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Un muerto para el muro

Diego Murcia

 
 

¿Hasta dónde se puede estirar un evento fatídico para convertirlo en una oportunidad política? La reciente muerte de Rogelio Martínez, un patrullero fronterizo, se ha convertido en la medida de esa respuesta. Martínez y un compañero se encontraban patrullando una parte de la franja fronteriza, en un poblado llamado Van Horn, a unas 110 millas de El Paso, cuando sufrieron un accidente.

El agente Rogelio Martínez perdió la vida tras ser afectado con lesiones traumáticas en la cabeza y sufrir múltiples fracturas. Por obvias razones, su compañero, cuya identidad no ha sido revelada, tampoco tuvo tiempo de revelar detalles sobre lo que les había pasado mientras era trasladado hacia el hospital. Este último resultó gravemente herido y fue hospitalizado durante varios días. A finales de noviembre, el agente despertó de su letargo, fue dado de alta y ya se encuentra con su familia, sin embargo no recuerda nada del incidente.

El sindicato nacional de la Patrulla Fronteriza, el senador federal Ted Cruz, el gobernador texano Greg Abbott y hasta el presidente Trump, manejaron el incidente -desde el primer momento en que este se hizo de conocimiento público- como un ataque. Incluso, Brandon Judd, vocero del sindicato fue más allá de lo evidente y concluyó que este podría tratarse de una “emboscada” y posible agresión con piedras por parte de un grupo de inmigrantes a los que los agentes perseguían.

El único que ha permanecido imparcial en todo el asunto es el Buró Federal de Investigaciones (FBI), que advirtió que todavía no se sabe qué les ocurrió a los agentes e investiga la muerte como una ‘posible agresión’. Desde el pasado lunes, la gubernatura de Texas ofrece una recompensa de 20 mil dólares a quien proporcione información sobre el supuesto ataque. Mientras que el FBI está ofreciendo una recompensa por separado de 50 mil dólares.

Una versión difundida esta semana por el sheriff del Condado de Culberson indica que los agentes posiblemente fueron golpeados por un camión comercial al lado de la carretera, y por el impacto cayeron al barranco donde fueron encontrados.

Óscar Carrillo, sheriff del Condado de Culberson, explicó al periódico Van Horn Advocate que cuando se solicitó ayuda de las autoridades para socorrer a los agentes el pasado 18 de noviembre, el caso se reportó como un incidente que involucraba heridos, no como un posible asalto, como se manejó inicialmente por el sindicato nacional de agentes fronterizos y por otros funcionarios.

Carrillo y varios de sus alguaciles estuvieron entre los primeros policías y equipos de rescatistas en responder a la llamada de auxilio de las autoridades federales en las afueras de Van Horn, a unas 110 millas al sureste de El Paso.

El sheriff explicó que la Interestatal 10 es una vía muy transitada, especialmente por camiones, y que los accidentes ocurren todo el tiempo, en ocasiones por el viento y por conductores que pierden el control de sus vehículos, entre otras razones.

No está claro por qué Martínez y su compañero estaban a un lado de la I-10, pero la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) explicó que los agentes “estaban respondiendo a una actividad” que se había presentado. De acuerdo con las autoridades, Martínez fue a revisar un sensor que se había activado cerca de la carretera Interestatal 10, en Van Horn. El agente notificó por radio a sus compañeros que el sensor había sido activado por el paso de personas, por lo que pidió respaldo. Cuando el resto de los agentes llegó al lugar, ambos hombres se encontraban inconscientes con serias lesiones en varias partes del cuerpo.

Durante el día posterior al hallazgo de los agentes, representantes del Concilio Nacional de la Patrulla Fronteriza (NBPC), el sindicato de la corporación, informaron que traficantes de drogas apedrearon a los agentes.

Para darse una idea de cómo es el trabajo de patrullero estas personas hay que recordar la famosa escena que interpreta Mario moreno Cantinflas, junto a el actor Carlos Pouliot, en la película titulada Por mis pistolas. En ella, el boticario Fidencio Barrenillo, un mexicano norteño, se ve obligado a cruzar la frontera para ir a reclamar una herencia del otro lado del río. Durante su recorrido, el personaje de esta historia se encuentra cara cara con un agente fronterizo que custodia una franja de la frontera, en medio de un desierto. A la redonda no hay más construcciones, por lo tanto no se asoman vecinos, comerciantes, u otros patrulleros. Esta situación -chusca para efectos de la película-, funciona muy bien para explicar el mundo romántico del lejano oeste, pues el personaje principal aprovecha la oportunidad para recalcar ciertos puntos de su discurso pro inmigrante. Como por ejemplo el hecho de que las fronteras deberían estar abiertas entre pueblos hermanos.

En la vida real, la escasez de personal y la inmensidad de la frontera provocan la designación de uno o dos patrulleros para cuidar millas y millas de franja fronteriza. Muchas veces, los grandes despliegues que suelen ver en los anuncios propagandísticos del gobierno, en los que se hace gala de patrullas montadas, flotillas de pick ups o camionetas blindadas, drones sobrevolando el cielo, o helicópteros surcando los aires, suelen ser las excepciones. Por lo general la Patrulla Fronteriza hace este despliegue cuando desea impresionar a algún funcionario de alto nivel que les puede asegurar el incremento de fondos para sus servicios de vigilancia en la frontera. La mayor parte del tiempo, cuando hay personal disponible y se les puede pagar horas extras, los hombres y mujeres a los que les toca la mala suerte de este patrullaje, son enviados a lugares como Van Horn. Cuando el personal no alcanza, son los sistemas automatizados los que hacen la labor de vigilancia. Estamos hablando de alarmas infrarrojas que dan la señal de que alguien ha cruzado la frontera y se dirige hacia el desierto. En otros casos, se ha construido una barrera que nada más impide el paso de autos pero no de animales o de personas. La esperanza es que el desierto sirva de barrera natural para evitar estas migraciones.

Volviendo a lo de la oportunidad política de este incidente, en los pasados días se han barajado infinidad de hipótesis sobre lo que realmente le sucedió a estos dos agentes y que los obligó a bajar por unos riscos y unas quebradas demasiado empinadas. El lamentable incidente fue aprovechado por el presidente Donald Trump y Jeff Sessions, quienes han comparado a la frontera como una zona de guerra, y no perdieron la oportunidad frente a las cámaras para hablar -una vez más- sobre la imperiosa necesidad del muro. El gobierno, desde que se enteró de este percance, sin tener pruebas concluyentes, no dudo en calificarlo como un ataque más de esos que reciben sus patrulleros fronterizos a manos de coyotes o migrantes que se ven frustrados en sus planes por ingresar a los Estados Unidos de forma ilegal. En lo que van del año, se contabilizan 125 agentes que mueren en la línea del deber a nivel nacional. La primera versión sin confirmar que se manejó sobre el ataque es que les habían disparado, luego, se descartó esta teoría y se apuntó a que habían sido apedreados.

Podríamos conceder que eso en realidad fue lo que sucedió, que los atacaron. Sin embargo me causa desconfianza la tardanza en la comunicación oficial para liberar a los medios de comunicación los datos básicos de estas personas. Esto, pese a que se tenía -y se tiene- los nombres desde el principio, como ha ocurrido en otras ocasiones. Cuando por fin se hicieron públicos, se omitió, se cambió, o simplemente se modificó el nombre de Rogelio para hacerlo sonar un poco menos latinoamericano. ¿Con qué sentido? ¿Qué gana el gobierno con manipular ese tipo de información? ¿Acaso evidenciar que el agente en cuestión tiene origen mexicano resta mayor credibilidad a un supuesto ataque en su contra?

El sheriff del Condado de Culberson aseguró que una vez sea finalizado el informe del médico forense sobre Martínez, todos los rumores y las teorías conspirativas que han proliferado se acabarán. Por desgracia, será cuestión de tiempo para que otro incidente como este surja y se culpe a los migrantes de la narrativa de violencia que reina en este país.

*Diego Murcia es escritor y periodista salvadoreño. Escribió para El Faro y La Prensa Gráfica. Posee una Maestría de Bellas Artes en Escritura Creativa por The University of Texas at El Paso y una licenciatura en Comunicación Social por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Vive en la frontera de El Paso (Texas) y Ciudad Juárez (Chihuahua).
 
*Diego Murcia es escritor y periodista salvadoreño. Escribió para El Faro y La Prensa Gráfica. Posee una Maestría de Bellas Artes en Escritura Creativa por The University of Texas at El Paso y una licenciatura en Comunicación Social por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Vive en la frontera de El Paso (Texas) y Ciudad Juárez (Chihuahua).

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