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Putin 3 - Resto del Mundo 0

Diego Fonseca

La FIFA se controla más para hacer negocios económicos oscuros con su Copa del Mundo, pero no tiene limitaciones para actuar de relacionista público de los políticos más jodidos del planeta. El Gran Líder Ruso se consagró en su tierra por encima de Francia y Croacia y, unos días después, Donald Trump, que sabe de fútbol tanto como de casi nada, le entregó la medalla de MVP defendiendo su discurso como propio y criticando a quienes investigan en Estados Unidos las injerencias rusas. Ahora viene Catar, otra oferta de FIFA para que una monarquía absoluta se presente como un gobierno de corderitos de ensueño.

ElFaro.net / Publicado el 20 de Julio de 2018

Hace cuarenta años, en 1978, cuando el mundo todavía se dividía con un muro invisible llamado Guerra Fría, la FIFA sirvió una Copa del Mundo con oropeles a la dictadura argentina. Antes y durante el Mundial, los militares, que llevaban dos años y se quedarían en el poder otros cinco, lanzaron una campaña internacional con el lema ‘Los argentinos somos derechos y humanos’. La premisa era de un cinismo espeluznante pues, detrás del motto, en los sótanos de escuelas, hospitales y bases militares, miles de personas eran torturadas, asesinadas o desaparecidas. João Havelange, el brasileño que dirigiría los negocios de la FIFA por 24 años, hasta 1998, dejaba pasar todo. Dos años antes de la Copa, con los militares al mando de Argentina de facto durante meses, diría que la FIFA respetaba “a todos los gobiernos constituidos y reconocidos”. La muerte no importaba al negocio del balón.

Este año 2018, FIFA volvió a darnos un baño de cinismo. Kylian Mbappé salió de Rusia 2018 como el símbolo del futuro del fútbol pero la síntesis política de la Copa estuvo en la entrega de medallas: bajo una lluvia ingobernable, un guardaespaldas sostiene un paraguas –uno solo– que sólo cubre las espaldas de Vladimir Putin, el poderoso dueño político de Rusia. El francés Emmanuel Macron y la croata Kolinda Grabar-Kitarović, los líderes políticos de los finalistas de la Copa y los invitados de honor de FIFA, quedaron con sus ropas convertidas en trapos macilentos que les colgaban del cuerpo. El Gran Líder Ruso, seco y elegante, no les dirigió ni una mirada de conmiseración humana.

Vladimir Putin, Emmanuel Macron y Kolinda Grabar-Kitarovic, presidentes de Rusia, Francia y Croacia, durante la ceremonia de premiación. Foto Franck Fife (AFP).
 
Vladimir Putin, Emmanuel Macron y Kolinda Grabar-Kitarovic, presidentes de Rusia, Francia y Croacia, durante la ceremonia de premiación. Foto Franck Fife (AFP).

La escena de las medallas está repleta de símbolos. Cualquier gobernante del mundo, incluso los reticentes líderes chinos, habrían dibujado con sus miradas un gesto mínimo, cuasi imperceptible, y una docena de asistentes habría volado con paraguas para cubrir a todas las personalidades del palco. No Putin. La ausencia de todo gesto –ese desprecio ínclito– fue un gesto en sí, un pronunciamiento más decidor que mil ofensas escritas. El gesto de la ausencia de gesto quedó escrito en piedra: para Putin, los jefes de Estado de Francia y Croacia no están a su altura. La ausencia de paraguas los ubica al mismo nivel que las modelos que sostenían las medallas: decorado. Igualar a líderes políticos al –así se ve– decorado de fondo sitúa al propio Putin donde y como él quiere: único, imperial, supremo. Todo lo demás ha de quedar a sus pies1.

Macron y Grabar-Kitarović pudieron tragarse el descaro de Putin porque tenían un motivo mayor, que excedía al Gran Líder Ruso y, a la vez y sobre todo, lo excluía: Francia era campeón, no Rusia. Macron sabía qué mensaje debía enviar a su país y al mundo. Felicidad, despreocupación por un asunto de protocolo que puede minimizarse: somos campeones del mundo, los mejores, nada más importa. Para Grabar-Kitarović el premio tenía un trasfondo similar: la primera final de la historia para Croacia, una nación pequeña, una especie de Uruguay europeo; no era el campeonato, pero se le parecía bastante. Con las hormonas sueltas en ambas naciones, nadie se ocuparía de la arrogancia de Putin. Cualquier reacción destemplada de Macron y Grabar-Kitarović contra la displicencia del Gran Líder Ruso, por el contrario, les jugaría en contra. Eran los ganadores; la Rusia de Putin, un equipo mediocre, bastante tosco y de tan poco gusto como chupar un clavo, no había llegado siquiera a la final. Cualquiera podría entender la “anti-diplomacia de los paraguas” como un gesto de capricho y revanchismo. Correspondía sonreír, abrazar a los jugadores, sacarse el agua profusa de la cara y hacer como si nada. Ya pasaría como la lluvia–, Francia se quedaría con la Copa, Croacia con el honor hinchado y Putin con el traje seco.

Hay otro personaje sugestivo en la escena de Putin y los premieres. Aparentemente despreocupado por el aguacero y definitivamente entregado al show, Gianni Infantino, el jefe de la FIFA que reemplazó a Sep Blatter, saludaba a los atletas con un entusiasmo similar al de Macron y Grabar-Kitarović. Besaba y entregaba medallas mientras el traje se le pegaba al cuerpo y la lluvia le recorría el rostro como a un amante desconsolado que mira desde la esquina a su examor en la ventana mientras la tormenta se lleva su honra a los desagües. Y de verdad parecía no importarle. Incluso se mostraba jocoso con Putin, a su derecha, una interacción que reforzaba el sentido de la escena: de un lado, Infantino hecho un guiñapo; del otro, el Gran Líder Ruso, impecable.

Y tenía sentido que fuera así: todo jefe de FIFA puede ser como Infantino bajo la lluvia ante el Gran Líder Ruso o como Havelange con la represión ante la dictadura argentina: un cortesano jugando en las salas del poder. Hará lo necesario para que su lugar en la corte se mantenga. Hundirá a quien precise, untará a quien lo pida, callará lo que deba. FIFA es una organización miserable, artera y tramposa. Si no fuera porque su único dios es el dinero, sería un Vaticano futbolístico –pero la Iglesia católica dice creer en algo llamado dios y aborrecer del dinero, que administra tanto mejor que FIFA.

El lema dice que, en los negocios, quien se enoja pierde. Y durante demasiado tiempo FIFA ha sido la epítome de la idea de que, como corporación global del fútbol, no es responsable –ni ha de preocuparse– por la calidad moral de quien está sentado al otro lado de la mesa. Esa hipotética asepsia supone que los negocios son inherentemente asépticos, una relación humana desideologizada, una simple suma matemática, una transacción a-moral: alguien tiene algo que otro quiere y entre ambos acuerdan un precio. Y todos contentos.

Y no. En parte por imposiciones legales 2 y en parte porque no hay sociedades sanas donde prosperan los negocios sucios y tramposos, numerosas grandes y medianas empresas globales han comprendido que, como toda actividad humana, los negocios se sostienen en alguna cosmovisión de las relaciones entre personas. Y no hay una visión del mundo sin una concepción moral. De modo que la manera en que hacemos negocios –y con quién los hacemos– define qué elegimos ser.

No me pondré pesado con el asunto: FIFA entiende eso a medias. En 2015, la Fiscalía de Estados Unidos dio a conocer una investigación de más de catorce años sobre actividades ilícitas en la cúpula de La Organización. Como resultado, más de una docena de altos cargos fueron procesados por fraude y lavado de dinero, y casi veinte otros ejecutivos y empresarios amigos fueron acusados o imputados por participar en lo que los fiscales estadounidenses calificaron como operaciones del crimen organizado.

Fue un asunto grave. La cúpula del fútbol centroamericano y del Caribe quedó desahuciada. Hasta Havelange y su yerno, Ricardo Teixeira, jefe del fútbol brasileño, fueron acusados de corrupción. Numerosas investigaciones se abrieron en al menos una decena de países por casos de pago y cobro de sobornos, y Sep Blatter debió renunciar poco tiempo después de que se conocieran todas las acusaciones. Pero FIFA recién expulsó de su seno a algunos imputados una vez que el escándalo tuvo alguna sanción judicial.

Por supuesto, FIFA desde entonces ha sido más cuidadosa para hacer negocios. En aquel mismo 2015, suspendió la elección del país sede de la Copa del Mundo 20263, pues sobrevolaban las sospechas de que había habido amaños para elegir Rusia 2018 y Catar 20224, y todo el proceso podía quedar manchado. Pero ese cuidado más aparente en los negocios se parece más al comportamiento de un animal salvaje domesticado a los palos: si no fuera porque tiene miedo al castigo, mordería lo que fuere sin miramientos. Es difícil ver que FIFA se renueve y cambie su cultura transaccional capaz de negociar con el diablo mismo si el Infierno garantiza canchas en buen estado –el departamento de marketing ya lo tiene.

Wilfred Ndidi, de Nigeria, disputa el balón a Ever Banega, de Argentina. Foto Wu Zhuang (Xinhua).
 
Wilfred Ndidi, de Nigeria, disputa el balón a Ever Banega, de Argentina. Foto Wu Zhuang (Xinhua).

FIFA aprende a los golpes. Las causas judiciales le han enseñado –hasta que el control se relaje o hasta que cambie su concepción del negocio del fútbol, lo que ocurra primero– que no puede hacer cualquier cosa para mantener rodando la industria de las Copas del Mundo. Cada ejecutivo tiene presión para generar negocios, que en buena medida todavía dependen de ampliar mercados existentes, haciendo eficientes las operaciones en las naciones maduras –en general, las que tienen una selección campeona del mundo–, fortaleciendo los mercados inmaduros y ganando territorios donde antes no sucedía nada, como Asia y África y, con Catar en mente, los países árabes. Pero ya no puede hacerlo, literalmente, a cualquier precio. Mientras la presión judicial exista, FIFA se cuidará las espaldas. Por interés, no por principios.

Pero mientras eso sucede, todavía hay ganancia, pues FIFA no paga ningún costo por sus negocios políticos con los gobiernos de peor prensa. Apenas la sanción moral le cae encima, pero ese veto no entraña consecuencias concretas. La crítica ética está al alcance de los consumidores de fútbol o de la prensa y entraña un tipo de castigo necesario pero inefectivo.

La crítica moral no produce nada en la piel del animal salvaje que dirige el negocio del fútbol. La sanción moral no quita negocios porque es inefectiva, dado que es una herramienta que precisa de prescriptores legales para tener efecto. Nadie va preso por mala reputación mientras no viole la ley, y ninguna ley prohíbe a FIFA hacer negocios con personajes intragables. Mientras la sociedad civil sea la única que se indigne y los políticos y legisladores miren hacia el lado aplicados a otras urgencias, FIFA hará negocios mundialistas con quien quiera.

Allí está la Rusia 2018 de Putin como lo estuvo la Argentina 1978 de los dictadores militares. Como Catar 2022. Y, quién sabe, tal vez Corea del Norte 2034.

*

La FIFA le sirvió a Putin un Mundial extraño. Muchos nos hemos rascado la cabeza para entender el despelote futbolístico. Los campeones del mundo y los eternos candidatos se fueron a casa temprano, jugando poco, mal o peor. Alemania sucumbió como si tuviera una crisis existencial escrita por Goethe, sometida a encontrar nuevamente su alma perdida entre su histórico fútbol industrioso y el descubrimiento del toque romántico. Brasil, que buscaba la revancha de su vida, se volvió enredado en los regates –y las divertidas exageraciones– de Neymar, dejando un sabor dulce de jogo bonito recuperado, pero el mismo regusto amargo de ver a sus estrellas hacer siempre una de más. Argentina puede ser el cielo y el infierno, y esta vez cayó del lado de las llamas: un equipo contrariado, bronco, dependiente del milagro del Messías y tan necesitado de psicoanalistas como de dirigentes serios. España tuvo su final de época: el equipo liviano, suave, de toque majestuoso de 2010 fue ahora una selección morosa, apenas mejor que la ya escorada Roja de 2014, abandonada a la posesión insustancial sin picor ni peso.

Con 33 años de edad, Cristiano Ronaldo disputó con Portugal el que seguramente sea su último mundial. Foto Fabrice Coffrini (AFP).
 
Con 33 años de edad, Cristiano Ronaldo disputó con Portugal el que seguramente sea su último mundial. Foto Fabrice Coffrini (AFP).

En este Mundial murieron varias hegemonías futbolísticas. La de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, más solos que nunca, estrellas en proceso de conversión en supernovas. Con ambos nos esperan años entre algodones, midiendo sus guiños y sus dolores físicos para ver si en Catar 2022 tienen la última de las revanchas, con el cuerpo ya lento pero la cabeza todavía fresca, quizás como guías más que como estrellas. El futuro es de Mbappé, el hijo no reconocido de Ronaldinho y Ronaldo: inteligente, hábil, seductor. Valdano decía que cuando atacaba el viejo Ronaldo atacaba una manada. Con Mbappé lo que sucede es una estampida de velociraptors, imparables y letales. Da gusto ver tanto músculo envuelto por inteligencia, picardía y talento. Que dure.

La caída de España marcó el fin de la hegemonía del fútbol que amasa el balón. Aquella Roja de 2010 –precisa y veloz a un toque– era todavía precisa pero mucho más lenta en 2018, y se sabía dueña de una escuela que funcionó: en Rusia no hubo selección –¿excluidas el cuadro del Gran Líder Ruso, por incapaz, y la Argentina de Messi, por conflictuada?– que no exhibiera un toque preciso, económico, cuidadoso con el balón. Hasta Irán, Marruecos e Islandia parecían hacer rondos y automatismos de memoria.

Sin embargo, quienes llegaron más lejos no fueron las Españas del pasado –las que atacaban con posesión monopólica todo el partido y efectividad suficiente en el área– sino las que usaron ese toque fino y veloz mayoritariamente al contragolpe y las que emplearon el juego de estrategia en las pelotas paradas. La mayoría de las selecciones que hizo el gasto de buscar el partido –en particular, la campeonas del mundo– se fueron temprano a casa. La Francia de Didier Deschamps esperó y se lanzó –veloz, precisa y potente– al cuello de los deprevenidos con su velociraptor Mbappé al frente.

Diré: el nuevo fútbol es tiqui-taca más músculo. La España liviana se lució con el juego de los volantes, tal como Croacia, pero quienes definieron fueron los oportunistas de buen toque y velocidad, como la Francia mbappeana. Ese pragmatismo no está exento de ideología, por supuesto. Como la España parida en el buen toque del Barcelona de Pep Guardiola, hay quien verá la victoria como consecuencia del juego de posesión y el trato del balón con guante. Hay quienes, como la Brasil de Dunga en 2014, elegirán ir a la guerra del modo menos preparado: enviando bailarines de samba a que peleen como soldados de infantería con la aplanadora eficiente de Alemania. Los catenaccieri defenderán como perros y atacarán como hienas, aprovechándose de una sola oportunidad si la tienen. Los simeónicos, un catenaccio moderno, morderán el mediocampo y azotarán a los rivales y golpearán con martillo y velocidad. Y habrá quienes –por no ampliar más el espectro– aprenderán de cada experiencia, macerarán sus enseñanzas y actuarán con oportunismo sin aferrarse a escuela alguna. Esa es la Francia eficiente, creativa, muscular, mutante de Didier Deschamps en 2018. Políticamente integrada, socialmente inclusiva, futbolísticamente atea –diré.

La capitulación de las potencias también dejó lugar para un prolijo, llamativo y esperanzador desempeño de los personajes secundarios 5 . Uruguay despidió a una tremenda generación de futbolistas con una regularidad de mérito, dando cada gota de sudor y todas sus ideas en cada partido. Croacia demostró que este Mundial tenía reservado un lugar para los jefes operativos del fútbol: estrellas como Messi y CR7 viven de la savia de los buenos equipos donde jugadores como los magistrales Ivan Rakitić y Luka Modrić, dos jefes de máquinas silenciosos, comprometidos y profesionales, pueden mover una selección usando un cerebro amueblado con calidad. Podría hablar de Inglaterra como revelación, finalmente decidida a hacer por el fútbol algo más que inventarlo –y quiero decir que, por primera vez en décadas, jugó a la pelota–, pero ese vestido queda mejor en el cuerpo de Bélgica. Hija de un hijo del tiqui-taca, el catalán Roberto Martínez, y dirigida en el campo por Eden Hazard, Bélgica jugó un fútbol agresivo, fantasista y solidario.

El jugador Benjamin Mendy, de Francia, festeja al término del partido final de la Copa Mundial de la FIFA Rusia 2018. Foto Wu Zhuang (Xinhua).
 
El jugador Benjamin Mendy, de Francia, festeja al término del partido final de la Copa Mundial de la FIFA Rusia 2018. Foto Wu Zhuang (Xinhua).

Hay una cuestión final que encaja bien con el fútbol político de este final de época. Francia, Bélgica, incluso Inglaterra, son selecciones conformadas con multitud de migrantes. No hay una necesaria traducción de esa composición a la política cotidiana 6, pero sí un mensaje que opera en el nivel de la construcción de cultura ciudadana: las naciones que se abren a los procesos migratorios –o más en general: las naciones inclusivas– tienen mejores desempeños sociales, son más innovadoras, culturalmente diversas que las propulsoras de los nacionalismos económicos o étnicos. Esto no es discurso de verano: es una verdad contrastada en las Ligas y será más firmemente visible con la migración creciente, un fenómeno global irreversible. El fútbol del futuro será sincrético, migrante, amarronado, mulato: un delicioso guiso social 7.

*

Son años convulsos desde que Donald Trump se convirtió en presidente de Estados Unidos y, por lo tanto, en Imbécil-en-Jefe de la –todavía– nación más poderosa del planeta. Al influjo de la victoria de Trump numerosas naciones han visto emerger con determinación a los movimientos nacionalistas. Muchos de ellos xenófobos y racistas, todos exclusionistas y aislacionistas, irracionales y más cercanos a una fe que a una organización política laica, los nuevos nativismos han puesto al mundo en entredicho. ¿Tantos eran los que habíamos barrido bajo la alfombra confiados en nuestra creencia de que, finalmente, la humanidad –la humanidad: los países desarrollados– había encontrado el camino hacia la igualdad de derechos, a democracias más inclusivas y un mayor respeto de las minorías? ¿O esa bag of deplorables es tan vociferante que su ruido nos distrae, acojona y hace retroceder?

No abundaré en lo conocido: Trump admira a Putin. Y él fue quien le dio la presea final a la reivindicación que FIFA concedió al Gran Líder Ruso siguiendo al detalle su concepción –falaz– de que los negocios –esto es, en su caso, el fútbol– es apolítico 8. En su conferencia de prensa conjunta en Helsinki, Trump entregó cualquier honra a un Putin calmo y sonriente, que no debió decir ni hacer mucho para salir de allí con otra victoria política exactamente un día después del final de Rusia 2018.

Trump dijo, sobre todo, que Putin le había asegurado, de una manera tan firme que a él no parecía dejarle dudas –vaya muñeco–, que Rusia no intervino en las elecciones de Estados Unidos que lo favorecieron con la presidencia. Tras eso, como si hablase a una ronda de amigos y no tuviera a su lado a quien tenía a su lado, se dedicó a desmerecer a los espías del FBI –que lo investigaron– y a Robert Mueller, el consejero especial que también investiga si la campaña de Trump coludió con los rusos. En blanco y negro, Trump dio a Putin la razón en todo y criticó a quienes, se supone, defienden a Estados Unidos de adversarios como, claro, Putin. Todo el arco político estadounidense, incluidos los chupamedias de Trump, criticó al presidente. Putin siguió el vitriolo con una sonrisa levísima, de pícaro, esa clase de gesto casi imperceptible que nadie le vio cuando la lluvia de Moscú

Donald Trump y Vladimir Putin durante la cumbre en Helsinki celebrada después del Mundial. Foto Yuri Kadobnov (AFP).
 
Donald Trump y Vladimir Putin durante la cumbre en Helsinki celebrada después del Mundial. Foto Yuri Kadobnov (AFP).

El Gran Líder Ruso cerró aquella conferencia de prensa con un acto simbólicamente nada menor: le regaló a Trump un Tesltar 18, la pelota oficial de Adidas para el Mundial. Trump, que no tiene un apego por el deporte más allá del golf, dijo que sería para su hijo y la lanzó, con ninguna elegancia, hacia su mujer, para que la agarre. Uno podría decir que la bola quedó en su campo, y tal vez no erraría, pues unos días después se conoció que Trump pidió a sus funcionarios que inviten a Putin a Estados Unidos durante el otoño boreal, y el propio Putin le devolvió los favores cuestionando a quienes se oponen al presidente de Estados Unidos y procuran, dijo, separar las dos naciones. Trump ha dicho que su país se ha equivocado con Rusia y que debe iniciar relaciones amistosas. Putin repitió casi lo mismo, como si –y me cuesta decir que hay sarcasmo– una misma mano escribirá ambos guiones. Si la FIFA dio a Putin una oportunidad de PR, Trump legitimó su autocracia como un gobierno aceptable.

¿Dormir con el enemigo ya no es mal visto? ¿Todo está dado vuelta? En realidad, todo es bastante claro y directo. Trump rinde pleitesía a quien admira y supone con mayor poder, por lo general hombres bien machos sin ningún apego por cursilerías como el respeto de los disensos, los opositores o cualquier idea que no sea suya. Es un fascista expuesto por sus propios actos. FIFA, en tanto, hace negocios futbolísticos con alguna de esa gente a quien Trump admira. Quien ponga dinero, sin importarle su color político, sean dictadores latinos, un proto-zar ruso o una monarquía absoluta que tienen por ley suprema la sharía. Tiene ahora limitaciones legales para actuar con corruptos, pero no posee ningún prurito moral para negociar con cualquier gobierno oscuro mientras no se lo impida –y ninguno lo ha hecho– ningún tribunal. Tanto Trump como FIFA coinciden en otro punto: sólo aceptan imposiciones cuando no tienen otra –porque la ley los sanciona–, pero su desapego por todo decoro, mientras no les implique un paso por tribunales, es similar al de Putin bajo la lluvia. Hacen lo que quieren, sin ocuparse demasiado del cuestionamiento ajeno.

El fútbol es una herramienta del juego geopolítico, y ese juego esconde contradicciones, conflictos y cinismos más o menos encubiertos. Rara vez un gobernante facilita una demostración tan abierta de desprecio por sus adversarios políticos como la de Putin a los premieres de Francia y Croacia –a Occidente– y a la justicia de Estados Unidos –con Trump a su lado–, excepto que desee provocar una confrontación mayor, o ya esté dentro de ella. Y Putin están en ella, y en apariencia con la mano ganadora. Estados Unidos, su antiguo enemigo, tiene a Trump, un Manchurian candidate , lanzándole flores mientras golpea la mesa de sus antiguos aliados europeos con el puño.

FIFA nos da el circo de la Copa mientras Trump ofrece su peligroso traje de clown en Twitter. Y yo participo del baño de cinismo de ambos. (No me animo a decir “todos participamos” porque equivaldría a esconderme, excusándome en una mayoría que también lo hace.) Trump me hace reír en ocasiones, por torpe, patético o estúpido, pero me saca de quicio las más de las veces con su ignorancia y sus arranques de reyezuelo caprichoso. Con el fútbol soy todavía más primitivo. Durante un mes cada cuatro años suspendo mi juicio y me dedico a ver rodar la pelota con fascinación apolítica, y me he vuelto demasiadas veces otro más de la masa, incompresiblemente fervoroso y medio cavernícola.

Como con Trump, sólo salgo del atontamiento de manera reactiva cuando alguna manifestación de la decencia me golpea la frente. En Rusia 2018 ese tirón de orejas lo protagonizaron las chicas de Pussy Riot 9 quebrando el clima de la final: cuando entraron al campo vestidas de Heavenly Police, volví a la realidad de golpe, con un nudo en el estómago, como si ellas me hubieran puesto en evidencia por cobarde o pusilánime. Pero me curé pronto. Volví a prestar nervio a mi deseo de que Croacia mantuviera el ritmo y Rakitić y Modrić le dieran su primera Copa del Mundo. Francia tenía una y tiene a Mbappé, que es joven y será lo que debe ser, un sucesor cuasi-brasileño de Messi. Croacia parecía manchada de la grasa de los operarios de máquinas de un submarino viejo, de esos héroes impensados que de cuando en cuando no ganan una guerra pero te regalan una gran puta batalla.

Festejé sus goles casi como si fueran míos y perdieron los que quería, como suele suceder. Y el campeonato lo ganó Francia, que también está bien. Pero el triunfo final de Rusia 2018 fue para el señor del paraguas único, el emperador vestido con decoro bajo una lluvia que rompió los cielos y bañó democráticamente a todos los demás. A ese hombre FIFA le regaló una Copa, a ese mismo hombre Donald Trump le entregó el poco decoro que alguna vez pudo tener como presidente de Estados Unidos.

Vladimir Putin acaricia el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA. Detrás, Gianni Infantino le ríe la gracia. Foto Alexander Nemenov (AFP).
 
Vladimir Putin acaricia el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA. Detrás, Gianni Infantino le ríe la gracia. Foto Alexander Nemenov (AFP).

La justicia, decía Platón, no es una ventaja exclusiva de ningún grupo, sino una preocupación del bienestar colectivo de toda una comunidad política. Provee a las ciudades, decía el griego, que pensaba localmente sin saber que actuaba globalmente, un sentido de unidad, que es una condición básica de la salud cívica. “La injusticia causa guerras civiles, odio y batallas, mientras que la justicia trae camaradería y un sentido de propósito común”.

Es difícil suponer que el fútbol, el más global, vulgar y bello de los deportes, esa gran herramienta política que detiene a medio mundo mundial cada cuatro años y a cientos de millones cada dos o tres días en cientos de ligas, pueda ser vehículo de justicia alguna. Pero sí está claro que es una herramienta eficiente para ayudar con las injusticias.

FIFA lo sabe y regala su juego a dictaduras, satrapías, zares y jeques. Así fue en Argentina 1978, lo hizo otra vez en Rusia 2018 y ya tiene lista su alfombra roja para la monarquía de Catar 2022.

Tal vez entonces Gianni Infantino no acabe empapado y acepte sofocarse bajo el sol criminal del desierto, pero lo hará sonriente y galante, como demanda estar al servicio del negocio de La Organización. Tal vez, más avispados, los jeques cataríes pongan sombrillas por anticipado para todos. O techen y refrigeren con determinación caribeña los estadios. Da igual: la FIFA tendrá el negocio que necesite, y Catar una presentación de oro en la geopolítica global, un trato turístico, suave, de país normalito. Y participaré (¿participaremos?) del juego y de ese juego.

Jugamos como vivimos, dice el dicho. Vivimos como decidimos jugar nuestras cartas, diría yo.

Sale Rusia, entra Catar. Arbitra FIFA. A partido empatado, pierde el sentido común, cierta ética, la política en serio.

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1 Para ser más claro, nada más en una sociedad algo más moderna e igualitaria alguien habría enviado paraguas para las attachés. Pero nadie lo haría en Moscú si el Gran Líder Ruso no da la orden de manera explícita: sin ella, se sobreentiende que nadie debe mover un pelo. Si los invitados VIP no tienen trato de VIP las chicas, largamente más abajo en la escala del ethos político, no tienen por qué ser consideradas más que estólidas estatuas vivientes. Pero también habría de conceder algo más que Putin dejó pasar una oportunidad para sumar una humillación adicional a sus compañeros de palco. Esto es, si enviaba paraguas a las attachés pero no al presidente de Francia y la premier de Croacia. Con ello habría dejado claro que Occidente le merece menos respeto que un aparcacoches de restaurante o un soldado de guardia, porque a los primeros al memos sus patrones les dan un porche donde guarecerse y a los segundos sus sargentos les proveen impermeables de fajina.

2 No me extenderé demasiado, pero algunas normas como la FCPA, la norma que desde 1977, bajo el gobierno de Jimmy Carter, prohíbe la práctica de negocios corruptos de empresas de Estados Unidos en el extranjero, o las convenciones europeas anticorrupción, fortalecidas en 2003 con la creación del GRECO, el grupo de países contra la corrupción, han significado avances en las prácticas internacionales. (Por supuesto, queda mucho por hacer en materia de corrupción facilitada por los estados –como los paraísos fiscales– y a nivel local, sobre todo con una vigilancia más determinada sobre el cabildeo.)

3 Finalmente, esa Copa del Mundo se hará en Estados Unidos, Canadá y México, según anunciara FIFA durante Rusia 2018.

4 Por supuesto, el FBI también investigó si hubo corrupción alrededor de Brasil 2014, una elección futbolísticamente más razonable que Catar, pero sospechosa dado el peso de la familia Havelange-Teixeira en el fútbol internacional.

5 La visión fácil supondrá que, sin los equipos de más renombre, uno se conforma con lo que hay. Es parcialmente cierto, pues hubo buen fútbol más allá de las grandes selecciones.

6 Gran Bretaña votó por autoexcluirse de la Unión Europea, en parte como rechazo a la migración extranjera. En 1998, Francia salió campeón con su primer camada de futbolistas migrantes de sus antiguas colonias y veinte años después, en Rusia, lo hizo con su segunda camada. Pero, en medio, el discurso xenófobo creció en el país, al extremo que Marine Le Pen, hija del histórico líder de la ultraderecha francesa, llegó a disputar la presidencia, que perdió con Macron en 2017, mientras Francia disputaba las eliminatorias a Rusia.

7 Lo cual no significa que haya algo incómodo en el canto glorificador de la diversidad cuando las cosas salen bien. Recuerdo ahora las palabras de Romelu Lukaku, el tremendo 9 de Bélgica, que decía antes del Mundial que cuando él la clavaba era “Lukaku el belga” pero cuando fallaba y todo salía para el soberano culo pasaba a ser “Lukaku el belga de origen africano”. Lo mismo vale para los jugadores franceses: varios de ellos han sido vistos por la ultraderecha lepeniana como otros clásicos africanos cuyas familias vivieron del Estado de bienestar francés. Ahora que esos chicos son exitosos, esa derecha se callará la boca un buen rato –excluido los muy imbéciles– para no tropezar, pero bastará que uno de ellos, campeón y todo, cometa un error sensible a la blancura francesa –conducir borracho, pelear en un bar, insultar: armen la lista– para que alguien les recuerde que son franceses pero no franceses puros. Esa Francia que celebramos es hoy diversa –no olvidemos– porque una buena porción de esos chicos llegaron de la mano de sus padres migrantes o refugiados a Europa desde alguna de las colonias francesas donde aprendieron el francés. Hoy son una historia de éxito, pero hija de un pasado de mierda donde el francés puro mandaba y el negrito obedecía.

8 Ningún deporte, por supuesto, lo es. Trump lo vivió con la versión americana del futbol: Collin Kaepernick, el quaterback de los San Francisco 49ers, inició la protesta contra el maltrato a los negros en Estados Unidos arrodillándose durante el himno Star Spangled Banner antes del inicio de cada partido. Trump la tomó personalmente en Twitter contra él y sus seguidores, acusándolos de antipatriotas. Diré lo obvio, que no escapa a esta historia: Kaepernick es mulato; Trump, racista.

9 Dejaré acá por escrito que, comparado con otros eventos, muy pocos medios hicieron un reporteo agresivo y profundo sobre la desgraciada Rusia bajo Putin durante la Copa del Mundo.

Foto Barbara Sax (AFP).
 
Foto Barbara Sax (AFP).