Imprimir

Los que iban a morir se acumulan en México

Una niña que era violada desde los nueve años por unos narcotraficantes hondureños. Un pandillero salvadoreño que mató a sus propios homies. Un comerciante guatemalteco secuestrado y mutilado por una banda de secuestradores y policías. Y, así, decenas más. Y, así, miles más. México espera recibir este año la mayor cantidad de peticiones de refugio de centroamericanos en lo que va del siglo. Una multitud que, a pesar de que países como El Salvador no reconocen el fenómeno, huyó para no ser parte de las ya trágicas estadísticas de la muerte en la esquina más homicida del mundo.  Refugiado es un título que puede matizar la gravedad. Estas son personas que iban a morir. 

ElFaro.net / Publicado el 2 de Octubre de 2017

Los últimos refugiados

(Albergue La 72, Tenosique, Tabasco, 24 de febrero de 2017)

Ella recuerda que cuando se reencontró con él, él era un hombre morado.

Ahora, estos dos salvadoreños son pareja. Se enamoraron huyendo. Y han venido hasta el sur de México, la frontera selvática con Guatemala en el Estado de Tabasco, a recoger a otro salvadoreño que huyó, al sobrino de ella.

Ella cuenta que cuando se juntó con su actual marido en Ciudad de Guatemala, la cara de él era irreconocible. Estaba hinchada, deforme. Un bulto sobresalía aquí, un morado más intenso se extendía allá, la ceja aún estaba abierta y sangraba.

A él no lo amenazaron de muerte. Lo dieron por muerto. Parecer cadáver le salvó la vida. Es un salvadoreño grueso que ronda los 40, con cicatrices por toda la cara y los brazos. Primero huyó del municipio de Apopa, cuando la pandilla Barrio 18 secuestró a sus dos hijas. Entonces, allá por 2005, él tuvo que vender su bodega de granos básicos y pagar más de $10,000 a los pandilleros que además le cobraban $100 mensuales por esa bodega. Recuperó a sus hijas y se mudó a Acajutla, en la costa salvadoreña. Pero allá controla la Mara Salvatrucha, y el negocio de cocos que abrió nunca prosperó. Él optó por ser honesto con los emeeses y admitir que había huido de una zona 18. Pero los de las letras sospechan de todo lo que venga de donde los números. Finalmente, meses de por medio, lo amenazaron de muerte. Lo querían fuera. Volvió a huir, siempre hacia adentro de su país. Se movió apenas unos kilómetros, hacia una playa llamada Monzón, en Sonsonate. Ahí vivía su mamá, siempre entre emeeses. Pero el hecho de ser familia le dio a él y a sus hijas sombrilla para quedarse. Años después, ya en 2014, él regresó a casa del trabajo y encontró en un cuarto a una de sus hijas retozando con su nuevo novio, un pandillero de la MS. El hombre no pudo digerir la escena. Discutió con el marero. Echó a gritos al marero. Ese mismo día por la tarde, cuatro pandilleros lo reventaron afuera de su casa. Le dieron hasta darlo por muerto. Luego, lo lanzaron en un basurero a orillas de otra playa llamada Costa Azul. Una señora vio aquella masa roja moverse y resoplar entre los desperdicios. Le ayudó a salir. Así, medio muerto, huyó a Guatemala en un bus el día siguiente.

Para ese entonces, ella era solo amiga de él. Ella es una señora guapa, pasados los 40, con unos notables ojos verdosos de gata. Él, desde Guatemala, le contó su desgracia. Ella, justo en esos meses de 2014, pasaba por un momento particular. Durante años, a la fuerza, había sido pareja de un marero de Sonsonate. En 2014 atraparon por homicidio al emeese que la forzaba. Fue a prisión mientras proseguía el juicio. Ella aprovechó su encarcelamiento para huir. Dejó esa “vida de esclava” y alcanzó a su amigo en Guatemala.

Cuando lo vio, lo vio morado y deforme. Juntos siguieron huyendo hacia México. Y, tras pasar meses en este albergue para migrantes en la ciudad sureña de Tenosique, ambos consiguieron refugio y son residentes permanentes de este país. México creyó su historia. México creyó que, de volver a El Salvador, ambos serían asesinados. Se enamoraron y ahora son pareja.

Pero esto es una cadena. Tras uno hay otro y otro y otro.

Luego de unos meses encarcelado, el marero que la sometía salió libre. Amenazó de muerte al hijo de ella. Quería de vuelta a la mujer a la que consideraba suya. El hijo siguió a la madre. Huyó. Ahora también es refugiado en México.

Quedó el sobrino. El pandillero lo buscó a él.

El sobrino es el muchacho de Acajutla que llegó anoche, a quien hoy han venido a visitar desde una ciudad en el centro de México. Están sentados en un galerón, en el medio del albergue, rodeados por varias decenas de centroamericanos que, como ellos, no migran, huyen.

—Yo así como él vine. Desorientado, pensando qué iba a ser de mi vida. Pero aquí se puede vivir, ya vas a ver —dice el hombre al muchacho recién llegado que hoy iniciará su petición de refugio.

Otra familia de gente que escapa se reúne en México.

Son los últimos refugiados a los que veré en este viaje. El último recién llegado.

Han pasado siete días desde que esta investigación empezó. En solo una semana, he conversado con 29 personas que huyen. Familias con bebés, gays hondureños, ex pandilleros, niñas violadas, hombres mutilados. Huyen de pandilleros, de policías, de narcotraficantes, de secuestradores. Pero sobretodo, huyen de países donde las autoridades no pueden o no quieren protegerlos.

Este año, por primera vez en el siglo, se calcula que México alcanzará una cifra de cinco dígitos en peticiones de refugio: 20,000 personas, casi todas del norte de Centroamérica, pedirán este año acogida para no morir.

Este es el destilado del horror salvadoreño, hondureño, guatemalteco. Quizá la manera más expedita de entender qué significa ser de uno de los países más violentos del planeta es escuchar a los vomitados por la región.

Los que iban a morir, los que se salvaron solos, se acumulan en México.

Los primeros refugiados

(Albergue para adolescentes refugiados, Distrito Federal, 18 de febrero)

—¿Querés más gente que huye? –me pregunta el expandillero salvadoreño de 21 años, pequeño, recio—. Este huye por culero.

—¡Sí huyo, pero no por eso, no seás estúpido! —responde Bryan, hondureño, gay, 20 años, blanco, ojos verdes, fino, alto.

Ríen.

Están tirados sobre un sofá viejo, rodeados de otros jóvenes absortos ante las pantallas de sus teléfonos. Bryan muestra al expandillero la foto de su hermana en su aparato. Bromean sobre si serán cuñados un día.

El expandillero huye de jóvenes como él mismo, de su propia pandilla, que lo quiere matar en El Salvador. Bryan huye de jóvenes como el que ahora está a su lado; pandilleros también, pero hondureños, que quieren matarlo porque no hizo lo que le ordenaron. Los dos son refugiados en México desde 2016. El Estado mexicano investigó, creyó sus historias y les otorgó residencia permanente. Pueden moverse libremente por este gran país; pero no pueden, si quieren conservar esa libertad, volver al suyo.

La pregunta que me hizo el expandillero fue retórica. Sabe que busco gente refugiada, pero en esta casa no hace falta preguntar: todos huyen. La mayoría, de jóvenes como él.

Esta casa-refugio fue creada por el sacerdote Alejandro Solalinde y su equipo. Solalinde es desde 2007 uno de los más célebres defensores de derechos humanos en México, y ahora candidato al Nobel de la Paz. Ha sido amenazado de muerte en varias ocasiones. Fundó y dirige un albergue en el sur, en Ixtepec, Oaxaca. En 2015, algunos dentro de su equipo creyeron necesario habilitar un lugar diferente, solo para jóvenes que no estuvieran de paso, que no buscaran Estados Unidos. Estos jóvenes no viajan tras la prosperidad económica. Viajan para vivir. Su objetivo no es llegar a Estados Unidos. Necesitan dejar de estar donde estaban.

Su porqué no está al norte: está al sur.

Año con año, desde 2013, la cifra de personas que solicitan refugio en México aumenta considerablemente, pero en 2015 el aumento se fue a las portadas de los periódicos. De 841 solicitudes en 2013 se pasó a 3,423 en 2015. En 2016, esa tendencia de crecimiento se mantuvo. El aumento respecto a 2015 fue de un 157%: 8,781 personas pidieron a México que las salvara.

De un año a otro se pasó de las personas que caben en un palenque, a las que caben en un pequeño estadio.

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calcula que al final de 2017 se llegará a las 20,000 solicitudes. Los que caben en un respetable estadio.

El 92 % de las personas que en México aseguran huir de la muerte vienen de tres países: Honduras, El Salvador y Guatemala, en ese orden.

Los que iban a morir ponen sus ojos sobre México. La palabra refugio se esparce en los caminos del migrante centroamericano. En la primera década de este siglo nadie la pronunciaba en los albergues. La gente que huía se mimetizaba entre el flujo de más de cuarto de millón de migrantes por año, en el lomo del tren de cargas en el que la mayoría cruza México. Ahora, muchos empiezan a entender que hay un nombre para migrantes como ellos, que huyen. ¿Usted es migrante o refugiado?, se puede escuchar en cualquier albergue. Los refugiados se multiplican en medio de un camino que cada vez es más caro o difícil cruzar solo. Los bolsones de centroamericanos que piden residencia permanente a México engordan en todo el país: Tapachula, Tenosique, Oaxaca, Ciudad de México, Toluca, Tijuana...

Los coyotes subieron las cuotas amparándose en el terror desatado por la llegada de Donald Trump a la presidencia estadounidense. Trump promete su muro cada vez que puede, aprieta a México. Y México responde como sur que estrangula al sur. En 2016, México devolvió a sus países al doble de centroamericanos que devolvió en 2011. 143, 226 en 2016. México imita lo que su vecino de arriba le hace. Voltea a ver al que tiene abajo y cierra el paso cada vez más.

Si comparamos refugio y deportaciones, no queda duda de que México expulsa muchísimo más de lo que acoge.

—¡A comer! —grita uno de los voluntarios de la casa, y los jóvenes que huyeron se distraen de sus pantallas y corren a formarse alrededor del perol renegrido con fideos y queso rallado.

Hoy, mi primer día de búsqueda de refugiados centroamericanos en México, hay ocho jóvenes en esta casa que aseguran que permanecer en el país donde nacieron les significa morir. La menor tiene 13 años. El mayor es el expandillero.

El pandillero y Bryan

(Albergue para adolescentes refugiados, Distrito Federal, 18 de febrero)

E (así llamaremos al expandillero) no demora las explicaciones.

—A mí me quieren matar en El Salvador. Soy expandillero 18, sureño —dice E, sentado en una silla en el patio de la casa, lejos de los demás, con la gorra a media frente y la visera recta, tiesa, como no la podría llevar en su país.

Por si las palabras de E no alcanzan para creer su afán por alejarse de la pandilla, ayuda ver su pecho. Donde había un 1, hoy hay un demonio; donde había un 8, un ángel. Borrarse los tatuajes es, dentro de una pandilla salvadoreña, es una razón para morir.

Su única condición: no nombre. Por lo demás, él está a punto de dejar la casa y perderse en la ciudad y el Estado de México, una de las áreas más pobladas del continente. Se perderá entre más de 20 millones de personas. Se siente confiado en ese escondite.

—Soy de la clica Piwainos Locos Sureños, de Izalco.

En los mapitas de violencia se suele poner en rojo las zonas graves. E viene de un municipio rojisísimo en un país rojísimo. La tasa de homicidios de El Salvador en 2016 fue de 80,9 por cada 100,000 habitantes, la más alta del mundo que no está en guerra. Ese mismo año, la tasa de su municipio fue de 170.9. Su pedazo de tierra en este mundo duplicó y le sacó un pelo más al promedio del país más violento. En gran medida, él y los suyos eran quienes pintaban Izalco de rojo intenso.

De niño mató. Estuvo preso por un homicidio, pero tenía apenas 15 años. Pagó solo dos, porque los testigos “ya no se presentaron, dejaron el caso abandonado”. No por eso dejó de matar. Las cárceles en El Salvador no se llevan bien con la palabra rehabilitación.

—¿En cuántos homicidios has participado? —pregunto.

—Mmm… (ríe nervioso y se acomoda la gorra). Un chingo. Pero también he visto que han matado a un vergo de amigos míos.

—¿Por qué huiste?

—En 2014, en diciembre, me mataron a una chava que era mi novia, los mismos batos de mi colonia. Yo cometí un error. Me mandaron a hacer una misión y se mató a la persona equivocada, y ahí, tipo el castigo tuyo es que te van a dar abajo a vos también, por pendejo. Pidieron la orden al penal de Izalco para que me mataran. Dijeron que casaca, que no me podían matar, que era un soldado leal. Solo dijeron que me castigaran, y torcieron a mi morra. Le pegaron cinco balazos. La morra tenía la misma edad mía, 18 años. La mataron en Izalco en 2014. Ella nada que ver con la pandilla.

A E le dijeron que había sido la Mara Salvatrucha. Él lo creyó. Pero a los dos meses, mientras tomaba cervezas con dos de sus homeboys, uno de ellos le confesó que matar a su novia fue su castigo por haber matado a quien no tenía que matar. Matar, matar. El homeboy dijo a E los nombres de los asesinos. E no indagó más: “Esa es la manzana de la discordia que me llevó a topar de cuerda”.

—¿Dónde están los asesinos de tu novia?

—Me torcí a esos dos majes en Izalco y me vine a la mierda. Esos majes no están ahí, están desaparecidos. No hay registro de ellos. La pandilla se dio cuenta y me tiraron luz verde en todo El Salvador. Donde quiera que me miren, me tuercen. Mandaron fotos mías a todas las clicas.

Desaparecer dicho por E significa enterrar en un maizal o en un cañal.

E huyó el 24 de diciembre de 2014. Su familia -padre, madre, hermanas, hermano- también huyó esa noche. Sabían que tenían que escapar de las consecuencias de E. Viven en otro departamento de El Salvador, pensando en huir hacia otro país. Su hermano ya lo hizo. No es pandillero. Vive, refugiado, en el norte mexicano.

Tras un refugiado centroamericano suele haber otros refugiados en potencia.

E muestra en su teléfono fotografías que le envían otros pandilleros huidos desde Tapachula, Oaxaca, Ciudad de México. Si para un migrante común la palabra refugio es nueva, rara, difícil de entender, para un pandillero centroamericano es más exótica que un koala: ¿pedir ayuda a un gobierno? Y sin embargo, ellos, soldados de la muerte, son de los casos donde el riesgo es más demostrable. ¿Quién dudaría en Guatemala, El Salvador u Honduras de que un pandillero que traicionó a su pandilla tiene eso que los abogados desalman: “causa probable de persecución”? La muerte en el lomo.

Antes de hacer la siguiente pregunta, explico a E que no soy idiota, pero que hay preguntas que es necesario hacer para que queden en registro.

—¿Por qué no denunciaste a la Policía?

—N’ombe, loco, si lo que hacen es meterte clavo o tirarte a otro lado donde hay chavalas para que te maten. Una vez nos fueron a tirar a Nahuizalco (zona MS) sin camisa, a las 9 de la noche. Al Slow ellos lo mataron. Lo subieron a la patrulla. En un baile estábamos. A la mañana siguiente apareció en el río, en la colonia Tamacha, amarrado, acuchillado.

Desde finales de 2014, la Policía salvadoreña se comporta cada vez más como los represivos cuerpos de los años de guerra. Sus jefes hablan de tres enfrentamientos diarios con pandilleros, pero muchos de ellos, que terminan con 2, 3, 8 cadáveres de jóvenes regados, no fueron tal cosa. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos tiene más de 30 casos abiertos de ejecuciones extralegales. En dos ya se dio sentencia: fueron ejecuciones, no enfrentamientos. Gente rendida, no gente disparando.

Los refugiados, en cualquier caso, son el subregistro oficial de los centroamericanos que huyen. El número que esconde un número real y desconocido.

Los pandilleros que piden refugio son una pequeña minoría dentro de esta población. Huyen muchos, pero piden refugio pocos. En todo el viaje, conocí solo a E.

—¿Volverías a la pandilla si pudieras? —pregunto.

—Jamás en mi puta vida. Por mí, que tiren una granada y desaparezcan todos esos mierdas.

—¿El Salvador se agotó para vos?

—Ya no sirve de ni mierda –dice el ex pandillero sobre lo que él dejó atrás.

Se levanta de la silla y llama a Bryan. Quiere ver fotos de la hermana de Bryan, que también huyó de Honduras, pero ella hacia Madrid.

Bryan es femenino sin esforzarse. Parece que flota al caminar. Se ve ligero y estilizado en cada movimiento. “Y eso que no me has visto vestido de mujer. No es por nada, pero me veo muy bien”, dice. E se ríe de él. Pido a Bryan que salgamos al patio a conversar.

Bryan también es refugiado desde 2016. No tiene ningún inconveniente en que se escriba su nombre. Dice que ya apareció en un programa de televisión. Pronto se irá del albergue y se perderá entre la multitud de esta o de una ciudad más al norte.

—Soy Bryan, tengo 20 años, estoy desde septiembre del año pasado aquí en México. Vengo de San Pedro Sula, una de las ciudades más peligrosas de Honduras. Me tocó salir. Yo tenía una vida muy bonita allá. Estaba sacando licenciatura en administración de empresas y era gerente de mercadeo de una empresa que se llama Almacenes El Compadre… Soy de la colonia Lomas del Carmen, y ahí está la MS. Me crié con ellos. Son chavos de mi edad. Querían que trabajara para ellos.

Bryan es esa frontera humana difícil de explicar. No fue pandillero nunca. Fue amigo de ellos. Rio con ellos y lloró suplicándoles por su vida. Es habitante de esos barrios. Creció ahí. Esa es su generación. Era parte de eso a lo que en Centroamérica se le llama base social de las pandillas. Un amigo, un conocido que puede hacerles un favor: avisar si viene la Policía, trasladar un mensaje. Hasta que al liderazgo de la clica sube el más severo de los pandilleros. El Rata se apodaba en la colonia de Bryan ese pandillero. El Rata no quiso más pequeños favores, quiso dinero, y para obtenerlo quiso utilizar enteramente a Bryan. El Rata le exigió travestirse, pararse en una esquina del parque central, vender su cuerpo y también cocaína, crack y marihuana.

El acoso fue paulatino. El Rata ideaba otros planes. Uno de ellos fue pedir a Bryan que sirviera como sicario. El Rata creía que si Bryan se presentaba vestido de mujer podría matar más fácil. Vender droga, matar, prostituirse. Bryan era un portento en la mente de El Rata.

—Un día, los majes me bajaron del carro. Me llevaron donde el jefe. ¿Qué pensaste?, me dice. Es tu última oportunidad. Yo no voy a trabajar para vos. Sacó la pistola, me la puso en la cabeza y me dijo: entonces hasta aquí llegaste. Yo le hacía gran drama, le decía que si no tenía corazón, que yo tenía familia. Gran drama. Esperame, le dije, dame dos días para pensar. Ese mismo día me fui donde mi familia y les dije que me iba un tiempo de la ciudad por cuestiones de trabajo.

Bryan pidiendo aventón. Bryan intentando ser violado por el señor que le dio aventón en Guatemala. Bryan luchando con el señor. Bryan pidiendo dinero en un parque. Bryan en Tapachula, México. Bryan en el albergue Belén. Bryan inició su trámite. Bryan, tras tres meses, fue refugiado.

—Bryan, ¿qué pasaría si volvés?

—Yo digo que obviamente me matarían. Tengo amigos que me escriben: estos están maleados con vos porque te fuiste y los dejaste vendidos. Tenés suerte de que esos majes no saben dónde vive tu familia, me dicen, porque ya los hubieran matado.

Tras cada refugiado que huye de la pandilla quedan varios candidatos a huir. La huida centroamericana viene en cadena, porque las pandillas son organizaciones de control territorial. El exilio de una persona de uno de esos barrios condena al exilio de varios más. Ir a otro barrio del mismo país donde las casas cuesten lo mismo implica ir a otro barrio de pandillas y tener que explicar quiénes son, de dónde vienen, por qué.

Otra vida

(Tienda 24 horas, Distrito Federal, 19 de febrero)

E acomoda las chucherías en los estantes coloridos de la tienda donde trabaja. Hoy ha venido vestido como pandillero: gorra negra, recta de la visera, cadena de plata, tatuajes visibles, zapatos Nike, camisa floja. Aún a él mismo le sorprende esto de poder vestirse como joven en una zona obrera de la ciudad. “Bien raro andar así libre”.

E planea viajar en estos meses a la frontera con Guatemala a traer a su nueva mujer. Consiguió que una jovencita salvadoreña de 18 años lo visitara en la frontera. Si un refugiado vuelve a su país, pierde su refugio. En la frontera la embarazó. Ella tiene cinco meses de embarazo y E quiere que su hijo nazca en México. Intentó traerla hace 20 días, pero la detuvieron en un retén migratorio en el sur. Volverá a intentar hasta que lo logre.

E ha llegado a relevar del turno al jovencito escuálido que está tras el mostrador.

-Este también es refugiado, mirá –dice E-. Llegó hace siete meses de Honduras. Lo querían matar.

El jovencito prefiere no hablar y refugia su cabeza en la computadora del negocio.

No es tierra para niñas

(Albergue para adolescentes, Distrito Federal, 19 de febrero)

Una tarde cálida cae sobre este barrio obrero de la gran ciudad. La mayoría de los jóvenes están trabajando o en el parque cercano a la casa. Adentro del albergue, Heidin escucha el relato de otro refugiado hondureño de 18 años. Ella es una niña de 13 años, pálida, con una enorme melena. Ríe con facilidad y a veces se aísla en una esquina de la casa y se queda ahí, viendo al piso.

El hondureño cuenta a Heidin que él iba para Estados Unidos, huyendo. Nunca había escuchado eso del refugio. Por eso, cuando tuvo que huir, pensó en alcanzar a su familia en Nueva Orleans. Lo atraparon entrando a Ciudad de México en un bus en diciembre del año pasado, y su trámite de refugio aún está en curso. “Pasé el 24 y el 31 llorando en la estación migratoria”, dice, y Heidin estalla en risas.

Un refugiado puede tener dos destinos en México: A. esperar su trámite, que puede llegar a durar seis meses, en un centro de detención migratoria. B. Esperar su trámite con personas a las que se les otorga la custodia de ese migrante, que son los albergues, normalmente. La opción A implica no poder trabajar. Encierro. La opción B permite rebuscarse, hacer algunos trabajitos y ganar algún dinero. Las autoridades no extienden permisos de trabajo a los solicitantes, pero los que están en albergues hacen lo que pueden.

Los refugiados salieron de sus países de forma desesperada. La muerte ocupaba sus mentes. Pero después, en la agenda mental aparecen otros temas menos urgentes que vivir, pero fundamentales también: los hijos –que muchos dejan con familiares-, la remesa para mantenerlos, la cuota de la casita que dejaron… La vida.

Heidin es un caso particular. Ella nunca dijo: tal persona me quiere matar. Pero a las autoridades mexicanas les pareció natural que ella moriría. No había un victimario concreto, sino una circunstancia: el sector Rivera Hernández. Y una edad: 13 años.

El linaje de ese sector (que agrupa a decenas de colonias) es el siguiente: sector más violento del municipio más violento del segundo país más violento de la esquina más violenta del mundo. Hubo titulares que celebraron la “pacificación de San Pedro Sula” cuando entre 2015 y 2016 pasó de tener una tasa de 171 homicidios por cada 100,000 habitantes a una de 111. México está escandalizado porque su tasa rondó los 18 en 2016. Algunos respiraron aliviados cuando en esa ciudad, icono de la violencia latinoamericana, se logró que “solo” uno de cada 1,000 sampedranos fuera asesinado.

En el Rivera Hernández coinciden las pandillas Barrio 18, Mara Salvatrucha, Batos Locos, Tercereños y la banda criminal de Los Olanchanos. Todos se pelean entre sí y custodian sus parcelas.

—He visto varios asesinatos, porque mi casa es de esquina, y ahí desde la ventana se ven a cada rato —dice Heidin a sus 13 años.

Cuando habla, abre los ojos y los mueve, pero paraliza el resto del cuerpo, como si estuviera percibiendo algo en ese momento, o como si fuera un líder scout teatralizando un cuento nocturno de terror para los suyos.

Heidin, a la que no dejarían entrar al cine a ver una película de miedo sin la supervisión de un adulto, ha visto cómo acuchillan a su mamá en el estómago para robarle; ha sido capaz de liberarse de un secuestro porque sus desgarradores gritos alertaron a una patrulla peregrina que rondaba el Rivera Hernández; ha sido vista con ira por los secuestradores, que son conocidos del lugar, por soplona, por no dejarse secuestrar con calma. La vida de Heidin en su barrio sampedrano no es apta ni para mayores de edad.

Nunca nadie le dijo a Heidin las palabras mágicas del refugiado: te voy a matar. Pero es evidente que varios factores conjuraban contra su vida. Heidin es refugiada porque el Estado mexicano creyó que vivir en ese pedazo de mundo era un riesgo de muerte para esta niña.

—Híjole, hoy no me he peinado —dice Heidin. Abre sus ojazos negros, los pierde en el suelo y se peina.

De albergue a campo de refugiados

(Albergue la 72, Tenosique, Tabasco, 21 de febrero)

-Ahora nosotros decimos que esto es un campo de refugiados. Más de la mitad son solicitantes de refugio.

La frase la dice el fraile franciscano, Tomás González, fundador en 2011 de este albergue para migrantes, campo de refugiados ahora, en el sur de México. Hubo dos hechos que provocaron el nacimiento del albergue: la masacre de 72 migrantes a manos de Los Zetas en agosto de 2010 en Tamaulipas, y el asesinato a tubazos de tres migrantes hondureños aquí cerca, en el municipio de Macuspana, ese mismo mes. Cinco hondureños fueron asaltados. Dos escaparon y tres fueron asesinados a tubazos por cinco encapuchados. Una de las víctimas era una mujer de 33 años. La violaron y luego pusieron su cabeza sobre las vías del tren, donde la destrozaron con tubos de hierro. La 72, al principio, era un predio baldío que, con el tesón de su fundador, se ha convertido, seis años después, en un albergue con espacio para hombres, mujeres, familias, voluntarios, oficina de Médicos Sin Fronteras y atención sicológica, sala de cómputo, cancha de baloncesto.

Me trasladé de la capital de México a esta puerta de entrada para los migrantes. Tenosique ha sido, desde hace años, una de las rutas principales de la migración, porque desde ahí parte una de las dos líneas de tren que suben hacia el norte. Muchos buscan refugio aquí, porque entrar a México no es tan difícil como viajar sin papeles por él.

Actualmente, el director de La 72 es Ramón Márquez, español que llegó como voluntario hace más de dos años. El albergue-refugio suele tener a 150 personas dentro. El 90 % son centroamericanos, principalmente de Honduras y El Salvador, en ese orden. La mitad no migra. No pretende avanzar pronto. La mitad de esta gente huyó. Busca refugio, y el albergue les ayuda en el proceso de solicitarlo, con acompañamiento jurídico y sicológico.

—Recuerdo que el año pasado, en solo una semana, tuvimos 110 solicitantes de refugio. Es la mayor cantidad que recuerdo en una semana —dice Márquez.

El albergue, como todos, no es un hotel de lujo. Es un lugar donde migrantes voluntarios cocinan con leña. Sopa de pollo, pasta, frijoles, lo que abunde. Es un lugar donde hay horarios para levantarse y acostarse. Donde, cuando hay casa llena, se dormirá en colchonetas en el suelo, cuerpo contra cuerpo. Hay necesidades en los albergues, porque atienden a miles de personas cada año y dependen de donaciones. Pero los albergues como este son, sobre todo, espacios donde los migrantes vuelven a respirar. O, en el caso de los refugiados, llegan de su huida desesperada y se detienen a pensar en todo lo demás. Y, poco a poco, hablan. Cuentan.

Les pregunto por qué ahora. Si Honduras y El Salvador disputan el título del país más homicida desde al menos 2009, por qué hasta ahora se repleta de refugiados su lugar. ¿Por qué antes no se quedaban?

—Las casas del migrante (albergues) empezaron a acompañar a las personas a solicitar refugio. Cuando se descubre una cosa, se corre —dice González. 

En los albergues se han escuchado historias terribles de gente que huye desde hace décadas. Sin embargo, se seguía viendo a los migrantes como personas de paso. Se les atendía médicamente, se les alimentaba, se les escuchaba y se les veía partir en cuestión de días, semanas como mucho. Pero poco a poco, sin que nadie sepa una fecha exacta, cada vez más empezaron a decir: no quiero seguir, no tengo idea de hacia dónde seguir. Quería huir. Ya hui. Ese era mi plan, nada más.

—Creo que, aparte del factor Estados Unidos y Trump, también influyó el Plan Frontera Sur, ese muro simbólico, invisible que se planta en el sur de México —agrega Márquez.

Fue un plan –o al menos así le llamaron- lanzado el 7 de julio de 2014 por el presidente mexicano Enrique Peña Nieto. Se presentó como una serie de medidas dirigidas a proteger al migrante, pero terminó ocurriendo que cada una de esas medidas dificultó el camino al migrante: más policías, más agentes de migración en el sur (la cinturita angosta de México), reanudación de los operativos migratorios en el tren y, la más célebre y exótica medida humanitaria: aumentar la velocidad del tren y dificultar que los migrantes lo agarren detenido, para desincentivar ese medio de transporte. Es un plan que de humanitario solo tiene la vocación de agarrar humanos.

Ni a Márquez ni a González les gustan los números oficiales. México asegura que el 62 % de la gente que pidió refugio durante 2016, lo recibió. No les gusta porque ese porcentaje no cuenta a la gente que pidió refugio pero no terminó el proceso. Gente que se hartó, necesitó moverse para trabajar y enviar remesas. “Un tercio de las personas abandonan el proceso. La gente se desespera, y muchas veces, como estrategia, el Gobierno retrasa 45 días hábiles la entrevista personal. La gente se desespera de pensar en 45 días más, encerrados”, dice Márquez. “Nosotros sabemos lo que pasa, convivimos con la raza, no hablo nada más de números, sino de gente que viene a nuestra casa y nos cuenta su historia”.

Si esta casa recibió a 370 solicitantes de refugio en 2015, en 2016 fueron 752 y en 2017 hay más de 70 peticiones activas permanentemente. “En 2014, cuando Estados Unidos habló de la crisis de los niños, recibimos a 1,276 (menores). En 2016 recibimos a 1,625. De ellos, 281 no acompañados en 2014 y 861 en 2016”, dice Márquez. Las crisis no solo ocurren cuando Estados Unidos lo dice. Ocurren, aunque no se cuenten ni se nombren.

Nada menos hoy, en un primer rondín, uno se encuentra en el cuarto para niñas a dos hondureñas que viajan solas y piden refugio, cuatro bebés menores de cuatro meses y siete niños que rondan los 10 años.

Aún así, con el albergue lleno mitad de migrantes y mitad de refugiados, su fundador augura que vienen tiempos más saturados.

—La raza todavía no sabe mucho qué es esto de ser refugiado. Les tenemos que ayudar. Hay mujeres que nos dicen: yo no soy un caso de refugio, pero es que ya no aguantaba las golpizas de mi marido. Me violaba… Aunque no dicen que las violaban, sino que las obligaban a tener sexo. Me iba con mi mamá y me seguía; con mi hermana, y me seguía… entonces usted es una mujer que debe tener refugio.

Temor fundado

(Zona rural de Tabasco, 21 de febrero)

-Mirá, le dije al palabrero, yo ya estoy viejo y la vida me hiede, pero mi hijo…

La frase la dice un señor salvadoreño de 40 años. Hay vidas que pueden heder muy pronto, porque venían con fecha de caducidad.

La casona donde vive esta familia es amplia y está en medio de un pueblito enclavado en el espesor de una zona selvática de Tabasco, México, frontera con Guatemala. Hay que alejarse de Tenosique en medio de carreteras que parten el verde. La casona no es de ellos, y está justo al lado de la carretera. Es una casa que fue abandonada sin mucho esmero: hay trastos viejos por todas partes, anaqueles vacíos de lo que fue una farmacia, carteles de quinceañeras empolvados. Los cuartos huelen a encierro. La familia salvadoreña, El Señor, La Señora, El Muchacho y La Muchacha, se reparten entre hamacas y colchones viejos para dormir. Los padres entraron a México, sin permiso de nadie, el 3 de marzo de 2016. Los hijos, dos meses después. Se alejaban de aquella vida hedionda. Una familia mexicana les prestó esta casa a cambio de que mantengan vivas las tilapias del criadero que está en el patio trasero.

El Señor, 40 años. La Señora, 30 años. El Muchacho, 16 años. La Muchacha, 21 años. Los menores son solo hijos de El Señor. Y uno más: El Amigo, que huyó junto a ellos, 33 años.

-…Empezaron a decirme que se los diera para que cobrara la renta. Llegó un pandillero y me dijo: danos a tu hijo, que si no te lo vamos a matar… Ya mis años tengo, pero el día que me toquen a mi hijo, a más de alguno me voy a llevar, le dije. Porque, gracias a Dios, siempre he tenido mi corvo debajo de la cama.

“Gracias a Dios”.

La Señora tiene a sus hijas, pero ellas siguen en El Salvador, lejos del lugar del que ella huyó.

La ubicación en la que vivía esta familia en El Salvador era terrible por dos razones: La primera es que era un mesón, y en el cuarto de la par vivían pandilleros. No se trata de vecinos insoportables, violentos. Es otro nivel. Recuerda El Señor: “Una vez oímos cómo violaban a una chamaquita de unos 10 años. Ella les gritaba: ‘ay, hijuelagramputa, a tu mamá andá a darle por ahí’, llorando. Y solo una pared nos dividía. Todo eso a uno lo desespera. Tantas cosas que uno oye. Tantas cosas”. La segunda razón es que esta familia vivía y trabajaba en el Centro de San Salvador. El corazón de la ciudad, que late al ritmo que marcan cinco clicas de la Mara Salvatrucha y una del Barrio 18 Revolucionarios. Ahí hiede la vida. Cuadra por cuadra de las 250 del centro, por donde al día transitan 1 millón 200 mil personas, son controladas por pandilleros que se disputan cada metro. El Centro es también el área más mortal de la ciudad más mortal del país más mortal. La tasa de homicidios de San Salvador en 2016 fue de 174. Hay gente en esa misma ciudad que toma cócteles de 10 dólares en clubes nocturnos custodiados por guardias privados, pero eso no ocurre en el Centro. En el Centro hay unos 40,000 vendedores en puestos de mercados, callejeros, con carretones o canastos sobre la cabeza. En esa avalancha humana trabajaban El Señor, La Señora y El Amigo. Ellos, en una llantería; ella, en un comedor de platos de a $1.25. Vivían en una de las comunidades que hacen de lindero del Centro.

Un día a finales de febrero, El Señor le dijo a La Señora: “Ya no aguanto. Voy a mandar a mi hijo de regreso con su mamá, voy a vender los chuchuluquitos que tengo y vámonos”. Tras la discusión con el palabrero, El Señor sentía la mirada de la pandilla en la nuca. Lo mismo le pasaba a El Amigo, que había tenido una discusión con otro pandillero por amenazas a su hijo. El pandillero le exigió 50 dólares para quedar en paz, pero El Amigo no los tenía y se ganó una golpiza y una amenaza de muerte. Amenazas en casa, amenazas en el trabajo. El Señor, La Señora, El Amigo, como por obligación lo hacen miles de salvadoreños, vivían y trabajaban en zonas dominadas por la misma pandilla. Pero pasaron algunas cosas más, que ellos cuentan como eventos secundarios. Detalles.

La Señora: Yo trabajaba con la hermana de él (El Señor). Mirábamos secuestros. A veces veíamos cómo a los vendedores de otra zona que trasladaban producto, solo porque venían del mercado, que es MS, los agarraban, los tenían ahí hasta que llegaba un taxi y fuuuun… A matarlos… Y donde ellos trabajan hubo dos muertos… Si gracias a Dios este hombrecito está vivo.

El Señor: él —El Amigo que escucha silencioso la plática— y yo trabajábamos en una llantería. Un día de 2016 estaba yo afuera con la secretaria. Vi que entró un chavo, un jefe de pandilla, que llegó donde mi propio patrón. Lo veo con pistola en mano. Solo a darle en la cabeza a mi jefe.

La Señora: Si nosotros recogimos los sesos, todo lo que se le había salido de la cabeza.

El Amigo: Cerramos el negocio. No se podría trabajar a gusto.

El Señor: ¿Cómo se va a pagar 20 dólares a una mara y 20 dólares a otra cada ocho días si la gente no llega por cómo está el Centro?

El Amigo: La Policía quería que diéramos testimonio. No quisimos acceder. Al día siguiente llegaron (los pandilleros) y dijeron que por favor no fuéramos a abrir nuestra boca, ya con pistola en mano.

El Señor: Ver, oír y callar.

Detalles.

El 3 de marzo de 2016 entraron a México El Señor, La Señora, El Amigo, su padre y otros dos empleados de la llantería que vieron los sesos de su patrón.

El refugio, como la migración misma, es una cadena, eslabón tras eslabón. Unos abren ruta, otros vienen detrás. Así fue en este caso. Primero los padres, luego unos hijos y pronto los que quedaron atrás. El Señor dejó atrás, con la madre, a una hija de 15 y uno de 11; La Señora dejó, con el padre, a sus hijas de 14 y 11; El Amigo dejó, con su madre, a un hijo de 18, una de 13 y otro de cinco. Que a nadie le extrañe que en 2017, siete refugiados salvadoreños más lleguen a México.

Para abrir esa ruta, los padres de esos muchachos aguantaron hambre hasta que “dolía la tripa”. Pidieron dinero para comer en dos ocasiones, porque a veces “la tripa ya no aguanta”. Durmieron cuatro días en una champa, en el monte, sobre hojas de huerta, “llenos de garrapatas”. La Señora, en un pueblito llamado El 20, lloró frente al tren, La Bestia. “Era un pánico”. Hasta que El Señor decidió abandonar esa idea peregrina de seguir subiendo miles de kilómetros hasta Estados Unidos. Los pocos kilómetros recorridos no invitaban a más. Dos de los miembros del grupo siguieron. La Señora, El Señor, El Amigo y su padre se quedaron en Tenosique y, con ayuda de ACNUR, obtuvieron su refugio un mes después de haber llegado. Su historia, según las autoridades mexicanas, fue contundente.

Las resoluciones escritas que les fueron entregadas por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) son un puñetazo recto al rostro de las autoridades salvadoreñas. Todo político de ese país expulsor debería leer varias veces esos papeles.

El documento del Amigo dice frases como: “Puede asumirse que si el Estado es incapaz o es renuente a proteger al individuo en una parte del país, tal vez tampoco lo sea en otras zonas”; “Entre las principales razones para el actual clima de impunidad en el país se mencionó la debilidad de las instituciones judiciales, del ministerio público y de las fuerzas de seguridad, así como la corrupción que afecta a diferentes niveles del Órgano Judicial”. Todo gira en torno a dos palabras que son el sello que marca todo: “Temor fundado”.

En una entrevista concedida a Revista Factum y publicada el 22 de marzo, Fátima Ortiz, directora de Atención a Víctimas del Ministerio de Justicia y Seguridad, aseguró que no hay cientos ni miles de casos de gente que tenga que huir. Hay gente, dijo, que se va porque se imaginan que algo puede pasar. Consideró que “el Gobierno está siendo muy prudente en no dejarse llevar por las cifras grandes”, e incluso aseguró que “en algunos casos la gente lo que quiere es cambiarse de casa… Aprovecharse”.

Para el Gobierno mexicano, todos estos salvadoreños son de un determinado grupo social al que pertenecen, sin saberlo, miles de centroamericanos: “ciudadano salvadoreño que se opone a las prácticas de las pandillas”. Y que por ello, podría agregarse leyendo el documento, está al borde de la muerte.

El Muchacho de 16 años, el hijo de El Señor, ha estado callado en una esquina de la mesa. Le pregunto por el acoso de la pandilla. Dice que era constante, “solo a los menores”, “que tenía que pertenecer o me iban a quitar la vida”. Le pregunto qué piensa de la Policía y los soldados, y si alguien solo oyera su respuesta pensaría que se le volvió a preguntar por los pandilleros: “Siempre iban a pegarte, si no te hallaban nada te decían que igual pertenecías, que dijeras dónde estaban o te iban a torturar. Yo tengo un amigo que hasta una vez un soldado le dislocó el brazo y luego le pegó con la cacha del fusil. Ahí lo dejaron tirado. Y él no era nada… A mí me cae mal ver a un soldado o un policía”.

Mañana, El Señor, La Señora y El Muchacho cuidarán las tilapias. El Amigo saldrá junto con la hija de El Señor –que no está en casa ahora- a empujar un carretón de fruta. A El Amigo aún le sorprende que en este pueblo empobrecido uno puede empujar un carretón de fruta por la calle, “ir a todos lados, conociendo, gritando”, y nadie te mate.

Gente muerta caminando

(Albergue La 72, Tenosique, Tabasco, 22 de febrero)

Es otro día caliente y húmedo en este pueblo de entrada a México. Los migrantes se reparten entre las mesitas de cemento frente a la cancha de baloncesto del albergue. Esperan. Cuesta imaginar que mucha de esta gente, entregada al sopor, fue protagonista de huidas desesperadas hace no mucho.

El albañil guatemalteco sentado junto a los lavaderos de ropa tiene 38 años y busca refugio. Dice que su colonia, cerca del centro capitalino, era 18, pero fue invadida por la MS. “A mí me pusieron las pistolas en la cabeza para que colaborara con la pandilla”.

El salvadoreño de 24 años, Víctor, vendedor de tostadas, dice que salió del municipio de Apopa porque “allá es difícil vivir”. Sin embargo, él no busca refugio. Logró llegar a Estados Unidos y allá le denegaron ese estatus, con lo que tiene cuesta arriba su petición en México. Víctor dice que fue asaltado en la frontera con Guatemala, en El Ceibo, un punto donde ocurren recurrentes violaciones y robos. Por haber sufrido un delito en territorio mexicano y haber interpuesto una denuncia, obtuvo una visa humanitaria, que le otorga un año renovable en el país. “Hace como tres meses la Policía mató a unos pandilleros en mi colonia. Uno cayó del techo de la casa donde yo vivía, a la par de mi cama. Salieron fotos de mi cuarto en los periódicos”. Es difícil saber cuál fue el enfrentamiento al que se refiere. La conversación fue de paso. No le pregunté detalles. En los últimos siete meses han ocurrido al menos ocho enfrentamientos en colonias de Apopa. 16 supuestos pandilleros muertos, un policía muerto.

Una señora del departamento de Cortés, Honduras, aparece angustiada, llorando. Se dirige a Víctor. Dice que pandilleros han golpeado a sus hijos por negarse a entregar una propiedad en su país. Se levanta. Dice que buscará un teléfono para llamarles. Llora. Se vuelve a sentar. Se levanta. Se va.

Junto a su novia de 16 años, hojea un libro de caricaturas Darío, 21, hondureño, malencarado, lleno de cicatrices bajo su pelo largo. “Son filazos”, dice. Vendía droga para la pandilla 18 en una colonia del municipio de Jesús de Otoro, Intibucá. En el municipio, la Mara Salvatrucha tiene más presencia. Vendía toques de 20 lempiras (unos 85 centavos de dólar); 15 para la pandilla, cinco para él. Para vender y satisfacer la demanda de la pandilla, tenía que invadir zona contraria. Dejar de vender no era una opción segura. En una emboscada, en diciembre de 2016, cuatro emeeses casi lo matan a pedradas. Fue hospitalizado dos días. Al salir: “Apuñalé a uno y lo dejé en un arrozal”. Luego, robó –ese verbo ocupa- a su novia-niña, se fue a trabajar todo el mes cortando café en la montaña, ganó 2,000 lempiras ($85) y huyó. El 14 de febrero inició su trámite de refugio. Su novia lo inició días antes.

Allá, a tres metros, está una familia hondureña. Ella no habla, está enojada. Sobre su regazo, su hijo, un año. A su lado, su marido, 25, cobrador y motorista de buses en La Ceiba, Atlántida. En esa ciudad, la tasa de homicidios da un titular de nota interior del periódico cuando supera los 100 por cada 100,000. Para abajo, es la normalidad. El porqué de esta familia se pronuncia rápido: Él era el encargado de entregar la extorsión a la 18. La palabrera de su zona creyó que él era un buen elemento. Le pidió que entrara. Él dijo no. Se lo pidió otra vez. Él repitió no. Ella le dio 24 horas para entrar, huir o morir. Huyó. Están en proceso de refugio.

Basta venir a este albergue, conversar con los que pasan el rato alrededor de la cancha, para darse cuenta de que una de las razones por las que el norte de Centroamérica no tiene una cifra de homicidios aún más espantosa es porque mucha de su gente se salva sola. Era gente muerta caminando. Decidieron, sin ayuda de ninguna autoridad, seguir viviendo. Se calcula que este año más de 20,000 personas pedirán asilo en México. ¿Cuántos de ellos serían si no un número más en las estadísticas de la muerte centroamericana? ¿10, 100, 1,000, 10,000?

¿Dónde no hay policías?

(Tabasco, 22 de febrero)

Cuando Gustavo decidió huir junto a sus dos hijos y su mujer, sus secuestradores ya hacía semanas que le habían cortado el dedo. No huyó inmediatamente después de la tortura. Huyó cuando entendió que, a pesar de haber pagado, le quitarían algo mucho más valioso: su hijo.

Estaba en el mercado de San Benito, en Petén, Guatemala, muy cerca de la frontera con México. Recibió una llamada cuando paseaba buscando papas y tomates. “Me dijeron que desistiera de la denuncia, que no querían matar a mi hijo, que ya sabía qué tenía que hacer. Tu hijo anda un short rojo, una playera blanca. Corro donde mi hijo (en el mercado). Mi sorpresa es que cuando llego donde está, una radiopatrulla de la Policía está parada enfrente, y se va del lugar. ¿Qué quiere que yo piense? En ese preciso momento agarramos lo poquito que teníamos y nos vinimos para México”, recuerda.

Gustavo sabe que sus secuestradores saben que él los denunció. Por eso insiste en que ocultar su nombre no sirve de nada. Es un hombre en sus 50, robusto. Me recibe en la mesa de su nueva casa, un apartamentito de dos cuartos en un segundo piso de una estructura en construcción en un pueblo de este Estado. Es lo que de momento puede pagar. Lo rodean su mujer, 42; y sus hijos, 16 y 9.

Gustavo es lo que en Centroamérica nos gusta ensalzar como un hombre próspero, cabal, hecho y derecho. De su pobreza salió a la brava, yéndose indocumentado a Estados Unidos y malviviendo durante siete años hasta formar un capital y volver a su país a invertirlo. Tras 15 años como comerciante en su país, Gustavo tenía dos locales de ropa usada que llegaba desde Estados Unidos, una venta al mayoreo de granos básicos y un negocio de compra y venta de carros y terrenos. Aquí cerca, del otro lado de la frontera mexicana, en el departamento de Petén, él era un hombre próspero. Próspero en algunos lugares de Centroamérica significa posible presa.

El 6 de junio de 2016, cuando se presentó al municipio de Poptún a ver un terreno que le ofrecían, Diez hombres lo interceptaron y lo llevaron a una cueva en la montaña. Su semana de secuestro empezó.

“Querían un millón de quetzales (unos 136,000 dólares). Pero uno no tiene el dinero acumulado, invierte. Me amarraron con las manos hacia atrás. Estuve sin comer una semana. Me daban agua una vez al día. Me tenían dicho que aunque pagara me iban a matar. Me pusieron pasamontaña. Yo, con mi cabeza, tallaba, hasta hacerle un hoyo al gorro. Cuando alzaba mi cuello, como para hacer ejercicio, los veía”, dice Gustavo mientras llora y mientras su mujer también llora a su lado.

“A mediados de la semana, me quitan mi dedo, para mandárselo a mi familia en muestra de que ellos sí estaban hablando en serio”. Lo sacaron de la cueva. Le amarraron un palo bajo su dedo meñique derecho y, de un machetazo, le separaron un pedacito de su cuerpo, de la segunda falange hacia la punta. Lo próximo que te quitamos, le dijeron, va a ser tu cabeza. “Si me van a matar al rato, al menos ahorita denme algo para calmar este dolor”, pidió Gustavo. Lo que le dieron es nada. Su dedo, tras ser liberado, tuvo que ser amputado del todo, porque se pudrió en aquella cueva.

Su familia hizo préstamos, pidió aquí, vendió allá. En eso estaban cuando recibieron el pedazo de dedo. Llamaron. Dijeron que pagarían, que ya no más pedazos de Gustavo, por favor. Lo vendieron todo, pidieron más, prestaron más. Pagaron.

Esa noche, sacaron a Gustavo de la cueva. Pusieron su cuello en un tronco, afilaron un machete y dijeron a Gustavo que había unas palas a su lado, que su cuerpo sería enterrado afuera de la cueva y su cabeza lanzada a un río en el municipio de Cobán. Gustavo cuenta que en ese momento tuvo una epifanía: él regresaba a su casa y encontraba a sus hijos tirados en el suelo, cansados de llorar. Lo veían, lloraban más, “pero de alegría, al fin, de alegría”.

Dice Gustavo que en la montaña, de noche, las conversaciones telefónicas se escuchan aunque no estén en altavoz. Alguien llamó. Parecía hablar como un jefe. Dijo que no le cortaran la cabeza, que llegaría en minutos. Llegó. Soltaron las manos de Gustavo. El hombre pidió disculpas, dijo que alguien incriminó a Gustavo, aunque no le dijo de qué. Le dijo que esa misma noche sería liberado, pero que recordara no hablar si quería seguir viviendo. Gustavo cree que lo liberaron porque él es pariente de un juez, y el líder de los criminales lo supo antes de que lo decapitaran. Prefirieron evitar el costo.

Gustavo seguía con el navarone sobre el rostro, pero él ya sabía quiénes eran algunos de sus captores. Ya hacía días que había abierto un hoyo raspando la tela con la piedra. “Había policías entre ellos, y ex policías, eran de Los Falsos Pastores”, dice Gustavo. Centroamérica es temible aún sin necesidad de sus pandilleros.

A partir de 2014, las autoridades guatemaltecas arrestaron en diferentes hechos a secuestradores en Petén y otros departamentos. Dijeron que se hacían llamar Los Falsos Pastores, porque utilizaban en algunos casos el rol de pastores evangélicos para acercarse a las víctimas a quienes luego exigían incluso millones de quetzales. Cinco de los reos, incluyendo el supuesto líder, Marco Baudilio Godoy, escaparon de la cárcel en mayo de 2015. La banda siguió operando en 2016. Más ganaderos y comerciantes de Petén fueron secuestrados. Al menos a uno más le cortaron su dedo de un tajo.

Gustavo, como pudo, llegando por su cuenta a escondidas mientras pedía refugio en México, declaró en Guatemala contra sus secuestradores. Lo hizo a pesar de que sabe que su Estado no puede protegerlo. Lo hizo porque cree que era importante.

El 1 de julio de 2016, 18 días después de haber sido liberado, 22 días después de haber sido mutilado, Gustavo y su familia huyeron de su país. Ahora son residentes permanentes de México.

—¿Por qué no se fue a otro lugar de Guatemala? —pregunto, como si fuera entrevistador de la COMAR.

—Le respondo con otra pregunta: ¿en qué lugar de Guatemala no hay policías? —responde como les respondió.

—¿Qué dejaron atrás?

—Todo. Teníamos casas, terrenos, todo, todo, todo. No teníamos el dinero para el rescate. Aún debo 50,000 quetzales.

—¿Renuncia a su país?

—Guatemala se acabó. Ya no quiero nada con Guatemala.

Una amenaza y un incendio

(Tabasco, 22 de febrero)

En una casita de tercera planta vive una familia de Cortés, Honduras. El día termina y el calor amaina en esta frontera. El gran árbol de mango de la par se llena de pájaros que trinan como si pidieran auxilio. Ella, Zulma, la madre de 35 años, señala una casita enfrente: “Ahí viven mis dos sobrinos. Gemelos. Ellos huyeron antes que nosotros. Empezaron con ellos y luego nos cayeron a nosotros”, dice, elevando la voz para imponerse a los pájaros.

Él, Árnol, 18 años, era el objetivo a principios de 2016. Los primos de Árnol huyeron porque las pandillas —sí, las dos, la MS y la 18— los querían como miembros. A las pandillas solo hay una forma de decirles no: huyendo. Si no fueron ellos, sería Árnol. Lo seguían. Lo golpeaban. Lo amenazaban. Vigilaban su casa. Lo volvían a golpear. La familia decidió tomar fotos.

Ponen sobre el suelo —no tienen mesa, solo tres sillas y dos barriles— unas polaroid de los brazos moreteados de Árnol.

Siguieron viviendo. Y llegaron los anónimos. Ponen sobre el suelo el único que conservan. Con letras recortadas de diferentes revistas y periódicos, los pandilleros escribieron: “Bueno pues ya que no piensan aser caso pónganse vivos porque quiero que me desalogen la casa”.

Siguieron viviendo. Aguantaron un mes y medio. Los pandilleros llegaron una noche, decididos a llevarse a Árnol. Su padrastro, German, de 33 años, se resistió. “Me agarraron a batazos”, dice, mientras los pájaros intensifican su gorjeo.

Siguieron viviendo. Pusieron la denuncia. Aguantaron unas semanas. Se fueron a vivir a casa de la hermana de Zulma, en otro departamento. Pensaron que tal vez la justicia hondureña funcionaría y podrían volver a su casa. Les urgía volver, porque habían instalado ahí una pequeña peluquería donde Zulma y German sacaban algo extra los fines de semana. Pero los pandilleros quemaron su casa y su peluquería. Ponen sobre el suelo las fotografías que tomaron de un cascarón de cemento renegrido por el fuego, sin puertas ni ventanas ni nada. Así quedó su casa-peluquería.

Dejaron de intentar vivir en Honduras. Un 29 de mayo de 2016, pidieron aventón a camioneros y huyeron todos: Zulma, German, Árnol y también Vivian, de 17, y Harold de 11. Son refugiados en México. Creen que pronto también llegará la hermana de Zulma, madre de los gemelos de enfrente. “Ya le picaron la puerta con un machete”, dice ella.

En sus mentes está ir al norte. “Esta es la puerta de entrada a México”, dice Zulma. “Muchos hondureños pasan aquí, pandilleros algunos”, dice German.

Temen que su país los siga.

Suyas a la fuerza

(Albergue La 72, Tenosique, Tabasco, 23 de febrero)

Sentadas a las mesas que rodean la cancha de baloncesto, N y M pasan la tarde. Me acerco y les pregunto si son migrantes o si buscan refugio: “Refugio”, dice N. Les pregunto de dónde son. “Del municipio de Santa Bárbara, Honduras”, dice M. Les pregunto de qué huyen. “De unos narcotraficantes”, dice N.

N tiene 15 años. M tiene 16. Son unas niñas.

El departamento de Santa Bárbara es uno de los tres de Honduras con más denuncias oficiales de violencia sexual, según un estudio presentado por la Universidad Nacional Autónoma a finales de 2015.

M tiene los ojos tristes, verdosos. Tiene un cuerpo delgado, blanco y frágil, un cuerpo al que es notable que le falta terminar de crecer. N tiene cuerpo de mujer, pero una cara infantil. Regordeta y agradable.

La niña N es madre de otra niñita de un año. La parió a los 14. Su niña, de la que muestra fotos, se quedó en Honduras. El padre de la niñita, un narcotraficante de reconocido apellido en esa zona, le advirtió a N que si se la llevaba, toda su familia moriría. El narcotraficante viola a N desde que N tiene 9 años. La violó, junto a dos amigos, a los 9, mientras ella regresaba de cobrar un dinero por cortar café. La violó, otra vez con sus amigos, a los 11, cuando ella caminaba cerca de un parque. La violó y la embarazó a los 13, cuando ella había salido a comprar a la tienda. Sus amigos también la violaron esta vez, pero N recuerda que “dos de ellos sí se habían protegido”.

Dice N que el narcotraficante quiso quitarle a la niñita en varias ocasiones, y que ella incluso denunció en la posta policial. Las amenazas no pararon. “Es que en mi lugar ellos, los narcos, mandan”. Ella decidió huir el pasado enero e intentar llegar a Estados Unidos para enviar dinero a su hija, idear un plan para llevarla con ella. Su hija, de momento, está con la madre de N.

N no huyó sola. Huyó con su mejor amiga, M.

Pregunto a M, de 16, cómo es su pueblo. Dice que es bien bonito, “como detrás de unas montañas, con wifi en el parque”. Le pregunto por qué huyó. Dice que un día, en la puerta de su casa, apareció una nota con unos chocolates. La nota decía que ella era una niña muy linda. “Cosas de enamoramiento”, dice M. La nota no tenía remitente. Durante tres meses, siguieron llegando regalos: “flores, rosas, peluches”. Un día, M se quedó afuera de su casa para averiguar quién la enamoraba. Vio un carro y vio un hombre de “treintayalgo”. El hombre dejó una caja “como con unas joyas” y se fue. Ella averiguó quién era, y el hombre resultó ser un reconocido narcotraficante de su pueblo, pariente del violador de N. “Dicen que él abusa de las mujeres primero y después las vende a un burdel”. M habló con su madre, y ambas idearon el plan de escape que tenían a la mano: M se fue a trabajar de empleada doméstica permanente en una casa de la capital. Su mamá la visitaba. A los cuatro años y meses, en la víspera de su cumpleaños en diciembre de 2016, M regresó a su pueblo. El 30 recibió otra nota de su enamorado: “decía que el regalo que me iba a dar en mi cumpleaños no lo iba a olvidar, que ese día yo iba a ser de él y que me iba a llevar”. M no salió de su casa durante casi un mes. Consiguió 1,500 lempiras ($63) y se unió a la huida de N el pasado 29 de enero.

Huyeron de violadores y se toparon con violadores. En Santa Elena, Guatemala, conocieron a tres hombres que dijeron ser migrantes y que las podían ayudar a cruzar a México. Dice M que “se miraban bien tranquilos”. Los hombres sí las ayudaron a cruzar. Ya en El Ceibo, los hombres dijeron que descansarían en un lugar, y las llevaron a una “casa como abandonada”. Eran las 10 de la noche. N y M se acostaron juntas, abrazadas. Uno de los hombres sacó una pistola. “Dijo que mejor cooperáramos. Yo no dije nada. Ni me moví. Mi amiga se puso nerviosa y le dieron una bofetada”, dice M. Los tres hombres violaron a las niñas. “Me quedé súper mal. Tres hombres es bien difícil. Me quedé dormida después”, dice M, sin amagar llanto. Cuando despertaron, los hombres ya no estaban ahí. Las niñas caminaron a un caserío donde una señora les dio de comer, dónde bañarse y llamó a uno de los frailes de La 72, que llegó por ellas. N llegó al albergue con moretones de mordidas en el pecho y en una de sus piernas.

Han empezado el proceso de refugio, pero no están seguras de si lo terminarán. No están seguras de nada ahora mismo. Las dos repitieron una misma frase: “No puedo pasar solo llorando”.

Huyendo

(Albergue la 72, Tenosique, Tabasco, 23 de febrero)

Un salvadoreño solo está sentado en el comedor. Son casi las nueve de la noche. Los demás se preparan para dormir en el albergue. El recién llegado espera ser ubicado. Aún tiene la mochila en los hombros. Tiene la mirada perdida y asustada al mismo tiempo. Pierde la vista, pero reacciona con un espasmo a cada ruido a su alrededor.

—¿Qué ondas, hermano? ¿Salvadoreño? —pregunto. Su cuerpo se estremece. Me voltea a ver.

—Sí. De Acajutla.

—¿Huyendo?

—Huyendo.

—Huyendo —repito en voz alta.

—Sí. Dicen que aquí uno puede vivir.