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La política salvadoreña es de película... pero de Tarantino

Willian Carballo

Nos la pasamos en constantes flashbacks con personajes cínicos que van y vuelven en cada elección y somos entretenidos en redes sociales con pláticas banales sobre equinos que, como flautas, ocultan lo vital.
ElFaro.net / Publicado el 6 de Septiembre de 2019

Capítulo I. La analogía
Bastardos sin gloria y Los ocho más odiados son solo dos películas del director y guionista de cine Quentin Tarantino; pero si a la primera le colocamos en su lugar los nombres de los miembros partidarios más antipáticos y a la segunda le sumamos 76 odiosos, podrían entre las dos ser perfectamente el resumen de la política salvadoreña. Haga la cuenta y verá.

Lo mismo podría pasar con Perros de reserva y A prueba de muerte. Ambas son también títulos del director estadounidense que podrían encajar con un país que –aunque hermoso como la banda sonora de sus filmes– también tiene sangre, corrupción y violencia. Dominamos el arte de las intrigas. Sabemos de plomo y de villanos y nos endulzamos a diario con venganza. Nos la pasamos en constantes flashbacks con personajes cínicos que van y vuelven en cada elección y somos entretenidos en redes sociales con pláticas banales sobre equinos que, como flautas, ocultan lo vital.

Prácticamente, vivimos –como le he leído a varios colegas en Twitter– en un guion de Tarantino. Quizás somos su décima película y él aún no nos lo ha dicho; su obra maestra, su pupusa western, su Pulp fiction tropical. Si no es eso, entonces solo somos víctimas de una mente igual de sádica que lleva 198 años escribiéndonos la historia sin prestarnos el borrador.

Capítulo II. Tarantino
Las obras de Tarantino tienen un poco de Clint Eastwood, Sergio Leone, Ennio Morricone, Bruce Lee, psicópatas slasher y películas clase b. Tienen sangre, pies femeninos, disparos, perros salvajes, cuchillos, pies femeninos, asaltos, drogas, patadas, esclavos, pies femeninos, incendios, venganza, choques automovilísticos y pies femeninos. Un poco de todo lo que consumía cuando trabajaba en un rentavideo y aprovechaba para devorar películas como nosotros donas en estos días.

Su primer filme –Perros de reserva­– tuvo una modesta producción, pero también una potente historia con grandes diálogos que, aunque triviales, nos preparaban para lo vital. La película funcionó y enamoró a los que sueltan la plata. Consiguió dinero, vino Pulp Fiction y se consagró. Su estilo, junto a Uma Thurman y John Travolta bailando You never can tell, se convirtió en un ícono de los noventa que, a fuerza de otros éxitos sobre vendettas, como Kill Bill, trascendió hasta hoy.

Pies aparte, son las manos de sus personajes las que en realidad ejecutan tales venganzas: el esclavo Django con una pistola, la Novia de Kill Bill con una catana y el actor Rick Dalton con un instrumento que no revelaré en Érase una vez en Hollywood, recién estrenada. Todas revanchas que culminan con un orgasmo de violencia y un festín con más sangre que un rastro al atardecer.

Capítulo III. Los políticos
Por este ingrediente es que sostengo que, como el trillado meme del gato y la mujer, la política salvadoreña es de película... pero de Tarantino.

En ella hay villanos, como el expresidente Funes, que, encadenado, nunca podrá escapar de su nuevo país, aunque esté libre. Pistoleros ebrios de elección popular que nunca fueron a la cárcel, expertos en artes marciales con curul y una amiga convertida en una de las peores enemigas de su propio partido. Personajes tarantinescos por definición. Cazarrecompensas en busca del botín de la reelección que, enredados en el dilema de si aprobar o no todo lo que pide el presidente, han quedado atrapados dentro de un salón azul que arde en llamas y cuya única llave la tienen los votantes, como si de una parodia del filme Bastardos sin gloria se tratara.

Y también hay venganza, claro, como cuando el líder del FMLN, Óscar Ortiz, se paró envalentonado a exigir apoyo para los veteranos de guerra y mejoras salariales para los policías [flashback: en 2016, como vicepresidente del país, invitó a los agentes insatisfechos a marcharse si no les gustaba su trabajo. Fin del flashback]. La afrenta tuvo reacción. Enardecido, el nuevo sheriff del condado aceptó el reto al amanecer, desenvainó su catana digital y, como un Hattori Hanzo millennial, empezó a cortar cabezas laborales al filo de tuitazos, tachando uno por uno de la lista de burócratas a todo aquel que oliera a Ortiz. Sus seguidores aplaudieron y un rastro rojo de likes quedó esparcido por toda la escena.

Además –nuevo flashback– las elecciones de febrero pasado acabaron como acaban las películas del director estadounidense: con una masacre perpetrada por los menos aventajados (los ciudadanos hartos de corrupción y violencia) en contra de los poderosos de siempre. El presidente actual supo leer ese guion y se sintió cómodo en su papel de Django cuscatleco como ejecutor de la vendetta. Apeló a desatar los instintos de revancha y ganó.

Capítulo IV. La profecía
En menos de dos años, el ciudadano volverá a tener en sus manos esa arma que se llama plumón indeleble y una papeleta enfrente sobre la cual tachar a quienes quiera que sobrevivan. Y por cómo se ha desarrollado la trama hasta ahora, salvo un mayúsculo error del presidente, el final previsible apunta a un volumen 2 de la película de 2019. Pero estamos en un guion de Tarantino, recuerden. Y si enloquece, cuando quiera nos cambia el guion y vuelve a poner de diputado a alguno de los 8 y 76 más odiados o de alcaldesa a la primera influencer que muestre los pies en Instagram. Ya veremos.