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Habrá que aumentar la edad de retiro, aunque le disguste a mamá

Alexis Henríquez

 
 

Cuando cubría la Asamblea Legislativa, a mediados de 2003, mi madre me pedía estar muy atento a cualquier reforma de pensiones que pretendiera aumentar la edad de retiro. Ella me decía que había trabajado desde muy joven y ya estaba cansada. Me pedía que si veía una reforma en ese sentido, intentara –de inmediato– convencer de lo contrario a los diputados, como si yo tuviese tal poder.

Comprendí, con los libros y mis maestros sobre el tema, que aquello solo la perjudicaba. Comencé a tener un debate serio y argumentado sobre su edad de jubilación cuando, a principios de 2011, escuchamos que un funcionario tocó el tema. Una noche, en El Noticiero de Canal 6, el entonces superintendente de pensiones, Omar Iván Martínez Bonilla, declaró que había que aumentar la edad de retiro para las mujeres. Sospecho que Martínez Bonilla recibió un jalón de orejas por afirmar tal cosa, porque no volví a escucharle esa propuesta. Por mi parte, le expliqué a mi madre que retirarse más tarde podría contribuir a mejorar el monto de su pensión; tal vez no sustancialmente por lo aportado, sino porque acortaría la cantidad de años en los que se dividiría su fondo acumulado.

Hoy la pensión se calcula por la esperanza de vida que usted tendrá a la hora de jubilarse. Las mujeres viven más y, por tanto, su pensión se divide por más años: siete más que los hombres en El Salvador. La Organización Internacional del Trabajo ha calificado las tablas de mortalidad como discriminatorias por género. Para solventar esta disparidad, varios países con algún componente de capitalización (donde funcionan las AFP) han optado por aumentar e igualar las edades de retiro. Colombia, Costa Rica, México, Perú, República Dominicana y Uruguay son algunos países donde las mujeres pueden jubilarse a la misma edad que los hombres. De los países donde funcionan las AFP en América Latina, es en El Salvador donde más temprano las mujeres pueden jubilarse: a los 55 años.

Aumentar la edad de retiro en el caso de las mujeres también puede suavizar algunos flagelos que el mercado laboral produce. Por ejemplo, en un estudio de Fundaungo, donde se analiza el sistema de pensiones con datos de 2011, se observó que las mujeres, al comenzar su vida laboral, cotizan con base en salarios más bajos que el de los hombres (una media de 10 dólares menos); pero esto se compensa con salarios más altos cuando están llegando a la edad de retiro (la diferencia media era de 200 dólares más que los hombres a punto de retirarse). Pero aunque se llegue a esa edad, con salarios altos, no todas pueden retirarse. Según cálculos que he realizado con base en las estadísticas de la extinta Superintendencia de Pensiones en 2011, solo el 21% de las mujeres entre los 50 y 54 años tenía entonces la posibilidad de cumplir con el requisito de los 25 años cotizados en el sistema. Esto se debe, según el mismo estudio de Fundaungo, a que entre los 18 y 32 años de edad, tanto hombres y mujeres acumulan vacíos en sus cotizaciones.

Ya el sistema obliga a que tanto hombres y mujeres, de no cumplir los años cotizados, tengan que seguir aportando hasta alcanzar este requisito si quieren tener una pensión. El problema está en que, al no estar las mujeres obligadas a cotizar después de los 55 años (y retirarse joven es tan atractivo), pueden pedir devolución de saldo. Esto a la larga implica un enorme problema: el sistema no se ha diseñado para devolver dinero cotizado sino para pagar pensión, redistribuyendo los ingresos; y al no tener pensión, las personas también se quedan sin la posibilidad de recibir salud por medio del seguro social. Entonces, si quieren recibir esta atención, tendrán que buscarla con fondos propios o mediante los servicios públicos que presta el Estado. Y entonces el Estado se ve presionado en el sistema de salud público. Es una cadena que terminan pagando los contribuyentes, a la larga.

La Iniciativa Ciudadana para las Pensiones, donde está la Asociación Salvadoreña de Administradoras de Fondos de Pensiones (Asafondos) y Fusades han propuesto que en lugar de calcular la pensión de hombres y mujeres por lo que se espera que vivan, se haga parejo para ambos géneros: a 20 años. Para los hombres ya ese es el tiempo que se espera vivan después de los 60 años; y para las mujeres se calcula hoy una esperanza de vida de 27 años después de retirarse. La propuesta continúa: pasados estos 20 años, y si las personas siguen vivas (muy probablemente así sea en el caso de las mujeres), quien continuará pagando la pensión y en la misma cantidad será un fondo de pensión vitalicia que será financiado por los cotizantes. Sonaba perfecto, hasta que el Banco Mundial recomendó  que se aumente la edad de retiro. Esto es clave para que dicho componente de la propuesta sea sostenible.

Por el lado del gobierno y los sindicatos, aumentar la edad de retiro no es un tema que se toque en sus propuestas. El partido GANA es el único que lo ha señalado: ponen el piso de 60 años para retirarse. Veo improbable en esta época preelectoral tal reforma, donde lo que un político busca es ganar simpatía. Pero ante lo improbable, ojalá lo necesario se imponga.

Hace más de un año le pregunté a la diputada Lorena Peña en El Faro Radio por qué no querían aumentar la edad de retiro en el gobierno. Ella respondió: “¿Qué harían los viejitos en las maquilas y los jóvenes esperando entrar a trabajar?”. Algo de razón tiene, pues hay trabajos donde la edad no soporta el peso de las labores. Por ejemplo, hace un par de años el padre de un amigo, en Francia, adelantó su edad de retiro para que las reformas al sistema de jubilación no lo alcanzaran, pues iba a aumentar la edad a 67 años (claro, la esperanza de vida allá es mucho más alta). Su profesión era la de dentista y temía que sus manos temblorosas no colaboraran en su trabajo. Pero no vale la pena retirarse del sistema o jubilarse a los 55 años, con la posibilidad de no tener pensión o con tener una muy baja. En sistemas como el de Costa Rica se compensa retirarse a los 62 años, tanto en hombres como en mujeres. Si es necesario buscar mecanismos que contribuyan a la sostenibilidad del sistema y a mejorar el monto de las pensiones, esto pasa por revisar la edad de retiro. Y sobre todo en el caso de las mujeres.

A su vez, mientras se aumenta la edad de retiro, es necesario trabajar por mecanismos que permitan la entrada de jóvenes al mercado laboral formal de manera continua e ininterrumpida. Ya se ha demostrado que el mayor rendimiento lo produce cotizar, aunque sea poquito, a temprana edad. Revisando las estadísticas de la Superintendencia de Pensiones me percaté que al menos 6 mil jóvenes de entre los 15 y los 19 años habían cotizado menos de un año; y otros 5 mil entre uno y cuatro años en la presente década. Y al menos el padre o familiar de un menor de 12 años ha hecho alguna cotización para él, previniendo el futuro del hoy infante.

Muy a pesar de mis recomendaciones, mi madre ya se jubiló; y sigue considerando injusto que se aumente la edad de retiro. La presión que le generaba la posibilidad de una reforma que no le conviniese la motivó a realizar el trámite a los 55 años. Cuando vio el monto de su pensión se sintió satisfecha. Lo que cotizó desde los 16 años le sirvió para tener ahora una buena pensión. Esto, en un sistema de capitalización, se acentúa más. Pero no veo este debate en esta reforma previsional que se quiere hacer. Y mi madre, ahora pensionada, sigue trabajando en la misma empresa y cotizando de manera voluntaria. Esta es una fórmula que le permitirá aumentar un poquito más el monto de su pensión cuando se retire por completo. Porque retirarse a los 55 años, cuando se gana más y se continúa siendo productivo, es ilógico.

*Alexis Henríquez es profesor de políticas sociales y desarrollo económico en la Universidad Santo Tomás, Colombia. Posee maestría en Estudios Latinoamericanos, con énfasis en economía, por la Universidad de Salamanca, España. Fue investigador de Fundaungo entre 2011 y 2015; así como periodista de El Faro y La Prensa Gráfica entre 2003 y 2007.

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