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“La verdadera crisis que sufre el periodismo es de credibilidad”

Roberto Valencia / Fotos Carlos Barrera

La objetividad es inalcanzable en el periodismo, pero hay otro valor mucho más accesible: la imparcialidad, algo que alguien sabio alguna vez definió como el hecho de investigar sin apriorismos. ¿Un periodista que milita en un partido político puede informar con imparcialidad sobre ese partido? ¿Y un activista pro-palestina sobre el conflicto árabe-israelí? ¿Alguien provida será imparcial cuando escriba sobre el aborto? ¿Y un vegano sobre las corridas de toros? Estos dilemas se abordan en esta entrevista con Gervasio Sánchez, veterano y reconocido periodista español.

ElFaro.net / Publicado el 6 de Agosto de 2019

Gervasio Sánchez, periodista. Foto Carlos Barrera.
 
Gervasio Sánchez, periodista. Foto Carlos Barrera.

Gervasio Sánchez (1959, 29 de agosto) llegó al periodismo de la mano del activismo. En enero de 1983, cuando estudiaba cuarto año de la carrera en la Universidad Autónoma de Barcelona, comenzó a asistir como voluntario a reuniones de Amnistía Internacional, entonces una oenegé que trataba de abrirse espacio en la España postfranquista. “Éramos 500 socios en toda España y ahora hay casi 80 000”, dice Gervasio.

A los pocos meses, le asignaron el monitoreo de la convulsa Centroamérica, una región que le apasionó y que visita cada que vez que se le presenta una oportunidad. “El activismo en esta oenegé me permitió leer informes en profundidad sobre violaciones de derechos humanos, y me empecé a interesar por la desaparición forzosa como un drama”, dice. En 1984, finalizados los estudios de periodismo, se propuso viajar a Centroamérica a conocer de primera mano esas guerras y conflictos sobre los que tanto había leído.

Gervasio tomó un avión y estuvo en la región casi tres meses: del 1 de octubre al 21 de diciembre de 1984. México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, El Salvador de nuevo, Guatemala otra vez, El Salvador para asistir a las fallidas negociaciones en Ayagualo, otra vez a Guatemala (visitó las ruinas de Tikal), Belice y por fin el regreso a Ciudad de México para tomar el avión que lo llevó a España y poder celebrar la Navidad en familia.

Aquel viaje, dice, fue su bautismo profesional como periodista. Luego cubrió buena parte de las guerras ocurridas en las últimas tres décadas en el mundo entero, y su trabajo (sobre todo el fotográfico pero no sólo) ha sido tan reconocido, perifoneado y premiado que enumerar siquiera los galardones más sonoros volvería interminable este párrafo.

Pero todo empezó con aquel viaje a Centroamérica que un joven de 25 años, recién licenciado en Periodismo, quiso realizar, motivado por su trabajo en una de las oenegés más prestigiosas del mundo en el ámbito de la defensa de los derechos humanos.

¿Amnistía Internacional le pagó aquel viaje?

Yo lo pagué. Por trabajar para Amnistía Internacional no recibía ni una peseta; al contrario, pagaba una cuota anual, y me tocaba hasta comprar con mi dinero los sellos de las cartas que enviábamos a los gobiernos para protestar por la situación de los prisioneros. Entonces no había correo electrónico.

¿Diría que aquel primer viaje a Centroamérica lo hizo en calidad de periodista?

Sin duda. Fue, por así decirlo, mi viaje inaugural como periodista. Mi activismo en Amnistía Internacional me sirvió para obtener contactos en Guatemala y poco más.

¿Para qué medio estuvo reportando?

En España había conseguido una acreditación de prensa de un diario muy pequeño llamado Diari de Tarragona, acreditación que cuando llegué a El Salvador me sirvió para presentarme ante el Coprefa [el Comité de Prensa de la Fuerza Armada] y para que me diesen una acreditación oficial y así poder moverme en el país. La tarjeta del Coprefa era una especie de salvoconducto, aunque igualmente te podían joder o te podían matar.

¿Llegó a publicar algo?

Apenas un par de crónicas sobre Nicaragua en el Diari de Tarragona, pero aprendí muchísimo. Mi trabajo era periodístico, pero todos los informes que había leído por mi vinculación con Amnistía Internacional me ayudaron a potenciar mi visión humanista de los conflictos armados.

Según Gervasio Sánchez, ¿el periodismo y el activismo son funciones compatibles?

Cada vez que alguien me llama periodista comprometido, le aclaro que no lo soy, porque para mí el periodismo es compromiso. Eso de poner etiquetas... no sé. Lo entiendo. El periodismo está hecho una mierda, hay personas que están pisoteando permanentemente los principios más básicos, y a veces hay que añadir un adjetivo para apartarse de esos periodistas vergonzosos. Pero yo no me considero ni periodista comprometido ni tampoco activista.

¿Puede ilustrarnos a qué se refiere con algún ejemplo?

Mi gobierno, el gobierno de España, vende armas a diferentes países mientras se llenan la boca de paz, paz y paz. Yo critico esa política armamentística, pero no lo hago como activista del pacifismo, sino por ser unos gobernantes cínicos e hipócritas, por no atreverse a decir públicamente que venden armas por puro negocio, porque creen que es mejor que las vendan los españoles a que lo hagan los franceses, los británicos, los chinos o los rusos. Pero no creo que decir esto me convierta en un periodista comprometido. No me gustan los adjetivos después de la palabra periodista, porque para mí el periodismo es sagrado.

Hay una frase del finado Miguel Ángel Bastenier, periodista español muy respetado en América Latina...

A Bastenier lo conocí muchísimo.

La frase es: “Activismo y periodismo, agua y aceite. Tan válido uno como otro, pero diferentes”.

Totalmente de acuerdo. Los periodistas debemos estar siempre bien informados, y hay organizaciones de activistas que hacen un gran trabajo. En el tema de derechos humanos, por ejemplo, Human Rights Watch o Amnistía Internacional hacen una labor importante que a un periodista le sirve como background o incluso como base para diseñar su proyecto periodístico. Pero no hay que mezclar activismo y periodismo. Eso no quita que un periodista pueda opinar o decir lo que estime conveniente.

Usted lo hace.

Sí, cada vez que me dan un premio y tengo que dar un discurso; o simplemente cuando me da la gana, escribo en Twitter o en Facebook lo que considero conveniente, como ciudadano. Pero cuando hago periodismo, hago periodismo.

El tema es resbaladizo. En lo político, el gremio y la sociedad sí parecen tener claro que ser activista de tal o cual partido riñe con el periodismo.

Yo soy enemigo declarado de los periodistas que hoy están en el periodismo y mañana se pasan a un gabinete de prensa, o al revés. Jamás permitiría que alguien que ha estado en un gabinete de prensa regrese a una redacción.

¿De gabinetes de prensa de un partido político o en general?

En general. A veces es mucho más peligroso haber trabajado en el área de comunicaciones de grandes empresas como El Corte Inglés, Endesa o el BBVA.

¿Y si se ha trabajado en comunicaciones para una oenegé?

El problema en España y América Latina es que cada vez hay menos facultades de Periodismo. La mayoría de universidades gradúa en Comunicaciones, y las comunicaciones y el periodismo tienen muy poco que ver. No son lo mismo, quizá incluso lo contrario. Un periodista debe vigilar al comunicador, debe dudar de él, debe incluso evitar que se salga con la suya. Por eso me parece gravísimo que haya personas que hoy hacen periodismo y se pasan al gobierno o a algún partido, y luego regresan a un periódico. Yo jamás permitiría que regresen, al menos a los puestos sensibles de una redacción.

Me late que el gremio y la sociedad, en general, sí creen todavía que el activismo político-partidario no se lleva bien con el periodismo.

No está bien visto.

No sucede lo mismo en el periodismo deportivo. Parece que no chirría tanto que un defensor acérrimo y declarado del Real Madrid escriba crónicas de ese equipo.

Pero estamos en las mismas. Cuando haces periodismo deportivo, tienes que ejercerlo con todas las de la ley. Pero si tu vinculación con un equipo es tan estrecha que eres incapaz de investigarlo, eso no está bien. En España ocurre con el Real Madrid y el Barcelona, clubes con presidentes que levantan el teléfono para acallar cualquier crítica sustancial que se haga al equipo. Es vergonzoso.

Planteé los activismos partidario y deportivo como los extremos en cuanto a lo que una sociedad tolera a sus periodistas, pero en medio hay una zona gris.

Pocas cosas en la vida son blancas o negras.

El conflicto árabe-israelí. Un colega me contó una vez que en Gaza vio cómo Hamas lanzaba cohetes desde un hospital y, cuando lo publicó, los activistas pro-Palestina se le vinieron encima.

Eso pasa...

Pero no le reclamaban que la información fuera falsa, porque no lo era, sino el hecho de haberlo contado.

Como periodista se debe denunciar todo, pero con sobriedad en las denuncias. En Palestina, el problema surge cuando periodistas que han sido incapaces de denunciar que Israel está bombardeando salvajemente, de repente se ponen a criticar que un grupo armado de Gaza utiliza como parapeto un hospital. Eso hay que denunciarlo, pero lo que no vas a hacer es denunciar eso y callar ante las arbitrariedades cometidas por Israel. Un periodista tiene que documentar todo, y si en el lado más fuerte de la balanza, que en ese conflicto es Israel, se comenten atrocidades, hay que denunciarlo. Y si Hamas hace un acto ilícito, como es meterse en un hospital para atacar con misiles, pues hay que denunciarlo también.

Otro ejemplo menos subido de tono, pero en la misma línea. ¿Un activista del animalismo puede escribir una crónica imparcial sobre una corrida de toros?

Un activista antitaurino nunca hará una crónica desde el punto de vista técnico, sino que va a criticar la corrida. Si yo fuera director de un medio, a alguien así podría pedirle que escribiera la crónica antitaurina, pero pediría también otra crónica taurina, para equilibrar. En casos de complejidad, lo que tienes que hacer es contar las historias desde los dos bandos. En la guerra civil española [1936-1939], The New York Times tenía un periodista en el lado republicano y otro en el de Franco, y así la historia llegaba; a veces deformada por la propaganda, pero llegaba. Hay que buscar ese tipo de cosas: ¿tienes un periodista antitaurino que es muy bueno? Pues que escriba una crítica, que puede ser hasta divertida; pero también tienes que escribir críticas taurinas. Si no, no escribas sobre toros.

Hace poco leí un artículo en un periódico de referencia que decía que los osos panda son veganos, escrito seguramente por alguien afín a esa causa. ¿Cree que el activismo se está colando en las redacciones con...

Te voy a poner otro ejemplo: yo formé parte de un jurado de un premio importante en España. A la hora de valorar a los candidatos, un miembro del jurado dijo textualmente: a tal persona no se la puede premiar porque en el pasado ha hecho fotografías de toros. Yo le dije: discúlpame, esas fotos las hizo en la década de los cincuenta, cuando ni tú ni yo habíamos nacido. Le quise hacer ver que me parecía alucinante que por unas fotos cuando los toros y España eran otra cosa, le estuvieran negando un premio en el año 2019. Estamos llegando a un tipo de activismo muy peligroso. Otro ejemplo: hace algunas semanas me tocó saludar a los reyes de España; pues por dar la mano al rey al recibir un premio me ha llegado una lluvia de críticas, ¡pero lluvia!, acusándome de que estoy fomentando una monarquía indecente. Críticas de personas que no conozco y también de personas que conozco.

Gervasio Sánchez, periodista. Foto Carlos Barrera.
 
Gervasio Sánchez, periodista. Foto Carlos Barrera.

¿Esto es algo nuevo o ocurría también antes pero no se le daba importancia?

Antes alguien podía pensarlo pero o no te lo decía o lo hacía en privado; ahora esas críticas las publican en Twitter o Facebook. Y cuando ocurre algo así, yo no contesto porque, si contestas, empieza a entrar gente de todas partes y se monta la de dios. Y esto lo digo yo, que me siento bastante respetado en Twitter. Me siguen 65,000 personas y en mi vida sólo he bloqueado a un tipo que se pasó de la raya varios pueblos. Yo acepto las críticas, pero llega un momento en el que dices: ¿por qué tengo que discutir con alguien que me dice que soy el responsable de los muertos en Yemen? Yo, que llevo 25 años criticando la política armamentística del gobierno español.

¿Cómo conjugar el ejercicio periodístico con el derecho del periodista a simpatizar por tal o cual partido o causa?

El derecho a votar por el partido que te dé la gana o el de apoyar tal o cual causa deberían estar en la esfera privada. Imagina que un periodista es simpatizante de un partido, y el jefe le dice: vas a cubrir la campaña de ese partido. Yo le diría a mi jefe: mire, ese partido es mi preferido y no soy la persona idónea, ¿por qué no se lo asignas a otro? Otro ejemplo: me piden participar en una investigación sobre un banco en el que mi hermano es director de una sucursal o forma parte del consejo de administración. Yo le diría a mi jefe: antes de que me elijas, tienes que saber esto.

¿Y sobre el aborto?

Igual. Si yo fuera un activista anti-abortista o pro-abortista comprometido con la causa, le diría a mi editor: creo que no soy la persona indicada para escribir un reportaje sobre el tema, porque estoy implicado emocional y moralmente. Así deberían de resolverse estas situaciones.

Hay colegas que se desviven por escribir sobre temas en los que tienen posturas personales muy definidas.

En general, hay mucho periodista que no trabaja con la idea de mantener un criterio independiente y mejorar la sociedad, sino que trabajan a favor de determinados sistemas de valores, determinados partidos políticos, determinados banqueros o determinadas causas. Hay muchos periodistas en esa línea.

Hasta ahora hemos hablado de los periodistas, pero el activismo a favor de tal o cual causa lo ejercen también los medios.

El periodismo está atravesando un momento muy crítico. Y hablo del periodismo en general, no de medios en particular. El periodismo que se hacía hace 40 o 50 años en Europa y en Estados Unidos era muchísimo mejor que el actual. En torno a la guerra de Vietnam, muchos periodistas hicieron muy buen trabajo, sacando historias que el Gobierno y el Ejército no querían que se sacasen. El periodismo provocó grandes debates, desató grandes movimientos...

¿Eso no lo ve en la actualidad?

A cuentagotas, y además muy sostenido por intereses estratégicos de las grandes empresas periodísticas. Cuando un medio es crítico, tiene que serlo siempre; no sólo cuando sus financiadores están en la oposición. España es un ejemplo muy claro: los medios de referencia son críticos mientras gobierna el adversario, pero dejan de serlo cuando llega al poder el partido afín a quienes controlan el medio. Y algo parecido le pasa también a los propios votantes.

Se habla mucho de la crisis económica del periodismo, pero ¿no deberíamos los periodistas preocuparnos más por la crisis de credibilidad?

¡Exactamente! Cuando se utiliza la excusa de la crisis económica, yo me parto de risa. La crisis económica ha hecho un daño tremendo, pero la verdadera crisis que sufre el periodismo es de credibilidad.

¿Cree que la gente desconfía más hoy que hace 20 o 30 años de lo que se publica en los medios, incluso en los de referencia?

¡Claro! Sólo haz una encuesta seria. O más simple: sal a la calle y pregunta a la gente qué piensa de los periodistas. Vas a oír respuestas que a mí me hieren, porque mis mejores amigos murieron ejerciendo el periodismo en zonas de conflicto. Y lo paradójico es que los problemas de credibilidad empezaron cuando los bancos, las multinacionales, las petroleras y las empresas energéticas más dinero ponían en publicidad. Ahí se empezaron a pisotear los principios básicos del periodismo, porque las grandes empresas metieron dinero para que no se investigasen sus basuras. Esa para mí es la gran crisis; la otra llegó después, y sí, agravó todo.

¿Cree que esas crisis han ayudado a que el activismo se esté colando con fuerza en las redacciones?

La crisis de credibilidad ha dañado la actitud crítica del ciudadano promedio. Ese ciudadano está hoy peor informado, a pesar de la aparente gran avalancha de información. Hay una tendencia a no reflexionar sobre lo que se lee, a no profundizar en las historias. Hay periodistas de las nuevas generaciones tan obsesionados con la presencia en redes sociales que a veces tienen una buena idea y, en vez de guardarla para escribir un buen reportaje, la airean en Twitter y la queman.

El Gobierno de China o el de Taiwán organizan un viaje con gastos pagados para periodistas. ¿Un periodista debería aceptarlo?

Los diarios importantes, en sus libros de estilo, tienen delimitado que no se puede aceptar una invitación pagada por ningún país ni ninguna empresa si está implícito una especie de trabajo de relaciones públicas. Eso está escrito; otra cosa es cuántas veces el medio y los periodistas violan esa regla, porque muchas de las historias que se hacen hoy en día pasan por una invitación oficial de un fuente interesada. Y pasa igual con las oenegés. Lo lógico sería que los periodistas no viajaran invitados por las oenegés.

¿Es ético que un periodista viaje de España a América Latina con los gastos pagados por una oenegé para cubrir actividades que realiza esa oenegé?

Podría ponerte sobre la mesa reportajes, entre comillas, publicados en medios importantes que son publirreportajes sobre tal o cual oenegé; textos que dan vergüenza ajena, porque además algunas oenegés son inmorales. Una de las cosas de la vida que más me ha entristecido ha sido la evolución de algunas oenegés importantes. Hoy parecen empresas, preocupadas por el impacto que va a tener su imagen. Algunas han entrado en un bucle y cada año necesitan más y más y más dinero, y acaban actuando igual que las empresas. Son más simpáticos, eso sí, pero en realidad buscan lo mismo: que el periodista les haga un publirreportaje para que el público siga dándoles dinero.

En América Latina, en los últimos años, se ha extendido el financiamiento de proyectos en apariencia periodísticos para abordar temáticas concretas con enfoques dirigidos.

Un medio de comunicación que quiera ser independiente debe tener la menor vinculación posible a cualquier tipo de interés que no sean los suyos propios. Lo ideal es que la vinculación sea cero.

Eso es fácil decirlo.

Es que estamos empezando mal los nuevos edificios periodísticos. Hay medios que lo primero que construyen es la azotea, y luego piensan en los cimientos. A veces, siento yo, se lanzan medios alternativos demasiado rápido, cuando quizá deberíamos tener más paciencia, darse tiempo para convencer a gente que es importante apoyar el periodismo, que ese dinero que uno da como socio garantiza un medio independiente.

Esa opción de tener miles de suscriptores parece la más sana, pero también hay riesgo de convertirse en medios pro tal o cual partido o corriente, porque así lo quieren los socios.

Si un lector que es socio de un medio no quiere pluralidad, ese medio, su director y sus periodistas deberían decirle a esa persona: usted se equivocó de medio; está equivocado aunque usted dé un dinero cada mes; busque su alimento ideológico en otra parte.

En sus respuestas he inferido pesimismo sobre el presente del periodismo, pero ¿qué hay del futuro? ¿Hay razones para la esperanza?

Para que yo me vuelva optimista tiene que haber un cambio de mentalidad no solamente en los medios tradicionales, algo que no creo que ocurra porque están sometidos a intereses estratégicos y arrastran un endeudamiento brutal, sino entre los medios alternativos; que se planteen con seriedad de dónde viene el dinero que reciben.

¿Y los periodistas?

No creo que sean el problema principal. No me cabe la menor duda de que el 95 % de los periodistas querrían hacer mejores trabajos, tocar más temas, no autocensurarse, criticar más el poder. Los malos elementos son el 5 % restante, pero por lo general son los que dirigen los medios, hacen lo que les da la gana y al final acaban renunciando a lo que para mí es lo básico del periodismo: ser un servicio público.

Gervasio Sánchez, periodista. Foto Carlos Barrera.
 
Gervasio Sánchez, periodista. Foto Carlos Barrera.