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Lo sagrado y lo profano

Óscar Picardo Joao

La gente se involucra o crea modelos cosmogónicos del mundo y hasta llega a abolir la historia o la ciencia por la interpretación de mitos, sagas y leyendas primitivas.
ElFaro.net / Publicado el 30 de Agosto de 2019

La religión, y lo religioso, educa y afecta la conducta humana. Podríamos decir, en términos generales, que frente a lo trascendente encontramos cuatro tipos de actitudes: creyentes plenos y ortodoxos; creyentes volátiles –con dioses y religiones a su medida–; agnósticos; y una minoría de ateos (dedicados a demostrar la inexistencia de Dios).

En occidente, los principios de “predestinación” (luteranos) y “providencia” (católicos) han llegado a modificar, inclusive, los patrones económicos, políticos y sociales de las naciones. En efecto, los signos extraeclesiales de Lutero demandan una actitud proactiva en relación a la prosperidad y bienestar –como signo de salvación–, mientras que la providencia proyecta la justicia y la vida plena hacia lo escatológico. Así, tenemos países luteranos o protestantes muy prósperos (excluyendo los remedos de iglesias protestantes de Latinoamérica), y países católicos muy pobres (excluyendo también las relaciones de dominación geopolítica). Dicho de otro modo: Los protestantes “genuinos” se preocupan por el bienestar y la prosperidad para demostrar que están siendo salvos, mientras que los católicos son más tolerantes con la pobreza y optan recurrir a la visión de Reino de Dios, en donde habrá justicia plena.

El destacado intelectual Mircea Eliade definió lo sagrado como la experiencia primordial del Homo religiosus, pero también delimitó el mundo irreverente y desacralizado de lo profano. La gente se involucra o crea modelos cosmogónicos del mundo y hasta llega a abolir la historia o la ciencia por la interpretación de mitos, sagas y leyendas primitivas, y utiliza la religión como explicación de hierofanías (manifestaciones de lo sagrado en el mundo) y teogonías (el origen de los dioses que necesitamos o de las manifestaciones trascendentes).

En la actualidad, se han debilitado los sistemas religiosos tradicionales debido al auge del “relativismo” y han aparecido una cantidad de iglesias o congregaciones con propuestas cómodas y a la medida de la gente. En efecto, la religión rigurosa, disciplinada y litúrgica no es una opción viable para la generación del presente. Buscan algo light, emocional, más orientado al entretenimiento, y poder contar con un dios que me entienda, que no exija mucho y que esté ahí como salvavidas ante mis crisis y problemas. Esto en propio de la religión posmoderna, parte del desencanto y de esta era posdeóntica.

Los seres humanos buscan a dios en situaciones límite: cuando la racionalidad se acaba, cuándo aparece la muerte o una enfermedad, cuando emerge el miedo o la incertidumbre, cuando un problema les desborda, ahí se acuerdan de dios. Así es la gente, “se acuerda de Santa Bárbara cuando truena”. Dios –o dios- es para los humanos como el Demerol y el Diazepán: el Demerol es un fuerte analgésico narcótico que contiene “meperidina”, y el “Diazepan”, de la familia farmacológica de las benzodiazepina, es un ansiolítico y sedante. Así, Dios puede ser un aciago recurso ante el dolor fisiológico de la gente, o bien un refugio ilusorio para sobrellevar los malos ratos. La expresión marxista de la religión como “el opio del pueblo”, más que un ateísmo o agnosticismo desmesurado, refleja una crítica de las actitudes analgésicas y sedantes ante la religión; en el texto de la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx anota una de las funciones sociales empíricas de la religión: analgésico-consuelo en la miseria. En efecto, muchos creyentes no buscan la esencia ni el compromiso místico e histórico, no intentan transformar la realidad, sino calmar sus angustias, solucionar sus problemas y apaciguar su yo de forma egocéntrica, tras mensajes misteriosos de apariciones y milagros.

La religión también aparece en política, para sacralizar –o condenar– actos o mandatos públicos. En la mitología griega ya aparece esta función política, en el mito de Pigmalión, por ejemplo: la procreación con la estatua vivificada por Artemisa legitima al sucesor del monarca de Chipre. Posteriormente, se desarrolla el Cesaropapismo, cuando los edictos de tolerancia de Constantino (313) y Teodocio (380) romanizaron la fe, y a la vez lo religioso se invistió de poder, hasta llegar a los niveles sofisticados medievales del “Dictatus Papae” y de las reformas gregorianas. Luego, la Inquisición y las leyes de patronato eclesial unieron espada y cruz en cruzadas y colonias, hasta llegar a la casuística ridícula contemporánea: La pensión de monseñor Fabio Colindres o la célebre alocución de Dante Gebel en la toma de posesión de Nayib Bukele: “Asignamos ángeles sobre todo su equipo…”.

La religión ha iluminado y oscurecido sociedades. En nombre de Dios se ha defendido a los pobres y se ha bombardeado. Dios aparece en las heráldicas republicanas y en los discursos como herramienta para justificar, encubrir o defender posiciones.

Dios –o dios– ha sido el más utilizado y olvidado, a conveniencia de los intereses humanos; con su figura y discurso se han enriquecido pastores y se han encubierto pederastas. Los generales, los narcos y los corruptos se encomiendan a su protección antes de emprender las luchas más encarnizadas; los jugadores de fútbol le invocan y agradecen a cada instante (aunque no sabemos bien a qué equipo le va).

Pero vale hacernos algunas preguntas: ¿de qué Dios –o dios- hablamos? ¿El implacable, temible, sádico y vengador Dios veterotestamentario?, ¿el Dios del amor y del martirio?, ¿el Dios mágico de los milagros?, ¿el Dios litúrgico de los templos?, ¿el Dios panteísta de la naturaleza?, ¿el Dios de la Biblia interpretado por las religiones?, ¿el Dios castigador, administrador de los demonios, ángeles y del infierno?, ¿el Dios complaciente que tolera mis pecados con mis confesiones?, ¿el Dios lejano celestial o el cercano escondido en la miseria? La pregunta de fondo es: ¿quién es tu Dios?

Al final, la gente necesita una conexión trascendente, estar religado y cerca de ese Mysterium Tremendum que describe Rudolf Otto, como poder superior numinoso que resuelve lo difícil y perplejo de la vida; ese poder que explica o traduce la tragedia o lo incomprensible; ese poder, que da razones sobre el absurdo humano y a la muerte; ese poder, tan fiducial y racionalmente absurdo (Tertuliano) que mueve los hilos de la historia. Nos balanceamos de lo sagrado a lo profano y viceversa, dependiendo de las circunstancias y conveniencias, a veces con Dios otras veces sin él. Juramos en su nombre, utilizamos a sus hagiógrafos para convencer, criticar o pontificar. Somos muy sagrados y muy profanos.

*Óscar Picardo Joao ( opicardo@asu.edu ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña
 
*Óscar Picardo Joao ( [email protected] ) es investigador y especialista en política educativa. Licenciado en Filosofía, con maestrías en Teología y Educación y Doctorado en Didáctica y Organización Escolar. Dirige el Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Foto El Faro: Víctor Peña