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Periodismo: divergencia, disrupción e indignación

Óscar Picardo Joao

¿Qué periodismo se necesita o debe hacerse en el escenario democrático latinoamericano actual? ¿Uno que describa lo negativo de la realidad? ¿Uno que cuente lo que nadie quiere que se sepa?
ElFaro.net / Publicado el 26 de Abril de 2019

¿Qué significa hacer periodismo en el escenario democrático latinoamericano actual? ¿Qué significa hacerlo en la sociedad del conocimiento, en la economía de la información y en medio de una sociología divergente, disruptiva e indignada? ¿Qué periodismo se necesita o debe hacerse? ¿Uno que describa lo negativo de la realidad? ¿Uno que cuente lo que nadie quiere que se sepa? ¿Uno que informe con simplicidad? ¿Uno que presente la verdad de los hechos con objetividad e independencia? ¿Qué es verdad, objetividad e independencia?

En el marco de un amplio “relativismo ético”, cada quién tiene su verdad a la medida; la verdad es la adecuación de la cosa a “mi mente” y tú a la tuya… Al parecer, no se admite la objetividad –todo es subjetivo- y no hay independencia, la realidad es parcial. Esto posibilita y justifica que en Latinoamérica se siga robando y empobreciendo, y que todos caigamos en la trampa de una duda casi cartesiana: dudemos de todo, menos de que existimos.

La “divergencia” como falta de acuerdos y validez de múltiples opiniones, la “disrupción” como interrupción súbdita de la tecnología –inmediatismo- y la “indignación” como sentimiento colectivo de ofendidos, hacen que el trabajo periodístico contemporáneo tenga que elevarse a estándares asimétricos, basados en metodologías alternativas y en otro tipo de evidencias transmedia: video, fotos, podcast, audios, etcétera. Ahora también importan los datos duros y, de ser posible, el reporte de hechos en la flagrancia.

En la actualidad la gente no sólo lee menos, sino que, además, es vulnerable a creer más en un meme o en un Tweet que en una nota de prensa. Hemos visto cómo los extensos reportajes sobre la corrupción, sobresueldos y otras prácticas perversas de los gobiernos publicadas por medios serios quizá hayan tenido un limitado impacto en lo electoral y en la respuesta ciudadana y de las autoridades con miras a un cambio. Habría que hacer un estudio, pero quizá impactaron más las frases “devuelvan lo robado” o “los mismos de siempre” de la campaña (aunque al final la gente cayó en la misma trampa o votó como votó porque no había más opciones) que de los trabajos periodísticos serios.

El periodismo actual debe considerar la “escolaridad promedio” y el “bagaje cultural” de su público; y esto en dos vías: por la capacidad de entendimiento y asimilación de la producción de noticias y reportajes, así como su uso para la generación de criterio y opinión; y por la capacidad de respuesta, en términos de intolerancia y asesinatos de periodistas o de justicia y reconocimiento de los hechos, que es lo menos común.

Los políticos actuales –que viven de los impuestos ciudadanos- están muy alérgicos al periodismo investigativo: no responden las preguntas, evaden correos y llamadas y sobre todo se molestan y creen que se les está armando ataques personales. No han caído en la cuenta que por su condición pública y por la fuente de financiamiento que utilizan y ostentan deben estar sometidos al escrutinio público; y si no les guste que busquen otro oficio.

Según los expertos, hacer periodismo de investigación es mucho más que revelar secretos, filtrar documentos -leak journalism-, contar una historia a partir de muchas sagas, reunir y sistematizar evidencias y ganar premios. La tarea es investigar –in, vestigium- para comunicar a la sociedad la verdad de los hechos, no la verdad de mis afirmaciones, sino de la realidad misma (Santiago Ramón y Cajal). La investigación periodística sigue huellas que llevan a enfrentarse al poder perverso, a la mentira y al delito desde la dimensión pública. El periodista honesto debe encargarse –cargar con y hacerse cargo de- de enfrentar a lo peor de la sociedad (el periodismo de investigación no se conforma con demostrar la verdad, sino que también busca las causas de la falsedad). Esta investigación –como cualquier otra seria- sigue un método a partir de hipótesis, hasta que llega a evidencias con rigor científico, y pese a los laberintos infames de la legalidad, la prueba demostrada con esta metodología es difícilmente refutable.

No se investiga por “joder” –aunque ha habido mala prensa ideologizada- sino por el derecho a saber qué hacen con los fondos públicos y cómo lo hacen. Ya estamos hartos de mentiras, de robo, de nepotismo, clientelismo, compadrazgo; estamos cansados de que se enriquezcan a costa de la inversión que debió ser para la gente pobre. Pese a los esfuerzos normativos y legales de transparencia y acceso a la información pública, los políticos siguen creando atajos y nuevas herramientas de corrupción. Entonces, se justifica muy bien que tengamos periodistas arriesgando y trabajando para contar “lo que no quieran que se sepa o los que muchos no quieren saber”, como ha dicho Martín Caparrós.

La democracia sin un periodismo objetivo e independiente es una forma de gobierno incompleta. Pese a las limitaciones semánticas o conceptuales sobre la “objetividad” o “independencia”, nos referimos a contar con un ejercicio periodístico que no sea complaciente, que no esté conectado y menos contratado por el Estado y sobre todo que pueda conocer, investigar y comunicar sin pedir permiso a las autoridades de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Que tampoco dependa de la pauta gubernamental, que cuente con ingresos diversificados, con autonomía plena y libertad para informar.

Buscamos la verdad, y aquí “la verdad” no parece ser la adecuación de la cosa a la mente; tampoco la correspondencia –lógica u ontológica– entre lo que pensamos y sabemos en contraste con la realidad. La “verdad” que percibimos, leemos y escuchamos desde el mundo político es realmente el reino de la mentira, verdades a medias, medias verdades, rumores, percepciones, chantajes, chambres. Finalmente, no debemos olvidar que “La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio” (Cicerón) y que “es más hija del tiempo que de la autoridad” (Bacon). La verdad simplemente es, mientras que la mentira se construye

Conocer la verdad es simplemente enseñar las cartas sobre la mesa, sin trucos y con la camisa arremangada. Así de simple, sin misterios, ni mentiras, sin esconder documentos. Cualquier persona que ostente un cargo público puede y debe estar sometido a un escrutinio público, es un referente para los demás; su vida privada para a un segundo plano, y lo que piense, hable y haga no debe tener interpretaciones relativas ni secretos. Debe ser transparente; y si no está de acuerdo con estas reglas, que se haga a un lado. Es un “servidor público” y no un “mercader privado”, la diferencia es abismal.

Llegamos al final de la reflexión planteando la necesidad de un periodismo “divergente”: con múltiples opciones, enfoques y metodologías; con innovación y pensamiento lateral; “disruptivo”: que soslaye los esquemas tradicionales y establezca nuevos planteamientos simbólicos; e “indignado”: que no se conforme con la comodidad de verdades a medias y que vaya al fondo, de modo contestatario y reivindicativo. Todo esto posiblemente se resuma en un periodismo que “excave con ética”.

El derecho a investigar desde el espacio periodístico –más allá de nuestras ideologías, intereses y limitaciones- se basa en esta simple idea: Todo lo que tú hagas o pretendas hacer será financiado con nuestros impuestos. Lo público ni es gratis ni tiene dueño.


*Óscar Picardo Joao ( opicardo@asu.edu ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña
 
*Óscar Picardo Joao ( [email protected] ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña