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Feminista desde el desacuerdo y habitando el conflicto

Tatiana Marroquín

Por respeto y compromiso con nuestras hermanas en mayor opresión y las que entregaron su vida a la lucha, como feministas debemos de afinar nuestras apuestas políticas en función de la colectividad.
ElFaro.net / Publicado el 6 de Diciembre de 2019

Al estudiar el feminismo se puede observar la heterogeneidad de planteamientos y, sobre todo, la profundidad de los desencuentros en su interior. Al ser un planteamiento político que va desde el ámbito más personal hasta el más social de una persona, nos enfrenta a aspectos mucho más complejos de los que la mayoría de movimientos políticos proponen.

Quienes nos declaramos feministas somos empujadas a cuestionarnos nuestra completa existencia y participación en la sociedad, desde qué música bailamos, por quién votamos, a quiénes amamos y cómo se define nuestro amor. Este continuo cuestionamiento, tanto social como personal, trae consigo un cansancio emocional e intelectual que pocas veces visibilizamos. Ser feminista es liberador, pero también cansado, conflictivo y profundamente doloroso. Es por esto que tratarse (y tratarnos) con gentileza, paciencia, comprensión y amor es la única forma que he encontrado para seguir en resistencia.

Es en esta búsqueda de humana comprensión dentro de la rabia (perfectamente justificada) que cada vez encuentro más necesario el debate de las formas de lucha desde los feminismos.

Hasta hace pocos años, las discrepancias entre nosotras enriquecían el abordaje del feminismo; de un tiempo para acá, el enojo es el que dirige algunas de las más visibles acciones, los ánimos siempre están caldeados y en estas circunstancias las diferencias se asumen como apoyo al adversario.

Es este clima cargado de conflicto en donde algunos abordajes desde los feminismos presentan ideas con matices dignos de discusión. Por lo que, totalmente conocedora de las consecuencias y pasiones que la discusión ocasione, vengo a exponer de la forma más honesta posible mi disidencia a algunas ideas y mis conflictos, no como palabra final, sino con el afán de alentar un honesto debate entre nosotras que se traduzca en una mayor fortaleza política y colectiva.

La denuncia
Existen casos que con claridad involucran una agresión de un hombre a una mujer; en estas circunstancias, tomar partido y sentar posición no es un conflicto. Quienes justifiquen violencia física hacia la mujer, agresión sexual y asesinatos, no son solo enemigos del movimiento feminista, lo son de la humanidad entera. Uno de los ejemplos más comunes es la práctica discursiva de llamarle “crimen pasional” a los feminicidios, buscando justificar un asesinato como una manifestación extrema de pasión de un hombre a una mujer.

También existen opresiones hacia las mujeres que nos obligan a desarrollar un debate acerca de los límites y conflictos de la interacción entre hombres y mujeres, su abordaje y las formas en que buscamos se reparen las agresiones, daños o molestias. Por ejemplo, el desarrollo del tema del acoso sexual ha tenido distintos planteamientos a partir del tipo de sociedad dentro del que se han desarrollado. En los años recientes, este tema tomó auge debido al movimiento estadounidense llamado “Me Too” (Yo también), que expuso los abusos de poder y agresiones sexuales de hombres muy poderosos en distintas esferas de la sociedad estadounidense.

A partir de este movimiento, existen multitud de valoraciones y manifestaciones en torno al tema. Yo comparto la perspectiva que señala como raíz del acoso la desigualdad, material y social, entre hombres y mujeres. Son estas desigualdades las que provocan que en un acercamiento sexual sea el hombre el que tiene mayores posibilidades de imponer su deseo sexual frente al nuestro; como en los casos de acoso sexual en el trabajo que recientemente han salido a la luz. El acoso sexual en un ambiente laboral expresa con claridad cómo un hombre puede, desde su superioridad jerárquica, utilizar su poder para satisfacer sus deseos a costa de la integridad física y emocional de las mujeres.

La respuesta a estas prácticas abusivas no debe limitarse al reclamo moral, pues el problema no es la sexualidad, el acercamiento o la insinuación; sino las pocas herramientas que tenemos las mujeres para establecer nuestros límites y deseos en ambientes en los que los hombres controlan todos los espacios de poder y en los cuales decir “no” puede constituir represalias graves para con las mujeres (despidos, denigración personal, violencia psicológica y hasta física).

La lucha es que todas podamos relacionarnos a partir del consenso, la igualdad y la libertad, lo cual requiere de la institucionalización de espacios seguros en donde las mujeres expongan sus denuncias, a establecer debidos procesos ante la denuncia; pero también a entender colectivamente el acoso desde la complejidad de las interacciones humanas y multitud de subjetividades. No se trata de imponerles visiones de unas a otras, la forma en que mujeres adultas decidan vivir su sexualidad y su interacción con los hombres no debe ser dictada desde un tribunal inquisidor ni desde el discurso conservador.

Otro de los debates gira alrededor de la presunción de inocencia. Desde algunas opiniones, se valora el principio de inocencia como una prerrogativa hacia los hombres o como un sesgo machista dentro del sistema judicial o la sociedad. Otras feministas pensamos que la presunción de inocencia constituye un logro democrático y civilizatorio, y que no podemos apelar a ella solo cuando nos cae bien el o la acusada.

La presunción de inocencia es la que ha permitido que algunas mujeres injustamente acusadas de asesinato logren su libertad, pues judicialmente las pruebas han sido insuficientes para quebrar ese derecho humano a presumirlas inocentes. Este principio es el que ha logrado que, en medio de leyes retrógradas, estas mujeres logren un poco de justicia. De igual manera se ha apelado a este principio en casos de abuso policial frente a jóvenes, sobre todo hombres, que por su condición de clase son estigmatizados e injustamente acusados y privados de su libertad.

Las instituciones que velan por la justicia en el país dejan mucho que desear, algunas de las acciones que emanan de estas instituciones son perpetuadoras de opresión y violencia para mujeres y hombres; pero no por eso podemos proponer una valoración discrecional del debido proceso y la justicia.

Los dogmas de fe en favor de algunos y en contra de otros son una forma errónea y peligrosa de manejar acusaciones entre personas, pues recae en subjetividades, emociones y rencores; al final, el conflicto se resume en quién tiene más gente que le cree o gente más poderosa de su lado y en esas circunstancias, la mayoría del tiempo, terminarán ganando las personas con más privilegios (de género, de clase, educativos, mediáticos), que en nuestra sociedad son, en su mayoría aunque no exclusivamente, los hombres.

Particularmente, soy muy crítica del papel predominante que puede desempeñar el sistema judicial, en especial su aspecto punitivo, en el camino para reparar los daños que nos causa esta sociedad machista. Como bien apunta Rita Segato, una de las más notables académicas feministas de nuestro tiempo: “¿Qué es lo contrario a la impunidad? ¿El punitivismo? […] ¿Puede un Estado con las cárceles que tiene hacer justicia? Esa no puede ser la justicia; ser justo con una mano y ser cruel con la otra”.

Independientemente del debate del punitivismo judicial como la única o principal herramienta para abordar la violencia patriarcal, hay algo que tenemos que tener claro: las opresiones de clase juegan un papel determinante en la impunidad. Cuando un hombre poderoso violenta a una mujer (o niña), tiene la posibilidad de entrar al sistema judicial escoltado por prestigiosos abogados y abogadas, manojos de billetes, y salir sin mayor percance y más poderoso.

Habitando el conflicto
Aceptar que hemos amado agresores, tanto propios como de otras, es una de las más fuertes contradicciones que vivimos las feministas. Esos hombres que nuestras hermanas denuncian pueden contar con nuestra admiración y simpatía. En mi caso, al enfrentarme a esta contradicción, fui especialmente dura conmigo misma, cuestioné mi feminismo, mi inteligencia y mi coherencia política. ¿Cómo puedo sentir amor por algo contra lo que lucho?

En el proceso de sanación y reconciliación conmigo misma descubrí que la mayoría de las feministas, ya sea desde aspectos sexuales, románticos, de amistad o familiares, amamos a un hombre y que ninguno está libre de culpas (aunque en diversas magnitudes). Este es un permanente conflicto que tenemos que saber abordar, tanto para nosotras mismas como para otras, con la mayor empatía y sororidad posible.

No solo ningún hombre está libre de culpas, sino que a ninguno lo define en su totalidad el machismo con el que fue educado. Un hombre puede ser machista y perfectamente ser un profesional admirable y un padre amoroso. Es en estos matices en donde muchas feministas nos encontramos de frente con el conflicto de “lo personal es político”, y es en este conflicto en dónde el debate colectivo y la empatía entre nosotras deben ser quienes guíen las acciones.

Cada vez que decidimos interpelar a un hombre debemos responsablemente visualizar los efectos que esto tiene en las víctimas y en las mujeres que los rodean y que dependen materialmente de ellos. No para callar la denuncia, sino para plantear con claridad política y sororidad con ellas cómo pensamos que se debe proceder ante el reclamo. Si en colectivo se decide, por ejemplo, “enlistar” hombres con acusaciones diversas, se debe de asegurar un protocolo que proteja no solo a la mujer que denuncia, sino también acompañar a las mujeres que como parejas, hijas o mujeres cercanas sufrirán los efectos sociales y hasta financieros de las denuncias, además del establecimiento de un debido y justo proceso. El patriarcado es implacable y “exponer machitos” normalmente involucra llevarse de encuentro a las mujeres que los rodean y las que reclaman justicia.

El patriarcado no es un hombre, es un sistema político que institucionaliza la superioridad de lo masculino sobre lo femenino; por tanto, constituye una gran cantidad de mecanismo de dominación, como leyes, ideas e instituciones. El que el patriarcado “se caiga” involucra una participación política activa para destruir todos estos mecanismos, se trata de echar abajo un régimen que sobrepasa la voluntad individual de los hombres.

La lucha es colectiva
Muchos hombres nos han dañado profundamente a lo largo de nuestras vidas; han dañado a nuestras madres, las mujeres de nuestras familias, nuestras amigas. El feminismo nos da herramientas teóricas y políticas para razonar y abordar el daño y esto se puede entender como un pase libre para ocupar el discurso feminista para resolver conflictos netamente personales.

El feminismo es, ante todo, una teoría política que plantea la liberación de la mujer (y humanidad) en esta sociedad; por tanto, por respeto y compromiso con nuestras hermanas en mayor opresión y las que entregaron su vida a la lucha, debemos afinar nuestras apuestas políticas en función de la colectividad.

Asumir la lucha desde la colectividad involucra, en primera instancia, estar abiertas a la crítica; el feminismo no es una secta y no todo en el feminismo está dicho, no hay una única forma de entender la justicia y ninguna tenemos la autoridad para definir o anteponer nuestra experiencia a la de otras. Las acciones desde el feminismo deben intentar ser fruto de convenios colectivos englobados en debates políticos con feministas más allá de nuestros círculos de amistad.

Ninguna tenemos la autoridad para juzgar el feminismo de las otras con base a sus relaciones o gustos personales. El feminismo se exhibe en la práctica política en favor de las mujeres, no con base en cuánto odiamos o amamos a los hombres.

Estamos llamadas a apegarnos a una agenda política en función de colectivos, tal y como lo hacen de forma aguerrida y admirable nuestras hermanas feministas organizadas. Esto requiere aceptar que nuestras opresiones o molestias personales pueden no ser las más importantes a mediatizar y que incluso dentro del patriarcado, muchas contamos con privilegios por sobre otras mujeres e incluso hombres. Nuestra lucha debe responder a las mujeres en pobreza, a las niñas violentadas, a las niñas obligadas a ser madres, a las mujeres víctimas de trata y otras formas de violencia de género apremiantes en la sociedad.

Las opresiones sociales de género, clase, raza y orientación sexual entran en intersección. Es nuestro deber entender el feminismo como una herramienta de lucha política compleja y que caricaturizarla como un simple desdén a los hombres es quitarle su riqueza teórica y liberadora.

Nunca antes habíamos contado con tantas inquietudes desde las mujeres jóvenes por liberarnos de todas las formas de opresión. Mi planteamiento es un llamado a dar continuidad a la intensidad y pasión que ha despertado el feminismo, pero también a comenzar a articular mejor y con más empatía a las otras, lo que considero la lucha política más integral contra toda forma de opresión de la humanidad: el feminismo.

Carmen Tatiana Marroquín es feminista. Licenciada en economía, con estudios de posgrado en finanzas. Posee experiencia  profesional en supervisión del sistema financiero y se desempeña actualmente como analista técnica  en temas fiscales para el Órgano Legislativo, con la fracción del FMLN.
 
Carmen Tatiana Marroquín es feminista. Licenciada en economía, con estudios de posgrado en finanzas. Posee experiencia  profesional en supervisión del sistema financiero y se desempeña actualmente como analista técnica  en temas fiscales para el Órgano Legislativo, con la fracción del FMLN.