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El portón mexicano no pudo con la avalancha migrante

Carlos Martínez

La ya célebre caravana de migrantes ha conseguido superar las puertas cerradas de México y descansa en Tapachula, Chiapas. Del lado mexicano, la multitud no ha hecho más que crecer y avanza en un solo bloque de miles y miles de hondureños, acompañados de algunos salvadoreños, nicaragüenses y guatemaltecos. Los migrantes que decidieron respetar las normas y pasar por la frontera, esperan pacientes en el puente fronterizo a que las autoridades migratorias mexicanas procesen sus solicitudes de asilo. 

ElFaro.net / Publicado el 22 de Octubre de 2018

Domingo 21 de octubre. La enorme romería de migrantes centroamericanos camina ya como un torrente por las carreteras de Chiapas, comiendo kilómetros a buen ritmo.

Durante los dos días anteriores se había convertido en estampida para abrirse paso por las aduanas guatemaltecas, se apoderó del puente que atraviesa el río Suchiate, frontera natural con México, y parecía haber quedado atascada ante la frontera mexicana. La mañana del sábado 20 de octubre, la multitudinaria masa humana -que abarcaba más de un kilómetro de asfalto- estaba a punto de implosionar debido a su propio caos interno. Se había estrellado contra el portón de la frontera mexicana y se enfrentaba a varios contingentes de antimotines de la Policía Federal y a la parsimonia de funcionarios de migración, armados de burocracia hasta los dientes.

Miles de migrantes centroamericanos caminan sobre la carretra que conduce de Ciudad de Hidalgo a Tapachula, México, el 21 de octubre de 2018. Foto: Pedro Pardo / AFP 
 
Miles de migrantes centroamericanos caminan sobre la carretra que conduce de Ciudad de Hidalgo a Tapachula, México, el 21 de octubre de 2018. Foto: Pedro Pardo / AFP 

Pero, a lo largo del día, aquella enorme criatura colectiva fue adelgazando, desmembrándose por instinto y haciendo un acto de prestidigitación: si en la mañana aquel puente fronterizo era un atestado campo de refugiados, con el paso de las horas, comenzaron a aparecer espacios vacíos. Cientos se esfumaron sin que su huída fuera detectable. Simplemente había menos personas.

Durante todo el día, los migrantes hicieron lo que han venido haciendo durante décadas: atravesar el río Suchiate en balsas hechas con neumáticos. Algunos -cientos- se arrojaron del puente, unos diez metros de caída, desesperados por el calor y la inmovilidad. Otros acudieron a unos embarcaderos nada clandestinos que trabajan desde hace años transportando de una orilla a otra todo tipo de mercancías, migrantes incluidos. Los balseros están agremiados, tienen su propio estacionamiento de balsas -a las que llaman "cámaras"- y realizan viajes siguiendo un estricto orden. Tienen un precio regulado de 10 quetzales por persona (1.30 dólares) y movilizan a indocumentados bajo la tolerancia o la indiferencia de la policía.

A las cuatro de la tarde, cuando la potencia del sol todavía asustaba en la frontera guatemalteca de Tecún Umán, miles -miles- se habían apoderado ya del parque central de Ciudad Hidalgo, el municipio mexicano fronterizo con Tecún Umán. Los mexicanos los recibieron con comida y agua, a modo de  bienvenida para la famosa caravana invencible, que ya se ha convertido en noticia mundial.

Un conjunto musical -con timbales, guitarrón y marimba- les obsequió un concierto, y la multitud se arrancó a bailar. Era una fiesta, y la alegría alcanzó incluso para acordarse de aquellos que se derretían sobre el puente en Guatemala y para llevar su ánimo de victoria hasta ellos. 

Cuando el día terminaba y una brisa ligera aliviaba el vaho sobre el puente, la ribera mexicana del río Suchiate se llenó de migrantes armados de un megáfono, con el que invitaron a  sus compatriotas a dejar de esperar la bienvenida oficial mexicana, y les retaron para que entraran en Chiapas sin permiso de nadie. Les cantaron a gritos el himno nacional hondureño, les pidieron a coro: "¡vénganse, vénganse!"; reventaron petardos y se burlaron del gobierno mexicano, con sus agentes acorazados como samuráis, con su portón de rejas gordas y blancas, con sus trámites, con su política internacional, con su frontera cerrada.

Ya no temían, ya no esperaban. Volvían a ser la avalancha imparable que alguna vez estuvo enjaulada sobre el puente. Gritaron cuanto quisieron. No eran migrantes huidizos escapando de las acechanzas de la migra. Ellos se anunciaban a gritos:

"¡Aquí estamos

y no nos vamos

y si nos echan

nos regresamos!"

Advirtieron, a quien quisiera escuchar, que partirían al día siguiente a las siete de la mañana, desde el parque central de Ciudad Hidalgo, para internarse en México. Entre aquellos que todavía habitaban el puente, esperando que la frontera mexicana los procesara legalmente, flotó el fantasma de la duda, de la incertidumbre, y aquel río ensanchado por las lluvias se convirtió en una tentación.

Centroamericanos reunidos en el parque central de Ciudad Hidalgo, México, el 21 de octubre de 2018. Foto: Fred Ramos
 
Centroamericanos reunidos en el parque central de Ciudad Hidalgo, México, el 21 de octubre de 2018. Foto: Fred Ramos

Cuando llegó la noche del sábado 20 quedaba apenas una mínima fracción de la caravana. En las vías de tren que atraviesan el puente -donde un día antes se había montado un alargado campamento de toldos y tiendas de campaña improvisadas- no quedaban más que  algunos pocas personas enroscadas en sábanas. Unas buenas samaritanas guatemaltecas intentaban que alguien se interesara en los panes y las ollas de café que habían llegado a obsequiar. Apenas un día antes, la comida se esfumaba en minutos, y era siempre insuficiente para aplacar el hambre de la caravana. La concentración ya no podía contarse en miles, sino en cientos.

El escenario se había transformado en cuestión de horas. El puente quedó poblado de familias, de mujeres que viajaban hasta con cuatro niños y de hombres que confiaron en las promesas del Instituto Nacional de Migración de México.

Una mujer vigilaba el sueño de sus tres hijos, de cuatro, ocho y diez años, que dormían sobre el asfalto del puente bajo la luna fronteriza. Ella miraba al Suchiate con desconfianza y explicó que decidió quedarse en el puente a la espera de un milagro: "Dios le va a ablandar el corazón a Donald Trump, porque él también es padre y sabe que uno siempre quiere darle un mejor futuro a sus hijos. Él tiene el corazón muy duro porque quizá nunca sufrió de cipote, pero Dios se lo va a ablandar".

Dicen que dicen

La información es un bien escaso en medio de esta romería.  Mientras miles dormían en el parque central de Ciudad Hidalgo, en México, y cientos descansaban sobre el puente de Tecún Umán, un nutrido grupo de personas hacía cola para subir a autobuses militares guatemaltecos y ser transportado -de forma voluntaria- de regreso al país que los expulsó.

Al menos cuatro autobuses colmados de gente salieron a lo largo de la noche. Las autoridades guatemaltecas repartían platos plásticos con una cena de macarrones y frijoles, y ellos esperaban pacientes la llegada del siguiente bus.

Uno hombre dijo saber que una barca se había hundido en el río Suchiate y que todos sus pasajeros -niños sobre todo- se habían ahogado. Otro dijo que a las personas que permanecieran en el puente las iban a deportar a Honduras y que, una vez ahí, las meterían a la cárcel por haber hecho tanto "relajo". Todo, desde luego, era mentira. La multitud ya no estaba ante el portón, había entrado.

Nadie puede explicar con claridad cómo es que "sabe" esas cosas. Pero cuando les cuento que la mayoría ya atravesó la frontera y que se adentrarán mañana por la mañana en México, uno de ellos abre los ojos como platos y se queda con el rostro congelado imaginando quién sabe qué futuros posibles,  hasta que otro lo despertó de su ensueño con un realista “bueno, la cosa es que de una manera u otra ya vamos de regreso para casa”, y clavó su mirada en la cena de macarrones con frijoles, sin dar siquiera un bocado.

Puente fronterizo que divide Guatemala y México, el 21 de octubre de 2018. Foto: Fred Ramos
 
Puente fronterizo que divide Guatemala y México, el 21 de octubre de 2018. Foto: Fred Ramos

La marcha al galope

Aunque había anunciado que partiría a las siete de la mañana del domingo, la caravana no esperó a nadie. A las cuatro y media de la madrugada, todavía con el fresco de esas horas benignas, la multitud levantó el campamento de la ciudad mexicana de Ciudad Hidalgo y alzó vuelo.

Cuando los periodistas aparecimos, confiados, para verlos echar a andar, en el parque solo quedaban los despojos de la noche anterior. Rastros de migrantes. Montones de ropa, vasos, platos, bolsas de agua, sandalias, zapatos sin par y un imposible etcétera formaban volcanes de basura que daban testimonio de que aquí hubo una multitud.

A las nueve de la mañana de este domingo 21 de octubre, la marcha había caminado ya casi 18 kilómetros y se había nutrido de otros migrantes que salieron de las sombras, del flujo normal, y se fundieron con la multitud. Al medio día, las imágenes de la marcha que se internaba en territorio mexicano era inalcanzable con la vista. Varios cientos de policías federales la rondaban, amenazantes. Helicópteros y aviones la sobrevolaban, pero la caravana no hacía más que engordar y apretar el paso.

Por la noche, llegaron a Tapachula, a 37 kilómetros de distancia del punto de partida.  Ni la frontera, ni el sol despiadado, ni las amenazas han podido parar esta avalancha.

La cola triste

Mientras la caravana de migrantes llenaba las carreteras del sur de México, unas 400 personas permanecían en el puente fronterizo, aferrándose a sus propias decisiones y buscando consuelo y confirmación en la duda colectiva.

José Antonio viaja con su hijo de siete años y varios vecinos de su barrio de San Pedro Sula.  Me repitieron que ellos quieren hacer las cosas legales, hacerlo todo bien y que esperarán en un puente que ya no poseen.

Los portones amarillos, que tres días atrás habían sido abiertos a empujones por una marea incontenible que entró triunfante al puente, ahora estaban cerrados y custodiados por policías guatemaltecos. Aunque todavía era posible salir y entrar al lado chapín,  aquel lugar cada vez se parece más a una jaula que a una gesta heroica. Los que ahí permanecían iban  teniendo cada vez más claro que su destino será decisión de otros y que han dejado de ser parte de la caravana. Que la dejaron ir.

Eva Fernández, quien fuera pre candidata a la presidencia por el mismo partido que Juan Orlando Hernández, actual mandatario hondureño, se convirtió –luego de mucho esfuerzo– en protagonista entre los desamparados que todavía quedan sobre el puente.

Se subió a un bordillo, bajo un sol sin madre, a predicar esperanzas y a ponerse como ejemplo de templanza: “A mí nadie me ha dado nada para estar aquí. Estoy porque amo a mi país… ¿o acaso alguno de ustedes me ha regalado siquiera una charamusca? Ya estoy harta”, gritaba, desde su doble nacionalidad hondureña y estadounidense, desde su sombrero azul de turista. “Juan Orlando Hernández espera que el sol los desespere, para decirle a Trump que él los regresó, pero yo le digo a Trump que si nos odia tanto buscaremos el apoyo de Canadá… ¿Quieren que toquemos las puertas de Canadá?'', preguntaba a una multitud a la que se le acaban las opciones, y aquella gente cansada, con las esperanzas aferrándose a promesas que nunca ven llegar, gritaba lo poco que le quedaba por gritar: “¡Sí, sí, Canadá, Canadá, Canadá!”.

Luego, ella sacó su teléfono celular y se grabó a sí misma dando una arenga, y pidió a la multitud que gritaran “Canadá”, y prometió hacer llegar el video a los congresistas canadienses.

Una mujer mayor atestiguaba aquello al margen del gentío. A ella, los pandilleros le pidieron una extorsión que no pudo pagar, y le dieron de plazo una hora para largarse de su mundo. Ahora espera a que las autoridades mexicanas se apiaden de su historia y la conviertan en una refugiada oficial.

Mientras en el puente se barajan las últimas esperanzas, muchos siguen subiendo a balsas de neumático para atravesar el Suchiate con la esperanza de alcanzar a la caravana.