Imprimir

José Ellacuría S.J., hermano de Ignacio Ellacuría:

“Es necesario que hechos como la muerte de mi hermano no queden en la impunidad”

Roberto Valencia

En plena ofensiva guerrillera ‘Hasta el tope’, el 16 de noviembre de 1989, el Batallón Atlacatl asesinó al rector de la UCA, Ignacio Ellacuría Beascoechea, junto a otros cinco jesuitas, una colaboradora y la hija adolescente de esta. Uno de los hermanos de Ignacio, José, es también sacerdote jesuita y reside en el País Vasco. El Faro platicó con él sobre su hermano, sobre su peculiar carácter, sobre el perdón y sobre la justicia pendiente.

ElFaro.net / Publicado el 15 de Noviembre de 2013

José Ellacuría Beascoechea tiene 85 años, pertenece a la Compañía de Jesús, y es el hermano de Ignacio Ellacuría, asesinado por el Batallón Atlacatl en noviembre de 1989 en El Salvador. Foto Roberto Valencia
 
José Ellacuría Beascoechea tiene 85 años, pertenece a la Compañía de Jesús, y es el hermano de Ignacio Ellacuría, asesinado por el Batallón Atlacatl en noviembre de 1989 en El Salvador. Foto Roberto Valencia

El jueves 16 de noviembre de 1989, el sacerdote jesuita José Ellacuría Beascoechea almorzó en el colegio que la Compañía de Jesús tiene en Indautxu, un barrio de Bilbao, en su País Vasco natal. Llevaba más de medio año instalado ahí, pero no porque él así lo hubiera buscado. Ocho meses antes, en marzo, el gobierno de Taiwán lo había expulsado porque recelaba de su intensa labor pastoral en pro de la organización sindical de la clase obrera taiwanesa. José Ellacuría tenía 61 años, y más de la mitad, los más intensos y determinantes, los había vivido en aquella lejana isla que forjó su carácter.

Después del almuerzo, pasadas las 2 de la tarde, José se retiró a su cuarto para preparar el pequeño maletín con el que viajaría a presidir unos ejercicios espirituales en el Pirineo, la cadena montañosa que separa la península ibérica del resto de Europa. A subirse iba en el carro cuando le dijeron que tenía una llamada urgente. Su primera reacción fue decir que no se la pasaran, pero le insistieron que era urgente. Tomó el teléfono, y al otro lado estaba su hermano Jesús Ellacuría, sacerdote también, quien sin mucho preámbulo le soltó que acababa de escuchar en la radio que en El Salvador habían asesinado al hermano de ambos, Ignacio Ellacuría, y a otros cinco jesuitas.

José canceló su viaje. La primera preocupación de él y de Jesús fue ver cómo daban la noticia a su padre, Ildefonso Ellacuría, quien tenía 93 años y estaba encamado pero lúcido en Portugalete, a unos 15 kilómetros de Bilbao. Jesús vivía con él. “No le digas nada, que llego y se lo decimos juntos”. Jesús acató, pero como Ildefonso tenía un transistor junto a la cama, en un momento que se quedó solo lo encendió y por casualidad escuchó la noticia de la masacre ocurrida en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). José aún no había llegado a la casa familiar cuando Ildefonso llamó alarmado a Jesús y le contó lo que acababa de escuchar, creyendo que era él quien le estaba dando la noticia.

Ildefonso falleció a los ocho días, el viernes 24 de noviembre de 1989; un día después, la iglesia de Santa María, en Portugalete, acogió una multitudinaria misa-funeral.

Doña Lucía Beascoechea y a don Ildefonso Ellacuría, los padres de Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA asesinado hace 24 años, y de José Ellacuría.
 
Doña Lucía Beascoechea y a don Ildefonso Ellacuría, los padres de Ignacio Ellacuría, el rector de la UCA asesinado hace 24 años, y de José Ellacuría.

¿Cómo fueron los días siguientes a aquel 16 de noviembre?
Pues de mucho movimiento. Muchas llamadas de teléfono, de periodistas, sobre todo.

¿Usted o alguien de la familia fueron a El Salvador para el entierro?
Nos dijeron que al día siguiente, de Madrid iba a salir un avión especial para los familiares y autoridades, pero yo tuve que dar misa en Bilbao esa noche y no llegaba a tiempo. Por la situación en El Salvador nadie de la familia fue ese año, pero en 1990, cuando el aniversario, los jesuitas hicieron una vigilia a la que fueron una treintena de provinciales. Yo sí fui entonces. La misa fue en la UCA, en un campo de fútbol, recuerdo, lleno de gente todo.

Con el país aún en guerra.
Sí, pero no hubo problemas ni para llegar ni para la celebración.

¿Le sorprendió la noticia del asesinato de su hermano?
Nada. En absoluto... en absoluto. Si a mí me habían expulsado de Taiwán medio año antes, en El Salvador, que incluso habían matado al arzobispo... no, no me sorprendió. Es lo que decía monseñor Romero, ¿no? Si tocas un cable de alta tensión, te quemas. Y el cable de alta tensión allí eran los militares y los poderosos [La cita exacta es: “Yo denuncio sobre todo la absolutización de la riqueza. Este es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable y ¡ay del que toque ese alambre de alta tensión, se quema!”. Monseñor Romero la pronunció en la homilía del 12 de agosto de 1979].

¿Estaba la familia consciente de que Ignacio tocaba cables de alta tensión?
Sí, claro. Todos lo sabíamos. Ya había tenido intentos de asesinato. Recuerdo que una vez nos contó que, como dormía en un primer piso, ametrallaron desde la calle su habitación y tuvo que esconderse debajo de la ventana. Por eso lo cambiaron a una habitación más alejada. También sabíamos que les habían amenazado para que se fueran del país; si no, cada mes matarían a un jesuita. Y no recuerdo cuántos, pero sí hubo alguno que no resistió y se fue.

La versión oficial al inicio fue que lo había matado la guerrilla. ¿Usted dudó?
¡Qué va, qué va...! Ya sabíamos cuál era el ambiente. Recuerdo que hubo un obispo que incluso se fue a Roma a decir al Papa que había sido la guerrilla, pero ahí todos sabíamos. Fueron años de ataques contra los jesuitas, de amenazas, pusieron una bomba en la biblioteca... Desde un inicio supimos que había sido el ejército, por puro sentido común.

Su hermano fue un agente político clave durante la guerra civil, y antes incluso. ¿Usted estaba al tanto de esa actividad política de Ignacio?
Durante la guerra yo estaba en Taiwán y las comunicaciones no eran tan fluidas. Al detalle no conocía toda su actividad, pero sí que trabajaba por la justicia social.

Tras el asesinato, ¿ha leído o le han contado cosas sobre su hermano que le han sorprendido?
¿Sorprender? No. Todos los que trabajamos por la justicia social, ya sabemos a lo que estamos expuestos. El asesinato fue una manera de decir a los jesuitas que estorbaban. Y si estorbas, fuera. Es bien sencillo. Ignacio era un estorbo para los intereses de quienes ordenaron su asesinato.

***

El joven Ignacio Ellacuría (a la izquierda) en compañía de su hermano José Ellacuría, dos años mayor que él y también jesuita. Foto cortesía José Ellacuría
 
El joven Ignacio Ellacuría (a la izquierda) en compañía de su hermano José Ellacuría, dos años mayor que él y también jesuita. Foto cortesía José Ellacuría

José Ellacuría Beascoechea nació el 13 de noviembre de 1928, hijo de Ildefonso Ellacuría y de Lucía Beascoechea. El matrimonio tuvo seis hijos: cinco varones –Luis, José, Jesús, Ignacio y Juan Antonio– y una niña que falleció con apenas dos años de edad. José e Ignacio, segundo y cuarto, se llevaban menos de dos años. Era una familia de clase media acomodada y muy religiosa. De los cinco hijos, cuatro se ordenaron sacerdotes (tres jesuitas –Luis, José e Ignacio– y uno diocesano –Jesús–). Vivían en Portugalete, donde Ildefonso era el oculista de la ciudad.

“Mi padre era un hombre exigente, disciplinado, no dado a expresar los sentimientos, y esto nos influyó a todos. Ignacio también lo heredó en un grado notable, procurando siempre no mostrarse débil ni sensible”, dice José.

Si bien la situación económica familiar era holgada, la infancia de los hermanos Ellacuría no dejó de ser dura. La guerra civil española estalló en julio de 1936, la eclosión de una década muy convulsa. Por su intensa actividad industrial, Portugalete –y en general toda la llamada Margen Izquierda de la ría de Bilbao– fue un escenario en el que chocaron las ideas del marxismo más o menos radicalizado, el anarquismo, el belicoso fascismo español y el emergente nacionalismo vasco. “Algún tío mío recibió una paliza tremenda por ir a misa nomás, porque no estaba en ningún partido”, dice José.

Con la ayuda de Hitler y Mussolini, el general Francisco Franco se esforzó por neutralizar cuanto antes el frente vasco de la guerra. Le costó casi un año. Gernika es el símbolo del terror, pero casi una treintena de ciudades vascas fueron bombardeadas en pocos meses con una saña nunca antes vista. Portugalete también fue golpeada por la aviación fascista el 12 de junio de 1937, una semana antes de la caída definitiva de Bilbao. Ignacio tenía seis años; José, ocho. Ambos fueron testigos de los bombardeos, de los refugios antiaéreos, de las sirenas, del exilio, del odio, del hambre, de la miseria. La vivienda familiar estaba en una casa de cuatro alturas, y vivían en el segundo, pero durante los ataques los cinco hermanos dormían en el Metro, la taberna ubicada en la parte baja del edificio. José atribuye a lo vivido en aquella época buena parte de la conciencia contra las injusticias que Ignacio desarrolló, y que llevó a su máxima expresión en los setenta y en los ochenta en El Salvador.

Además de aquel viaje en el primer aniversario, ¿ha estado usted más veces en El Salvador?
Sí, dos o tres más, por el aniversario. Me invitan todos los años, y este año también me invitaron, pero ya estoy mayor. El año que viene se cumplen 25 años, y quizá no pueda decir que no a la invitación.

¿Ha perdonado a los asesinos de su hermano?
Sí. Es lo lógico. Yo sé que cuesta entenderlo en la cultura occidental, pero yo he vivido cuatro décadas en China, y allí tenemos otro concepto de la persona. Cuando alguien hace actos de ese tipo, asesinatos o masacres, muchas veces no es la propia persona quien los hace. Hay una actitud en el hombre... porque el hombre tiene cualidades y virtudes, pero tiene un fondo de individualismo, de poder, de codicia, de ira... Y eso es lo que hay que aprender a controlar, y hay quienes no lo controlan y llegan al punto de perder el razonamiento, y dejan de ser hombres.

Y usted está por la labor de perdonar cuando ocurre eso...
Caso a caso. Pero aquí, en Donostia, yo he trabajado muchos años con presos en rehabilitación, de la cárcel de Martutene, y me ha tocado pedir a sus familias y a la sociedad que los perdonen.

Para perdonar hay que saber a quién. ¿Alguien le ha pedido perdón por el asesinato de su hermano?
No, pero ese no es el perdón cristiano. Como cristiano, tengo que perdonar aunque tú no quieras ser perdonado. Tiene que ser un perdón incondicional.

Usted entonces es de los que cree que es mejor pasar página y mirar para adelante.
No. Siempre hay que buscar las causas y poner remedios, pero eso es distinto al perdón.

Buscar las causas y poner remedios. ¿Cree que se ha hecho eso con Ignacio?
¡Qué se va a hacer! El gobierno en 2009 dio un reconocimiento a la familia, una cruz [se refiere a la Orden Nacional José Matías Delgado Gran Cruz Placa de Oro, con el que el presidente Mauricio Funes reconoció en noviembre de 2009 a los seis jesuitas masacrados] que mi hermano menor, Juan Antonio, fue a recoger, pero ese no es el problema; el problema es ir al interior del hombre a ver cómo mejoras.

Como sacerdote, como jesuita, usted está a favor del perdón incondicional.
Se tiene que perdonar.

¿Y como hermano de una víctima?
Igual, igual.

En la Audiencia Nacional española se abrió en 2008 una causa para juzgar a los responsables de la masacre. ¿Eso para usted fue una buena o una mala noticia?
Cuando se supo eso, otra vez los periodistas volvieron a preguntarnos insistentemente por Ignacio. Mi hermano y yo decidimos preguntar a la UCA primero. Antes de hablar quisimos saber cómo lo veía la universidad, pedimos que nos orientaran para saber qué decir para ayudar a la UCA.

Hablaron con... ¿José María Tojeira?
Sí, con Tojeira, que era el rector entonces. Y con Jon Sobrino, y con el que es ahora rector [el padre Andreu Oliva]. Nos dijeron que las asociaciones que presentaron la demanda en Madrid primero habían hablado con la UCA, para que se sumara a la causa, pero que prefirieron no hacerlo. Facilitaron toda la información, pero no quisieron que la UCA firmara la demanda principalmente por dos razones: la primera, porque quieren que la masacre sea juzgada en El Salvador y no en España; y la segunda, relacionada con la primera, porque el hecho de que se juzgue en una nación extranjera generaría aún más división. De la UCA nos dijeron que lo mejor era esperar, que ya llegaría el día en el que se haga justicia en El Salvador.

Muchos creyeron que en 2009, tras el triunfo electoral del FMLN, llegaría ese día.
Pero no ha llegado. Sería lo mejor para El Salvador, pero la UCA allí sigue diciéndonos que ese día aún no ha llegado.

Y ante eso...
¿Y qué vas a hacer? ¿Patalear?

La Ley de Amnistía aún no se ha derogado, y el gobierno de Mauricio Funes y el FMLN protegió a los militares reclamados por la Audiencia Nacional.
En esas cosas... yo no me meto, pero te voy a decir un complemento a lo de antes. Cuando se supo aquello de la Audiencia Nacional, vino un periodista de El Diario Vasco, el periódico de aquí, y yo dije lo mismo que te estoy diciendo ahora. Y al día siguiente titularon: La familia Ellacuría no quiere que se haga justicia [El titular exacto, publicado en la edición del 18 de enero de 2009 de El Diario Vasco dice así: “La familia de Ignacio Ellacuría no reclama justicia”]. Y eso es falso. Hasta escribí una carta para decirles que nunca había dicho eso, pero ni la publicaron.

Si le molestó que se publicara eso, es que sí quiere que se haga justicia.
No es querer o no querer. Es necesario que hechos así no queden en la impunidad, pero no ha llegado el tiempo aún. La UCA cree que todavía no ha llegado el tiempo para que se haga ese juicio en El Salvador, que es donde debe de hacerse.

***

Don Ildefonso Ellacuría optó por la medicina, pero en los albores del siglo XX también tuvo una sólida formación en un colegio jesuita, el ubicado en Orduña. Ahí es donde le habría gustado que sus hijos estudiaran, pero el régimen del general Franco lo convirtió en un campo de concentración. A José y a Ignacio los enviaron a un colegio de jesuitas, pero en Tudela, en Navarra, en la parte más septentrional de Euskal Herria.

De los dos, y a pesar de ser más joven, Ignacio llegó primero al noviciado, al de Loiola, en 1947, y se presentó voluntario cuando supo que la Compañía de Jesús quería organizar un noviciado en El Salvador con miras a establecer una viceprovincia para Centroamérica. En marzo de 1949 llegó a El Carmen, en Santa Tecla.

José recaló en el noviciado jesuita de Orduña, y también optó por irse del País Vasco. Supo que buscaban a novicios para ir a la Misión en China, con sede en Taiwán, y se presentó voluntario. En septiembre de 1956 aterrizó en el aeropuerto de Taipéi y se instaló en la ciudad de Hsinchu. “Mis padres eran muy católicos y se tomaron a bien que dos hermanos nos fuéramos tan lejos. En mi caso fue peor, porque los que íbamos a China no volvíamos, porque nos exigían una entrega total. A los 10 años de estar yo allí cambiaron eso, levantaron esa exigencia y ahora les permiten regresar cada cinco años”, dice José.

José tardó 14 años en regresar por primera vez al País Vasco. Lo hizo por la muerte de su madre.

Hasta que el gobierno de Taiwán lo expulsó en marzo de 1989, hay dos etapas en las más de tres décadas que pasó en la isla, con un punto de inflexión: la creación en enero de 1971 del Rerum Novarum Social Center, un centro para la promoción de la justicia social y de los derechos laborales de los trabajadores taiwaneses, desde la doctrina cristiana.

José Ellacuría en su habitación, ubicada en una residencia para jesuitas en pleno centro de Donostia, en el País Vasco. Foto Roberto Valencia.
 
José Ellacuría en su habitación, ubicada en una residencia para jesuitas en pleno centro de Donostia, en el País Vasco. Foto Roberto Valencia.

Por todo, José ha pasado 38 años de su vida en China. Y no se regresó por gusto. Su visión del cristianismo está profundamente permeada por la cultura y los valores orientales, tan diferentes del pensamiento occidental en el que se enmarcan los postulados filosóficos y teológicos de su hermano Ignacio.

Hablemos del legado de su hermano. Como filósofo, como teólogo, Ignacio se ha convertido en un referente y su figura parece que va creciendo.
Esto no sé si lo vas a entender... es sobre la espiritualidad. Si yo sé de una persona en qué trabaja, si está casada o no... todo eso me dice cómo es su vida, pero no me está diciendo quién es. Y cuando, por una oración de silencio, de quietud, encuentras que tú eres hijo de Dios, y que estamos juntos en lo principal, encuentras una unidad que no va por la mente, es por experiencia interna. Esa unión entre personas y también con las criaturas de la naturaleza y con Dios es incomparablemente mayor que la de sanguinidad. Y eso es lo que tiene que hacer la Iglesia, no tanto culto a Dios, que a Dios no le interesa.

A ver si le entiendo: no le entusiasma tanto si dan un reconocimiento póstumo a su hermano o rebautizan una plaza con su nombre, sino que preferiría que su legado fuera más en un plano espiritual.
Más que espiritual, real. Y no podemos hacer ninguna otra cosa. Ninguna religión, y todos los místicos van por ahí, ya sea el islam, el cristianismo, el budismo... lo que sea... Jesucristo nos manda a una unidad mayor que la que dices.

Pero con la sociedad que tenemos...
Pues ese es el trabajo de la Iglesia. No es solo misas y rosarios y visitas al Santísimo, que también, pero más importante que todo eso es la espiritualidad, cómo te relacionas con los demás, con los animales, con todo lo que nos rodea. Eso es lo más importante.

Me está respondiendo todo esto, interesantísimo, cuando le he preguntado por el legado de su hermano. ¿Por qué?
Pues porque mi hermano Ignacio... no tenía ni idea de esto, creo yo. Yo no le he visto ni idea de esto, como no se lo veo a casi nadie de los que están en la Iglesia. En la Iglesia tratan de hacer una iglesia más fervorosa, de ver cómo ponemos más confesiones... pero no es eso.

En vida, la obra de su hermano sí iba en...
... iba en la dirección de corregir defectos morales externos, pero en el fondo no iba a averiguar quiénes somos, para qué estamos. Del pensamiento de mi hermano yo rescato su creencia de que tanto la Iglesia como la universidad son instituciones sociales, que están para ayudar al hombre, para humanizar, y no solo para adorar a Dios.

Si le pidiera que me dijera algún pero del pensamiento de Ignacio...
Pues que como persona tenía un ego espantoso, y con el ego no haces nada. Puedes hacer cosas externas, pero para ayudar a la gente a ser mejor, con el ego no haces nada. Yo pertenezco a la filosofía oriental, que es muy distinta. Por eso estoy convencido de que para escribir hoy sobre filosofía hay que conocer primero cómo son las otras religiones. Porque eso de que fuera de la Iglesia no hay salvación no es más que un disparate de Juan Pablo II.

Usted entonces es crítico con el pensamiento de su hermano.
Que no se trata de ser crítico o no, sino que todavía no había llegado, porque son procesos, son ritmos de vida. Ahora, estoy hablando yo de esto, de todos los ejercicios espirituales que doy, y cuando empiezas a hablar de esto los obispos te pegan, los de aquí, porque no tienen esa experiencia mística. No es saber sobre Dios y no es saber sobre cosas morales, sino algo mucho más importante, que aquí ahora no somos dos: yo no soy tú, pero algo tenemos en común, que es lo principal, que es la vida.

¿Su hermano no tuvo esa experiencia mística?
Pues a lo mejor la tenía, pero yo no la he visto en sus escritos, en ningún lado. Ignacio tenía una dedicación absoluta al mundo, pero de tipo racional...

No espiritual...
No experimental. Y estamos ahí nomás con la razón. Pero con la razón, como decimos los orientales, no llegas más lejos que la punta de tu nariz. Por eso te estoy diciendo que... pues sí, tienes más obligación cuando estás más cerca, y lo que tienes más cerca, pues la familia, ¿no? Y ahora pues... todo lo que ha dicho el amigo Francisco, el Papa, que ha dicho y ha hecho algunas barbaridades, pero barbaridades buenas. Se va a llevar más bofetones este hombre por lo que está diciendo... Ahora ha enviado a todos los obispos del mundo un cuestionario con preguntas para un sínodo que va a haber en el año 2014. Son preguntas sobre la familia, sobre el sexo en la familia, sobre el divorcio... en fin. Lo importante de esto es que el Papa, que se considera en cuestiones morales infalible por dogma y que tiene toda la autoridad, está preguntando cosas, está diciendo: ¿vosotros qué pensáis?

Usted lo ve con buenos ojos.
Hombre, claro. La infalibilidad como dogma es un disparate. Y Francisco ha comprendido que es uno de los problemas más gordos que tiene. Para mí su llegada al Vaticano ha supuesto una esperanza, porque incluso está haciendo todo lo contrario a lo que él hacía cuando era provincial de los jesuitas en Argentina.

¿Por qué cree que Roma ha visto siempre con tanto recelo a los mártires salvadoreños, entre ellos a su hermano?
Pues por Juan Pablo II, porque Juan Pablo II era... Juan Pablo II. Y Ratzinger igual. Hubo mucha desinformación, como también la hubo hacia el padre Arrupe.

Usted está dentro de la institución. ¿Cómo se lleva esa carga de saberse incomprendido por sus superiores?
¿Y qué importa? ¿Qué importa lo que otros digan? Si uno es lo que tiene que ser le van a dar de bofetadas esté donde esté.

¿El papa Francisco va a poder cambiar esa inercia histórica?
Está dando sus pasos, pero él solo no puede transformar todo. Y además hay gente que todavía le dice que vaya más de prisa, y tampoco. Él ahora está escuchando. La Iglesia no puede estar diciendo lo mismo que hace 500 años, cuando la ciencia, el modo de ser y toda la estructura social han cambiado.

¿Beatificar a monseñor Romero sería un buen guiño de la Iglesia?
Sí, pero depende cómo, porque el próximo año van a canonizar el mismo día a Juan Pablo II y a Juan XXIII... y no pueden estar juntos. Solo espero que a Romero no lo canonicen junto a uno del Opus que también quieren canonizar. Una de cal y una de arena, para no dividir más a la Iglesia, pero eso yo no lo veo bien.

La última, también sobre monseñor Romero. Una de las frases más famosas sobre él la dijo su hermano: “Con Romero, Dios pasó por El Salvador”. ¿Comparte esa reflexión?
Sí, pero también pasa con cada uno de nosotros. El esfuerzo que todos debemos hacer es convertirnos en templo del espíritu santo, actuar como hijos e hijas de Dios. Dios está presente en todos, en ti, más que en un sagrario o en cualquier otra cosa. Lo que pasa, como decimos en Taiwán, es que no despertamos, no despertamos quienes realmente somos. Solo vemos lo externo y no vemos lo que realmente somos: una vida que se nos ha dado y que va a seguir, aunque dónde va a seguir no depende de nosotros.

Los cinco hermanos Ellacuría. De derecha a izquierda, Luis, José, Jesús, Ignacio y Juan Antonio.
 
Los cinco hermanos Ellacuría. De derecha a izquierda, Luis, José, Jesús, Ignacio y Juan Antonio.