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La cuenta regresiva para la salida del general Avilés

Carlos Fernando Chamorro

El continuismo que corroe hoy a la cúpula de las instituciones militares es una enfermedad política derivada del reeleccionismo indefinido de Daniel Ortega en su afán de perpetuar una dictadura.
ElFaro.net / Publicado el 24 de Febrero de 2020

El general de Ejército Julio César Avilés inició su tercer período consecutivo como jefe de la institución militar, tras haber sido reelecto dos veces seguidas por el presidente Daniel Ortega.

Esto significa que Avilés ha estado ya diez años en el cargo y va por cinco más, pero su buena suerte está atada al destino político del dictador. Si Ortega es desplazado del poder, como indefectiblemente ocurrirá a corto plazo, porque su dictadura es insostenible, el general Avilés, como parte de las estructuras del régimen, también será removido de la jefatura del Ejército para despejar el camino hacia una profunda reforma militar.

Hasta antes de 2010, los tres últimos jefes militares, los generales Joaquín Cuadra, Javier Carrión y Omar Halleslevens, cumplieron sus cinco años en la jefatura militar, y al terminar su período se sometieron a la ley y se fueron a su casa.

Sin embargo, desde su retorno al poder en 2007 Ortega impuso una relación de sometimiento de la Policía y el Ejército al poder político autoritario, con la complicidad de Aminta Granera y Julio César Avilés. Primero, violó la ley de la Policía para prorrogar a Granera como Directora de la Policía, y después en 2014, reformó el Código Militar para reelegir a Avilés por un nuevo período. Pero la cooptación de las instituciones militares jamás habría sido posible sin la participación de los colaboradores necesarios que antepusieron sus intereses personales a la ley, a su deber patriótico y la obligación con sus instituciones.

El continuismo que corroe hoy a la cúpula de las instituciones militares es una enfermedad política derivada del reeleccionismo indefinido de Daniel Ortega en su afán de perpetuar una dictadura. Sus consecuencias están a la vista en el colapso institucional de la Policía Nacional que se inició con Granera, mientras la permanencia de Avilés durante diez años, que ahora pretende continuar después de la matanza de abril, le ha hecho un daño irreparable a la confianza nacional depositada en el Ejército de Nicaragua.

El alineamiento político de Avilés con Ortega y su negativa a ordenar el desarme y desmantelamiento de las bandas paramilitares que desataron la represión y la fatídica “operación limpieza”, representa un acto de complicidad política, que ha perjudicado de arriba abajo la imagen de la institución militar. Su permanencia como jefe del Ejército después de dos períodos ya ha afectado la promoción de los verdaderos militares profesionales, obstaculizando el desarrollo de la institución. Hay que recordar que este proceso comenzó desde 2013, cuando Avilés decapitó al mayor general Óscar Balladares, exjefe del Estado Mayor, quien era el número dos del Ejército y sería su sucesor natural en la jefatura en 2015.

Bajo un gobierno democrático, pos-Ortega, después de una elección libre y transparente, será imperativo emprender una profunda reforma a la institución militar. Por ello, al inaugurarse este 21 de febrero el tercer período de Avilés, en realidad lo que ha comenzado es la cuenta regresiva de su salida, para iniciar después la reforma democrática del Ejército.

Carlos Fernando Chamorro es director del periódico Confidencial de Nicaragua. 
 
Carlos Fernando Chamorro es director del periódico Confidencial de Nicaragua.