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Miguel no es el Slipy de la Santa María

Islámico, el testigo criteriado en el que la Fiscalía sustenta el caso ‘Masacre de Opico’, no reconoció a Miguel Ángel Deras Martínez como el Slipy de la Santa María, en una diligencia supervisada por un juez y celebrada el 6 de julio. El joven Miguel lleva más de siete semanas encerrado por delitos que no ha cometido, en unas bartolinas policiales sobrepobladas, acusado de ser terrorista y asesino múltiple. Mientras, el verdadero Slipy de la Santa María sigue libre.

 
 

Miguel Ángel Deras Martínez comparece en la audiencia de imposición de medidas en el Juzgado Especializado de Instrucción ‘B’ de San Salvador, el pasado 25 de mayo. Han tenido que pasar seis semanas para que lo vea el testigo criteriado, y este diga que Miguel no es el Slipy de la Santa María al que él atribuye un rol determinante en la masacre de Opico. Foto Fred Ramos.
 
Miguel Ángel Deras Martínez comparece en la audiencia de imposición de medidas en el Juzgado Especializado de Instrucción ‘B’ de San Salvador, el pasado 25 de mayo. Han tenido que pasar seis semanas para que lo vea el testigo criteriado, y este diga que Miguel no es el Slipy de la Santa María al que él atribuye un rol determinante en la masacre de Opico. Foto Fred Ramos.

Miguel no es el Slipy de la Santa María. Ni es el Badboy de la Concepción, ni el Smaylin de la Primavera. Miguel no es pandillero. Nunca lo ha sido. No hay que ser experto en maras y mareros para concluir que no lo es; basta interesarse un poco. Sin embargo, la Fiscalía General de la República aún pide para él una condena superior a los 300 años de cárcel, porque la institución se niega a admitir el error de haberlo confundido con el Slipy de la Santa María.

Desde el 17 de mayo Miguel está encerrado en unas bartolinas hediondas y hacinadas, y lo sigue estando a pesar de que este 6 de julio, el testigo criteriado de la Fiscalía –nombre clave: Islámico, el pilar sobre el que se asienta todo el caso– dijo con claridad inapelable que Miguel no es el Slipy de la Santa María que por años fue su homeboy.

Miguel no es el Slipy de la Santa María.

El verdadero Slipy de la Santa María está libre mientras el Estado salvadoreño se ensaña con el joven Miguel Ángel Deras Martínez, uno de los siete adultos imputados en el que posiblemente termine siendo el juicio del año, por la repercusión mediática y política que tuvo la terrible masacre de 11 obreros y campesinos en Opico, el 3 de marzo de 2016.

—Seis imputados fueron reconocidos de forma positiva, y uno, de forma negativa; o sea, que el testigo dijo directamente que no podía reconocerlo.

Habla Sergio Alas, la máxima autoridad del Juzgado Primero de Paz de Colón, el juez al que le tocó acreditar si Islámico reconocía a los imputados como sus excompañeros de cancha y de tribu en la pandilla 18-Revolucionarios.

—El joven que no fue reconocido positivamente responde al nombre de Miguel Ángel Deras Martínez –dice categórico.

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Son las 11 de la mañana del 6 de julio, miércoles. El juez Alas, el fiscal José Ernesto Castaneda Guevara y los tres abogados defensores que se reparten los siete imputados están ya dentro de la subdelegación de la Policía Nacional Civil de Las Arboledas, en la colonia homónima del cantón Lourdes, municipio de Colón. Todo el recinto policial ya se conoce con el sobrenombre de el Penalito, por la cantidad de privados de libertad que se amontonan en sus bartolinas. Pero en las instalaciones hay también un espacio con cristal-espejo que permite realizar la actividad que hoy ha congregado a los visitantes encorbatados: practicar un reconocimiento de imputados en fila de personas.

El juez Alas lleva palabra en esta diligencia, aunque este no sea su caso. Por su importancia, el caso ‘Masacre de Opico’ se ventila en el Juzgado Especializado de Instrucción ‘B’ de San Salvador, pero este reconocimiento en particular ha sido encomendado al Primero de Paz de Opico, algo habitual en este tipo de procesos.

El procedimiento es sencillo, de reminiscencias cinematográficas: cada imputado se coloca junto a otros cuatro privados de libertad que nada que ver, y el testigo tiene que identificarlo visualmente, desde una habitación anexa separada por un cristal espejado, que impide a los cinco ver quién los está mirando.

El testigo, bautizado para este caso como Islámico, es un pandillero de la 18-Revolucionarios que participó en la masacre de Opico, un asesino. Tras una negociación con la Fiscalía que se cocinó en las primeras semanas de mayo, accedió a poner el dedo a sus compañeros a cambio de beneficios para él y quizá también para su familia. Para su pandilla, esa decisión lo convirtió en un soplón, una rata, un objetivo prioritario. Para el Estado, el criteriado ha sido en los últimos veinte años la manera más efectiva de lograr condenas judiciales contra estructuras de pandilleros.

Islámico ha llegado vestido como si viniera a esquiar: gorro de lana, un especie de navarone, lentes de sol, chumpa plástica hasta las rodillas, guantes y jeans. Cuando al fin ingresan Miguel y los cuatro señuelos y se ubican en su lugar, el juez Alas pregunta al testigo si conoce a alguien. Es con la única tanda en la que Islámico responde: “No, no puedo reconocer a ninguno”.

Miguel no es el Slipy de la Santa María.

—El testigo lo dijo rotundamente: “No, no puedo reconocer a ninguno” –dirá horas después el juez Alas.

Miguel no es el Slipy de la Santa María, pero el Estado salvadoreño lo mantiene encerrado en unas bartolinas hediondas y hacinadas a pesar de su caso es público; a pesar de que una investigación periodística demostró que ni siquiera es pandillero; a pesar de que, en la propia solicitud de imposición de medidas que redactó el fiscal Castaneda Guevara, Islámico definía al Slipy como alguien de 18 años, de piel negra y vecino de la colonia Santa María, y Miguel tiene 22, es chele y vive en la Antonieta.

Y a pesar de todos estos ‘apesares’, familiares y amigos de Miguel se han congregado a una cuadra de la subdelegación de Las Arboledas esperanzados, sí, pero sin la certeza de lo que sucederá, sin saber si el Islámico identificará o no a Miguel.

Miguel no es el Slipy de la Santa María, ahí no hay vuelta de hoja, pero con un criteriado cuya vida depende de lo que los fiscales le digan que diga, y con una Fiscalía temerosa de que en el juicio del año la credibilidad de su único testigo se ponga en duda, hay un margen lógico para la incertidumbre.

Esta vez no hubo sorpresas. Entre los 35 jóvenes que desfilaron al otro lado del cristal-espejo, Islámico no vio al verdadero Slipy de la Santa María, a su bróder hasta hace pocos meses.

Con lo sucedido esta mañana en Las Arboledas, el juez Alas redactará un acta y la enviará al Juzgado Especializado de Instrucción ‘B’ de San Salvador, para que se incorpore como un acto de investigación más en el expediente del caso ‘Masacre de Opico’.

Después, el abogado defensor de Miguel, José Carlos Barrientos, solicitará a la juez titular una audiencia especial para que reconsidere la detención provisional de Miguel. El día que esa audiencia se dé, quizá recupere la libertad. Hasta entonces, Miguel sigue siendo el Slipy de la Santa María, y el Estado lo seguirá tratando como si en verdad lo fuera.

—El reconocimiento que hemos hecho hoy pudo haber sido solicitado antes por cualquiera de las partes, hasta en la misma audiencia de imposición de medidas (el 25 de mayo) se pudo haber pedido –dirá el juez Alas.

***

La diligencia ha terminado y comienza el desfile de carros desde el Penalito hacia la capital. El abogado Barrientos se va en su poderosa camioneta Audi, y la madre de Miguel, Ana Lilian Martínez, sale disparada hacia el carro, que se estaciona a un costado de la calle, el motor encendido. Ella se sienta en el lado del copiloto y a los dos minutos se baja. La camioneta se pierde.

Ana Lilian camina de regreso hacia el grupo del que recién se ha separado, integrado por las tres hermanas de Miguel, el padre, la abuela, algunos amigos y un periodista.

—¡No lo reconoció! ¡No reconoció a Miguelito! –dice con los labios prietos, una especie de grito silenciado.

Los siguientes tres minutos son un sismo de abrazos-lágrimas-felicidad-llantos-amor, un oasis en el estado anímico de esta familia que el Estado salvadoreño ha maltratado y aún maltrata, solo porque a unos funcionarios (fiscales, policías, soldados…) se les ocurrió que el joven Miguel, de la estigmatizada Quezaltepeque, pasaría como pandillero dieciochero, y le armaron el tamal entero; incluso se inventaron que le habían decomisado un revólver.

El drama de estas mañas no lo sufren solo el joven y su entorno.

El verdadero Slipy de la Santa María sigue libre porque @PNC_sv y @FGR_sv agarraron a Miguel, joven que ni siquiera es pandillero.

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