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Los outsiders, las encuestas y la historia

Joaquín Aguilar

 
 

“Lo esencial es invisible a los ojos”.
Antoine de Saint-Exupéry.

“Cuando no se alcanzan los objetivos, los seres humanos tenemos dos opciones: desistir y justificar la renuncia, o persistir y aprender de la dificultad. Los políticos no están hechos para renunciar, están hechos para aprender y persistir". Con esas palabras, Antanas Mockus, exalcalde de Bogotá, reconoció su inesperada derrota en las elecciones presidenciales de Colombia ante Juan Manuel Santos en 2010.

Mockus, quien había irrumpido 15 años antes con una forma ingeniosa de dirigir la capital y hacer política a través del movimiento Visionarios con Antanas, también difundió su mensaje por las redes sociales desde su candidatura por el Partido Verde. Durante la campaña, las encuestas le vaticinaban un empate técnico en primera vuelta y un gane para la segunda, hasta que las urnas lo dejaron con 25 puntos abajo, sin opción para el balotaje. Las casas encuestadoras atribuyeron los resultados a “las tendencias de la última quincena” que la ley les impedía divulgar.

Desde mediados de los ochenta asistimos a tres fenómenos electorales: la irrupción de los outsiders aprovechando el desgaste de los partidos tradicionales, las encuestas posicionando una tendencia y las redes sociales incidiendo en el ánimo de los ciudadanos. En las campañas actuales, las redes se utilizan para debilitar o fortalecer candidatos y condicionar o tergiversar los resultados de las encuestas. Sin embargo, no siempre se han ratificado en las urnas los pronósticos de victoria que las encuestas hacen de los outsiders ni siempre que ha sido así, estos lograron cumplir con las expectativas de sus electores.

Hay una amplia discusión acerca de qué es un outsider. Para efectos prácticos definámoslos como aquellos que, llegados o no de afuera de un sistema de partidos, se presentan como algo distinto, se promueven de manera diferente, se posicionan como alternativa y prometen una forma diferente de administrar la cosa pública. En las urnas, outsiders como Mockus en Colombia, Xiomara de Zelaya en Honduras y Fabricio Alvarado en Costa Rica no ratificaron los pronósticos de las encuestas. Y aunque Evo en Bolivia; López Obrador en México y Humala en Perú requirieron de futuras participaciones para ratificarlo, Chávez en Venezuela; Trump en Estados Unidos y Macron en Francia las ratificaron de manera contundente. El control que los partidos tradicionales tenían del aparato de Estado y del territorio explica en buena medida el fracaso de unos y el éxito de otros.

Entre los outsiders que han ganado, algunos perdieron en poco tiempo el apoyo y otros ni siquiera concluyeron su período. Otros, en cambio (Chávez; Fujimori en Perú y Correa en Ecuador) mantuvieron su popularidad, terminaron su primer período de gobierno y, donde extendieron la constitución, lograron reelegirse. Los recursos y la correlación de fuerzas les permitieron hacer historia a unos y a otros que la historia diera cuenta de ellos.

En las recientes elecciones legislativas, Arena obtuvo 886,365 votos y mantuvo su piso electoral. El FMLN, en cambio, bajó a 521,257 votos, pero aunque redujo su piso electoral casi a la mitad, sólo quedó a 74,372 votos de los que obtuvieron los seis partidos restantes juntos. Estos datos, sumados al control de los 205 municipios gobernados por Arena y el FMLN (de los 262 existentes) y al desempeño histórico en las últimas tres elecciones presidenciales, reflejan el peso del aparato de Estado y del territorio para ambos partidos. El ánimo incitado desde las redes sociales no permite ver esto ni las encuestas suelen considerarlo.

Bukele llamó a dejarlos atrás y a formar un nuevo partido al cual nunca se afilió, para hacerlo en otro que es la antítesis de su discurso. A pesar de que no explica cómo resolverá la crisis política, fiscal y de seguridad con un Estado con recursos limitados, y con una correlación legislativa adversa hasta 2021, ha logrado posicionar a Arena y al FMLN como igualmente culpables del rumbo del país. Sus seguidores le creen, justifican su alianza con Gana y minimizan el abordaje de fondo de la crisis.

No obstante la campaña en su contra, su estrategia electoral lo mantiene con una ventaja en todas las encuestas, que aunque no se refleje en las convocatorias territoriales, lo ubican ampliamente sobre el binomio partidario que ha gobernado desde 1989. Sólo falta ver si el alto porcentaje de indecisos que las mismas encuestas señalan, el comportamiento electoral del entorno de las pandillas, así como el despliegue logístico territorial en el día de las elecciones modifican o no una ventaja que parece inalcanzable y una tendencia que parece irreversible.

De momento, argumentar que su apoyo es irreal porque sus seguidores en Twitter son troles, así como cualquier intento del establishment por sacarlo de la contienda o afectarle su participación es improcedente. Como también lo es afirmar que, tras una afiliación electrónica, se gestará el movimiento más grande de la historia; o que un fraude se consumará por la variación en la tonalidad de un color en una bandera o que se evita asistir un debate presidencial en la Universidad de El Salvador porque los dados están cargados para favorecer a Arena. Las dos primeras indicarían de qué está hecho el establishment, y las tres últimas de qué está hecho Bukele.

De cumplirse en las urnas el pronóstico de las encuestas, sus electores verían en la derrota de los partidos tradicionales un triunfo, solamente sostenible si la gente, en su cotidianidad, percibe una reducción del desempleo, el robo y la extorsión. Si no se logran esos cambios, seguir acusando a los mismos de siempre tendría un efecto contrario al que pueda tener ahora en campaña.

En matemáticas no es fácil negar que dos más dos suma cuatro, pero en política no siempre es así. Ungir desde ya a un ganador quizá no sea lo más adecuado, al menos no desde el análisis. Tampoco es prudente predecir un giro por el mero cambio de sujetos en el gobierno. En cualquier caso, “desistir y justificarse no es la misión de un político”, como dijo Mockus al perder en Colombia, ni “equivocarse es el derecho de un presidente”, como dijo López Obrador al ganar en México.

En pocas semanas sabremos si hay algo “esencial invisible a los ojos”, como dice Antoine de Saint-Exupéry o si, por el contrario, los números de Bukele en las encuestas coinciden con sus votos en las urnas. De llegar a ser así, en no sé cuántas semanas más sabríamos si las expectativas despertadas en campaña y las realidades a enfrentar lo consolidan en el gobierno y le permiten “hacer historia”. O, en su defecto, sea la historia la que dé cuenta de él.

Joaquín Aguilar es sociólogo graduado de la UCA, con estudios de postgrado en cooperación internacional por la Universidad del País Vasco de España. Egresado de ciencias políticas de la UCA, fue gobernador departamental de La Libertad.
 
Joaquín Aguilar es sociólogo graduado de la UCA, con estudios de postgrado en cooperación internacional por la Universidad del País Vasco de España. Egresado de ciencias políticas de la UCA, fue gobernador departamental de La Libertad.

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