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¿Y si condenamos a Salarrué?

En el inicio de un inédito debate sobre figuras fundacionales de la identidad salvadoreña, Álvaro Rivera Larios contesta a Miguel Huezo Mixco su retadora pregunta sobre el papel histórico de Maximiliano Hernández Martínez: ¿Perdonamos al General?. La pregunta de respuesta también toca fibras sensibles.

Álvaro Rivera Larios *

 
 

Hace unos meses, en la prensa escrita, el ameno prosista y buen poeta Miguel Huezo Mixco nos hizo la interesante y provocadora pregunta de que si, con la información que ahora se dispone, podíamos salvar la figura del Gral. Martínez. Y es que sabemos de memoria los hechos que condenan al militar (derribar a un gobierno elegido democráticamente, promover una matanza indiscriminada de indígenas y campesinos rebeldes, enquistarse en el poder durante más de diez años), pero hemos “olvidado” acciones suyas que podrían ser un atenuante.

La pregunta de Huezo Mixco – ¿Perdonamos al General? –, si no la malinterpreto, es en el fondo una interrogación sobre la calidad de nuestros juicios históricos. El problema con la opinión pública de izquierda que ha juzgado a Martínez es que, para darle fuerza retórica a su veredicto, eligió simplificar el rostro del condenado. Todos los años, cuando llega la infausta fecha, el 22 de Enero, procedemos a quemar una figura de cartón piedra.

Estas inercias mentales y rituales ha venido a sacudirlas el trabajo investigativo de Rafael Lara Martínez. El profesor, como un buen detective, ha rescatado del silencioso polvo de los archivos unos datos que obligarían a rectificar nuestra imagen del dictador. Tal parece que el General estampó su firma en una condena de la invasión norteamericana de Nicaragua. Si las evidencia textuales no mienten o se malinterpretan, Martínez fue una figura apreciada por el padre de Augusto Cesar Sandino. Y hay más: Martínez, desde el poder, le dio apoyo al arte indigenista en nuestro país y bajo su gobierno adquirió forma una política cultural que contó con el apoyo de muchos intelectuales masferrerianos.

Las nuevas-viejas noticias –que aparentemente absuelven al militar–, por otro lado, comprometen al ciudadano Salvador Salazar Arrué, hombre de letras que fungió durante algunos años como figura cultural del régimen martinista.

Por motivos de espacio, voy a ser lapidario en lo que atañe al General. Creo que se merece la condena de la historia, aunque dicho veredicto tendría que ser más complejo, más apegado a los datos que ahora se conocen. No procede absolverlo, por las mismas razones que nos impedirían absolver a Stalin. Y es que Stalin también construyó casas para el pueblo soviético e impulsó un arte, el del realismo socialista, cuyo destinatario eran los trabajadores; pero todo eso ¿a cambio de qué? a cambio de negar brutalmente la libertad. No solo de pan vive el hombre y no solo de cultura, ambas dimensiones solo adquieren sentido, plenitud, cuando van acompañadas por el ejercicio de las libertades ciudadanas. Difícilmente una dictadura puede ser puesta como ejemplo del discurso liberador de nadie, por muy paternalista que se muestre con la ciudadanía sojuzgada. Así como Stalin, que se proclamaba marxista, traicionó en los hechos el legado libertario de Marx; también Martínez, por su parte, desfiguró lo más hondo del ideario masferreriano, al ponerlo en práctica. Masferrer tampoco divorciaba la cultura de la libertad. 

Pero abordemos el caso de Salvador Salazar Arrué. Si condenamos la dictadura de Martínez, no tenemos más remedio que evaluar críticamente el papel que Salazar desempeñó en ella. Y es por eso que pregunto: ¿Y si condenamos a Salarrué?

Mi pregunta es aparentemente sencilla pero está comunicada con varias de las tesis que defiende Rafael Lara Martínez. Para el profesor, el juicio sobre la conducta política de Salazar Arrué se convierte en un juicio sobre la poética indigenista y la cultura de la izquierda. Pero vayamos más despacio. Si queremos obtener una imagen simplificada de las ideas centrales de Lara, hay que sustraerlas de la complejidad de sus argumentos y de su estilo. Así que procedo y las resumo: a) La política cultural de Martínez tuvo un componente nacionalista y popular. b) Al contrario de lo que se ha dicho, Salarrué y muchos creadores e intelectuales masferrerianos se sumaron al proyecto cultural del dictador. c) Los lazos ideológicos de la poética regionalista con la dictadura  la convirtieron en una poética manchada. d) La izquierda, al asumir a Salarrué, asume acríticamente una sensibilidad cultural que fue forjada por la dictadura del Gral. Martínez. 

La primera y la segunda tesis pueden sostenerse, la tercera y la cuarta pueden ser objeto de una discusión. 

Dado que la segunda tesis se apoya en evidencias, es necesario juzgar el papel político de Salvador Salazar Arrué en 1935 (año en que Martínez lo nombra delegado oficial a la Primera Exposición Centroamericana de Artes Plásticas). Y cabe la posibilidad de condenarlo, pero antes, como es lógico, haría falta que organizáramos un juicio donde los papeles del fiscal, la defensa, el juez y el jurado no fuesen adjudicados a personas propensas a la simplificación maniqueista.

Habría que hacer otra salvedad. Suponiendo que condenáramos las acciones políticas de Salazar, eso no equivaldría a la condena automática de Salarrué ni de la poética indigenista. No pretendo disociar al político del artista, el “político” Salazar consintió el uso ideológico de los cuentos de Salarrué; eso ya es innegable. Ahora bien, si queremos plantear un diálogo lúcido entre la ética y la estética, no podemos pretender que la estética permanezca muda. “Los cuentos de barro”, aunque puedan ponerse a dialogar con las acciones del ciudadano Salazar, de alguna manera las trascienden; eso también es innegable.

La épica del nacionalismo salvadoreño les concede poderes sobrehumanos a sus próceres políticos e intelectuales. Por eso hay que decirlo: ni Martínez ni Salazar Arrué inventaron la filosofía del arte y la política cultural regionalistas. Ni la estética del terruño ni la herramienta político-cultural que la difunde les pertenecen. Tuvieron noticia de ambas –como hechos y ejemplos, no solo como ideas o posibilidades– en una época en la que la revolución mexicana irradiaba su turbulencia creativa y progresista a los países vecinos. Los gobiernos de Guatemala y El Salvador habrán hecho lo posible para evitar que la experiencia mexicana contagiase políticamente a sus países, pero no lograron impedir que penetrara en sus territorios el influjo cultural e ideológico de una revolución cuyos ecos llegarían hasta Perú. 

Cuando empezó a forjar su visión literaria de Cuscatlán, Salarrué no era una isla; a lo largo de América Latina, otros artistas y escritores ensayaban aventuras semejantes a la suya. Cuando Salarrué empezó a forjar su visión literaria de Cuscatlán, lo hizo a partir de unas ideas estéticas y de unos modelos formales con los que ya habían trabajado otros artistas en Latinoamérica. La poesía gauchesca, en la Argentina del siglo XIX, fue el intento de “re-presentación literaria” de un habla popular y un paisaje nativo. Ese romanticismo, que vindica la tradición campesina y la naturaleza local, reapareció con nuevas fuerzas en el seno de los filósofos y artistas que se involucraron en la revolución mexicana. Su concepción del arte no era una simple estética, formaba parte de una nueva idea de la cultura para unos territorios atravesados por hondas diferencias sociales y étnicas. Su visión era una inquietud, era el presagio estético de otros horizontes, era el acercamiento artístico y político al rostro de aquellos que habían permanecido invisibles hasta entonces: la curtida masa de los jornaleros, los campesinos pobres y los indígenas de México. De tales herencias, intentos e influencias se nutre Salarrué. Y aunque sus imágenes no reflejan de forma profunda la complejidad del paisaje social y étnico salvadoreño, lo aluden y lo colocan en el primer plano de la creación literaria y eso ya tenía merito en un país como El Salvador en el cual gobernaban los valores de una cultura occidentalista y oligárquica. El oído prodigioso de Salarrué y la alquimia de su retórica, al transmutar literariamente el habla campesina, celebraron las bodas de una comunidad simbólica que El Salvador ha sido incapaz de construir políticamente a lo largo de su trágica historia contemporánea.   

Aquella afirmación de “lo nuestro”, donde se notan  las sendas y el espíritu del arte creados por la revolución mexicana, presuponía la existencia de una cultura urbana y letrada en El Salvador de principios del siglo XX. Como el pez que no presume de nadar bajo el agua, ni los indígenas ni los campesinos hicieron bandera entonces de la cultura popular “salvadoreña”. Eran los jóvenes artistas, los jóvenes letrados e informados quienes decían su asombro por los rasgos propios que una nueva mirada descubría en la sociedad y el paisaje natales. Aquella sociedad, aquel paisaje,   al ser comparados con Europa, ya no eran barbarie sino que diferencia y una diferencia valiosa que debía dignificarse e incorporarse al rostro con que la nación enfrentaba al futuro. Dicha actitud no fue tan “natural” y espontánea como se cree, era cosmopolita por sus  vínculos subterráneos con la Europa del siglo XIX. Calcando a Borges, podríamos decir que el culto salvadoreño del color local era un  culto europeo de origen reciente, un culto cuyas bases habían sido puestas por pensadores como Herder, filósofo que valoraba las diferencias culturales de los pueblos en contra de aquella visión universal de la cultura que pretendía plancharlas, subordinarlas o suprimirlas. La sensibilidad antropológica de Herder preparó la llegada del nacionalismo cultural y de la idea de las literaturas nacionales. Los ecos del pensamiento herderiano resonaron en la prosa de José Martí, pero  fue la revolución mexicana quien le dio vida, cuerpo, a la sombra de Herder  en Mesoamérica. Por estas y otras razones, el prosista Salarrué es hijo de unos antecedentes poderosos difícilmente atribuibles al diseño cultural del martinato. 

Los cuentos que Salarrué publicó en Patria a finales de los años veinte del siglo pasado participaban de las inquietudes avanzadas de un protonacionalismo popular latinoamericano que muy pronto se dividiría en visiones enemigas. Lombardo Toledano se alejó de Antonio Caso, J.C. Orozco y J. C. Mariátegui se alejaron de José Vasconcelos. A mediados de los años veinte, el humanismo romántico y burgués que alimentaba las ideas nacionalistas latinoamericanas empezó a ser contestado por artistas como Alfaro Siqueiros y pensadores como Mariátegui  que concebían la nación en  términos más radicales. Como he dicho en otra parte, el “indio Aquino” que construyó Roque Dalton no salió de “Los cuentos de barro” sino que de un mural de Diego Rivera.  El nacionalismo de la izquierda salvadoreña, por lo tanto, tiene una historia más compleja que la que le atribuye el profesor Lara.

Maximiliano Hernández Martínez y Agustín Farabundo Martí son escisiones de un protonacionalismo popular latinoamericano, de ahí que los linajes que ellos inauguraron puedan ver a Salarrué como un antepasado. Salvador Salazar Arrué consintió que un nacionalismo autoritario se apropiase de la promesa inicial de sus relatos indigenistas, pero las ideas  y los valores que dieron vida a “Los cuentos de barro” se forjaron en una época en la cual aun no existía el martinato (no confundamos la fecha de publicación de éste libro con la gestación de su ideal estético). 

Es cierto que después del 32,  la poética regionalista tuvo “usos” conservadores en nuestro país, pero eso no confirma que tal poética y las políticas culturales que la difundieron fuesen herramientas de origen conservador o que fuesen un “diseño” patentado por el Gral. Martínez; eso lo que confirma, en todo caso, es que dicha poética y las políticas culturales asociadas con ella tenían una ambigüedad implícita que la tornaba susceptibles de usos progresistas o reaccionarios. Martínez ejemplificó la segunda posibilidad, pero de ninguna forma se anticipó a la primera, es decir, a la que simbolizaron  las figuras del joven Vasconcelos, Diego Rivera y J.C. Mariátegui. 

La verosimilitud o falsedad del indigenismo, su verdad o su retórica, su alcance  como política cultural, no se jugaban tan solo en el interior de la obra de arte  o en el trato paternalista que se diese a indígenas y campesinos, se jugaban también en la forma con que el sistema político nacionalista conjugara de modo práctico la igualdad, la libertad y “los intereses populares”.

Sobre el nacionalismo de la izquierda salvadoreña es difícil generalizar, porque ésta no es un bloque homogéneo. En la izquierda todavía existen sectores que, para afirmar su sentido de pertenencia a la nación,  acuden primordialmente al carbonero, a la pupusa y a las malas imitaciones del inimitable Salarrué, pero, ya en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, empezó a gestarse, en ciertos sectores de la “intelectualidad progresista”, un sentido más complejo de la cultura salvadoreña y de su relación con el mundo. Menendesleal, por ejemplo, en aquellos años, se distanció programáticamente de Salarrué. Su amigo y compañero de generación, Roque Dalton introdujo motivos indígenas, cercanos a los de Diego Rivera, dentro de un texto literario de factura vanguardista.  “La generación comprometida” ya tuvo un trato de amor-odio con la ingenua y provinciana poesía del terruño. Irreverente fue también el trato que Dalton le dio a ciertos símbolos de la iconografía nacionalista conservadora, pero  su ironía ideológica y su vanguardismo estético es posible que no hayan tenido una réplica análoga en la forma con que “la izquierda” ha  teorizado la nación. A pesar de todo, con quien está endeudada la izquierda salvadoreña no es con el nacionalismo de Martínez sino que con el horizonte cultural latinoamericano que, allá por lo años veinte del siglo XX, planteó por primera vez el problema de la identidad nacional. Dalton no traspasa el ala izquierdista de aquel horizonte (la de Orozco y Mariátegui), cuando recusa a Masferrer y dignifica al indio Aquino.   

Darle a la política cultural de Martínez todos los atributos de un fenómeno  más complejo–el protonacionalismo latinoamericano– del cual representa  una derivación, equivale a confundir la rama con el tronco. Por esa vía se corre el peligro de malinterpretar las problemáticas semejanzas, diferencias y relaciones entre los nacionalismos de derecha e izquierda en El Salvador. Tiene merito, por supuesto, alertar sobre unas semejanzas problemáticas que suelen silenciarse, pero cometeríamos un error si no las reintegramos con lucidez al campo de las diferencias. Los nacionalismos de izquierda y derecha no se dividen solo por los medios que utilizan para alcanzar sus objetivos, discrepan también en la forma de concebir su gran meta: su idea de “la comunidad” nacional no es la misma. La izquierda persigue la nación a través de un cambio radical en la estructura económica, política y social. De nada le vale defender el componente popular y étnico de la cultura, si los mecanismos económicos que condenan al  mestizo y el indígena permanecen intactos. Si el nacionalismo que enarbola es verdaderamente radical, intentará que mestizos e indígenas sean sujetos activos del sistema político y no meros receptores de las dádivas materiales y simbólicas de un Estado paternalista, vertical, autoritario.        

Pero bien, leamos los gestos que importan tanto como los textos: dos hombres a quienes les gustaban los relatos de Salarrué y que también defendían la soberanía de Nicaragua tuvieron un enfrentamiento mortal en El Salvador, a principios de los años 30. Ustedes ya saben quienes eran y saben que de ninguna manera el indigenismo retórico de Martínez se pudo anticipar a Farabundo Martí, un mestizo de tez oscura e ideas marxistas cuya sangre se mezcló con la de los indígenas en la re-vuelta de 1932. 

Siempre que lo mantuviésemos bajo una atenta y lúcida libertad vigilada, podríamos absolver a Salarrué, aunque condenásemos al ciudadano Salvador Salazar a unos cuantos años de prisión simbólica. Todo esto, desde luego, es asunto de litigio. Que empiece el juicio, pues.


* Escritor y académico salvadoreño radicado en España.  

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