país de muchas bestias

Gustavito, el único hipopótamo del zoológico de San Salvador, murió este 26 de febrero, cuatro días después de que le propinaran una tunda con picahielos y piedras. Esta crónica explora el zoológico nacional: un león estresado, guacamayas que se arrancan las plumas, una querida elefanta que mató a dos cuidadores. La crónica es también un vistazo de la sociedad que tiene un zoológico como este.

ElFaro.net / Publicado el 27 de Febrero de 2017

 Gustavito, el hipopótamo del Zoológico Nacional de El Salvador. Fotografía tomada el 1 de diciembre de 2012.
Gustavito, el hipopótamo del Zoológico Nacional de El Salvador. Fotografía tomada el 1 de diciembre de 2012.

Alfredito se masturbaba con un palo. Era el primer hipopótamo del zoológico. Estaba solo. Nunca lo castraron. Cuando murió lo enterraron en el mismo lugar en el que vivió desde 1978 hasta 2004. El 1 de octubre de ese mismo año llevaron desde Guatemala a Gustavito, que pasó de no meterse nunca en el agua a no salir de ella. Su nombre se le dio el pueblo. Hubo un concurso en el diario La Prensa Gráfica, votaron unas 600 personas, y Gustavito fue escogido por la mayoría. El hipopótamo pasaba día y noche dentro del agua, solo la gran nariz rosada le quedaba fuera.

La noche del 22 de febrero de 2017 apuñalaron a Gustavito. Él sólo salía a comer, pero el 23 de febrero no lo hizo, entonces su cuidador notó algo raro. El 25 por la mañana la Secretaría de Cultura publicó un comunicado: "el equipo de veterinarios y biólogos lo examinó y detectaron hematomas, laceraciones en la cabeza y cuerpo; también cólicos y dolor abdominal". En la mañana del domingo 26, la prognosis se actualizó. "Por el tipo de heridas, se cree que fue atacado con piedras, picahielos y hierros filosos. Tiene profundos cortes en su hocico y cabeza, de lo que las autoridades infieren que trató de defenderse. El hipopótamo está sedado y bajo observación, la agresión ha sido denunciada ante la Policía Nacional Civil, y el zoológico se ha cerrado hasta nuevo aviso". La Policía aún no ha reportado capturas.

A las 11:17 de la noche del domingo, la Secretaría de Cultura informó de su muerte en otro comunicado: "Su muerte ocurre por graves complicaciones en su salud, causada por los severos y contundentes golpes y lesiones que recibió en varias partes de su cuerpo en un cobarde e inhumano ataque que está en vías de investigación".

El domingo 26, a las 4:41 de la tarde, el alcalde de San Salvador se unió al pesimismo que atravesaban los usuarios de las redes sociales salvadoreñas: "Lo que le hicieron a Gustavito, habla menos del pésimo zoológico que tenemos y más de lo enferma de violencia que está nuestra sociedad", escribió Nayib Bukele en su cuenta de Twitter. También aprovechó para contar de unas conversaciones con la Secretaría de Cultura para cerrar ese espacio y transformarlo en un eco-parque.

En 2015, El Salvador fue el país más violento del mundo. Al año siguiente, la Fiscalía solo pudo llevar a juicio uno de cada 10 homicidios. En 2016, la tasa de homicidios fue de 81 asesinatos por cada 100,000 habitantes. Pese al discurso triunfal del gobierno por la reducción del promedio de homicidios - "con medidas en seguridad hemos reducido homicidios diarios en el país de más de 20 a 8, seguiremos llevando tranquilidad al país", dijo el presidente Salvador Sánchez Cerén este 25 de febrero- el país sigue siendo el más violento del mundo. En el recuento al final de este año, la de Gustavito será una anécdota, pero su muerte en el zoológico seguirá siendo una metáfora del país y de su sociedad. Toda una fauna salvaje en la que cualquiera mata a cualquiera y no pasa nada.

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A Kalhi lo encontraron una mañana sin cola; es un león africano que tiene 16 años viviendo en el Zoológico Nacional de El Salvador. Se la comió por hambre y estrés, o eso dicen. Nadie lo vio. El equipo veterinario lo encontró la mañana siguiente, ensangrentado, alterado; como quien tuvo un arrebato de locura, una borrachera, un exceso de drogas para escapar de la realidad. En una época, hace más de veinte años, había otros leones. De la manada sólo sobrevive el león sin cola.

En la entrada del zoológico, del lado izquierdo, se ve al león echado, en una jaula mucho más pequeña a la que estaba acostumbrado. Dentro hay una piscina mohosa, color azul manchado, con agua verde, maloliente.

Está ahí porque a uno de los directores del zoológico le gustaban más los tigres, entonces decidió mudar a los leones a un lugar que antes le pertenecía a otro felino, uno pequeño. El espacio que antes era grande, con mucha agua, grama, árboles y leones fue el hogar de una pareja de tigres cuyo premio duró apenas un mes porque el macho murió.

Al tiempo le consiguieron otra pareja a la hembra, pero murió también.

Ahora la jaula está vacía. Sin animales, ni agua, ni grama, ni árboles. Con Kalhi al frente, en su espacio chico.

Las desventuras en el zoológico incluso inspiraron al escritor salvadoreño Roque Dalton. En el libro 'Las historias prohibidas del Pulgarcito' (1974), Roque escribió un relato de ficción sobre el casamiento de un par de mandriles. El macho se llamaba Pavián y tenía la costumbre de sacarse el pene cuando veía a las mujeres. Una conducta aprendida de los humanos que “probablemente su cuidador le enseñó” dijo Katia, exveterinaria del zoológico. En el relato, el director del momento decidió, en medio de una compra de animales, comprar una mandril para que se convirtiera en la esposa de Pavián. Se hizo una ceremonia a la que asistieron “213 mil 400 personas”. Aquel evento terminó en desastre luego de que alguien tuviese la idea de gritar “se escapó el león”. Gente corriendo, aplastada, atropellada, asaltada. 

En 2008 remodelaron el zoológico. Detrás de la jaula de los ocelotes (papá, mamá, hijo) estaba una caseta en la cual los obreros guardaban sus herramientas. El último día la desarmaron. Estaba hecha de zinc y otros materiales que hacen ruido con solo ser tocados y que al ser tirados al suelo le generan estrés hasta al más zen. Los ocelotes se estresaron. Especialmente los machos, que en una necesidad imperante de relajarse, mataron a la madre.

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Mary tiene camisa blanca y delantal verde. Apenas se le ve el rostro detrás de unos bambúes que sirven de anaquel. Cuelgan osos, tortugas, jirafas, perros amarrados por el cuello: peluches. Vende desde hace cuatro años detrás de un muro que construyeron, en parte para que el río contaminado no formase más parte del paisaje; en parte para separar a la gente como ella de los visitantes. Pero fracasaron en ambos casos. El río divide al zoológico en dos: de un lado están las aves y del otro lado todos los demás. En medio, Mary junto a otros seis vendedores ambulantes.

En 2011 llegaron a un acuerdo con el director: pueden vender sus productos siempre y cuando éstos estén del lado adentro del muro y ellos del lado del río. Solo pueden entrar al zoológico si el río crece. Lograron, “gracias a Dios y a Monseñor Romero” que en ese pedazo del muro no hubiese alambre de púas. Mary, que nombra a Dios y a Romero entre frases, dice que espera que ellos iluminen el corazón de la directiva de la Secretaría de Cultura para que permitan que ellos tengan un puesto dentro del zoológico. Aún no han hecho la primera venta, son las 11:36 de un miércoles cualquiera.

En mayo de 2016 el zoológico es un lugar descuidado, sucio, lleno de hojas caídas y mangos en el suelo, podridos. El agua de los bebederos es verde, huele a estancada y la mayoría de los animales no tienen pareja. Es oscuro por la cantidad de árboles que busca simular la selva, una selva decadente. El sonido que domina es el de los pájaros que, como en una película de Hitchcock, guían a los visitantes por el lugar vacío en que se ha convertido el que, en el pasado, fuese una de las principales fuentes de entretenimiento de los salvadoreños en la capital.

Hace años una guara, guacamaya o pájaro de colores rojos y azules, comenzó a arrancarse las plumas, una conducta repetitiva digna de los animales encerrados y solos. Sus cuidadores junto con la directiva del zoológico le consiguieron una pareja, pero también se arrancaba las plumas. Estaban aburridos. Pero la naturaleza, que siempre sabe qué hacer, los puso a tener cría. Ambos dejaron de automutilarse. Por unos meses fueron unos padres responsables. Pero los vicios no se pueden eliminar sin terapia o pastillas, entonces al tiempo comenzaron a arrancarle las plumas a sus crías. Fueron separados para que los hijos no repitiesen la conducta de los padres. Pasaron a ser criados por otra familia de guaras, guacamayas o pájaros de colores rojos y azules que no se arrancaba nada.

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En 2010, en cada uno de sus 365 días, hubo doce asesinatos violentos en El Salvador. Nadie lloró más que los vivos del muerto. Nadie protestó, salvo las madres individuales al grito de justicia ante la morgue o el juzgado. La vida siguió. La máscara de “todo está bien”, que se ponen a diario los salvadoreños para sobrevivir a la realidad del país, fue guardada el 21 de septiembre de ese año. Parte de la vida, de la historia del país, de la infancia se les había ido.

Había muerto la elefanta Manyula por una enfermedad gástrica. A las 5:50 de la tarde la elefanta que tenía cincuenta años en San Salvador se desmayó, su corazón había colapsado. Semanas antes de eso había sido retirada y guardada. El público no podía verla así.

A Manyula no le gustaban las mujeres, tampoco algunos hombres. No le gustaba el agua, pero sí echarse tierra encima. No le gustaba que la encerraran. Ni que la tocaran. Una pop star del zoológico a la que solo le faltaba pedir fresas importadas picadas en cuadritos o pollo traído de África y sazonado con hierbas de la India.

En dos ocasiones atacó y mató a dos de sus cuidadores. Un animal de manada traído de Asia dejado bajo el cuidado de un lugar con poco presupuesto. Un país acostumbrado a la muerte y a la violencia que por unos días se detuvo a llorar la de un animal.

El día que murió un mariachi le compuso una canción: “Manyula, Manyula eras tan chula” y junto a un payaso se la cantaron. Abrazados, llorando. Niños, madres, abuelas, padres. Tres generaciones, tal vez cuatro, dejaron de hacer todo lo que tenían que hacer para poder llorar a Manyula. Una mascota. Amiga. Confidente. Nunca reemplazada, no por falta de otra sino por falta de plata. El dinero, según cuentan, fue aprobado dos veces para comprar otra. "¿Dónde estará ese dinero?", pregunta un cuidador.

En medio de San Salvador, en medio de ese zoológico hay una frase de Gandhi sin comillas ni nombre: “un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”.

 

*Laura Solórzano es periodista venezolana residenciada en Chile. Estudió filosofía en la Universidad Católica Andrés Bello y es colaboradora de Prodavinci.com desde 2012. Este relato fue escrito para el taller de crónicas La mirada extrema, impartido por el maestro Martín Caparrós y la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano en San Salvador entre el 11 y 14 de mayo de 2016, en el marco del sexto Foro Centroamericano de Periodismo de El Faro. El texto original fue actualizado el 26 de febrero con información sobre la muerte del hipopótamo Gustavito.

 Gustavito es el hipopótamo (Hippopotamus amphibius) sustituto de Alfredito, el especimen que falleció en 2004 supuestamente por la ingesta de una manzana, aunque su vientre se encontraba lleno de heno seco, con el cual habían reemplazado la alimentación a la cual estaba habituado el mamífero.
Gustavito es el hipopótamo (Hippopotamus amphibius) sustituto de Alfredito, el especimen que falleció en 2004 supuestamente por la ingesta de una manzana, aunque su vientre se encontraba lleno de heno seco, con el cual habían reemplazado la alimentación a la cual estaba habituado el mamífero.