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“Vaya, ya no voy a salir, ya aprendí”

Carlos Martínez

El domingo 22 de marzo, San Salvador enmudeció. Fue el primero de treinta días donde está prohibido circular por las calles, salvo unas confusas excepciones. Los policías deben aplicar su buen juicio para distinguir entre desobedientes y autorizados y para discernir lo implacable o lo flexible de las medidas. En medio de la incertidumbre y la soledad de un domingo por la tarde, apenas unos borrachos deambulan por el Centro Histórico. Algunos transeúntes más, con sus excusas mejores o peores, intentaban convencer a los policías de que no se los llevaran.  

ElFaro.net / Publicado el 23 de Marzo de 2020

Cuarentena día 1. Domingo 22 de marzo. Sobre la avenida Juan Pablo II, un retén de la Policía había tejido su telaraña: un grupo de cuatro transeúntes fue detenido por un agente enmascarado. Tres tenían excusas buenas, se les notaba en sus uniformes de enfermeros, con sus mascarillas N95 –que hace apenas unos días nadie conocía–, y se les permitió seguir su camino, con un saludo cordial. Pero la cuarta era una señora que al ver al policía se puso un trapo en la cara e intentó, sin éxito, camuflarse con los demás. El agente le pidió el DUI.

– Uy, señora, usted no vive cerca. ¿Que no sabe que no se puede andar en la calle?
– Es que fui a donde mi hija a ayudarle a cuidar al niño.
– ¿Eso dijo el presidente anoche? ¡¿Dijo que se podía hacer eso?! El presidente fue bien claro en decir lo que se podía y lo que no se podía.

Y le habló a un colega: “Vaya, llamen al motorista, nos la vamos a llevar”. Ahí comenzaron los lloros de la señora: “Tóquese el corazón, deme el DUI, mire, ahí viene un bus, ahí me subo y me voy”, y el otro, inclemente: “no, señora, ya estaban avisados” y le preguntaba a una policía de Tránsito: “¿Qué decís?”, y la agente ponía ojos de fatalidad y negaba con la cabeza. Llantos de la señora: “¿Y si su madre le pidiera ayuda, verdad que usted fuera?”, y el policía: “No, porque solo a infectarla iría, porque yo no soy doctor ni enfermero, soy policía. ¿Usted es doctora o enfermera?”, y la otra lloraba viendo anhelante su DUI, “Vaya, ya no voy a salir, ya aprendí”. Para entonces yo ya me había enterado que todo era una chanza, un escarmiento, porque los otros policías del retén se reían tras sus mascarillas y me hacían ojos cómplices. Cuando el severo agente se dio por servido, paró un autobús, le dio una monserga ruidosa y la mandó a subir. La señora enjugaba sus lágrimas, entre agradecida y humillada.

Casi cada autobús era detenido y revisado. Las unidades deben circular a la mitad de su capacidad de pasajeros sentados. Los usuarios no pueden sentarse uno al lado de otro, debe haber un asiento de distancia y todos deben tener lista una excusa.

“Mire –me explicó el agente– yo ya hubiera tenido que detener como a cinco, porque la gente no entiende, uno hasta me dijo que había salido para comprarle una funda a su teléfono. Pero si los detenemos a todos vamos a saturar los centros y vamos a crear otro problema”.  Y se subió al siguiente bus, con su arma larga y su mascarilla a preguntar a cada pasajero por su excusa. 

Finalmente pasó. El espanto que acecha al mundo alargó su sombra hasta San Salvador, la furiosa, la menesterosa, la yerma, la escabrosa, la pululante capital del país más pequeño de América Central. El presidente Nayib Bukele decretó una cuarentena absoluta de 30 días, donde la calle está prohibida, bajo amenazas temibles, salvo algunas excepciones que todavía nadie entiende del todo. Más de 260 personas fueron detenidas al final de ese domingo, primer día de cuarentena nacional, por andar en las calles.

El domingo, sobre las calles de la capital, hizo su efecto la medida presidencial: el que desafíe la orden será puesto en cuarentena obligatoria, se irá a un "centro de contención” con lo puesto y ahí tendrá que vivir los 30 días, que empezarán a correr desde el momento del arresto. Además, dijo Bukele, para ponerle un tono aún más sombrío a la consecuencia: pasarán ahí, encerrados, solitarios o rodeados de extraños, y encima –aunque eso no lo dijo, pero ha ocurrido– serán paseados por las calles y avenidas virtuales, avergonzados, a merced de la disfrutada pedrada tuitera y serán expuestos como ejemplos nacionales de lo abyecto, de lo egoísta, encarnaciones vivas del virus.

Así que a eso de las dos y media de la tarde, en el bulevard de los Héroes se hubiera escuchado el canto de las aves, si es que alguna hubiera estado cantando, y apenas unos pocos repartidores de comida y un bus renco circulaban aquellos seis carriles desolados. Y así el resto de las arterias más atolondradas de la ciudad: el bulevard Venezuela y su Cementerio General con los muertos sin visita; los próceres calcinados y solitarios en su bulevar, la 25 avenida sur sin más vida que los semáforos. El reino de los motociclistas de la Pizza Hut y de la comida china, de los autobuses semi vacíos, de los poquísimos taxistas aventureros

En un retén colocado en la Avenida Juan Pablo II, la Policía revisa que los autobuses cumplan con las reglas sanitarias y que los pasajeros tengan una buena excusa para circular durante la cuarentena. Foto de El Faro: Carlos Martínez.   
 
En un retén colocado en la Avenida Juan Pablo II, la Policía revisa que los autobuses cumplan con las reglas sanitarias y que los pasajeros tengan una buena excusa para circular durante la cuarentena. Foto de El Faro: Carlos Martínez.   

En el Centro de San Salvador, caminaba a media calle, sobre la avenida Cuscatlán, un hombre con una borrachera de antología. Se las arreglaba para llevar los pies por delante del cuerpo, abrir un ojo y cerrar el otro, o cerrar los dos, pero seguir caminando. Se le veía pataleando para avanzar desde Catedral hasta el Palacio Nacional, con un equilibrio tan insólito como aquellas calles desoladas. La plaza Barrios, acordonada con cinta policial, propiedad exclusiva de las palomas que buscaban migajas para comer.

Dos policías seguían atentos la heroica caminata del borracho, hasta que finalmente se detuvo en el portal de la Biblioteca Nacional. Uno de los agentes, divertido, dijo al otro: “viendo dónde quedar parqueado anda”. En la cuneta yacían medio muertos, medio vivos, en sueños de coma etílico, dos hombres mayores, sucios, destruidos. Una anciana guardaba despierta y triste el sueño de uno.  

Frente a la plaza Libertad, un policía detuvo a un taxista sin pasajero, le dio una advertencia que sonó poco creíble y lo mandó para su casa. El policía me habló desde su mascarilla, a más de un metro de distancia: “Fíjese que me llamó un amigo mío que vive en Italia y me dijo que allá se dice que este cipote que tenemos de presidente es el mejor presidente del mundo y que le hagamos caso”.

Indigentes duermen en la acera frente a la Biblioteca Nacional, en plena cuarentena por la pandemia del COVID-19, este domingo 22 de marzo, primer día de encierro generalizado. Foto de El Faro: Carlos Martínez. 
 
Indigentes duermen en la acera frente a la Biblioteca Nacional, en plena cuarentena por la pandemia del COVID-19, este domingo 22 de marzo, primer día de encierro generalizado. Foto de El Faro: Carlos Martínez. 

Pero el problema es que aquel policía amable y parlanchín se encuentra destacado en el Centro de San Salvador y desde esas calles nada es en blanco y negro, y él se las tiene que arreglar para discernir cómo hacerle caso al que según su amigo en Italia es el cipote mejor presidente del mundo. Por ejemplo, cuando ese mismo día en la mañana regañó a un transeúnte y lo envió para su casa, el desobediente le explicó que eso no le era posible, puesto que no tenía casa, que él vivía en la mismísima cuneta donde lo estaban regañando. “Mire a ese, por ejemplo, ¿qué le voy a decir?”, y señaló a un hombre que es quizá el resumen de todas las calamidades: se arrastraba pesadamente, peleando con un pie hinchado, envuelto en una especie de yeso mugriento, dando pasos dolorosos. Le faltaba una mano y estaba ciego de un ojo. Llevaba en la bolsa de la camisa unos cinco lapiceros Bic, que son su fortuna y su esperanza, porque los vende para ganarles unos centavos y comer. El presidente no mencionó a ese hombre dentro de las excepciones a la cuarentena, pero el policía debe tratar de adaptar la orden con su buen juicio y calcular la mejor versión posible de la misma, desde su esquina vacía de la plaza Libertad y desde una ciudad cuyas calles le pertenecen desde ahora, y durante un mes, a los repartidores de comida, a las palomas de los parques, a algunos obreros y a aquellos que desde siempre las han llamado hogar.