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EL ÁGORA Juicio teatral al amor homosexualLa Muestra Creatividad sin Fronteras, que sustituye por primera vez en quince años al Festival Centroamericano de Teatro, fue inaugurada en el auditorio de FEPADE el jueves pasado con la obra “El asesinato de Óscar Wilde”, un testimonio del juicio y condena social por el amor homosexual. Ruth Grégori / Foto: Lester Hernández y Luis Tovar
La voz de María Callas recibe al público en la penumbra: “He vivido el arte, he vivido el amor…” canta en italiano, la inmortal aria de la ópera de Verdi “Aída”. El telón se abre al fin del anuncio de “Segunda llamada”. “Por acá lo enterraron”, dice un hombre al centro del escenario, aunque apenas es audible lo que dice a la calavera que sostiene con su mano derecha. Calla, apaga la música de la grabadora y vuelve a pararse en la tarima color rojo-rosa. Mientras explica a “Rodrigo” (la calavera) que debe representar a Óscar Wilde se escucha a través de los parlantes: “Tercera llamada”. La voz en off (desde la cabina de sonido) presenta la obra, como si esta no hubiese comenzado ya. “Disculpen que me hayan agarrado desprevenido”, se disculpa el actor, que luce nervioso. Algunas cabezas entre el público giran de un lado a otro desconcertadas -¿Qué es esto?, alcanza a decir una voz irritada-.
El actor se sigue disculpando, explica a la audiencia que a falta de actores necesita voluntarios que representen al jurado que sentencia a prisión al reconocido escritor. Ocho personas se levantan de las butacas y ocupan sillas a cada lado de la tarima central. Ahora, Óscar Wilde y Francisco Borja están solos frente al jurado. De la realidad al teatro, “El asesinato de Óscar Wilde” es el testimonio de un juicio y una condena: la de la sociedad por el amor homosexual. El testimonio escénico alterna ficción y realidad en una mezcla de historias, la del juicio a Wilde; la de Ricardo Lindo, autor de la obra; la de Francisco Borja, el actor; y la de muchos otros hombres que han sufrido burlas, rechazo y desprecio por ser hombres que aman, o se sienten atraídos sexualmente por otros hombres.
“Se trata de un asesinato moral”, dice Ricardo Lindo, en referencia al título de la obra. El autor irlandés no fue condenado a muerte, pero sobrevivió mucho luego de cumplir los dos años de cárcel y trabajos forzados que le impuso la sociedad victoriana del siglo XIX por el “delito” de ser homosexual. El acusador fue el padre de su joven amante. Dos siglos más tarde, amar o tener relaciones sexuales con alguien del mismo sexo sigue siendo, para muchos sectores de la sociedad un pecado, una enfermedad, una vergüenza. “Amor o ganas de ir a la cama ¿Por qué tiene que ser más culpable por acostarse con un hombre o con una mujer?”, increpan el actor, y el dramaturgo, y Wilde desde las tablas. “Lo que hacen en la intimidad de común acuerdo es asunto de ellos y no tiene por qué ser objeto de chistecito; merece respeto, tanto si es una pareja heterosexual como si es una homosexual”, afirma Ricardo Lindo, fuera de la obra. Sobre el escenario, el actor se pone el saco para transformarse en Wilde, y se lo quita para volver a ser Francisco Borja. Le habla al jurado, o al público, o a su amado. Cuenta la historia de su sobrino Rodrigo, que fue violado en prisión y luego abandonado por su familia, cuando se dio cuenta que tenía SIDA. Cuenta la historia de su amante, cuyo hermano mayor le instruyó en juegos sexuales y luego fue el primero en decir “¡Qué asco que tengamos un invertido en la familia!”. Cuenta la historia de un amor que le hizo soñar que otra clase de mundo era posible, y luego le llevó a la ruina. ¿Qué historia pertenece a quién? Todas las historias son una, historias de amor y desamor, historias de abuso, historias que vive a diario y desde tiempos inmemoriales la humanidad.
La dirección y puesta en escena de “El asesinato de Óscar Wilde” corrió a cargo de Fernando Umaña, quien manifiesta que uno de los temas que más le interesa abordar en las obras que dirige es el de la libertad individual del ser humano, el respeto y tolerancia a la individualidad y a la diversidad: “Cuando leí el texto me pareció un testimonio honesto, valiente, de ambos, porque no es fácil en esta sociedad subir al escenario y decir ¿cuál es el problema de ser homosexual?”. “El teatro debe ser un detonante para mover sensibilidades, impactar las mentalidades, no necesariamente para ver cosas agradables y divertir, sino para provocar, agredir. Esta obra pretende ser una semilla que promueva una educación sexual integral, no sólo heterosexual, sino que tenga en cuenta la diversidad, también el amor homosexual”, dice Borja fuera de escena. Lindo agrega que se trata de “limpiar el terreno para los jóvenes”. “Quizá la vida no sea más que un teatro, donde nunca sabemos interpretar bien nuestros papeles”, decía Borja al inicio de la obra. Al final, el actor enciende una vela, “por una inmensa rabia de la cual también ustedes deben sentirse responsables”. Francisco se va y ruega que lo despidan sin un aplauso. En el escenario las luces se apagan, excepto la de la vela, y se encienden en la sala. El jurado se va. La obra continúa afuera.
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