Columnas / Cultura

Los costos que nadie ve en la crisis

Necesitamos un plan de acción que abarque prevención, intervención y tratamiento, porque somos propensos a desarrollar estrés postraumático después de la pandemia, ya no se diga cuadros de ansiedad y ataques de pánico.

Viernes, 3 de abril de 2020
Laura Arévalo

El COVID-19 es una pandemia que ha atacado a casi todo el mundo y que ha tenido unas dimensiones de contagio y muerte que nunca antes habíamos visto. Sin embargo, desde una perspectiva no tan obvia, también estamos viviendo una epidemia que se propaga más rápido que el coronavirus y que a largo plazo tendrá mayores implicancias en la calidad de vida, tanto de quienes se vean afectados directamente, como de la sociedad en general, que podrá incluso llevarse más vidas que el propio coronavirus y que definitivamente es un tema del que a la mayoría ni le gusta hablar ni tratar: hablamos de una pandemia emocional.  

Si en algo podemos concordar todos es que gracias a este virus hemos tenido difusiones emocionales masivas, eso a lo que usted probablemente le llame histeria colectiva. Pero hablemos primero de los bienes materiales. Suficientes videos hemos visto sobre gente abarrotando los súper mercados y desabasteciendo todo aquello que consideran una necesidad básica. Para explicar este fenómeno desde la perspectiva económica utilizaré el equilibrio de Nash. Muchos los recordarán por la película A Beautiful Mind, donde el genio matemático, John Nash -quien tiene esquizofrenia y cuya esposa es salvadoreña- gana un premio Nobel por su teoría de juegos. 

Supongamos que el mercado se divide en dos jugadores: usted y todos los demás y existen dos opciones para los jugadores: comprar normalmente o acaparar productos. Si todos actúan normalmente, tenemos un equilibrio: existen productos básicos, como siempre, para cuando usted los necesite. Pero si todos los demás (jugador 2) deciden acaparar productos, la estrategia óptima para usted será hacer lo mismo, ya que, de lo contrario, usted se quedará sin productos básicos. Así que o nadie se deja llevar por el pánico y compra como de costumbre (coordinación exitosa) o todo el mundo entra en pánico y acapara (coordinación fallida).

Desde la teoría psicológica, quedó demostrado que la gente entró en pánico y, como respuesta instintiva, acaparar papel higiénico -por ejemplo- les dio una sensación de control. La economía, por otro lado, nos enseña que debemos corregir la coordinación fallida, ya que afecta al bienestar general. Una de las formas de cambiar el resultado fue precisamente la medida que tomaron los centros de abastecimiento salvadoreños: no más de cierta cantidad de productos por familia. A esta unión de la economía con la psicología, impulsada por Tahler -quien ganó un premio Nobel en 2017, se le conoce como economía conductual. 

Vivir en un mundo globalizado e hiperconectado nos permite darnos cuenta de estas acciones o jugadas (siguiendo con el equilibrio de Nash) de manera rápida. No era necesario ir al súper para darnos cuenta de que la gente estaba desabasteciendo el papel higiénico. Lo único que hizo, probablemente, es que a usted como jugador le incrementara el sentido de urgencia de ir de compras: mientras más videos circulaban en redes de gente actuando con frenesí en los súper mercados, mayor miedo de quedarse sin sus productos básicos experimentaba. Por suerte también empezaron a utilizar su voz aquellos que llamaban al bienestar colectivo, junto con las medidas de los empresarios de supermercados, y así poco a poco se fue creando otro nuevo equilibrio en el que el desabastecimiento fue perdiendo protagonismo.  

La información que circula en los medios de comunicación y en las redes sociales durante una crisis es fundamental, ya que esta afecta el comportamiento de los seres humanos como entes sociales que se rigen por la información que circula a su alcance, especulaciones y por difusiones emocionales masivas. Muestra de ello fue la crisis “subprime” del 2008, que se agravó por meras especulaciones y difusiones emocionales masivas (pánico colectivo). Pero, ¿qué pasa con el COVID-19, la circulación de noticias a nivel global y el contagio de las emociones? 

Con 41 casos de coronavirus confirmados y con la posibilidad de que cientos podrían confirmarse en un futuro, hemos podido experimentar, de primera mano, que lo más contagioso para la humanidad en este caso no es el COVID-19, sino las emociones, tal y como lo veíamos en el ejemplo económico del juego de Nash. La circulación masiva de fake news, desinformación, videos cuyo único propósito es infundir terror, mensajes contradictorios entre distintas entidades del Gobierno, inseguridad e inestabilidad en general, lo único que han logrado es crear una ola desmedida de emociones negativas en la población. Cuantificar a los salvadoreños cuya salud mental se ha visto afectada por esta crisis va a ser una tarea necesaria.  

El Gobierno ha reaccionado de manera rápida con el establecimiento de albergues y el decreto de cuarentena nacional para evitar la propagación del virus; sin embargo, estamos experimentando graves alteraciones y cambios sociales. La mayoría de nosotros está en cuarentena, ya sea desde nuestras casas o en un centro. El aislamiento está asociado a serias y graves repercusiones en nuestra salud mental. Esto no quiere decir que no vamos a hacer cuarentena; es esencial seguir las indicaciones del Gobierno y de la OMS, pero también debemos reconocer nuestros eslabones débiles y ofrecer soluciones. Aplaudo que el Gobierno haya reconocido que nuestro sistema de salud es pobre, solo reconociéndolo es que se pueden tomar medidas para reducir impacto. También hemos visto que se han brindado soluciones económicas y vemos cómo en muchos medios de comunicación se ha platicado sobre las implicaciones financieras y la recesión económica que muy probablemente suframos. Sin embargo, muy pocas personas, entidades y medios están hablando sobre la pandemia emocional que ya estamos enfrentando.  

Si revisamos las medidas y documentos oficiales de Casa Presidencial en los que se nos habla de la cuarentena, las medidas a seguir, las excepciones, etc., no existe ningún apartado relacionado a la salud mental. Las personas pueden llevar a sus mascotas al veterinario, pero no se habla de los casos de contención emocional en personas hospitalizadas con enfermedades crónicas- que en su mayoría tienen que ser presenciales. Se han hecho esfuerzos muy buenos de parte de entidades gubernamentales, sector privado y ONG de ofrecer atención psicológica gratuita; no obstante, estos esfuerzos en salud mental no darán abasto para toda la población. Esto está muy bien a corto plazo y mientras dure la pandemia. Sin embargo, en el largo plazo, esta acción no será suficiente, ya que hemos tenido por décadas un sistema de salud mental desquebrajado, paupérrimo y que está agonizando. Esta pandemia emocional puede detonar una crisis mental a nivel país y, me atrevería a decir, que más fuerte y con mayores consecuencias a largo plazo que la propia crisis en salud física del coronavirus. 

Como nación, necesitamos un plan de acción dentro de las políticas públicas de salud mental que abarque: prevención, intervención y tratamiento. ¿Por qué? La gente que está en centros de cuarentena es propensa a desarrollar estrés postraumático después de la pandemia, ya no se diga cuadros de ansiedad y ataques de pánico. Además, como población, el impacto del duelo debido a las muertes producto o no del virus, nos afectará, sobre todo si tal y como dice el Presidente estas muertes en otros países no han podido ser veladas ni enterradas por sus familiares. De ser así, al duelo se abonará un posible cuadro de estrés postraumático, depresión o ansiedad.

También es muy probable que quienes tengan condiciones de salud mental, siendo El Salvador uno de los países con una de las cifras más altas en Latinoamérica, esta situación sirva como detonante y su salud se agrave. A esto se abonarán enfermedades de carácter psicosomático en la población general, entre otras cosas. Si no tomamos medidas desde ya, con la misma urgencia que se toman medidas para la contención del virus, seguiremos teniendo más muertes por suicidio y discapacidades de salud mental que por el COVID-19. Solo en el 2017, El Salvador perdió 537 millones de dólares al no tratar los problemas de salud mental, lo que representa 87 millones más de lo que gastará el Gobierno con el subsidio de $300 para los más afectados por el virus. No ver la salud como una unión entre cuerpo y mente nos está generando pérdidas como país y nos cuesta una vida a diario. ¿Cuántas más necesitamos para darle importancia prioritaria en la agenda país?

Laura Arévalo es empresaria social y presidenta de Fundación Continúa. Licenciada en Economía y Negocios, amante del márketing y la escritura. Padece de fibromialgia, condición que hizo cambiar el propósito su vida, y ahora se dedica a concienciar, reducir el estigma y educar sobre el estrés, la ansiedad, la depresión y el burnout.
Laura Arévalo es empresaria social y presidenta de Fundación Continúa. Licenciada en Economía y Negocios, amante del márketing y la escritura. Padece de fibromialgia, condición que hizo cambiar el propósito su vida, y ahora se dedica a concienciar, reducir el estigma y educar sobre el estrés, la ansiedad, la depresión y el burnout.

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