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Especial Romero

“Los obispos Revelo y Álvarez no estuvieron con Romero ni antes ni después del asesinato”

“El martirio de Monseñor Romero continuó por mano de sus hermanos sacerdotes y del episcopado”. Son palabras del papa Francisco –pronunciadas este viernes 30 de octubre– que explicitan sin matices las difamaciones de las que el beato fue objeto durante y después de sus tres años como arzobispo de San Salvador. El protagonista de esta semblanza es monseñor Orlando Cabrera, actual obispo de Santiago de María, quien en los ochenta convivió en la Conferencia Episcopal con dos de los obispos que con más visceralidad se opusieron a la línea pastoral de Romero.

 
 

La casita en la que Monseñor Romero vivió sus últimos años es hoy un pequeño museo que alberga muchas de las pocas pertenencias de su inquilino. Junto a la cama hay un archivero que cumple funciones de mesita de noche, y sobre el archivero, un pequeño retrato del papa Pablo VI. No deja de ser curioso verlo ahí si uno sabe que para cuando asesinaron a Monseñor Romero el papa Juan Pablo II iba camino de cumplir 18 meses de pontificado.

No es ningún secreto que Pablo VI y Juan Pablo II tuvieron actitudes radicalmente distintas hacia Monseñor Romero. A cada uno lo visitó en un par de ocasiones, y mientras en Pablo VI encontró apoyo y sosiego, de Juan Pablo II recibió cuestionamientos e incomprensión. Pablo VI lo animó cuando convirtió a los pobres en el motor de su línea pastoral. Juan Pablo II le dio la espalda cuando más amenazado estaba, y algunos incluso creen que desde el Vaticano se movieron los hilos para que en 1979 no le concedieran el Premio Nobel de la Paz. Es más, hay quien sostiene que Monseñor Romero no habría muerto en marzo de 1980 si Pablo VI hubiera vivido unos años más. Monseñor Orlando Cabrera, el obispo de Santiago de María, no ve descabellada esa opinión.

—¿Y en qué se basa usted para creer algo así? –pregunto.
—Porque Pablo VI lo hubiera ascendido. Él lo estimaba mucho y le dio mucho ánimo la primera vez que lo visitó, cuando fue a explicar lo de la misa única.

Quizá tenga razón. Quizá la muerte de Pablo VI evitó un cardenal Romero con una jubilación dorada en Roma. Quizá. Pero lo cierto es que Pablo VI falleció en agosto de 1978 y Juan Pablo II fue nombrado papa en octubre. Que uno lo apoyó más y el otro lo apoyó menos. Y que cuando asesinaron a Monseñor Romero, en su habitación aún permanecía el retrato del papa que más lo apoyó.

Pablo VI y Monseñor Romero en una fotografía tomada en el Vaticano, y que en la actualidad se expone en el pequeño museo ubicado en el Hospital Divina Providencia, en San Salvador.
 
Pablo VI y Monseñor Romero en una fotografía tomada en el Vaticano, y que en la actualidad se expone en el pequeño museo ubicado en el Hospital Divina Providencia, en San Salvador.

***

Rodrigo Orlando Cabrera Cuéllar nació el 14 de marzo de 1938 en Teotepeque, departamento de La Libertad.

—Soy paisano de Farabundo Martí –dice, y acompaña la frase con una sonora sonrisa.

Enclavado en la vertiente sur de la cordillera del Bálsamo, Teotepeque era a mediados del siglo XX un pueblo difícil –no había calle de acceso pavimentada–, que replicaba a pequeña escala la estructura social imperante en El Salvador: muy pocos tenían mucho, y muchos tenían muy poco. En ese reparto, la familia de Orlando Cabrera cayó en el lado de las adineradas. Su padre, Tomás Telmo Cabrera, era el dueño de una productiva hacienda que garantizaba un elevado nivel de vida a toda la familia, conformada por la madre, María Cuéllar, y ocho hijos, entre los que él era el tercero.

Pudo haber elegido otra profesión más lucrativa, pero sintió desde muy joven que quería ser hombre de Iglesia, y sus estudios de secundaria los cursó en el Seminario San José de la Montaña. Los primeros recuerdos sobre Monseñor Romero son precisamente en el seminario, cuando el entonces padre Romero viajaba desde San Miguel para reunirse con los seminaristas de su diócesis. Pudo complementar su formación en Chile y Argentina, donde estudió Teología y Filosofía gracias al apoyó económico familiar. Joven también, antes incluso de cumplir los 24 años, tuvo lugar su ordenación, que se celebró el 6 de enero de 1962 en Santiago de María, ciudad a la que prácticamente ha estado amarrado desde esa fecha.

Orlando Cabrera empezó desde abajo. Estuvo al frente, entre otras, de la parroquia de Alegría, de la de Ciudad Barrios, de Santa Catalina de Usulután, de San Martín de Porres en Santiago de María y de la de Jucuapa; luego lo nombraron vicario general, y esa dedicación a la diócesis santiagüeña obtuvo como recompensa su nombramiento como obispo en diciembre de 1983. Orlando Cabrera sucedió en el cargo a monseñor Rivera Damas, quien a su vez había sucedido a Monseñor Romero.

—Justo aquí donde estoy sentado –me dice en un momento de la entrevista– es donde se sentaba él.

***

—Sobre ese punto que me plantea, ¿cómo dice el dicho castellano? Honor a quien honor merece, ¿no? –responde Orlando Cabrera.

La pregunta plantea algo que debería conocer bien, después de haber entregado casi medio siglo a la diócesis de Santiago de María: ¿es cierto, como se ha publicado y republicado, que Monseñor Romero fue el primer obispo en interesarse por los jornaleros que durante la corta del café inundaban esa ciudad y dormían a la intemperie? Orlando Cabrera responde que no. El interés primigenio por mejorar las condiciones de los cortadores se lo atribuye a monseñor Castro Ramírez, el antecesor, interés que se concretó en unas galeras que en la mayoría de las fincas se construyeron para que los trabajadores pudieran al menos dormir bajo un techo.

—Monseñor Castro fue siempre un anticomunista, y muy tradicional, pero sí hizo denuncias serias. Creo que con Monseñor Romero se ha exagerado mucho ese punto de los cortadores –concluye.

Orlando Cabrera no suena pretencioso, ni mucho menos a querer restar méritos a la labor que Monseñor Romero realizó al frente de la diócesis.

—Y usted –pregunto–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?
—Sí. Fue un hombre de mucha oración, muy preocupado por su purificación interior. Antes de que lo asesinaran, él fue al mar, y cuando regresaron, ¡qué curioso! salió hacia Santa Tecla para confesarse. Yo creo en su santidad, claro que sí; se le notaba. Él tenía sus limitaciones humanas, pero bien dicen que ni los santos son perfectos.
—¿Usted sería otra persona si no hubiera conocido a Monseñor Romero?
—El contacto con él, aunque uno no lo quiera, influye. Su testimonio de pobreza, su sencillez, su humildad, su capacidad de pedir perdón… eran admirables.

***

Monseñor Romero llegó a las pantallas de cine antes incluso de que finalizara la guerra civil. Protagonizada por Raúl Juliá y dirigida por John Duigan, en 1989 se estrenó Romero, una película de producción estadounidense que aspiraba a recrear sus últimos años de vida. Una de las escenas muestra el momento en el que Monseñor Romero es notificado de su nombramiento como arzobispo. Juliá aparece en su cuarto vestido con sotana blanca y se dispone a lavarse la cara cuando un obispo alto y canoso, que al menos en un plano teórico debería encarnar a Emanuele Gerada, el nuncio de la Santa Sede para Guatemala y El Salvador, llama a la puerta y entra en la habitación. Tras un breve intercambio de palabras, Monseñor Romero lo invita a tomar asiento.

—Creo que el que debería sentarse eres tú –le dice Gerada–. Te han nombrado arzobispo.

Monseñor Romero permanece callado unos segundos antes de responder.

—No soy el más indicado.
—El Vaticano confía plenamente en ti. Y yo te apoyo.
—Otros no.
—Vivimos tiempos difíciles.

La plática es más larga, pero redundante en la idea de que la elección fue inesperada y completamente ajena a su voluntad. La realidad, sin embargo, es otra. Orlando Cabrera y el grupo de sacerdotes con el que más se relacionaba estaban convencidos de que, prácticamente desde que en diciembre de 1974 tomó las riendas de la diócesis de Santiago de María, Monseñor Romero se esmeró por llamar la atención del nuncio Gerada.

—Lo invitó varias veces a la diócesis –dice Orlando Cabrera–. Recuerdo que lo llevó a San Agustín y también a su pueblo, a Ciudad Barrios.

Un día de 1975, cuando Orlando Cabrera era párroco en la iglesia de Santa Catalina, en la cabecera departamental de Usulután, Monseñor Romero le llamó para pedirle que organizara con especial dedicación su siguiente visita, porque llegaría acompañado del nuncio Gerada. Le extrañó porque no eran fiestas patronales ni ninguna fecha especial, pero cumplió con creces la petición. El almuerzo, generoso, se realizó en el Casino usuluteco, y para la organización contó con la ayuda de una feligresa que prestó su elegante vajilla. Orlando Cabrera está convencido de que tanto el nuncio Gerada como Monseñor Romero se fueron satisfechos de Usulután. Ese almuerzo también alimentó las sospechas.

—Son suposiciones nuestras, pero daba la impresión de que algo buscaba Monseñor.

***

Los poco más de dos años que Monseñor Romero permaneció en Santiago de María son un período lleno de contradicciones. Conoció la injusticia y se solidarizó con los sufrientes, pero nunca quiso denunciar públicamente la represión estatal, ni siquiera tras la masacre que la Guardia Nacional cometió en el cantón Tres Calles. Implementó una pastoral social para toda la diócesis, algo inexistente hasta su llegada, pero clausuró Los Naranjos, el emblemático centro de formación de agentes de pastoral que funcionaba en Jiquilisco. Cerró Los Naranjos porque se impartían enseñanzas “avanzadas”, pero a su director, el padre pasionista Juan Macho, lo promovió a vicario de pastoral. Se mostró reacio a todo lo que tuviera relación con las ideas que surgieron en Medellín en 1968, pero envió a uno de sus párrocos, a Orlando Cabrera, a estudiar Teología pastoral precisamente a Medellín. Cuestionó con dureza las cristologías progresistas en la importante homilía del 6 de agosto de 1976 en Catedral metropolitana, pero organizó unas jornadas de estudio sobre la reforma agraria con expositores de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, la universidad de los jesuitas.

Orlando Cabrera, obispo de Santiago de María (Usulután). Foto Roberto Valencia.
 
Orlando Cabrera, obispo de Santiago de María (Usulután). Foto Roberto Valencia.

Con este abanico de acciones aparentemente contrapuestas, concentradas además en un corto lapso de tiempo, no es de extrañar que sus años en Santiago de María aún sean motivo de discusión entre historiadores, estudiosos y biógrafos. ¿Qué tanto influyeron en su evolución posterior? Argumentos parece haber para respaldar interpretaciones antagónicas. Pero hay un elemento importante y pocas veces tenido en cuenta: la opinión de los que trabajaron esos años cerca de él.

—¿A usted le sorprendió que lo nombraran arzobispo? –pregunto a Orlando Cabrera.
—No, no me sorprendió, pero casi todos esperábamos que monseñor Rivera Damas fuera el sucesor de monseñor Chávez.
—Pero estaba junto a él en Santiago. ¿La apertura mostrada allí no había sido suficiente?
—Lo que sucede es que monseñor Rivera ya tenía años de lucha. Tenía más credenciales que Monseñor Romero.

Orlando Cabrera no fue, ni mucho menos, el único que pensaba así entre los sacerdotes, religiosos y religiosas progresistas de la diócesis.

***

—Es curioso –dice–. Monseñor Romero siempre se sentía mejor cuando estaba con los pobres. Se le notaba. Siendo obispo aquí, ocurría a veces que cuando iba de visita, algunos padres le preparaban el almuerzo o la cena. Pero cuando lo mandaban a buscar, lo encontraban en el atrio, compartiendo tamales o un café con gente muy humilde.
—El famoso voto de pobreza, ¿no?
—Él era un hombre muy eclesial, nunca se salió de la doctrina social de la Iglesia, del magisterio. Pero eso no ocurre siempre: uno nota quién ama a los pobres, porque incluso dentro de la Iglesia no falta quien se llena la boca con los pobres, pero que a la hora de la verdad…
—Y él era de los que amaba de verdad a los pobres.
—Sí, sin lugar a dudas, tanto que dio la vida por ellos. Y murió pobre.

***

En la tarde del sábado 1 de diciembre de 1979 a Monseñor Romero lo llevaron en carro a Santiago de María, más de dos horas de viaje. Al llegar, la ciudad entera celebraba las fiestas jubilares por los 25 años de existencia de la diócesis. Ese sábado era el día consagrado al segundo de los obispos, Monseñor Romero, y él celebró una multitudinaria misa en catedral, en la vieja, en la que caprichosamente se botó durante la guerra civil. Saludó, entre otros, a Orlando Cabrera, quien entonces era párroco de catedral. También a monseñor Rivera, al padre Majano, al padre Rodas y a un sinfín de laicos que le brindaron cariñosas palabras de bienvenida. La noche la pasó en unas de las habitaciones de la sede episcopal, pero durmió poco por dos motivos: primero, porque le pasó factura el frío por la altura a la que se encuentra la ciudad; y segundo, porque un grupo de compas del Bloque Popular Revolucionario se echó buena parte de la madrugada cantando y arengando en el parque central.

Esta reconstrucción de lo ocurrido en un día cualquiera de hace más de tres décadas no tiene a la base suposiciones, ni se trata de confianza ciega en la memoria de los testigos, ni muchos menos son licencias narrativas del autor. Monseñor Romero plasmó todos esos detalles en su diario, un documento que no solo incluyó grandes brochazos de su quehacer, sino que lo enriqueció con sensaciones y sentimientos, sobre todo en los últimos meses de vida. Su diario está huérfano de profundas reflexiones teológicas, pero es una herramienta imprescindible para conocer al ser humano.

Nadie sabía que escribía un diario. En realidad no lo escribía, sino que lo grababa en casetes, en las noches, y presumiblemente no todos los días, ya que las grabaciones concluyeron el 19 de marzo de 1980. Tampoco arranca con su nombramiento como arzobispo, sino que lo comenzó el 31 de marzo de 1978, cuando llevaba más de un año al frente de la arquidiócesis.

El porqué de la existencia del diario me lo contó el vicario general, monseñor Ricardo Urioste. Un día, en una reunión de la curia arzobispal, Monseñor Romero encargó a un sacerdote que levantara él un diario de lo que ocurría tanto en el país como en la Iglesia. Al siguiente mes, Monseñor le preguntó por el diario, y el cura que había adquirido el compromiso le admitió que, por desordenado, ni siquiera lo había comenzado. Visiblemente enojado, Monseñor Romero golpeó la mesa y dijo algo así: “¡Con la Iglesia no se puede ser desordenado!" Y ahí quedó todo. El tema no volvió a mencionarse en ninguna reunión y, solo tras su asesinato, cuando fueron a su casita y buscaron entre sus pertenencias, tuvieron la grata sorpresa de hallar una caja llena de casetes.

No suena muy aventurado afirmar que la dejadez de un colaborador permitió no solo que se pueda afirmar con certeza que en la madrugada del 2 de diciembre de 1979 sintió frío, sino que el mundo entero disponga de un invaluable y detalladísimo registro sonoro de los dos años más importantes de la vida de Monseñor Romero.

***

El día del funeral de Monseñor Romero, sobre el portón principal de una Catedral metropolitana a medio hacer, se colgó una gigantesca pancarta que rechazaba expresamente la presencia de tres de los seis obispos que en 1980 integraban la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES): monseñor Eduardo Álvarez, obispo de San Miguel; monseñor Marco Revelo, obispo auxiliar de San Salvador; y monseñor Aparicio, obispo de San Vicente. Mucho se ha escrito sobre la tensa relación que Monseñor Romero mantuvo con el resto de los obispos, y es sabido que en la CEDES solo monseñor Rivera Damas lo apoyaba. Orlando Cabrera fue nombrado obispo de Santiago de María en diciembre de 1983 y cuando llegó, Álvarez y Revelo aún permanecían en la conferencia.

—Sí, yo coincidí con ellos, y fueron años duros –Orlando Cabrera vuelve a sonreír sonoramente–. Chocábamos en mentalidad. Eran cerrados, sí.
—Tras el asesinato, dicen que el nuncio Gerada sí tuvo un cambio de actitud hacia Monseñor Romero, una especie de arrepentimiento. ¿No ocurrió lo mismo con ellos?
—Monseñor Álvarez sostenía que los jesuitas le habían lavado el coco, así decía, y nadie logró sacarlo de esa idea. Pero alguna vez sí dijo que si el Papa lo canonizara, sería el primero en rendirle culto.
—¿Y monseñor Revelo?
—Revelo era un hombre que tenía sus momentos de buen carácter y otros en los que se le veía enojado, molesto. Me gustó un gesto de él: cuando el Papa pidió la lista de los que habían dado la vida por la fe, él dijo que el primero que tenía que aparecer era Rutilio Grande.
—¿Pero usted notó arrepentimiento en su comportamiento?
—No, pero es que ni siquiera se hablaba mucho del tema, porque hablarlo significaba encender la llama. Ellos no estuvieron de acuerdo con la línea de Monseñor Romero ni antes ni después de que lo asesinaran, y murieron convencidos de que los jesuitas lo manipularon.
—¿Usted cree que se han magnificado esas diferencias o realmente existieron?
—Existieron, existieron y en tiempos de Monseñor Romero fueron algo escandaloso.
—¿Luego cambió?
—La Conferencia Episcopal salvadoreña nunca ha estado unida, nomás que ahora ya no expresamos nuestras diferencias públicamente.

La sociedad salvadoreña está fracturada desde la década de los 70, y para nadie es un secreto que la Iglesia católica, como parte del entramado social, no resultó ajena a esa polarización. Ocurrió de forma explícita en tiempos de Monseñor Romero y siguió ocurriendo de forma implícita tras su asesinato. La beatificación sigue siendo un asunto delicado. Hay quien cree que pasarán muchos años, incluso generaciones enteras, antes de que el Vaticano se atreva a dar el paso. “Lo peor que ahora podría pasar para la causa de su canonización es que un partido utilizara su figura, su martirio o su muerte a su favor”, me dijo en mayo de 2009 el arzobispo emérito de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle. Otros creen que no, que, ante el avance de las iglesias evangélicas, a Roma le urge tener de su lado una figura como la de Monseñor Romero. “Les conviene tener en América Latina un obispo mártir santo”, me dijo en marzo de 2008 el teólogo brasileño Leonardo Boff, quien incluso se atrevió a vaticinar que se realizará durante el pontificado de Benedicto XVI. Como sucede con casi todo en la vida, el tiempo será el que termine ubicando a cada quien en el lugar que merece.

Busto de Monseñor Romero ubicado en el hogar de niños Divina Providencia, en Santa Tecla. 
 
Busto de Monseñor Romero ubicado en el hogar de niños Divina Providencia, en Santa Tecla. 

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(Este perfil del obispo Orlando Cabrera es una versión de una de las nueve semblanzas incluidas en el libro ‘Hablan de Monseñor Romero’ , escrito por el periodista de El Faro Roberto Valencia, y editado por la Fundación Monseñor Romero. El libro se publicó en marzo de 2011.)

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