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Mujeres que migran

Fred Ramos y Víctor Peña

Durante seis meses, dos fotoperiodistas de El Faro siguieron por tramos la vida de mujeres marcadas por la migración. Mujeres en pleno desplazamiento, sin papeles, hacia el Norte; mujeres en sus violentos entornos centroamericanos; mujeres que en su intento de buscar una mejor vida perdieron parte de sus cuerpos. El resultado fue una exposición fotográfica donde las mujeres migrantes están en primer plano. Como parte de este proyecto, El Faro pidió un ensayo a Eileen Truax, pediodista mexicana con profunda experiencia en cobertura migratoria, y autora de los libros Dreamers, la lucha de una generación por su sueño americano; y Mexicanos al grito de Trump, historias de triunfo y resistencia en Estados Unidos. Esto es parte del ensayo escrito por Truax:

"Se habla de hombres que trabajan por un futuro mejor, aunque en El Salvador y Honduras cuatro de cada diez hogares tengan a una mujer como cabeza de familia. Se habla de los migrantes centroamericanos en Estados Unidos, cuando de esos tres millones las migrantes centroamericanas son la mitad. (…) En las historias de migración suele ignorarse el componente femenino: las mujeres que migran por decisión propia, que asumen el rol de proveedoras de la familia, que envían remesas, que cuidan de sus hijos a distancia y que llegan a otro país a cuidar a los hijos de otros. Se olvida que, si el futuro es femenino, se debe a que la migración también lo es. (...)

El camino que corre entre Honduras, El Salvador y Estados Unidos, pasando por Guatemala y México, está sembrado de historias de mujeres que no sólo han cruzado las fronteras físicas. La ruptura de fronteras personales, la voluntad por encima del miedo, la resistencia ante las violencias que no cesan, se puede encontrar a cada paso de la ruta migrante.

Pero cuidado, que hay algo que nunca se debe olvidar: estas mujeres son mucho más que personas refugiadas que han sufrido, que han vivido experiencias traumáticas. También entre ellas existe la alegría. (…) Contar sus historias de dolor, lejos de convertirlas en víctimas perennes, debe servir para recordar que cada persona existe en su humanidad entera, para no permitir que gane el olvido. El sufrimiento no define a estas mujeres; en todo caso, ayuda a comprenderlas, a hacer que valga la pena cruzar todas las fronteras".

*Estas fotografías son parte de la exposición "Mujeres que migran. Retrato del viaje eterno en Mesoamérica", producida por El Faro en colaboración con Médicos del Mundo, con apoyo de la Xunta de Galicia. La muestra itinerante se ha exhibido ya en Tapachula (México) y Tegucigalpa ((Honduras), y seguirá su recorrido en 2020. 

ElFaro.net / Publicado el 17 de Diciembre de 2019

 

Marta tiene 27 años y es salvadoreña. Es de San Vicente pero ahora vive en Puerto El Triunfo, en el departamento de Usulután, refugiada en la vivienda de su abuela materna. Hace diez años su hermanastro la violó y quedó embarazada. La violencia sexual siguió por años. En 2017 terminó por huir de su casa y, con ayuda de la organización local Colectiva Feminista, denunció a su hermano. Ahora él está en prisión, acusado de violación a menor. Marta se graduó de bachillerato en 2018. Hoy cuida de su hija de diez años y mantiene a su abuela con un pequeño negocio de comidas que ha instalado junto a la carretera. Foto Víctor Peña.
 
Marta tiene 27 años y es salvadoreña. Es de San Vicente pero ahora vive en Puerto El Triunfo, en el departamento de Usulután, refugiada en la vivienda de su abuela materna. Hace diez años su hermanastro la violó y quedó embarazada. La violencia sexual siguió por años. En 2017 terminó por huir de su casa y, con ayuda de la organización local Colectiva Feminista, denunció a su hermano. Ahora él está en prisión, acusado de violación a menor. Marta se graduó de bachillerato en 2018. Hoy cuida de su hija de diez años y mantiene a su abuela con un pequeño negocio de comidas que ha instalado junto a la carretera. Foto Víctor Peña.

 

 

 

 

Thara tiene 25 años y salió de Comayaguela, uno de los barrios más peligrosos de la capital de Honduras. Tras años viviendo de la prostitución huyó de las amenazas que recibía por ser mujer trans en una comunidad en disputa entre las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha 13. Hace dos años decidió interrumpir su camino hacia Estados Unidos y quedarse en Tapachula de manera permanente. Sigue dedicada a prostituirse en una de las arterias más violentas de esta ciudad fronteriza. Foto: Víctor Peña.
 
Thara tiene 25 años y salió de Comayaguela, uno de los barrios más peligrosos de la capital de Honduras. Tras años viviendo de la prostitución huyó de las amenazas que recibía por ser mujer trans en una comunidad en disputa entre las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha 13. Hace dos años decidió interrumpir su camino hacia Estados Unidos y quedarse en Tapachula de manera permanente. Sigue dedicada a prostituirse en una de las arterias más violentas de esta ciudad fronteriza. Foto: Víctor Peña.

 

 

Marisol Amador durante su clase de tratamientos de belleza en el centro de San Pedro Sula, Honduras. Tiene 19 años, es hondureña y fue deportada desde Chiapas, México, en mayo de este año. Migró hacia Estados Unidos porque no encontraba trabajo, pero fue detenida por agentes de migración en Tapachula, Chiapas. Desde hace cinco meses asiste a este curso junto a otras veinte mujeres jóvenes que reciben apoyo de la ONG Operación Bendición. Tres de sus compañeras también han sido deportadas. Foto: Fred Ramos.
 
Marisol Amador durante su clase de tratamientos de belleza en el centro de San Pedro Sula, Honduras. Tiene 19 años, es hondureña y fue deportada desde Chiapas, México, en mayo de este año. Migró hacia Estados Unidos porque no encontraba trabajo, pero fue detenida por agentes de migración en Tapachula, Chiapas. Desde hace cinco meses asiste a este curso junto a otras veinte mujeres jóvenes que reciben apoyo de la ONG Operación Bendición. Tres de sus compañeras también han sido deportadas. Foto: Fred Ramos.

 

 

En octubre de 2018, de Honduras, El Salvador y Guatemala brotó un éxodo. Diluidas en un océano de hombres, cientos de mujeres hondureñas y salvadoreñas de todas las edades fueron parte de aquel fenómeno humano al que en la región llamó “las caravanas” y que desnudó el desgobierno de los países del norte de Centroamérica. Una avalancha de migrantes se lanzó a las carreteras y puso cuerpo al goteo migratorio que desde hace décadas transita de forma clandestina hacia Estados Unidos y que, en su paso por México, sufre asaltos, violaciones, torturas, secuestros, trata y asesinato. Ana Rafael tiene 33 años y es salvadoreña. Su marido, Luis Martínez, tiene 30. Su hijo Fernando, dos; Gabriela, la mayor, once. En la imagen, pedían aventón en la carretera México 190 para llegar a Juchitán de Zaragoza, en el estado de Oaxaca. Eran parte de la tercera caravana de personas a las que su país se les se les hizo ahogo, expulsadas por la violencia, la falta de empleo, la corrupción, las pandillas y el crimen organizado. Tras cruzar ya dos fronteras, esperaban quien los llevara en carro unos kilómetros más allá, en busca de la tercera y definitiva. En El Salvador vivían de lo que ganaba Luis como vendedor ambulante, pero Ana cuenta que en dos ocasiones los pandilleros le quitaron la mercadería y por eso decidieron migrar. Como miles de salvadoreños viajaron a Guatemala para unirse a otro grupo que había salido de Honduras el 12 de octubre y que copaba por esos días las portadas de todos los periódicos. Foto: Fred Ramos.
 
En octubre de 2018, de Honduras, El Salvador y Guatemala brotó un éxodo. Diluidas en un océano de hombres, cientos de mujeres hondureñas y salvadoreñas de todas las edades fueron parte de aquel fenómeno humano al que en la región llamó “las caravanas” y que desnudó el desgobierno de los países del norte de Centroamérica. Una avalancha de migrantes se lanzó a las carreteras y puso cuerpo al goteo migratorio que desde hace décadas transita de forma clandestina hacia Estados Unidos y que, en su paso por México, sufre asaltos, violaciones, torturas, secuestros, trata y asesinato. Ana Rafael tiene 33 años y es salvadoreña. Su marido, Luis Martínez, tiene 30. Su hijo Fernando, dos; Gabriela, la mayor, once. En la imagen, pedían aventón en la carretera México 190 para llegar a Juchitán de Zaragoza, en el estado de Oaxaca. Eran parte de la tercera caravana de personas a las que su país se les se les hizo ahogo, expulsadas por la violencia, la falta de empleo, la corrupción, las pandillas y el crimen organizado. Tras cruzar ya dos fronteras, esperaban quien los llevara en carro unos kilómetros más allá, en busca de la tercera y definitiva. En El Salvador vivían de lo que ganaba Luis como vendedor ambulante, pero Ana cuenta que en dos ocasiones los pandilleros le quitaron la mercadería y por eso decidieron migrar. Como miles de salvadoreños viajaron a Guatemala para unirse a otro grupo que había salido de Honduras el 12 de octubre y que copaba por esos días las portadas de todos los periódicos. Foto: Fred Ramos.

 

 

Deysi Reyes es de San Salvador y el jueves 8 noviembre de 2018 aprovechó dos horas de descanso de la caravana en el municipio de Pijijiapan, en el estado de Chiapas, para bañarse en el río del pueblo. En ese momento tenía 18 años y esperaba su segundo hijo. Ella y su esposo recorrían México a pie con un bebé de ocho meses. Deysi dio a luz un mes después, el 5 de diciembre, en una clínica asistencial en Mexicali, justo en la frontera con Estados Unidos. Foto: Víctor Peña.
 
Deysi Reyes es de San Salvador y el jueves 8 noviembre de 2018 aprovechó dos horas de descanso de la caravana en el municipio de Pijijiapan, en el estado de Chiapas, para bañarse en el río del pueblo. En ese momento tenía 18 años y esperaba su segundo hijo. Ella y su esposo recorrían México a pie con un bebé de ocho meses. Deysi dio a luz un mes después, el 5 de diciembre, en una clínica asistencial en Mexicali, justo en la frontera con Estados Unidos. Foto: Víctor Peña.

 

 

El 2 de noviembre de 2018 una de las caravanas, que había salido de San Salvador tres días antes, cruzó el río Suchiate y puso pies en México. Antes, sus cerca de tres mil integrantes habían esperado durante casi cuatro horas en el puente Rodolfo Robles, que conecta Tecún Umán (Guatemala) y Ciudad Hidalgo (México), donde las autoridades mexicanas trataron de convencerlos de que se registraran para tener un ingreso ordenado. El grupo dudó de las promesas oficiales, discutió a gritos, empujó, y terminó por lanzarse al río para cruzar la línea imaginaria que separa Guatemala de México. Los pocos cientos que aceptaron registrarse en el puesto migratorio fueron deportados a sus países de origen semanas después. Cruzar a la brava el Suchiate fue la primera gran victoria de esa caravana. Pese al cansancio, se celebró como si el poder del grupo les hiciera invencibles y la meta estuviera más cerca. Aunque después se disolvió, la caravana llegó unida el 12 de noviembre de 2018 a Ciudad de México. Foto: Víctor Peña.
 
El 2 de noviembre de 2018 una de las caravanas, que había salido de San Salvador tres días antes, cruzó el río Suchiate y puso pies en México. Antes, sus cerca de tres mil integrantes habían esperado durante casi cuatro horas en el puente Rodolfo Robles, que conecta Tecún Umán (Guatemala) y Ciudad Hidalgo (México), donde las autoridades mexicanas trataron de convencerlos de que se registraran para tener un ingreso ordenado. El grupo dudó de las promesas oficiales, discutió a gritos, empujó, y terminó por lanzarse al río para cruzar la línea imaginaria que separa Guatemala de México. Los pocos cientos que aceptaron registrarse en el puesto migratorio fueron deportados a sus países de origen semanas después. Cruzar a la brava el Suchiate fue la primera gran victoria de esa caravana. Pese al cansancio, se celebró como si el poder del grupo les hiciera invencibles y la meta estuviera más cerca. Aunque después se disolvió, la caravana llegó unida el 12 de noviembre de 2018 a Ciudad de México. Foto: Víctor Peña.

 

 

Roberta García es maya chortí, tiene 51 años y es presidenta del Proyecto Cosecha, en el cantón Pitahaya de Camotán, Chiquimula, Guatemala. Capacita a mujeres en la siembra de hortalizas para ayudar a generar una economía independiente en la comunidad. Quisiera irse, migrar, pero no tiene dinero suficiente para intentarlo. Foto: Fred Ramos.
 
Roberta García es maya chortí, tiene 51 años y es presidenta del Proyecto Cosecha, en el cantón Pitahaya de Camotán, Chiquimula, Guatemala. Capacita a mujeres en la siembra de hortalizas para ayudar a generar una economía independiente en la comunidad. Quisiera irse, migrar, pero no tiene dinero suficiente para intentarlo. Foto: Fred Ramos.

 

 

 

Mary Salgado tiene 45 años y es Hondureña. El 5 de enero de 2017 salió camino a Estados Unidos. Madre soltera de cinco hijos, creyó que allí tendría un empleo con el que mantenerlos. Tras 25 días en ruta fue secuestrada en Coatzacoalcos, Veracruz, México, y obligada a prostituirse. Dos meses después escapó y logró tomar el tren junto a otros migrantes con dirección a Orizaba. Cuenta que se vistió de hombre para no llamar la atención y evitar ser violada. En la zona conocida como La Arrocera (aunque en Veracruz, y no el tristemente célebre lugar conocido de la misma forma en Chiapas) otros migrantes corrieron el rumor de que más adelante había agentes de Migración y el miedo la hizo saltar del tren, pero cuando estaba descendiendo resbaló y las ruedas le cortaron ambas piernas. Deportada, ahora es una de las líderes de Conamiredis, una organización que apoya en Tegucigalpa a hondureños retornados con discapacidades. La mayoría perdieron un miembro en accidentes en las vías del tren. Esta foto forma parte del fotorreportaje
 
Mary Salgado tiene 45 años y es Hondureña. El 5 de enero de 2017 salió camino a Estados Unidos. Madre soltera de cinco hijos, creyó que allí tendría un empleo con el que mantenerlos. Tras 25 días en ruta fue secuestrada en Coatzacoalcos, Veracruz, México, y obligada a prostituirse. Dos meses después escapó y logró tomar el tren junto a otros migrantes con dirección a Orizaba. Cuenta que se vistió de hombre para no llamar la atención y evitar ser violada. En la zona conocida como La Arrocera (aunque en Veracruz, y no el tristemente célebre lugar conocido de la misma forma en Chiapas) otros migrantes corrieron el rumor de que más adelante había agentes de Migración y el miedo la hizo saltar del tren, pero cuando estaba descendiendo resbaló y las ruedas le cortaron ambas piernas. Deportada, ahora es una de las líderes de Conamiredis, una organización que apoya en Tegucigalpa a hondureños retornados con discapacidades. La mayoría perdieron un miembro en accidentes en las vías del tren. Esta foto forma parte del fotorreportaje "Mujeres que migran" Foto: Fred Ramos.

 

 

 

María García tiene 23 años. Posa con su hijo de once meses, al que han diagnosticado desnutrición en la clínica de Camotán. “Me han dicho que debo darle vitaminas”, dice. También quisiera irse a México, o a Estados Unidos, pero dice que es demasiado pobre para migrar. Foto: Fred Ramos.
 
María García tiene 23 años. Posa con su hijo de once meses, al que han diagnosticado desnutrición en la clínica de Camotán. “Me han dicho que debo darle vitaminas”, dice. También quisiera irse a México, o a Estados Unidos, pero dice que es demasiado pobre para migrar. Foto: Fred Ramos.

 

 

Camotán está en pleno corredor seco, una zona de extrema vulnerabilidad climática que atraviesa Mesoamérica de norte a sur y alterna devastadoras tormentas tropicales con crudas sequías. En Camotán es habitual la migración estacional a zonas de cosecha, y el pueblo es fuente permanente de migrantes hacia México y Estados Unidos. En la imagen, una niña espera mientras un molino local procesa su maíz. Foto: Fred Ramos
 
Camotán está en pleno corredor seco, una zona de extrema vulnerabilidad climática que atraviesa Mesoamérica de norte a sur y alterna devastadoras tormentas tropicales con crudas sequías. En Camotán es habitual la migración estacional a zonas de cosecha, y el pueblo es fuente permanente de migrantes hacia México y Estados Unidos. En la imagen, una niña espera mientras un molino local procesa su maíz. Foto: Fred Ramos

 

 

Margarita Román, de 55 años; Dora Alicia Linares, de 56; Aracely Landaverde, de 50; y Virginia Linares, de 80, descansan por diez minutos, alzan sus sacos llenos de granos de maíz y vuelven a caminar sobre la carretera que conduce a la playa Garita Palmera, en el municipio de San Francisco Menéndez, en Ahuachapán, El Salvador. Van de regreso a su vivienda, en la colonia San José. Cada dos días, las cuatro recorren alrededor de siete kilómetros para llegar a una zona de terrenos privados donde se cosechó maíz y recogen lo que sobra, los granos sueltos que dejaron tirados en el suelo los cortadores. Reúnen cada una alrededor de 25 libras, doce kilos, y regresan cargadas, otros siete kilómetros. Del fruto de cada jornada sacan unos cuatro dólares con los que compran pan, azúcar y café para sobrevivir. Después de Santa Ana, San Francisco Menéndez es el municipio de El Salvador que más mujeres había expulsado hacia Estados Unidos hasta el 31 de julio de 2019, según los datos de la Dirección General de Migración. Aracely, que camina tercera en la fila, tiene a dos de sus cuatro hermanos en Los Ángeles y Nueva York. Dice que nunca ha recibido ayuda de ellos. Foto: Víctor Peña.
 
Margarita Román, de 55 años; Dora Alicia Linares, de 56; Aracely Landaverde, de 50; y Virginia Linares, de 80, descansan por diez minutos, alzan sus sacos llenos de granos de maíz y vuelven a caminar sobre la carretera que conduce a la playa Garita Palmera, en el municipio de San Francisco Menéndez, en Ahuachapán, El Salvador. Van de regreso a su vivienda, en la colonia San José. Cada dos días, las cuatro recorren alrededor de siete kilómetros para llegar a una zona de terrenos privados donde se cosechó maíz y recogen lo que sobra, los granos sueltos que dejaron tirados en el suelo los cortadores. Reúnen cada una alrededor de 25 libras, doce kilos, y regresan cargadas, otros siete kilómetros. Del fruto de cada jornada sacan unos cuatro dólares con los que compran pan, azúcar y café para sobrevivir. Después de Santa Ana, San Francisco Menéndez es el municipio de El Salvador que más mujeres había expulsado hacia Estados Unidos hasta el 31 de julio de 2019, según los datos de la Dirección General de Migración. Aracely, que camina tercera en la fila, tiene a dos de sus cuatro hermanos en Los Ángeles y Nueva York. Dice que nunca ha recibido ayuda de ellos. Foto: Víctor Peña.

 

 

Yolanda Ramírez ha sido por más de 20 años la promotora de salud del cantón Santa Cruz, 90 casas de adobe y tejas junto al embalse Cerrón Grande, en uno de los rincones más escondidos del municipio de San Luis del Carmen, en Chalatenango, El Salvador. Vio por última vez a su hija Ana María el 24 de abril de 2007. Doce años después aún no sabe dónde está. Hubiera cumplido 32 el 12 de octubre: “Cumplió, porque en mi corazón sigue viva”, dice. Ana María salió con rumbo a Estados Unidos y tres días después llamó desde un lugar que Yolanda ya no recuerda. Después, nada. En diciembre de 2016, a través del Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos, COFAMIDE, Yolanda puso una demanda ante el Mecanismo de Apoyo Exterior Mexicano, en su Embajada en El Salvador. Ahora es parte del registro Nacional de Víctimas de México. No ha dejado de buscar a Ana María. En noviembre de 2018 se unió por primera vez a la caravana de madres centroamericanas que buscan a sus hijos desaparecidos en México. No consiguió respuestas. Este 2019 participó en una nueva caravana de madres que salió el 12 de noviembre para recorrer todo el territorio mexicano. “Mientras tenga salud correré de un lado a otro hasta encontrarla”, sentencia. Foto: Víctor Peña.
 
Yolanda Ramírez ha sido por más de 20 años la promotora de salud del cantón Santa Cruz, 90 casas de adobe y tejas junto al embalse Cerrón Grande, en uno de los rincones más escondidos del municipio de San Luis del Carmen, en Chalatenango, El Salvador. Vio por última vez a su hija Ana María el 24 de abril de 2007. Doce años después aún no sabe dónde está. Hubiera cumplido 32 el 12 de octubre: “Cumplió, porque en mi corazón sigue viva”, dice. Ana María salió con rumbo a Estados Unidos y tres días después llamó desde un lugar que Yolanda ya no recuerda. Después, nada. En diciembre de 2016, a través del Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos, COFAMIDE, Yolanda puso una demanda ante el Mecanismo de Apoyo Exterior Mexicano, en su Embajada en El Salvador. Ahora es parte del registro Nacional de Víctimas de México. No ha dejado de buscar a Ana María. En noviembre de 2018 se unió por primera vez a la caravana de madres centroamericanas que buscan a sus hijos desaparecidos en México. No consiguió respuestas. Este 2019 participó en una nueva caravana de madres que salió el 12 de noviembre para recorrer todo el territorio mexicano. “Mientras tenga salud correré de un lado a otro hasta encontrarla”, sentencia. Foto: Víctor Peña.

 

 

Jessica tiene 40 años y nació en El Salvador, en la colonia Dolores de San Salvador. Migró rumbo a Estados Unidos, pero desde hace dos años tiene la residencia mexicana. En este tiempo ha albergado en su casa de Tapachula a otras mujeres trans en camino hacia el norte. Cuenta que vivió algunos años en Tuxtla Gutiérrez, pero volvió a Tapachula porque, dice, la prostitución es aquí más rentable. Se considera una matriarca. Antes de salir esta noche, ayuda a Gisel a maquillarse en el patio trasero de la vivienda que comparten. Foto: Víctor Peña.
 
Jessica tiene 40 años y nació en El Salvador, en la colonia Dolores de San Salvador. Migró rumbo a Estados Unidos, pero desde hace dos años tiene la residencia mexicana. En este tiempo ha albergado en su casa de Tapachula a otras mujeres trans en camino hacia el norte. Cuenta que vivió algunos años en Tuxtla Gutiérrez, pero volvió a Tapachula porque, dice, la prostitución es aquí más rentable. Se considera una matriarca. Antes de salir esta noche, ayuda a Gisel a maquillarse en el patio trasero de la vivienda que comparten. Foto: Víctor Peña.

 

 

Dayrén es cubana y tiene 41 años. Originaria de Camagüey, vendió un pedazo de tierra y juntó 4,000 dólares para costear un coyote que los llevara a ella y a su esposo a Estados Unidos. Sus dos hijos quedaron en la isla, al cuidado de su abuela. De Cuba viajaron a Nicaragua y fueron subiendo hasta llegar a Ciudad de Guatemala, donde sus guías los abandonaron. Ellos decidieron seguir. Tomaron autobuses, caminaron, dicen que la Policía guatemalteca les extorsionó 16 veces en el camino hasta la frontera con México. Ahora viven en Tapachula, en el último cuarto de una vecindad. Él hace trabajos de albañilería y fontanería. El 15 de noviembre de 2019 el estado mexicano les otorgó una visa humanitaria que les permitirá trabajar y desplazarse libremente por el país durante un año. Después, aspiran a alcanzar el estatus de refugiados en México. Foto: Víctor Peña.
 
Dayrén es cubana y tiene 41 años. Originaria de Camagüey, vendió un pedazo de tierra y juntó 4,000 dólares para costear un coyote que los llevara a ella y a su esposo a Estados Unidos. Sus dos hijos quedaron en la isla, al cuidado de su abuela. De Cuba viajaron a Nicaragua y fueron subiendo hasta llegar a Ciudad de Guatemala, donde sus guías los abandonaron. Ellos decidieron seguir. Tomaron autobuses, caminaron, dicen que la Policía guatemalteca les extorsionó 16 veces en el camino hasta la frontera con México. Ahora viven en Tapachula, en el último cuarto de una vecindad. Él hace trabajos de albañilería y fontanería. El 15 de noviembre de 2019 el estado mexicano les otorgó una visa humanitaria que les permitirá trabajar y desplazarse libremente por el país durante un año. Después, aspiran a alcanzar el estatus de refugiados en México. Foto: Víctor Peña.

 

 

 

Gisela tiene 24 años y es hondureña. Viajaba hacia Estados Unidos con su familia pero, por temor a la nueva política antimigratoria del Gobierno de México, han decidido quedarse en Tapachula. La violencia en Honduras la expulsó en junio de 2019. Cuenta que un grupo de sicarios de su pueblo natal, Trujillo, en el departamento de Colón, la amenazó de muerte después de una disputa familiar. Una sobrina suya era maltratada por su pareja; el esposo de Gisela trató de impedirlo y empezaron las amenazas. Ahora dice que se siente atrapada a mitad del camino al norte, pero se niega a volver a Honduras. Ella, su esposo y sus dos hijos viven en una habitación de 9 metros cuadrados por la que pagan 60 dólares mensuales, en una vecindad de migrantes de paso, en el corazón de la ciudad. Es un precio alto, disparado por las nuevas caravanas; hasta unos meses atrás, ese mismo cuarto costaba 40 dólares. Allí ha hecho comunidad junto a centroamericanos y algunos cubanos. Juntos se esconden a la espera de que las políticas cambien. Quieren, un día, seguir hacia Estados Unidos. Foto: Víctor Peña.
 
Gisela tiene 24 años y es hondureña. Viajaba hacia Estados Unidos con su familia pero, por temor a la nueva política antimigratoria del Gobierno de México, han decidido quedarse en Tapachula. La violencia en Honduras la expulsó en junio de 2019. Cuenta que un grupo de sicarios de su pueblo natal, Trujillo, en el departamento de Colón, la amenazó de muerte después de una disputa familiar. Una sobrina suya era maltratada por su pareja; el esposo de Gisela trató de impedirlo y empezaron las amenazas. Ahora dice que se siente atrapada a mitad del camino al norte, pero se niega a volver a Honduras. Ella, su esposo y sus dos hijos viven en una habitación de 9 metros cuadrados por la que pagan 60 dólares mensuales, en una vecindad de migrantes de paso, en el corazón de la ciudad. Es un precio alto, disparado por las nuevas caravanas; hasta unos meses atrás, ese mismo cuarto costaba 40 dólares. Allí ha hecho comunidad junto a centroamericanos y algunos cubanos. Juntos se esconden a la espera de que las políticas cambien. Quieren, un día, seguir hacia Estados Unidos. Foto: Víctor Peña.

 

 

Daniela tiene 16 años y nació en la aldea El Guayacán, en las entrañas de la reserva del Lacandón, en el selvático departamento de Petén, Guatemala. Está en lento rumbo hacia Estados Unidos. Dice que escapó de la marginación de su propia familia por ser mujer trans. Esta fotografía se tomó el 5 de junio en el albergue La 72, en el municipio de Tenosique, en el estado de Tabasco, México. Días después, Daniela siguió caminando. A finales de octubre estaba en otro albergue, a 850 kilómetros. Foto: Víctor Peña.
 
Daniela tiene 16 años y nació en la aldea El Guayacán, en las entrañas de la reserva del Lacandón, en el selvático departamento de Petén, Guatemala. Está en lento rumbo hacia Estados Unidos. Dice que escapó de la marginación de su propia familia por ser mujer trans. Esta fotografía se tomó el 5 de junio en el albergue La 72, en el municipio de Tenosique, en el estado de Tabasco, México. Días después, Daniela siguió caminando. A finales de octubre estaba en otro albergue, a 850 kilómetros. Foto: Víctor Peña.