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Entré a un periódico digital y no creerás lo que pasó después

Willian Carballo

 
 

Entré a sus noticias y, de repente, no sé cómo, el espíritu de Pornhub y Redtube se había apoderado de ellas. Era como si Miley Cyrus fuera su editora y el negro de Whatsapp, su community manager. Primero le di like a su página y después, como un virus informático que se cuela por la intimidad de una computadora, mi muro y mi TL se fueron llenando de húmedas noticias lubricadas con palabras como infiel, orgasmo, amante, masturbación, trasero, orgía, oral, prostituta, consolador, pechos, pene, venéreas, clítoris, húmedas, lubricadas, intimidad.

No sé si fue coincidencia o simplemente un furor del hot. De lo que estoy seguro es de que, de alguna manera, se las arreglaban para que el 13 % de sus noticias –como reveló una investigación de la Escuela Mónica Herrera en 2016– tuviera alguna relación con el sexo. Algo, cualquier cosa, una nimiedad; el tamaño no importa. Algún gancho casi pornográfico que fuera directo al hígado de mi morbosidad y me hiciera regalarles sobre la lona un click, un like o un retuit. Fue así como yo, que soy fácil de noquear, caí en la trampa y entré. Lo confieso, entré.

Foto archivo El Faro.
 
Foto archivo El Faro.

Una vez adentro de este mundo de nuevos periódicos digitales, también me encontré algunos que se hacían llamar a sí mismos especialistas en política. Era –si me permiten parodiar un ejemplo del párrafo anterior– una orgía de notas tendenciosas. Un “Juego de Troles”, un “House of cards” criollo. Propaganda que bien podría venderse en Dollar City.

Unos, los de izquierda, tapizaban su muro con notas que harían emerger una sonrisa entre la barba blanca y espesa de Schafik y llenarían de rabia la memoria del Mayor, hasta allá donde estén ambos. Otros, los de derecha, convertían cada palabra de Sánchez Cerén en un meme y cada mueca fresca de los precandidatos tricolores en una nota amable del tamaño de un supermercado. Y todas, eso sí, con el mismo número de fuentes que el redondel Masferrer. Eso mismo: ni una.

Pero había un tercer tipo, amigos míos, mucho más vivos que todos. Unos periódicos que tiraban parejo a los areneros y a los efemelenistas, dependiendo del humor con que se haya levantado tuiteando el que paga las rancheras. Unos de un tono azul demasiado claro como para ser nacionalistas y con barba demasiado hipster como para ser guerrilleros. Esos se auto-veneraban como contrapeso a los que, despectivamente, llamaban panfletos. Sacaban notas sobre el tagadá más grande de Centroamérica, el motor de lancha más grande de Centroamérica, el elote loco más grande de Centroamérica. Y así. Como dice el dicho, el dinero alcanza para pautar –¿invertir?– en nuevos medios cuando no eres pobre.

Pero también los había rojos. Rojo sangre, me refiero. Periódicos digitales que tenían la gentileza de anunciarme que lo que estaba por venir eran imágenes fuertes y que sugerían discreción a este indiscreto en dos pies que soy yo. Pequeños cuatrovisiones (del de antes) que apelaban a mi condición de adulto de amplio criterio para mostrarme sin cuadritos de censura los sesos y las tripas de algún pandillero muerto en lo que la PNC llamaba enfrentamiento. No es casualidad que –citando nuevamente la investigación de la Mónica Herrera– 25 de cada 100 notas publicadas por periódicos digitales sean sobre violencia nacional. Y no es en vano que, según la misma fuente, también sean estas noticias las más compartidas por los lectores. Pobrecitos lectores que somos nosotros.

Por último, mi peregrinar por los periódicos digitales incluyó bañarme en la piscina del espectáculo local. Di un paseo por las fotos de las vacaciones que una “sexy presentadora de noticias” había posteado en su Instagram (“¡OMG!”, decía el titular), por el post sobre “la bellísima conductora de televisión” enviando besitos desde la playa (esa era la noticia) y por las imágenes de los limpios pies de Ligia Roca (alerta de spoiler, fetichistas). Los tres ejemplos se merecían un INRI a la rigurosidad.

Y eso, amables lectores, fue lo que pasó después de entrar a los periódicos digitales. Ya ahí, con sus noticias hasta el cuello, decidí guardarlas en una vieja USB donde las distribuí en fólderes: notas de sexo, notas de violencia, notas políticas, notas de espectáculos; y las clasifiqué en un ranking del 1 al 10. Ahora tengo esas notas como recurso didáctico bajo la manga. Mi idea es usarlas como municiones a modo de ejemplo la próxima vez que imparta alguna materia de periodismo en la universidad. Hasta tengo el nombre para esa clase: “10 notas periodísticas que no creerás que fueron publicadas. La número 7 te dejará boquiabierto…”

Suena pegador el título, ¿verdad? Ya solo me falta meterle en algún lado la palabra “orgasmo” y será un éxito.

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Willian Carballo es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera. Tuiteo por placer y no soy destacado (@WillianConN). Me gusta la cumbia nacional tanto como la música de Sabina. También el futbol y la política electoral, aunque no practico ni lo uno ni lo otro. Irónico. Crítico. Optimista.

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