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¿Sos víctima de la desinformación? Aquí te explico por qué

Claudia Ivón Rivera

 
 

La campaña electoral de 2019 es, en esencia, una campaña de desinformación que se ha valido del uso sofisticado y maquiavélico de las redes sociales. Y nosotros, los usuarios y futuros electores, no hemos tenido la habilidad de detectar ni distinguir informaciones ambiguas, con propósitos políticos, mal investigadas periodísticamente y poco verificadas. Nos montamos a la ola de la tendencia cuando algo nos revuelve las entrañas, sube el nivel de rabia, encoleriza o cuestiona nuestras más enraizadas y nada contrastadas opiniones.

¿Pero cuándo nos volvimos presas fáciles? La desinformación en tiempos de campaña es un engendro de nuestra escasa capacidad de filtrar y curar el contenido. “Curar contenido” no solo significa seguir páginas de memes chivas, frases inspiracionales que muestran mi nivel de ardor o paz, empresas que me regalan cosas y sitios de recetas fáciles y rápidas, sino también de seleccionar contenido y analizarlo a la luz de la procedencia de la fuente y lo absurdo de la redacción de encabezados y titulares.

Los salvadoreños hemos sido expuestos a este tipo de campañas desde las elecciones presidenciales de 2014. Luego, para las municipales y legislativas de 2015, las notas sobre alcaldes y diputados comenzaron a circular a través de portales de contenido o páginas de humor. Incluso me atrevo a decir que seguiremos viendo “notas” y otro tipo de contenido proselitista en nuestros muros de Facebook hasta el mismo día de las elecciones.

En esta ocasión, agrava la situación de una campaña permanente, fuera del tiempo permitido por la ley y con la complicidad de los medios tradicionales, digitales y portales. Ellos han apoyado a sus candidatos de maneras sutiles o descaradas, con notas sobre inauguraciones de obras, uso de declaraciones, “interpretación” de sondeos y otros tipos de productos pseudoperiodísticos.

Finalmente, ha sido una campaña con un mal arbitraje para el contenido. Ni medios tradicionales, nativos digitales, portales, usuarios ni gestores de redes han hecho nada por aclarar desinformaciones. Ojo: no reaccione enardecidamente o se equivoque cuando menciono la palabra “arbitraje”. No me refiero a la censura -así que no se rasgue las vestiduras antes de terminar de leer-, sino a que no ha existido, en lo que va de campaña, la capacidad crítica de discernir lo que “se produce,” “comparte en los muros” y “nos llega” a nuestras plataformas sociales.

No me alcanza el espacio para describir mis golpes de pecho sobre la responsabilidad de nosotros, los usuarios de redes, de “mirar Facebook e Instagram” con lentes de entretenimiento. Eso lo trataré en otro artículo. Centrémonos por ahora en cuatro factores que han permitido la proliferación de la desinformación en esta campaña: los medios -de la naturaleza que sean- han mezclado contenido ‘entretenido’ con contenido ‘informativo en sus perfiles de redes; nos hemos creído que “cualquier fanpage” de Facebook es un medio de comunicación; las Fake News existen pero la desinformación y propaganda se mueven sutilmente y en forma de imprecisiones periodísticas y; finalmente, nuestra creencia de que las redes nos entretienen. Todos los anteriores son ingredientes en ese caldo de cultivo para que, en la actualidad, se propaguen más chambres, memes o contenido llamativo sobre los políticos. Es decir, para que caigamos en la desinformación a través del entretenimiento.

El pecado de servir a dos amos

Mensaje teledirigido a los grandes medios de comunicación: uno no mezcla notas periodísticas con noticias carnada en la fanpage oficial.

La Séptima Edición del Estudio iLifebelt de Redes Sociales de Centroamérica y el Caribe (2018) reporta que el 45.6% de los usuarios tienen menos de 30 años y el 75% usa las redes sociales con propósitos informativos: noticias y eventos. Por esto, es lógico que los medios de comunicación, empresas, políticos, gobierno y universidades, entre otras instituciones, quieran llegar a ellos para venderles o informarles.

En “la caza por las audiencias más jóvenes,” los medios de comunicación tradicionales crearon páginas de fans en redes sociales, adaptaron su perfil informativo a la preferencia de contenido y lenguaje de estos públicos y, fue así, como consiguieron más audiencia, seguidores y clics.

El avance de la movilidad y la proliferación de contenido en formatos más atrayentes permitieron abrir la caja de pandora de la atención de una audiencia que no lee periódicos en físico, no se siente atraída por entrar a un sitio web de noticias y gusta de recibir la información -cuando la busca- en la palma de su mano (su móvil).

Y, en esta búsqueda, los medios con perfiles en redes implementaron la fórmula de complacer a la audiencia sedienta por contenido de morbo y de noticias de farándula (entretenimiento), sacrificando la naturaleza de la información periodística: mezclar información y entretenimiento en su muro de Facebook y el Time Line de Twitter. La forma, diría el crítico y teórico norteamericano, Neil Postman, afectó el contenido y, así, el filtro necesario de evaluar temas de relevancia, el modo de analizarlos (o no) y nuestras prioridades informativas.

La práctica de “clic bait” o noticias carnada se convirtió en el pan de cada día de los medios -ya no solo hablo de medios tradicionales- en sus perfiles de redes. Esta táctica busca conquistar la atención de los usuarios y exhortarlos a “dar clic” para redireccionar el tráfico hacia sus sitios web y aumentar las métricas hacia la compra de publicidad en sus espacios. Es así como la mayoría de los medios demuestran ser rentable en estas plataformas.

La rentabilidad digital, lamentablemente, no hace buena dupla con los estándares periodísticos rigurosos. La variedad de contenidos del muro de los perfiles de los medios (titulares llamativos, videos cortos, notas duras, ligeras y de espectáculos- e información de última hora) se fusiona con la pluralidad de contenidos que el usuario elige ver en su muro (memes, datos, chistes, frases, videos, imágenes y noticias de fuentes diversas).

Ante esta lujuriosa cantidad de información, uno se pregunta si alguien es capaz de filtrar y analizar la información. Si es posible hacer un ejercicio de recordar la fuente cuando comentamos a nuestros amigos y conocidos algo que vimos en redes, si tenemos tiempo de verificar y contrastar los datos de una noticia, si ponemos en tela de juicio lo que leemos o si podremos distinguir entre noticias o el espectáculo en estos tiempos de campaña política.

Yo, honestamente, dudo que podamos hacer este ejercicio dantesco de analizar toda la información que nos llega. Sin embargo, sí podemos filtrarla y esto no significa hacer el intento de desplazar, por un momento, lo que nos ha llamado la atención, entretiene, polemiza, hace reír, se burla y extrapola.

El ejercicio de filtrar solo nos obliga a tener un poco de discernimiento a la hora de prestar atención al set de notas que pueden aparecer en mi muro: el video del baile sexy de la presentadora de televisión, el meme del candidato, el compromiso nupcial de “x” presentadores y una nota que tiene como título: “ El rey de las encuestas ”. Para filtrar retamos a nuestra capacidad de análisis para definir si un encabezado sumamente llamativo esconde una nota con rigurosidad periodística o, como en el ejemplo del rey de las encuestas, una que no cumple los estándares periodísticos y es más propaganda.

Este “bolo de contenido”, el que se forma al ver nuestros muros de Facebook con nuestras preferencias y con la curación de “información de los medios”, se convierte en nuestra principal y quizá única fuente de información: citas fuera de contexto y sin contraste, memes, datos fragmentados, memes, fuentes sin verificar, memes, rumores con apariencia de noticias, memes, links compartidos por sus amigos y familiares e insumos de portales de contenido que se hacen llamar “medios de comunicación/noticias”.

¿La consecuencia? El usuario se alimenta de información política imprecisa que llega a la palma de la mano, se viraliza, genera tendencias de opinión y desinforma durante 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días del año. Y no, no solo es responsabilidad suya. Los medios, en general, son responsables de proporcionarnos información clara, precisa, concisa, y también de decirnos su línea editorial: sus respaldos y su ideología.

Los estrategas de campañas digitales políticas utilizan el marco cognitivo que proporcionan las redes (el contenido entretenido) para llevar su propaganda a las audiencias. Declaran ganadores y perdedores en titulares llamativos e incendiarios para que los comentemos y reaccionemos eufóricamente. Se olvida la capacidad del candidato y se celebra su capacidad de “tuitear bonito.” Aunque es interesante que un candidato sepa gestionar sus redes, su perfil no se mide por su capacidad de usar Facebook, Twitter o Instagram, sino por su criterio, conocimiento de los problemas del país y de cómo resolverlos.

Mientras los medios tradicionales y digitales cortejan a las audiencias jóvenes para que sigan sus perfiles en redes, los portales de contenido y sitios web que apoyan a los candidatos nos enmarcan, a su juicio, lo más importante de un candidato: chambres, memes, burlas y justificación sobre sus errores. Nos distraen y dirigen la atención hacia la popularidad y no el conocimiento informado.

O los medios tradicionales y digitales se deciden a dividir su contenido informativo de entretenimiento o ellos también seguirán contribuyendo a la desinformación. En tiempos de campaña, no necesitamos los filtros más atractivos, sino los más críticos.

 

Claudia Ivón Rivera es profesora a tiempo completo de la Licenciatura en Comunicación Social de la UCA. Se especializa, desde hace 20 años, en la investigación en comunicación, análisis de argumentos y metáforas. Sus áreas de trabajo incluyen el monitoreo de las nuevas tecnologías y las redes sociales y sus implicaciones en las campañas políticas a través del Observatorio de Comunicación Política del Departamento de Comunicaciones y Cultura de la UCA.
 
Claudia Ivón Rivera es profesora a tiempo completo de la Licenciatura en Comunicación Social de la UCA. Se especializa, desde hace 20 años, en la investigación en comunicación, análisis de argumentos y metáforas. Sus áreas de trabajo incluyen el monitoreo de las nuevas tecnologías y las redes sociales y sus implicaciones en las campañas políticas a través del Observatorio de Comunicación Política del Departamento de Comunicaciones y Cultura de la UCA.

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