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Pregonar el coronavirus entre cerros y calles polvosas

Efren Lemus

Aquí no hay mascarillas ni alcohol gel. Tampoco hay gente corriendo hacia supermercados. Los habitantes de tres caseríos en el interior del país estaban preocupados por la emergencia del coronavirus, pero hasta la semana pasada no habían cambiado sus rutinas agrícolas o artesanales. Eso, dice la promotora de salud que pregona la enfermedad en esta zona, no cambió tras el anuncio de cuarentena nacional. Allá están más atentos a otros problemas como la desnutrición y una atención posible es ir a un curandero. ¿Cómo se vive una pandemia mundial en un lugar donde ir al hospital implica levantarse a la una de la madrugada, caminar durante más de una hora entre cerros y calles polvosas, para llegar a la parada de bus más cercana?

ElFaro.net / Publicado el 24 de Marzo de 2020

A las ocho de la mañana del miércoles 18 de marzo, Milagro Calderón se enfundó un bolsón negro con franjas azules y una gorra de color café. Agarró una sombrilla morada y salió de su casa en el cantón Candelaria hacia el caserío La Cuchilla, en el municipio de Comalapa, Chalatenango. Caminó unos 20 minutos sobre una calle polvosa, bajo un sol que a primeras horas de la mañana ya era sofocante. Al llegar a una casa de paredes de ladrillo y techo de teja, y tras saludar, Milita, como la conocen en la comunidad, repitió el mensaje que ha dicho hasta el cansancio en los últimos días.

—Buenos días, ¿cómo está, compadre? -preguntó.

— Muy bien Milita -le respondió un hombre moreno, de unos 60 años.

— Estoy aquí para hablarles un poquito de esta nueva enfermedad, del coronavirus. Estoy aquí para pedirles que colaboren un poquito más.

Milita es la promotora de salud del cantón Candelaria. Según el Ministerio de Salud, un promotor de salud es “el elemento básico del sistema nacional de salud”, el primer nivel de atención para muchas comunidades. Es cuestión de perspectiva. Lo que el Estado considera el primer nivel de atención puede ser el último (o el único) eslabón para atender la salud en las zonas rurales. Durante la emergencia del coronavirus, o durante cualquier otra emergencia sanitaria, los promotores son la única presencia sanitaria del Estado en algunas comunidades remotas. 

Milagro Calderón, la promotora de salud del cantón Candelaria, en Comalapa, Chalatenango. Ella es una de las 3,285 promotores de salud que atienden, principalmente, la zona rural de El Salvador. Foto de El Faro: Efren Lemus.
 
Milagro Calderón, la promotora de salud del cantón Candelaria, en Comalapa, Chalatenango. Ella es una de las 3,285 promotores de salud que atienden, principalmente, la zona rural de El Salvador. Foto de El Faro: Efren Lemus.

Un informe del Ministerio de Salud de 2017 consigna que en El Salvador hay 3,285 promotores que atienden a 2.4 millones de personas (el 38.2 por ciento de la población). El ministerio les da un equipo básico de insumos médicos (tensiómetros, algodón, vendas, básculas de calzón, termómetros, mochilas y capas). Ellos se encargan de prevenir las muertes maternas y de recién nacidos, alertar sobre el brote de enfermedades infecciosas como el dengue o la diarrea, así como de vacunar perros y gatos para prevenir la rabia.

Ahí, en las zonas rurales del país, los promotores tienen que lidiar con pobladores que no creen en la existencia de una nueva enfermedad, o con otros que están atemorizados por la desinformación que circula en las redes sociales. “Hay gente que no cree (en el coronavirus) y me dicen que es un invento del gobierno. Otros están asustados porque han visto en las redes sociales que van a pasar aviones fumigando. Mi trabajo es no alarmarlos, insistir en la importancia de la prevención y pedirles que se informen por las vías oficiales, que no crean todo lo que ven en redes sociales”.

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Candelaria está sobre una sucesión de cerros casi deforestados. Es uno de los cuatro cantones de Comalapa, donde viven 628 personas, a unos 92 kilómetros al norte de San Salvador. El cantón tiene una escuela que atiende hasta noveno grado, una promotora de salud y un bus que recorre dos o tres veces al día la calle de terracería. Desde el cantón hasta la calle principal del municipio hay unos cinco kilómetros. Ahora mismo son cinco kilómetros de polvo, pero cuando comiencen las lluvias serán cinco kilómetros de lodazales.

“Cuando alguien tiene una cita a las 6 o 7 de la mañana en el hospital de Chalatenango (el hospital más cercano), la gente se levanta a la una de la madrugada para ir a agarrar el bus. Yo creo que esa gente no duerme, porque antes tienen que preparar el viaje”. El Salvador, pequeño en territorio, cercano un punto de otro en distancias, puede ser remoto debido a las posibilidades. El municipio tiene una unidad de salud, pero por la distancia o por la costumbre algunos de los pobladores de estos tres caseríos (Candelaria, La Cuchilla y El Pilón) prefieren acudir a los curanderos.

— Hoy se ve algo alegre. Ayer todo triste estaba, la gargante le duele -explica Tania, la madre de Víctor Manuel, un niño de dos años que vive en La Cuchilla.

—En la unidad de salud han habilitado un área para los que tienen gripe. No se quede en la casa, tiene que llevarlo a consulta -responde la promotora de salud.

—No voy (a consulta) porque me van a regañar. Y ya tengo un señor que me le echa guaro, un palito, unas hojitas no me acuerdo de qué y ruda. Le da tres chupones y (el niño) pega unas grandes dormidas. Hoy ya se ve que está mejor -insiste Tania.

—No ande haciendo eso. Cuando el niño tenga diarrea o gripe tiene que llevarlo a la unidad de salud. Ahorita que tiene gripe debe evitar exponerlo al humo de la cocina, y si le da fiebre debe llevarlo a consulta. No debe permitir que un curandero le dé cosas al niño.

Roberto Calles, un campesino de 60 años, camina hacia la carretera principal de Comalapa. Son unos cinco kilómetros de calle polvosa que Roberto se jacta de recorrer en media hora.
 
Roberto Calles, un campesino de 60 años, camina hacia la carretera principal de Comalapa. Son unos cinco kilómetros de calle polvosa que Roberto se jacta de recorrer en media hora. "Mi patrón me llevó a una carrera en Chalatenango, competí contra jóvenes de 20 años y terminé en cuarto lugar", cuenta. Foto de El Faro: Efren Lemus.

Tania y su hijo viven a la orilla de la calle polvosa. Cuando el viento sopla sobre la cima de estos cerros, o cuando alguna moto o vehículo entra o sale del cantón, las nubes de polvo llegan hasta su casa. “Con esto de los problemas respiratorios es bien difícil, sobre todo con la gente que vive a la orilla de la calle, porque siempre están expuestos al polvo”, dice Milita.

—¿Y usted que ha oído del coronavirus? -pregunta la promotora social.

—Es una nueva enfermedad, pero algunos de juego lo agarran -responde Tania.

—Mire, nosotros andamos hablando de esto para que no se sientan alarmados. Si no tiene nada que hacer, lo mejor es quedarse en casa. ¿Usted sabe cómo se contagia esta enfermedad?

—A través de abrazo, de beso.

—Hay que ponerle atención a los síntomas como la fiebre y la tos seca, hay que consultarlo en la unidad de salud. Usted y el niño tienen que lavarse bien las manos con jabón y agüita, aunque no tenga alcohol gel. Hay que mantener bien limpita la vivienda. Si puede, limpie las cosas con un poquito de lejía -recomienda Milita.

La promotora camina por el pequeño patio oscuro para revisar una pila con agua que está al fondo. Luego saca una libreta de su bolsón y le toma el peso a Víctor Manuel.

—Mire, el agua de esa pila ya hay que cambiarla. Ahorita tenemos un caso sospechoso de dengue en Candelaria y tenemos que evitar los criaderos de zancudos. Le pido de favor que lave la pila porque ya tenemos el dengue, el zica y la chikungunya, imagínese que ahora se nos viene el coronavirus, ¿qué vamos hacer si no eliminamos el zancudo? También le voy a dejar estas dos bolsitas de suero, porque el niño tiene el peso al límite de la desnutrición.

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Después de atender a Víctor Manuel, la mañana del pasado 18 de marzo, la promotora social siguió caminando por las calles polvosas de La Cuchilla: tomó la presión a una anciana, inyectó a una adolescente madre de familia, visitó a una embarazada. En cada una de las visitas repitió los consejos básicos para prevenir el coronavirus y también dedicó una buena parte del tiempo a desmentir información que ha circulado en redes sociales.

—No hay que creer que van a pasar aviones fumigando como han publicado en redes sociales. Otros han dicho que el gobierno va regalar saldo telefónico (por la crisis) y eso tampoco es cierto. No hay que andar creyendo en todo lo que se publica, hay que hacer caso solo a lo que dice el presidente (Nayib Bukele) -recomendó Milita.

Don Colato, un anciano de 85 años, padre de 15 hijos, escuchaba atentamente. Él era uno de los preocupados por la posibilidad de que, un día, aviones aparecieran por el cielo fumigando contra el coronavirus con quién sabe qué sustancia. “Yo le pido al padre bendito que esto no pase a más”.

Pero ahora que ya le dijeron que es falso eso de que aviones pasarán fumigando, hay otra duda que inquieta a don Colato: “¿Y será verdad que a los que mueren de esta enfermedad los hacen quemados?”. 

Con pandemia o sin pandemia, parte del trabajo de los promotores de salud es romper mitos, aclarar información, eliminar esa distancia que no se mide en kilómetros entre las capitales y el campo, entre las ciudades y los cantones. Aquí, todo llega tarde y difuso, incluso el coronavirus. Y es a pie, entre polvaredas y cerros, como Milita intenta remediar esa marginación.

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La noche del sábado 21 de marzo, durante una cadena nacional de radio y televisión, el presidente Bukele ordenó una cuarentena nacional de 30 días. ¿Afectará esta medida el trabajo de los promotores? Al menos en Candelaria, los campesinos continúan con sus labores agrícolas y artesanales diarias (elaboración de hamacas y redes). "Vamos a seguir con el seguimiento a embarazadas y referir (a la unidad de salud) cualquier caso sospechoso", dijo Milita este lunes 23 antes de irse a descansar para volver un día más al camino.