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Una versión radicalizada de la Mara Salvatrucha echa raíces en Brentwood (Nueva York)

Laura Bonilla (AFP) / El Faro

Son pocos los que se animan a hablar de la Mara Salvatrucha en Brentwood, un pueblo neoyorquino de casas de madera con pequeños jardines al frente que parece un refugio de paz frente al frenesí de Manhattan. En este lugar se ha expandido el miedo a la pandilla fundada por migrantes salvadoreños a finales de los setenta en Los Ángeles, exportada en los noventa a El Salvador, moldeada durante 25 años por las condiciones de la sociedad salvadoreña, y en los últimos años devuelta –sobre todo a la Costa Este– ultrarradicalizada para parámetros de la sociedad estadounidense.

ElFaro.net / Publicado el 15 de Junio de 2017

Dos carteles de la policía del condado clavados en un árbol, a apenas una cuadra del instituto público de Brentwood, muestran las fotos de Kayla y Nisa, las estudiantes asesinadas a machetazos y golpes de bates de béisbol por la Mara Salvatrucha. Foto Don Emmert (AFP).
 
Dos carteles de la policía del condado clavados en un árbol, a apenas una cuadra del instituto público de Brentwood, muestran las fotos de Kayla y Nisa, las estudiantes asesinadas a machetazos y golpes de bates de béisbol por la Mara Salvatrucha. Foto Don Emmert (AFP).

Brentwood, Nueva York, ESTADOS UNIDOS. Este pueblo de clase media está en Long Island, a solo 70 kilómetros del centro de Nueva York y a otros tantos de Los Hamptons, donde veranean famosos y multimillonarios. Casi el 70 % de sus 60,000 habitantes son hispanos, la mayoría salvadoreños.

“No conozco a los pandilleros. No me junto con ellos”, dice en español a la salida del liceo público de Brentwood una estudiante de 15 años, y se apresura a seguir camino sin dar su nombre.

Pero dos carteles policiales clavados a un árbol en la esquina del liceo no dejan olvidar. Son las fotos de sus compañeras asesinadas hace nueve meses a machetazos y golpes de bates de béisbol en plena calle: Nisa Mickens y Kayla Cuevas.

Hace una década que la pandilla Mara Salvatrucha, creada por migrantes salvadoreños en las calles de Los Ángeles a finales de la década de los setenta y exportada luego a Centroamérica, aterroriza Brentwood.

En menos de dos años se les atribuye 17 salvajes asesinatos en el condado de Suffolk, donde tiene unos 400 miembros, sobre todo aquí y en el suburbio vecino, Central Islip.

Mi mayor temor”

En el pueblo, cualquier referencia a la pandilla genera miradas desconfiadas, sobre todo de los migrantes, muchos indocumentados. Como los estudiantes, las autoridades de la escuela no quieren hablar con la agencia AFP. La policía del condado de Suffolk tampoco.

Uno de los pocos que se anima a quebrar el silencio es el padre de Nisa, Robert Mickens.

“Yo no tengo miedo. He vivido mi mayor temor: perder a mi hija”, dice Mickens, de 40 años y empleado de un hogar de ancianos, con la voz entrecortada.

La sala de su casa, con las cortinas bajas y en penumbras en pleno día, ha sido transformada en un altar a su hija menor, asesinada el día antes de cumplir 16 años solo por estar en compañía de su amiga Kayla, que no estaba en buenas relaciones con la pandilla.

Mickens muestra el trofeo que ganó en un campeonato de básquetbol, el póster del funeral firmado por sus amigos, una foto de cuando tenía seis años. “Era una niña buena; nadie la odiaba”, dice.

El jefe de policía del condado, Timothy Sini, alertó recientemente a legisladores en el Congreso que la Mara Salvatrucha está creciendo, en parte como consecuencia del boom de menores no acompañados migrantes desde Centroamérica, que huyen escapando de la violencia pandillera en El Salvador, Honduras o Guatemala, pero vuelven a caer aquí en sus garras.

La policía dice que desde 2014, más de 4,600 menores centroamericanos no acompañados han llegado al condado de Suffolk, comenzando por Brentwood.

Para Joseph Kolb, investigador del Centro para Estudios Migratorios, la decisión del gobierno de colocar a miles de estos jóvenes en comunidades como Brentwood ha generado “una crisis de seguridad pública”.

No hay escape”

“La mayoría, si no todos, llegan traumatizados y los servicios de inmigración básicamente los arrojan aquí”, dice Kolb. “Estos son chicos que crecieron en una cultura de la violencia” y vienen a vivir a Brentwood con un pariente que no conocen o no ven desde hace años, que está ausente todo el día, o que a veces integra la pandilla. Para ellos con frecuencia “no hay escape”, afirma.

El experto asegura que el nivel de reclutamiento de la pandilla mediante amenazas y extorsiones es despiadado e incluye a los niños, por lo cual a pesar de varios recientes arrestos es imposible erradicarla.

La policía migratoria anunció el miércoles 14 de junio la detención de 39 pandilleros del condado de Suffolk, varios de ellos menores no acompañados. Hace unos meses fueron detenidos otros cuatro y acusados de matar a Nisa y Kayla.

El presidente Donald Trump asegura que la MS-13 es una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, y la señala como una de las razones para justificar más deportaciones y la construcción de un muro en la frontera con México.

La policía, en tanto, alerta de que este duro discurso solo ha acallado a las mayores víctimas de la MS-13, que es la propia comunidad hispana, que no se atreve a denunciar los crímenes.

El padre de Nisa Mickens dice que aunque ahora hay más policías en las calles, la gente sale menos de noche, ya no pasea tanto a sus perros y los jóvenes ya no juegan al béisbol o al básquetbol en los parques.

“Conozco a gente que se ha ido de Brentwood; por ejemplo, una familia cuyo hijo fue asesinado, y a otros que se quieren ir”, dice Lenny Tucker, presidente de la Asociación de Ciudadanos Preocupados de Brentwood.

“Yo mismo estoy pensando en irme de aquí”, confiesa este agente inmobiliario de 50 años: “La violencia pandillera tira abajo los precios de las propiedades de la comunidad”.

© Agence France-Presse