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Los desaparecidos de la guerra regresan a las tablas para denunciar nuestro pasado

Dos hermanas que vagan entre el olvido finalmente se encuentran. Ríen, cuchichean, recuerdan, reviven el sufrimiento. Por medio de su historia, que transita entre la inocencia y la desesperanza, Moby Dick Teatro da voz a los desaparecidos de la guerra. Desaparecidos que entre ramas secas, gusanos y otros huesos anhelan un lugar digno para descansar.

ElFaro.net / Publicado el 23 de Septiembre de 2017

“En el monte, en la nada, redada entre un montón de muertos". Así describe Susana su ubicación, que podría ser la de cualquier barranco en El Salvador. Susana es una desaparecida de la guerra. Y en la atemporalidad de su dilema existencial, pasados los años, con grietas y raíces que le atraviesan la ropa y el cuerpo, se reencontró con Engracia, su hermana.

Así, entre raíces y el limbo, las hermanas Márquez se han vuelto a reunir. Desaparecieron, se intuye, en la década de los 80, por sus juntas con guerrilleros, por no corresponder los galanteos de un militar. Han brotado de la hojarasca, del soterramiento del pasar del tiempo. En su reencuentro hablan de cotidianidad: la boda de la princesa de Inglaterra, de la muerte de Osama y la visita de Obama. Cuchichean, juegan “pirulin pin pin, pirulín pin pan, pirulín, pirulín…”, y de golpe, todo empieza a brotar, el acecho de la memoria, de la desgracia. Un padre muerto, un profesor torturado, un amigo perseguido. 

La compañía de teatro
 
La compañía de teatro "Moby Dick" durante el ensayo de la obra "Bandada de Pájaros", que se estrenó en el teatro Luis Poma, en San Salvador. Las actrices, Rosario Ríos, Mercy Flores y Dinora Cañénguez dramatizan las violaciones a los derechos humanos y las ejucuciones extrajudiciales durante el conflicto armado. Foto de El Faro, por Víctor Peña.

Para su regreso a las tablas, Moby Dick Teatro da voz a los desaparecidos de Jorgelina Cerritos. Bandada de pájaros, un texto de autoría de la dramaturga salvadoreña, es el segundo de su serie de Ensayos sobre la memoria, que desde el teatro intenta resolver vacíos en la historia salvadoreña. Respuestas construidas desde el testimonio y la ficción. En este montaje, la compañía se cuestiona “¿Hasta dónde sufren nuestros desaparecidos?” Susana responde: “Quiero la muerte, un sepulcro, una cruz a la orilla de la carretera… No quiero la nada”.

A las hermanas Márquez nadie las busca y lo saben. Esa misma resignación, sin embargo, las atormenta. La última vez que se supieron objeto de búsqueda, tuvieron que huir y, a su paso, presenciar horrores que ahora reunidas por fin pueden dejar salir. Raymundo, el gran detonante de su zozobra, hace gala de su matonerismo en las transiciones. Con gallardía y la sublimación de la que lo dota el portar un uniforme verde olivo, el recluta exige y reclama el amor de Engracia.

La actriz Rosario Ríos da vida a cuatro personajes que transitan de victimario a víctimas. En la imagen, un padre relee la carta que nunca pudo entregar a sus hijas. Foto de El Faro, por Víctor Peña.
 
La actriz Rosario Ríos da vida a cuatro personajes que transitan de victimario a víctimas. En la imagen, un padre relee la carta que nunca pudo entregar a sus hijas. Foto de El Faro, por Víctor Peña.

Hace unas semanas, cuando Alejandra Nolasco presentaba Los ausentes, se habló del nuevo teatro del esperpento, que denuncia nuestros horrores. Con esta obra, Moby Dick vuelve al ruedo con una narrativa que denuncia a aquella otra violencia del pasado. Una que castiga a la memoria de los familiares de las víctimas y que desde entonces se mantiene impune.

Los desaparecidos de la guerra salvadoreña son la consecuencia de una política de persecución y represión del Estado. El régimen salvadoreño en los años previos a la guerra civil y durante ella sistematizaba información sobre los enemigos políticos para, en los casos más extremos, torturarlos, desaparecerlos o asesinarlos. A 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz, poco a nada se ha hecho para buscarlos. La derecha los negó y sepultó con la Ley de Amnistía, mientras que los gobiernos de izquierda protegen al ejército para que guarde sus archivos. Una realidad que se denuncia desde la ficción. Una ficción que se siente real. Conscientes de que nadie las busca, Engracia y Susana huyen del olvido y se reencuentran en la memoria del dolor, de la misma manera que los desaparecidos de la guerra se van fundiendo con los desaparecido de la nueva guerra: la violencia social. En este sentido, ambas generaciones teatrales se comunican a través de sus personajes, de sus dolores, de su desesperanza de ser encontrados. Todos son Susana y Engracia.

Desaparecidos, guerra… los protagonistas en esta escena saben que no es un tema popular para muchos, pero para Santiago Nogales, el director, apostar por este tipo de producciones es más bien una afrenta: “La memoria -dice- es el único territorio del que no pueden echarnos. A ver quién se cansa antes”.

Junto a las actrices Dinora Cañénguez, Mercy Flores y Rosario Ríos, Nogales ha navegado por 18 años en temas hermanos que circundan esta historia: la violencia hacia las mujeres, la migración, los desaparecidos de guerra. Es por ello que cuando Cerritos les propuso que trabajaran con su texto, aceptaron sin titubear. Si bien la experiencia ganada facilitó el proceso de adaptación, tuvieron que recurrir a referentes literarios y vivenciales para construir los personajes. Para Flores fue fundamental releer, por ejemplo, el Pedro Páramo de Juan Rulfo: "Yo necesito buscar en un universo que conecte con lo que quiero demostrar", dice. Mientras que para Cañénguez fue clave repasar momentos vividos durante el conflicto armado: "Revivir esos recuerdos fue una herramienta importante para construir el personaje". 

 
"El alcohol me sabe a nada", dice Susana, en un intento por recuperar sensaciones de sus días pasados. Foto de El Faro, por Víctor Peña.

Repasar angustias para crear nuevas también fue una técnica importante para Juan Carlos Berríos, el encargado de crear el espacio sonoro de la obra. Berríos creció en Berlín, Usulután, y “muchas de las cosas que se mencionan yo las vi cuando era niño”: cuerpos ahogados, cabezas sin cuerpo, personas quemadas. Entre la tensión y la camaradería de la plática fácil, los sonidos hacen al público surfear una ola de nostalgia y melancolía: “La sonoridad no puede caer en la tristeza”, explica, así reconozca que los ensayos fueron tan duros emocionalmente que en más de una ocasión terminó llorando: "el texto y las escenas son demasiado fuertes, es imposible no sentirse afectado". Mientras él reproduce en su teclado notas en mi bemol, en el escenario, Rosario Ríos muta entre personajes que sortean la tortura y la persecución dirigida por el despecho de Raymundo. Ellos solo quieren llegar a San Ignacio de la montaña, cruzar el río, ser pájaro y volar hacia “la montaña amarilla hasta donde llega la mirada”.

La conjugación adecuada de los elementos escénicos con los que interactúan las actrices es clave para darle sentido completo al montaje. En ese sentido, Bandada de pájaros está lleno de simbolismos: un terreno raso y desabrigado cubierto de ramas secas es el punto de encuentro de Susana y Engracia, desierto; un río imaginado a la orilla del cual se preguntan si ahí comienza la vida; una pila de ropa mugre, lúgubre, reminiscente al Sumpul de Carlos Cañas, en donde la sangre se convierte en flor.

“La vida era aprender a morir”, recita Ríos citando a Roque Dalton. Y desde el escenario a la butaca, a uno se le muere algo por dentro.

La conceptualización del espacio escénico estuvo a cargo de Taty Juárez, y esconde particularidades como que parte de los chiriviscos que dan vida al páramo en el que conviven los personajes vienen del cementerio de Chanmico. Foto de El Faro, por Víctor Peña.
 
La conceptualización del espacio escénico estuvo a cargo de Taty Juárez, y esconde particularidades como que parte de los chiriviscos que dan vida al páramo en el que conviven los personajes vienen del cementerio de Chanmico. Foto de El Faro, por Víctor Peña.