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Posguerra pero nunca posviolencia

Al pensar en los años que siguen a la guerra se está pasando del discurso de militancia, de lucha y luchadores, al discurso humanitario de víctimas y trauma. Conversaciones en Chalatenango revelan la condición crónica de la vida cotidiana en las zonas rurales y las tensiones entre una política humanitaria y un discurso militante.

Irina Carlota Silber

 
 

Violencia. Memoria. Verdad. Impunidad. Justicia. Estas palabras, con el peso que conllevan, circularon por gran parte de América Latina después de décadas de dictaduras militares, después de décadas de guerra, y años después de las transiciones a la paz y la democracia neoliberal. En El Salvador, estas palabras transitan en un campo político polarizado y en un contexto lleno de desigualdad económica e inseguridad cotidiana, tanto en zonas urbanas como rurales. Recientemente, estas palabras se escuchan en un momento histórico en Centroamérica en que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucional la Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz de 1993, un paso que abre las puertas para la búsqueda de justicia.

Como muchos investigadores, estoy interesada en examinar estos términos con el fin de entender la longue durée (larga duración) de la posguerra. Pero al mismo tiempo pregunto si esta palabra “posguerra” se ha reducido a un concepto asumido, un fragmento, una palabra que supuestamente ya entendemos. Cuestiono el modelo de lo “pos” para poder trabajar por un mundo con más justicia, igualdad y solidaridad.

De hecho, la historia de posguerra en El Salvador ha recibido gran atención en el ámbito político y académico, ya que a menudo sirve como modelo comparativo en el estudio de procesos de paz y transición a la democracia. Si bien esto es de interés, como antropóloga, creo que es igualmente importante resaltar, por derecho propio, las historias particulares y las historias de vida.

Mi investigación me llevó a Chalatenango en 1993, un año después de la firma de los Acuerdos de Paz. En mi libro, Everyday Revolutionaries , me enfoqué en la vida cotidiana y en las historias que me contaron los repobladores en Chalatenango sobre el pasado, sus luchas en el presente, y sus esperanzas y preocupaciones para el futuro. En gran parte, las narrativas y experiencias que compartieron conmigo los repobladores exponen un profundo sentimiento de decepción y desencanto. A partir de 2006 mis estudios cambiaron cuando me encontré en los Estados Unidos con Chalatecos y Chalatecas, sobrevivientes de la guerra, cuyas narrativas subrayan la desesperación, el sentimiento de haberse sentido “obligados” a emigrar porque no podían sostener a sus familias en El Salvador de posguerra. Con el discurso contemporáneo de la “crisis” de inmigración en la región, calificada de “humanitaria”, es importante recordar que emigrar 1) no era el objetivo de la participación insurgente y 2) no era la visión para el renacimiento de una sociedad desgarrada por la guerra.

Reynaldo Hernández tiene 49 años. Se incorporó a la guerrilla a los 15 años, en 1982, en el norte del departamento de Morazán. Una ráfaga de ametralladora M60 le cortó el brazo izquierdo durante un enfrentamiento el 11 de noviembre de 1982, en la ciudad de San Miguel. Atilio era su seudónimo de guerra. / Foto El Faro: Víctor Peña

Reynaldo Hernández tiene 49 años. Se incorporó a la guerrilla a los 15 años, en 1982, en el norte del departamento de Morazán. Una ráfaga de ametralladora M60 le cortó el brazo izquierdo durante un enfrentamiento el 11 de noviembre de 1982, en la ciudad de San Miguel. Atilio era su seudónimo de guerra. / Foto El Faro: Víctor Peña

Este trabajo me ha llevado a preguntar lo que significa vivir en una sociedad siempre enmarcada en términos de “pos”—posguerra, pos-desplazamiento, pos-desarrollo internacional, pos-migración. Aunque, nunca pos-violencia. ¿Si cuestionamos lo de “pos” qué puerta de análisis se abre? Recientemente, publiqué un artículo en The Journal of Latin American and Caribbean Anthropology , en un volumen especial sobre los “Legados contradictorios y futuros contingentes en el hacer un nuevo El Salvador” (Contradictory Legacies and Contingent Futures in the Making of a New El Salvador). En particular, inicié una conversación sobre el humanitarismo, el trauma y la militancia. Estos temas se encuentran en estudios sobre guerras, conflictos armados y violencia política, ya sea en Haití o Palestina, pero, sorprendentemente, no en el caso de El Salvador. ¿Por qué es que estos marcos no están en el centro de las discusiones en y sobre El Salvador?

Para desarrollar esta pregunta, el artículo se centra en dos momentos etnográficos: 1) un seminario histórico que tuvo lugar en San Salvador en 2012 y que fue organizado por la Unidad de Investigaciones Sobre la Guerra Civil Salvadoreña (UIGCS) de la Universidad de El Salvador, y 2) mi regreso a las comunidades repobladas en Chalatenango después de más de diez años de ausencia ya que mi trabajo se enfocaba en la diáspora. Mediante la yuxtaposición de estos dos momentos planteo preguntas sobre lo que se está silenciado en el estudio de la posguerra.

Específicamente, me llama la atención que en el estudio contemporáneo de posguerra no discutimos el humanitarismo. En el artículo pregunto por qué será y qué sucede si nos ponemos a pensar en el humanitarismo. Mi trabajo está inspirado en las teorías del antropólogo Didier Fassin, quien explica que hoy en día estamos viviendo en un momento lleno de lo que él llama la “razón humanitaria”, una política o economía moral de la compasión. Para Fassin, la política humanitaria de hoy en día se basa en lo urgente, en la crisis limitada, y en el concepto del cuerpo sufrido y las víctimas traumatizadas. De mayor importancia, Fassin explica cómo la lógica humanitaria enmascara desigualdades profundas con el discurso de la solidaridad, por ejemplo. En concreto, Fassin nos muestra cómo una lógica humanitaria transforma la injusticia en el sufrimiento y cómo la violencia se convierte en un trauma. Mi argumento es que esta razón humanitaria es difícil en un país como El Salvador, debido a que el sufrimiento, que es social, económico, y corporal, es temporalmente diferente. Por ejemplo, no está limitado, no es una emergencia, el sufrimiento de la posguerra, si vamos a utilizar el término, es “crónico y acumulativo” y personal y estructural. Es importante destacar que una revisión de la literatura junto con mi propio trabajo revela que “trauma” no ha sido una categoría clave del análisis. ¿Por qué? Creo que esto se debe a que el trauma crea víctimas y por ende desbarata la meta-narrativa heroica de la acción colectiva. Afirmo que el largo proceso de paz en El Salvador no utilizó ni el discurso de trauma ni de “víctima.” La lógica humanitaria no cabe.

Sin embargo, recientemente, noto algunos cambios. En 2012, el seminario “Historia, Sociedad y Memorias: El Conflicto Armado en el 20 Aniversario de los Acuerdos de Paz”, reunió a académicos salvadoreños e internacionales para discutir el estudio de la guerra civil y sus legados. Los debates y las conversaciones académicas que surgieron iluminan los espacios políticos que se han abierto en El Salvador. Durante el seminario, me sorprendió la cantidad de académicos que hablaron sobre los traumas de la guerra, sus secuelas, y, curiosamente, los arcos de la militancia. Las categorías de “militante” e “insurgente” abundaban y a menudo estaban relacionados con ideas sobre el trauma y el lugar de la víctima. Sugiero que este es un discurso nuevo. Durante la década de 1990, durante la época de “transición”, no circulaba este discurso. En lugares como las repoblaciones en Chalatenango, se hablaba de “gente colaboradora,” “gente consciente”, y “compañero / compañera”. El discurso era sobre la lucha y los luchadores, no sobre las víctimas de guerra. Por lo tanto, sostengo que se trata de un importante cambio discursivo, una revisión y replanteamiento de las prácticas y las historias de violencia. En el artículo, propongo que estudiemos este histórico seminario etnográficamente y que examinemos las nuevas perspectivas sobre el significado de “víctimas” y “militancia”. En última instancia, el artículo sugiere que al enunciar traumas de guerra se crea la oportunidad para recuperar la narrativa histórica de la militancia. Me pregunto si las categorías “victima” y “militancia” dependen entre sí y lo que esto significa para la lógica humanitaria. Hay más para investigar.

Para analizar este hallazgo sobre el trauma y la militancia mi artículo torna a los espacios íntimos del trabajo de campo a largo plazo. En concreto, me enfoco en la vida cotidiana, en las condiciones crónicas de posguerra, en lo rutinario y en lo espectacular. Y pregunto lo que significa vivir siempre en el despliegue de “viviendo después de”. Lo que encuentro es que la lógica humanitaria de crisis, de emergencia, no funciona bien para hablar sobre la vida de muchos salvadoreños y salvadoreñas cuyas vidas son crónicas.

Para contextualizar, me refiero al trabajo de Ralph Sprenkels sobre las limitaciones de la Comisión de Verdad. También tomo en cuenta el trabajo de los historiadores Rey Tristán y Lazo, quienes analizan el modelo de posguerra en El Salvador en términos de “un modelo de reconciliación a través de la impunidad” que genera “una reconciliación sin los reconciliados”. Etnográficamente, sugiero que es esencial enfocarnos en quienes viven este modelo de reconciliación en la zona rural, diariamente, crónicamente. En el artículo presento un fragmento de la vida de una mujer ex-insurgente, y sus interpretaciones acerca de la lógica de posguerra. En su vida cotidiana, entre las remesas de sus hijos y el dolor de años de ausencia y separación, podemos ver la tensión entre una política humanitaria y un discurso militante. Pero, siguiendo el trabajo de Fassin, mi intención es subrayar no las cicatrices biológicas o psicológicas que tan a menudo son parte del enfoque humanitario, sino más bien realzar su amplia humanidad.

En última instancia, mi trabajo plantea más preguntas que ofrece respuestas estables o recomendaciones. Esto es también una metodología antropológica, de seguir planteando preguntas de lo supuestamente conocido o naturalizado. En un país con más de seis millones de personas dentro de sus fronteras y más de un millón en la diáspora, creo que una antropología humanista, que presta atención a la vida cotidiana, a sus historias durante la longue durée de la posguerra, es importante. Sigo los pasos de la antropóloga Diane Nelson que habla sobre “los fines de la guerra”, los esfuerzos de asignar responsabilidades y escribir contra el engaño, que pueden dar una manera de salir del aplanamiento de las historias regionales que simultáneamente borran las fuerzas geopolíticas más amplias y condenan a una nación y a un pueblo a la producción de cuerpos violentos.

*Irina Carlota (Lotti) Silber es Profesora Asociada y Directora del Departamento de Antropología en la Colin Powell School, City College of New York. Esta entrega se basa en su artículo “ In the After: Anthropological Reflections on Postwar El Salvador ”. Journal of Latin American and Caribbean Anthropology 19(1): 1-21, 2014.

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