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Renovación o muerte... ¿venceremos?

Bessy Ríos

 
 

Cuando era niña, la frase “A tu viejo gobierno de difuntos y flores” (de Ojalá, una de las canciones más famosas del cantautor cubano Silvio Rodríguez) fue una de las primeras líneas que aprendí a cantar junto a mi papá. En aquella época la música se escuchaba bien bajito, porque poner canciones como esa, en el contexto de la guerra, podía garantizarte un par de problemas o hasta la muerte.

Al sonido de música aprendí, como todos los hijos de las familias que se convirtieron en votos duros del FMLN, que ellos eran la única alternativa u opción ante las desigualdades de El Salvador. El Frente venía de la lucha social, se armaron cansados de un régimen que reprimía hasta por pensar diferente. En la dictadura, disentir era peligroso, pero ellos -los muchachos- no permitieron que les callaran sus ideas de reforma a la distribución desigual de la tierra; que no era cierto que quien nace en la miseria, debe vivir y morir en la miseria. El Frente catequizaba a los pobres para que dejaran de creer que su condición era algo natural y que Dios lo permitía, porque los que sufren tienen la esperanza que al morir encontraran el paraíso. El Frente ayudó a muchos para que dejaran de creer que las familias en condiciones de marginalidad lo estaban no por falta de oportunidades sino porque eran vagos sin sueños y sin deseos de salir del círculo en el que vivían.

Más tarde, los que crecimos en esos hogares fuimos lo que nos enseñaron a ser: nunca se vota por la derecha representada por Arena, porque defienden al gran capital que explotó y explota; menos por el PCN, el partido de los militares; y mucho menos por los oportunistas del PDC, muy a pesar de que nuestros abuelos y padres votaron alguna vez por Duarte. Claro, el Duarte en el que ellos creyeron fue el de los años setenta y no el traidor alineado con los militares de los ochenta.

La ex guerrilla y su proclama de cambio se hicieron sentir desde su primera participación electoral tras la firma de la paz, en las presidenciales, municipales y legislativas de 1994. Aunque perdió la presidencial, para ser su primera vez en una contienda electoral tuvo una participación exitosa. Al pasar los años, aumentó su caudal de votos y rápido se convirtió en el principal partido de oposición. En 2003 incluso llegaron a tener el grupo mayoritario dentro de la Asamblea Legislativa. Cómo olvidar aquel episodio en el que Arena, que tenía que entregar la presidencia del legislativo (como tradicionalmente se hacía al grupo con mayor representación), modificó las reglas de juego, pactó con el PCN y dejó fuera al FMLN de la presidencia. Arena puso como presidente a Ciro Cruz Zepeda, a pesar de que su grupo parlamentario era el de los más pequeños. Cosas como esas hicieron que muchos más se sumaran a los votos de la izquierda.

Pero también los buenos gobiernos municipales como los de Héctor Silva en San Salvador, Canjura en Nejapa, Luz Estrella en Apopa, Marta Rodríguez en Soyapango, Fidel Fuentes en San Marcos, dieron la sensación de que los del FMLN sí sabían gobernar. Todavía recuerdo la frase “somos buen gobierno”, que se acuñó en una propaganda. Los sectores populares se volvieron bastiones del partido de izquierda ya no solo por aquellas canciones, sino porque estaban haciendo bien las cosas.

¿Qué le pasó al FMLN entonces? ¿Por qué están al borde de la extinción? Mientras daban buena impresión en la gestión municipal y legislativa, el FMLN poco a poco cayó presa de su misma trampa. En aras de buscar una pureza ideológica, el partido diezmó cuadros con sus purgas internas; sacó a gente que pensaba diferente o que se atrevía a criticar a la dirigencia. De hecho, la historia del FMLN que logró ascender y conquistar por la vía electoral el Ejecutivo es también la historia de un partido que extirpó el pensamiento disidente desde sus inicios. El último punto de quiebre de esa lucha interna lo vimos en 2003, para las primarias en las que Schafik Hándal se impuso a Óscar Ortiz y se hizo con la candidatura presidencial. En aquella elección, muchos sabíamos que no ganaría el histórico comandante, pero igual votamos por él más de ochocientas mil personas. Un año más tarde, Ortiz y sus reformistas intentaron llegar a la coordinación general, pero fueron aplastados por Medardo González y la Corriente Revolucionaria Socialista.

Tras la muerte de Schafik, el Frente pasó del puritanismo ideológico al pragmatismo político. No cae en saco roto recordar que Hándal fue, por ejemplo, el principal opositor a una candidatura presidencial de Mauricio Funes, que soñaba con esa nave desde 2003. ¿Los riesgos en esa postura de protección de la sangre pura fueron una tara o una premonición de lo que se vendría? Los votos duros del Frente, por sí solos, quedó demostrado que no lograríamos poner a un presidente de izquierdas; y no fue sino hasta que llegó la candidatura de Funes, con su popularidad y su mensaje de cambio, calcado al de la vieja exguerrilla, pero aromatizado para una nueva era, que se consiguió el objetivo. Solo así se superó el umbral de votos duros, solo así se animó una mayoría a creer en los cantos revolucionarios de la izquierda.

La historia, con la izquierda salvadoreña, está siendo cruel, ya que tras el paso de Mauricio Funes todo comenzó a venirse abajo. El clientelismo político, la falta de transparencia y la corrupción en su gobierno nos presentó otra cara de la izquierda. Cómplices por acción y por omisión, aquellos muchachos que luchaban contra las injusticias y la desigualdad terminaron defendiendo a capa y espada a un expresidente acusado de desviar 351 millones de dólares, y que ahora se refugia con un “asilo político en Nicaragua” mientras en El Salvador se le persigue en sedes judiciales.

Aunque es cierto que los rojos llegaron y cambiaron varias cosas, se esperaba más de ellos. Lo que prometían aquellas canciones revolucionarias de mi infancia nunca llegó. Y ellos podrán dar muchas explicaciones, pero la verdad es que ya no son aquella guerrilla que prometía una revolución. Se convirtieron en una parte del sistema que prometieron erradicar, se dejaron seducir y absorber por el mismo. Los sobresueldos, el nepotismo, los lujos que vienen con el poder los cambiaron. Algunos de sus principales dirigentes –porque no han sido todos- se compraron o se hicieron nuevas casas; se vistieron con trajes caros, zapatos finos, se revistieron de soberbia…

Ahora es casi imposible distinguirlos de las dirigencias de los partidos tradicionales. Se volvieron iguales a los mismos de siempre y también inalcanzables, sordos y ciegos. El sector que se impuso se llenó la boca hablando de reestablecer justicias sociales mientras sacaban fuera del país millones de dólares a través del entramado de los negocios Alba. El poder cambia a la gente, a los dirigentes y a un partido. Pronto también cambiaron a los mejores cuadros y perdieron alcaldías estratégicas por imponer a sus allegados, como cuando decidieron que Zoila Quijada era la ungida para sustituir a Luz Estrella Rodríguez… y perdieron. Se creyeron que la marca era la que ganaba y poco o nada importaba quién era el candidato, lo cual no es cierto. Ya no más. No entendieron que las nuevas generaciones ya no están enamoradas de la histórica lucha. Para los nuevos votantes, para la nueva ciudadanía, significan poco o nada esas canciones de trova y esas gestas de una exguerrilla que ya no predica con el ejemplo.

Y, sin embargo, en 2014 todavía dimos una segunda oportunidad a Salvador Sánchez Ceren. Teníamos esperanza porque, aunque se avanzó poco, se debían cuidar esos cambios: Ciudad Mujer, los paquetes escolares, la eliminación de la cuota voluntaria en los hospitales públicos, subsidios… Aunque Funes se nos perdió, teníamos la fe de que hoy sí podíamos arriesgarnos a votar por un comandante. Pero lo cierto es que para ganar la elección se buscaron nuevos aliados a quienes hubo que pagarles con cuotas en el ejecutivo y con pactos en la Asamblea. Y el Frente, así, también emuló a Arena al pactar sin penas con un partido como Gana. Vieron a funcionarios despilfarrar y no hicieron nada, se les dijo -al menos yo lo dije-, dos años antes del proceso electoral de marzo 2018, que estas alianzas les pasarían factura. Fueron sordos consuetudinarios y el resultado les golpeó -y nos golpeó- en el rostro de manera fuerte. ¿Y qué hicieron? Se hicieron los disimulados y radicalizaron el discurso.

En su gestión, el presidente Sánchez Cerén y los dirigentes en el partido y en el gobierno hicieron lo que tanto criticaron: “dejar hacer y dejar pasar”; cerraron los ojos a las denuncias de corrupción, de nepotismo e incluso algo que nos dolió: el maltrato a cuadros que estaban trabajando por convicción y con mucha ética y honestidad.

Corregir el rumbo es difícil cuando el barco hace aguas. El Frente intentó mandar un mensaje de cambio con la candidatura de Hugo Martínez, el mejor candidato en el peor momento del FMLN, pero la tenía difícil con un ancla llamada “dirigencia histórica”. Hugo fue el cordero de la dirección, fue enviado al matadero, sin cambiar ni mover un ápice ni la forma ni el contenido, porque lo que importa es la marca y las cuatro letras.

La comandancia se mantuvo firme marchando rumbo al abismo, pero orgullosos porque se hacía como ellos dicen y sin discusión. El problema fue que los comandantes no tomaron en cuenta que las nuevas generaciones -para la que todo es descartable sino funciona- harían la diferencia, no solo porque ya no querían a los dos partidos hegemónicos en el poder, sino porque a los salvadoreños ya no les interesan los fundamentos ideológicos y filosóficos anclados en la guerra fría.

Los salvadoreños ahora quieren respuestas claras para el combate a la corrupción, la inseguridad, la falta de acceso a la salud, educación y trabajo. Se acabaron las ideologías, no importa quién lo haga, pero que lo haga.

El impulso al cierre de campaña fue un espejismo: los banderillazos, las visitas casa a casa, los mítines, la llena de estadios y calles para mostrar músculo, no se transformaron en votos. Todos ellos -fuimos muchos quienes nos creíamos que habría segunda vuelta- no quisimos escuchar a los votantes jóvenes. En las casas de los votos duros, tuvimos la oportunidad de divisar lo que vendría. En la mía fueron mi hija, y las personas que trabajan conmigo, las que decidieron votar por el golondrino. De nada sirvió que les llevara camisetas rojas; ellos se las pusieron, pero votaron por aquel que les devolvió la esperanza, a quien consideraron más cercano a través de Facebook live, un tuit o ‘una history’ en Instagram.

Fuerte lección para todos los analistas, para los partidos y sobre todo para los medios hegemónicos de comunicación. El Salvador nos comunicó algo el domingo 3 de febrero, algo más profundo que una aplastante derrota a los partidos mayoritarios y a la forma tradicional de hacer política. ¿Habremos entendido?

Yo creo que al menos los partidos grandes no han entendido, siguen sin escuchar. Pese a las promesas de cambio, han radicalizado más su discurso y ya suenan las alarmas: como que quieren seguir en la sombra del poder a través de los lugartenientes que pondrán en las internas. Parafraseo otra frase de Ojalá para que cobre un nuevo sentido: “Ojalá pase algo que los cambie de pronto”

Ser más radical no les ayudará, ir más al cementerio como acto político a dejar flores y jurar triunfos y lucha ya no conecta con la población. La generación del voto duro va desapareciendo ¡y qué bueno! Si lucharon fue para que la gente pudiera decidir libremente, y eso se cumplió el 3 de febrero. Les dijeron no a ustedes y sus viejas formas de hacer política. Escuchen: la transformación será dolorosa si se hace bien, pero es necesaria. De lo contrario, se condenarán a ser parte de los partidos bonsái.

 

Bessy Ríos en primera persona:
 
Bessy Ríos en primera persona: "Opinóloga, madre de 4, esposa de 1, con 3 hermanas y 1 hermano, comprometida con mi conciencia. Mi certificación de nacimiento no trae títulos, solo dice: 'Bessy Ríos, hija de Cruz y Bessy'".  

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