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"Me han machacado que hice la estatua de D´Aubuisson. ¡También les puedo hacer la de Schafik!"

Rubén Martínez ha estampado su firma dentro y fuera de las fronteras salvadoreñas con decenas de obras de arte. Algunas han resultado tan ostentosas y controversiales como la construcción de una iglesia de 23 metros de alto y con forma de media luna, en tiempos en que lo habitual eran naves en formas de cruces. O como el busto que creó para adornar el mausoleo del mayor Roberto d’Aubuisson. Sus detractores le han llamado brillante y loco, pero el paso del tiempo y lo impecable de sus obras han sabido callarle la boca a aquellos que decían que su trabajo era una excentricidad.

Diego Murcia, Mauro Arias y Rodrigo Baires / Fotos: Mauro Arias

 
 

Inició su carrera recolectado desperdicios metálicos en las construcciones donde trabajó con su padre. Ahora es uno de los grandes referentes artísticos de El Salvador. Él, admirador de su propio trabajo, no niega que su obra sea de lo mejor del país, pero deja que sean las decenas de artículos, reportajes y reseñas que guarda en un álbum las que hablen de su arte, de su vida. “Vivo del arte”, dice, y su casa es una muestra de ello. Vitrales que se iluminan cuando el sol llega al punto exacto; esculturas de vainillas de fusil G3 y M16; hierros retorcidos que forman las curvas de mujeres que no conocieron modelos; esculturas de chatarra que se convierten en sillas, mesas y lámparas... esa es su casa, que es su hogar, su taller, su estudio, su santuario.

 

Si uno llega ahí, Rubén Martínez lo recibe con una taza de café y mil historias. A cambio, el artista solo pide una firma en la agenda que sirve de diario de visitas. Ahí, uno a uno, están los nombres de estudiantes de arquitectura y arte, periodistas, amigos... admiradores instantáneos de las piezas que adornan su casa. Hasta ahí fuimos para platicar con este escultor, arquitecto y pintor que dice que, quizá, la única obra de arte que le falta hacer es un tatuaje en algún lugar de su cuerpo... “pero ya estoy viejo para eso”. Y se ríe y ríe...

 

¿Cuándo descubrió que la escultura era su pasión?

¡Desde que nací!

 

¿Cómo así?

Desde que tenía pocos años andaba dibujando siempre y me gustaban los volúmenes… si encontraba un trozo de madera tirado, le miraba qué podía hacer con ella. Una vez encontré uno que se parecía al tanque de una moto, y terminé haciendo la moto entera. Eso me ayudó mucho a la hora de trabajar con chatarra. Yo agarro los pedazos de chatarra, los pego y sale algo.

 

Desde pequeño le gusta. ¿Y pensó que podía dedicarse a la escultura?

Yo quería ser arquitecto, pero estudié ingeniería… mi papá era ingeniero civil… claro que los arquitectos no le gustaban.

 

Será porque hacían la broma de que son manita caída.

Ja, ja, ja.

 

¿O “ingenieros de segunda”, como dicen los ingenieros civiles?

Ja, ja, ja. Pero en los proyectos, los jefes son los arquitectos. Quien diseña y supervisa es el arquitecto, y el ingeniero recibe órdenes de lo que va a construir. Eso es así aunque le duela a los ingenieros.

 

¡Palabras graves para un hijo de ingeniero civil!

Sí, pero así son las cosas. Pero un día, platicando con un arquitecto, me dijo: “Mira, si hay otra forma de hacer cosas, ¿por qué no haces escultura?” Pero para hacer escultura había que fundir metal y no tenía cómo. Vi a los obreros soldar y me dije, “¡aquí está el camino!”. Y me iba a platicar con los soldadores, me quedaba platicando con ellos hasta las 7 u 8 de la noche, me les pegué y empecé a soldar. Así empecé a pegar piezas y a hacer cosas. Así hice una pieza, que quizás es la que más relevancia ha tenido, un torero de 1.10 metros con un toro de dos toneladas que estaba en el restorán Hidalgo, y que hice de chatarra que había recogido. Al final me lo robaron y apareció que lo había comprado don Luis Henríquez, el dueño del almacén Henríquez.

 

¿Y qué hizo?

Un día me lo encontré y le dije: “Ese torero es mío. Y como sólo lo hice punteado, se te va a deshacer. Llévalo a mi casa, te lo voy a soldar bien y te lo voy a regalar”.

 

¿Regalar? ¿Por qué no se lo vendió?

No, él era un caballero. Me lo trajo, lo soldé y se lo regalé.

 

Carlos Cañas decía en una entrevista que en este país se ha marginado mucho a los artistas. Al final hasta les sugería que no se dedicaran al arte porque iban a aguantar hambre. Su caso es lo contrario…

Es igual que el de él: él ha vivido del arte. Si no hubiera estudiado arte no hubiera ido a estudiar con sus becas a Europa... Luego, él ha tenido muchas prebendas: el gobierno le ha ayudado mucho, ha estado de empleado de gobierno y tiene una buena pensión, ha asegurado su vida. Mi caso es diferente. Nunca he sido agraciado por el gobierno, siempre he trabajado solo. Lo que pasa es que el arte ha sido mi vida. Así he hecho arquitectura, escultura, ingeniería civil, jardinería y pintura. Me he buscado la manera. Hay que ser bueno en la rama en la que uno quiere desarrollarse. Si uno es zapatero, pues hay que ser un buen zapatero. Yo conozco a un zapatero que es millonario, que tiene sus zapatos por todo el mundo. Se llama Roberto Palomo, el dueño de Adoc, y trabaja desde las 7e de la mañana hasta las 8 de la noche, almorzando en su oficina. Si usted es médico y es malo, le irá mal. Si usted es el mejor en su rama y si trabaja bien, le irá bien.

 

¿Se puede vivir de vender esculturas en El Salvador?

Se puede vivir de cualquier rama de las especialidades de la vida, media vez que sea bueno. German Cáceres decía que los artistas nos íbamos a morir de hambre porque el gobierno no nos ayuda. ¡No es necesario si usted trabaja! Ahorita estoy aquí sentado porque ustedes han venido, pero este tiempo lo repondré después y puede ser que trabaje hasta las 7 u 8 de la noche. Estoy dedicado a mi trabajo y eso es lo que me hace vivir. Si no fuera así, estaría gordo...

 

Ja, ja, ja.

Pero tengo mis problemas de salud por la edad. Tengo problemas con mis manos, mis pies y con mi columna vertebral, pero ahí estoy. Pero no crea, estoy bien necesitado. Uno invierte dinero en obras que te encargan y al final no te pagan. Con el gobierno, por ejemplo, siempre falta una firma o falta el que tiene que firmar. Eso es triste. A veces uno termina su trabajo satisfactoriamente y uno está sin dinero porque lo ha invertido en hacer una obra. Eso son los días tristes del artista.

 

¿Cuántos años tiene?

No le voy a decir para que no lo pongan.

 

Ja, ja, ja.

80 años.

 

Y con este trajín, ¿cómo le hace para dedicarle tiempo a la familia?

Ellos son los que me buscan. Vivo solo con mi esposa, y ellos son los que vienen a verme. Tengo una hija, que tiene dos hijas, y otra, con una hija. Además, tengo un hijo que vivió con nosotros hasta hace poco, pero ya hizo su casa porque ya no cabía aquí. Acuérdese de que los jóvenes necesitan espacio para sus cosas y él tenía aquí todo lo que ocupa en su trabajo de ingeniero.

 

Rubén disfruta la plática. Hace comentarios de las piezas regadas por toda su casa, se compone la faja terapéutica que rodea su cintura, aprueba los encuadres que Mauro Arias hace con la cámara fotográfica y lanza más de una risotada. Por ahí hace un silencio ceremonioso, como cuando empezamos a hablar de la iglesia El Rosario, que diseñó y cuya construcción supervisó a finales de los años 60s. “Me adelanté mucho a la época”, dice. “Tenía 30 años y muchos decían que era un trabajo demasiado grande para un muchacho”.

 

Es una iglesia de diseño tan diferente la de El Rosario.

Nooo, es que siguen haciendo las iglesias de siempre. Ahorita han terminado una, no les voy a decir cuál es, que es un rectángulo que al final están poniendo las bancas al fondo y está siendo subutilizada. En cambio, en El Rosario, todo el espacio es comunitario. Es más, estas personas que hacen iglesias no saben que la luz genera calor y sus edificaciones son calientes. En cambio, en El Rosario se tienen tres o cuatro grados menos porque la luz es filtrada a través de los vitrales y la ventilación está hecha de una manera tal que no deja que entren los rayos solares. Esa luz filtrada es la que nos da esa frescura.

 

En El Rosario se puede ver en el suelo el reflejo de los vitrales dibujando un arcoiris. Camina del azul al verde, en un lado, y del rojo al amarillo, en el otro.

Es toda la puesta del sol… la construcción está echa de tal manera que la luz se refleja en el Cristo resucitado en las horas de la tarde.

 

¿En la escultura abstracta de hierro forjado?

Sí, yo tenía miedo en hacerla más abstracta.

 

Pero La Resurrección, en El Rosario, es abstracta hasta decir ya no.

Es figurativa, es neofigurativa. Es un remolino, medio etéreo, y tiene las manos que demuestran mucha fortaleza. Esa la hice con los hierros que sobraban de la construcción… Es la chatarra de la iglesia. Los padres me dejaron hacer lo que quería en El Rosario, pero a mí me dio miedo hacer ese Cristo más abstracto.

 

¿Los padres le dieron carta blanca? ¿Nunca se peleó con ellos?

Nunca, para nada. A ellos les gustaba mucho lo que hacía, pero con lo de hacerlo más abstracta la escultura me daba un poco de miedo.

 

Yo supongo que el sueño de cualquier arquitecto es hacer un edificio así de grande, pero usted era ingeniero. ¿Cómo fue que terminó diseñando la iglesia?

Yo había estudiado ingeniería civil, pero me había dedicado a la arquitectura. Había tenido varios aciertos como arquitecto cuando contrataron a mi empresa, donde estábamos con el ingeniero Luis Emilio Cuéllar. Cuéllar siempre decía: “Si no está Rubén, pues no hacemos nada”. Él se esperaba a que yo diera las órdenes. Y yo fui el que dijo vamos a hacer esta iglesia de esta manera.

 

¿Y hubo licitación?

No, los padres nos buscaron. Les había hecho un colegio en la esquina, ahí mismo. Y los padres me dejaban hacer lo que yo quería. Fue tanto así que mis compañeros, arquitectos e ingenieros, llegaron a decirles que yo era brillante pero que la losa de la entrada principal, como era tan larga, con la vibración de los buses se iba a caer… Les dijeron: “Mire, él es brillante pero está loco. Esa iglesia se va a caer”. Era por el arco, por los muros tan altos, por todo…

 

¿Y nunca se peleó con la arquidiócesis? Porque el diseño de las iglesias siempre pasa por ellos y no creo que fueran tan adelantados…

Pues el padre superior Alejandro Peinador, que era muy serio, dijo que el diseño tenía que ir al Vaticano y que si allá era aceptada, pues se hacía. En una semana, trabajando día y noche, dibujé los proyectos, se los di y él los llevó personalmente al Vaticano. Cabal un mes después llegaron los planos aprobados por el Santo Padre, así que no había problema. Entonces, el padre Peinador me dejó hacer lo que quería. Incluso, entra más me enchabetaba, más cuerda me daba el padre. Bueno, en esa iglesia tenían un sagrario que se veía todo desvalido y yo lo cambié por el que está allá. Hoy me están pidiendo que haga uno parecido, sostenido por unas manos de bronce. ¡Una idea que hace 40 años ya la tenía!

 

Si uno llega por la tarde a la iglesia y hace el recorrido de todo el Vía Crucis, iniciando con las manos de Poncio Pilatos y terminando con la resurrección de Cristo, la luz de los vitrales es parte de un todo…

Sí, así estaba diseñado para que las luces dieran la sensación de la resurrección. Eso fue pensado desde el inicio.

 

El vidrio que cubre el sagrario de El Rosario está quebrado.

Los hierros que sostienen el sagrario salen de la misma estructura de la iglesia, la luz es natural y el vidrio quebrado…

 

Dicen que fue un balazo durante los años 70s u 80s.

No, lo que pasó es que en la feria vinieron a demostrar unas metralletas. Entonces le tiraron a un vidrio blindado. Cuando vi ese vidrio, lo quise. Terminó la feria y, aunque quería comprarlo, me lo regalaron. Entonces pensaba que el vidrio roto representaba una forma de detener la violencia que se viviría en El Salvador. Además, lo coloqué a un lado, no al centro como se hacía antes, como parte de una composición. Ese vidrio es una coraza que protege al sagrario, una metáfora de una protección al pueblo salvadoreño.

 

A propósito de metáforas y entrando a los nombres populares, ¿qué le parece “El volskwagen de concreto” que algunos le dan a El Rosario?

La escalera al cielo”, “la media rueda”… ¡Tantos epítetos que le pusieron a El Rosario! Yo no me titulé, pero en las graduaciones de mis amigos siempre estuve invitado y siempre había arquitectos que se reían de mí. Me molestaban… De ahí salió lo de la escalera al cielo, por la forma de las vigas del techo, pero ellos no sabían que eso fue lo máximo que se podía hacer desde el funcionalismo: me dio el espacio y la entrada de luz para los vitrales. La Iglesia El Rosario está bien lograda. Mire el espacio interno que se logró obtener en El Rosario y compárelo con el de Catedral Metropolitana. Además, ¿cuánto vale la catedral? No sé si 24 ó 30 millones de dólares. El Rosario se hizo en 600 mil colones de los de antes.

 

Ha trabajado mucho con la Iglesia y vemos muchas figuras religiosas, incluso aquí en su casa. ¿Es usted una persona muy religiosa?

Usted no puede hacer algo en lo que no cree… no le va a salir. Yo he sido bautizado y todo desde que era niño, pero tuve que comprender en realidad lo que era la religión. Hoy soy un hombre no religioso pero sí con mucho respeto a Dios, al grado que muchas veces, cuando estaba trabajando en El Rosario, pensé en hacerme fraile.

 

¿Fraile?

Es que había un fraile vasco, creo que se llamaba Pedro Lesaca, que llegaba a trabajar conmigo que iba por todo el mundo haciendo obras. Él me decía: “¿Por qué no te haces fraile para hacer obras en todo el mundo?” Y me ponían el hábito, y me decían que el que se ponía el hábito ya no se salía.

 

¿Y qué lo detuvo?

Es que mi misión no es esta. Después, pensando y pensando, me dije: “Voy a estar haciendo arte y dando la misa pero… ¡Si yo soy un enamorado de las mujeres!”

 

Ja, ja, ja.

Entonces, conocí a mi esposa y me casé con ella. ¡Qué fraile me iba a andar haciendo!

 

¿Cómo la conoció a ella?

En una casualidad.

 

¿Nada de arte de por medio?

Nooooo, las cosas ya están hechas. Ve a una persona y ya sabe. Desde que la conocí ya sabía que ella iba a ser; y también ella conmigo. “Este quiero y este quiero”, dijo. Estamos casados desde hace… tenemos hijos, tenemos nietos… Yo no me casaba. Me casé de 37 años y me decían: “Aunque has gozado mucho, no vas a ver a tus hijos crecer”. Y miren, los he visto crecer y ser profesionales, y tengo a mis nietos. No tengo de qué quejarme, la vida me ha tratado muy bien.

 

¿Y la escultura también lo ha tratado bien?

Bueno, ahora… Funter me hizo unas plantillas especiales con las que he podido caminar. Si no, anduviera en silla de ruedas. Me he puesto el reloj en esta mano porque no lo aguanto en la otra…

 

¿Una lesión del conducto carpiano?

No, el médico dice que he abusado mucho de mis manos. Me quedaban engarrotadas y a fuerza me han dicho que me queden normales. Ahora, cuando me pasa, me da risa y me las compongo. Recién operado de la columna vertebral terminé de arreglar el Cristo Negro, el que estaba puesto camino al puerto de La Libertad. Con una faja estaba haciéndolo. A estas alturas, todo lo que venga es bueno.

 

¿Hay algo que no ha podido hacer? ¿Una obra que diga “esto me falta por hacer”?

Eso que tiene usted…

 

¿Qué cosa?

(Señala el brazo derecho de Rodrigo Baires Quezada) Eso.

 

¿Un tatuaje?

Sí, un tatuaje. No me lo hice, y no me lo voy a hacer ya.

 

Digo, hablando de obras de arte tradicionales.

No me falta nada… ahora, ya no. Pero hubiera querido hacer obras más grandes. Mi trabajo sobre la escultura monumental me llena pero… siempre he hecho figuras grandes. El colegio García Flamenco me encargó unas esculturas pequeñas y para mí fue dificilísimo. Cuando hice una, ya las demás fueron más fáciles. Todo era que no las quería hacer. Hoy voy a hacer un sagrario que será una obra de arte: fundido en bronce, vidrios de colores, manos… la liturgia está cambiando. Antes, se tenía el sagrario en una capilla aparte. Hoy, Roma nos está diciendo que lo pongamos al centro otra vez.

 

Trabajar en pintura, escultura y arquitectura en la manera en que usted lo ha hecho, demanda mucho tiempo…

Todo el tiempo de toda mi vida. Ahí le falto que también toco guitarra… Ahora no lo estoy haciendo porque las articulaciones de las manos las tengo malísimas, no puedo agarrar el mástil. Si me compongo, regreso a tocar la guitarra.

 

¿Qué tipo de música toca?

Más que todo me gusta la bossa nova y el jazz.

 

¿Y ha compuesto algo?

Cómo no, pero no vale la pena. He hecho jardinería, escultura, pintura, arquitectura, estructura… Pero no he estudiado arte en ninguna parte.

 

¿Autodidacta?

Sí, en mi familia no había artistas. Yo era el cuarto de cinco hermanos. Mi familia no podía comprender cómo un muchacho se iba a dedicar a andar jugando. Según ellos, cualquier forma de arte era jugar. Para ellos, tenía que estar estudiando números y la ingeniería. En cambio, me iba a tocar la guitarra y a dibujar. Mi mamá era la que más se preocupaba de que no anduviera perdiendo el tiempo. Me quebró la guitarra dos veces.

 

¿Y nunca le llevó serenata para que viera que sabía tocar?

Ja, ja, ja. Después, ella me dijo que no sabía la vocación que tenía. Es que la manera en cómo se criaba antes a los hijos era diferente a la de ahora. A nosotros nos pegaban cuando nos portábamos mal… Así como, por ignorancia, hice yo con los míos.

 

¿Cómo vivieron sus hijos el hecho de que su padre fuera alguien famoso, un artista conocido, al que incluso le decían que estaba loco?

Normalmente, porque siempre me vieron trabajando. Cuando estaban chiquitos, me los vestían y me los llevaba a donde trabajaba. A los tres por igual. Así que lo veían como algo natural. Tanto así que, cuando la mayor llegó a la universidad y los llevaron al estudio del pintor Roberto Huezo, todos sus compañeros se pusieron como locos viendo los materiales, los pinceles y todo. Mi hija, no. Ella ya conocía de eso, ya me había arruinado muchas veces los pinceles, ja, ja, ja...

 

Ja, ja, ja.

¡Y para qué estudió arquitectura! Todos mis lápices se los llevó a la universidad y los perdió, ja, ja, ja. Ahora, yo tengo las cosas que tienen sus nombres porque ya no las usa, ahora ella tiene su computadora para dibujar. Dice que me quiere comprar una computadora para que dibuje en autocad (un programa especial para dibujo arquitectónico), yo le digo que no, que voy a dibujar toda la vida con un lápiz.

 

Rubén Martínez habla de paciencia y constancia en su quehacer artístico y arquitectónico. Para sus amigos y compañeros de trabajo, esos que lo han acompañado en varios proyectos, lo suyo es tozudez y una filosofía básica: hace lo que quiere y como lo quiere, o no lo hace. Eso fue lo que le dijo a Armando Calderón Sol, cuando el entonces alcalde de San Salvador le encargó el proyecto del monumento Constitución.

 

Recuerdo que hace un par de años le tocó ir a limpiar a “la Chulona”.

Sí, pero eso fue porque yo la hice… el doctor Calderón Sol me dejó manos abiertas para hacer lo que hice: la estatua, el pedestal y la plaza...

 

Ahora la plaza tiene unas astas para unas banderas frente al monumento. ¿No le ha dicho nada al alcalde Norman Quijano?

No, no sé nada de eso.

 

Pues vaya a verla, porque le han puesto unos tubos en “la Chulona”…

Se está rompiendo la filosofía con que fue hecha. Incluso, quitamos las instalaciones eléctricas que estaban al centro y las pasamos a los lados para que quedara libre la estatua. Si están poniendo todos esos estorbos, no se va a ver lo que nosotros hicimos con el doctor Calderón Sol.

 

¿Cuál era la filosofía con que se hizo “la Chulona”?

La filosofía era que el monumento tiene que verse limpio desde lejos. Entonces, estos postes de luz se pasaron a los lados. Si ahora están poniendo cosas… sería mejor conservar el concepto con que fue hecho.

 

¿Cuál era el concepto?

Le cuento la historia. Encargaron el monumento a uno de los señores que hacen esculturas en el país y lo que hizo fue algo muy feo. Entonces, una de las arquitectas que estaban en el proyecto dijo que yo podía hacerla. Me hablaron. Como era urgente, le dije que iba a ir a una misa en la iglesia San José de la Montaña y el doctor me dijo que iba a llegar ahí. “Nosotros queremos que nos haga una columna de 15 ó 20 metros con una estatua del tamaño de una figura humana encima”, me dijo. Yo le dije que eso no se podía hacer. Y él, “¿Y El Salvador del Mundo?”. “Los que lo hicieron se equivocaron, yo no”, le respondí.

 

Ja, ja, ja.

La estatua tiene que ser del tamaño del pedestal. “¿Y cómo se hace eso?”, me preguntó. “Hay que hacerlo”, le dije, y me fui a la Alcaldía de San Salvador. Ellos tenían una maqueta con cadenas por todos lados y un pedestal… Les dije que así no sería. “Esto está mal”, les dije. “¿Y cómo lo va a hacer?”, me preguntaron, “¿En cuánto tiempo lo puede diseñar?” “En una semana” les dije. Pero les pedí que me dieran manos libres, que era lo que quería. No podíamos hacer un monumento si no tenía función social. ¿Qué es eso?, me preguntaron en esa época. Les expliqué que aquí no hay lugares para esparcimiento y el monumento tiene que servir para eso. Y ese fue el gran problema porque mis amigos arquitectos querían que el monumento estuviera al centro y yo lo desplacé. Vinieron aquí a tratar de convencerme, que eso no estaba bien y que esto y lo otro. Y yo lo desplacé de manera tal que la perspectiva del monumento no es un redondel, sino una plaza. Y esto sirve para que la gente mayor salga en las mañanas a caminar y termina siendo la famosa ciclovía. Así que la función social del monumento se cumplió: se usa para correr en la mañana; los niños patinan… Así como “El Cristo de la Paz”. Pero ahí ya le hicieron una pirámide que está mal. Eso hay que eliminarlo. Ya se lo dije al doctor Quijano. Él dice que no lo puede hacer porque no quiere entrar en polémica con la comuna anterior, que fue quien la hizo. Pero si algo está mal hecho, hay que quitarlo. La pirámide está afeando el lugar y la idea era que no hubiera estorbos. En “la Chulona”, si han puesto un par de astas, eso compite con el monumento. Eso hay que limpiarlo.

 

Con “la Chulona”, ¿nadie le dijo “Ponele un trapito, por lo menos”?

Ellos me decían y me decían cosas, pero como yo soy de “se hace lo que yo digo o no lo hago”…

 

Ja, ja, ja.

... Y ellos venían aquí a ver cómo iba todo. Aquí venían el alcalde, Armando Calderón Sol, y su esposa, doña Eli, a ver el trabajo. Él quería que en tres meses estuviera todo hecho. Doña Eli me decía: “Míreme la pierna”, para tomar el modelo, ja, ja, ja.

 

Ja, ja, ja.

Y me enseñaba la pierna para que tomara modelo.

 

¿Y nada de trapitos?

Es que le dije que la filosofía de la obra era que estaba desnuda porque la justicia no tiene nada que esconder… que hay que taparle los ojos, me dijeron. “No”, les dije. Y es una mujer joven porque tiene que ser la nueva justicia de El Salvador. Y tiene la espada levantada porque llama a la acción.

 

¿Y cómo tomó que la llamaran popularmente “la Chulona”?

Eso fue interesante. Estábamos haciendo el pedestal y parecía como una picota. Napoleón Duarte era el presidente y alguien me preguntó qué estaba haciendo. “Es una picota para poner la cabeza del presidente”, le dije, ja, ja, ja.

 

Ja, ja, ja.

Es que era bien bromista. No sé cómo se dio cuenta la gente, pero el día que llevamos la estatua había un gentío. Llegamos como a las 7 de la noche porque quería ponerla sin que nade se diera cuenta. Además, esas maniobras son muy delicadas… Se podía caer y no quería que le pasara algo a alguien. Salimos de aquí como a las 6:30 de la noche. La llevábamos envuelta a la estatua pero iba parada, y mide 2.80 metros, y por eso la espada topaba en los alambres, y nos tardamos en llegar. Ahí la levantó una grúa, porque pesa unas mil 500 libras porque es hueca, y la puso en el pedestal. La gente aplaudiendo. Cuando le quitamos lo que la envolvía, alguien gritó: ¡la Chulona!

 

¡Y ya no le quitaron el nombre!

No, pero yo estaba muy preocupado porque pensaba en qué podría pasar cuando la vieran. A los artistas nos gusta hacer cosas en las que nadie va a creer, pero después somos criticados… Pero ahí se escuchó el aplauso de la gente. Yo estaba en medio y vi esa alegría… Y fue “la Chulona”, y como ya teníamos un “Chulón”, pues así le quedó. A mí no me molesta que le digan “la Chulona”.  Y  es interesante porque la gente dice que vive allá por “la Chulona”.

 

Hay algo que me llama la atención: ¿por qué dice que el monumento al Salvador del Mundo está mal hecho?

El problema es la proporción. La escultura tiene que estar hecha en proporción a la altura del pedestal. Puede ser que la figura del Cristo que tenemos allá arriba no sea tan pequeña, pero por la proporción se ve como un muñequito. Además, la proporción de la plaza lo hace más pequeño. Necesitamos una figura grande para que en la dimensión urbana no se anule. Eso es diferente.

 

¿El pedestal y la estatua de “la Chulona” son proporcionales?

Sí… pero el pedestal es otra historia, porque muchos no lo veían bien. Yo escribí que dejaba una ventana en el pedestal porque atrapaba un pedazo del cielo y se veía cómo la ciudad continuaba hacia adelante. Ahora, muchos se han inspirado con ello.

 

¿Y quién fue la musa en la que se inspiró para hacer “la Chulona”?

Mire, no tengo modelos. Pero en mi casa hay mujeres, las veo a ellas y las copio. No tengo exactamente una modelo. Roberto d’Aubuisson me preguntó: “Mirá, ¿quién es la modelo?” “Son varias”, le dije. “Entonces, hagamos una fiesta con todas las modelos”, me dijo, ja, ja, ja...

 

 

El haber hecho las estatuas del mayor Roberto d'Aubuisson, la de su mausoleo y la que se encuentra en la sede central del partido, le valieron para que fuera vinculado políticamente con el partido Arena. No fue lo único que hizo. Entre sus obras está también la estatua del batallón de reacción inmediata Atlacatl, una pieza que hizo durante la guerra. “Pero yo no me meto en política... lo mío es el arte”, dice.

 

¿Se llevaba bien con el mayor d'Aubuisson?

Éramos amigos pero siempre que nos veíamos chocábamos.

 

¿Por qué?

Porque él quería que yo trabajara en pro de lo que él estaba haciendo. Pero yo siempre le dije que cada quien hacia las cosas a su manera. “Yo lo hago a través del arte; vos, así”, le decía.

 

¡Y terminó haciendo las estatuas del mayor!

Eso me lo encargaron. Mi esposa me vio trabajar en la estatua del mayor Roberto d’Aubuisson toda una semana de 7 de la mañana a las 10 de la noche. Trabajaba y trabajaba, y no me salía. Hice tres cabezas a la vez… al final, un día a las 8:30 de la mañana me di cuenta de que ya lo tenía terminado.

 

¿Una semana para modelarlo?

Sí, lo que pasa es que el mayor Roberto d’Aubuisson no tenía la cara igual. Uno hace la mitad y luego la pasa para el otro lado. Pero con él no salió así… Lo hacía y me daba cuenta de que estaba bien, pero no estaba bien. Es que hay que ser autocrítico. Estaba bien, pero no estaba bien… Y es que de él decían que tenía un ojito pícaro, un ojo gacho. Su esposa decía que mejor se hiciera una pintura porque no se podría hacer una estatua. Pero lo hice exactamente igual, al caso que cuando vio la estatua empezó a llorar. Los guardias de seguridad dijeron que ahí estaba su mayor d'Aubuisson.

 

¿Y quién se lo encargó?

El partido. Lo que pasa es que unos muchachos dijeron que lo querían hacer y me recomendaron. Saqué mis cuentas, presenté mi presupuesto y me escogieron.

 

¿Es usted de derecha?

Yo no soy artista de izquierda o de derecha, porque le arte no tiene bandera política. Pero estoy en desacuerdo con los disturbios, con matar a gente… Además, el arte es para hacer y no para deshacer. No soy un hombre de derecha. “Me han machacado mucho porque hice la estatua de d’Aubuisson. ¡Pero también les hago a Schafik Hándal! Pero no para ponerlo en una plaza. Se los hago para ponerlo en un cementerio o en la sede de un partido político, como lo hice con el mayor. Sé que le han encargado a varios artistas de izquierda la estatua de Hándal y que no lo han podido hacer. Si me encargan que haga a Schafik, ¡lo hago!

 

Su arte es revolucionario…

Sí, revolucionario, pero no tiene una tendencia política ni regional. No quiero limitarme a hacer arte de mi país. Si me dijeran que quieren que haga algo en la luna, ¡que me inviten a la luna! Quisiera que vieran a mi arte como algo universal.

 

Le digo revolucionario porque, por ejemplo, la construcción de la iglesia de El Rosario seguía la tendencia del Concilio Vaticano II…

Es que siempre he sido un hombre de avanzada. Me han tachado de clásico, porque cuando quieren la estatua de un señor siempre la hago igual a él. Con eso no se trata de ir a poner un ojo por aquí y el otro por el otro lado.

 

Ja, ja, ja.

Imagínese que me encarga que haga a su papá y le salgo con una chancleta. No, eso no puede ser. Entonces, por como hago a los personajes, dicen que soy clásico. Tanto Cristo que he hecho y siempre ha sido con el respeto que se merece él. He hecho creo que cinco estatuas de Cristo grandes: San José de la Montaña, Cristo de la Paz, uno que está en Costa Rica… y no recuerdo los otros dos, ja, ja, ja...

 

Otra de sus obras famosas es la del padre Cañas...

Eso fue algo interesante. El arquitecto Francisco Ferri me vino a invitar a mi casa para participar en la construcción del monumento. Él venía bolo con un amigo, Zamora y les escuché y escuché, pero no les estaba poniendo atención. Se hizo noche, no encendí las luces para que se fueran... No quería hacer el monumento porque no quería que este fuera una pirámide. Les dije que si los mayas hubieran tenido el concreto, hubieran hecho otras cosas. Pero él seguía con que iba a hacer una pirámide. Pero me dijo que iba a haber una losa de concreto que significaba un rompimiento y que ahí quería poner unos vitrales míos. Entonces fue cuando estuve de acuerdo. Yo iba a hacer la escultura de hierro, también, y los murales de cerámica eran de César Sermeño. La escultura mide 4.5 metros y hasta el brazo que tiene alzado, si mal no recuerdo, tiene 2.30 metros. Estuvo mucho tiempo abandonada y ahora está en el Museo de Arte Moderno (Marte).

 

¿Es la estatua más grande que ha hecho?

No, “El Cristo de la Paz”, si tomás en cuenta el pegue con el pedestal, mide como cinco metros o un poco más. Y un Cristo que está en Costa Rica, que es de puro hierro, es un poco más grande. Ahí hay dos piezas mías: una virgen de Fátima, que mide 2.40 metros, y ese Cristo.

 

¿Una virgen de hierro?

No, de puros centavos de los de antes. En ese tiempo no podía fundir, entonces se me ocurrió comprar centavos y soldarlos. Primero compré 100 colones en centavos y empecé a soldar. El problema fue cuando ya estaba terminada: vino un hombre y me dijo: “Fíjese que ha hecho algo que no puede hacer. La moneda no se puede utilizar para nada más que como moneda. Eso es un delito”. Y como la estatua se iba para Costa Rica, ¿cómo declaraba la salida de ese dinero?

 

¿Y cómo hizo?

La forré de polietileno y luego con mezcla de cemento. Entonces la declaré virgen de Fátima de concreto armado. No estaba mintiendo. Pasó la aduana y llegó a Costa Rica, de donde me escribió el padre. Me decía que el Cristo les parecía formidable, pero que tenía dudas de la virgen. Yo viajé después, llevando la cabeza y las manos en una maleta. También llevaba una bolsada de centavos, que dije que eran para regalar. Cuando llegué, tenía a todos los padres enfrente, pedí un cincel y le quité la capa que la forraba. Brilló aquella estatua, porque la había pulido y dado un barniz especial. ¡Les encantó!

 

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