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El Espino languidece en la cuarentena

Carlos Barrera

En el centro de una de las áreas más pudientes del país, hay una comunidad que sobrevive hacinada estos tiempos de cuarentena. Rodeada de centros comerciales como Multiplaza o La Gran Vía, la comunidad El Espino se ha quedado sin sustento. Muchas de las 65 familias que viven ahí desde hace dos años, cuando fueron desalojados de terrenos de la familia Dueñas, han perdido sus ingresos. Algunos tenían comedores o vendían fruta de forma ambulante para las familias que llegaban al parque Bicentenario a trotar o a montar sus bicicletas. Desde que la noche del 21 de marzo, el presidente, Nayib Bukele, decretó cuarentena domiciliar en todo el país, la miseria de esta comunidad es ahora más miserable. Lo de siempre con lo de ahora: casas de lámina, suelos de tierra, refrigeradores más vacíos. Hay algunas de esas casas donde conviven hasta diez personas en un mínimo espacio. Los que aún tienen, regalan a los que ya no tienen nada que comer, pero esos pocos que tienen pronto dejarán de tener. Muchos de los habitantes de El Espino eran trabajadores informales, empleadas domésticas que fueron enviadas a su comunidad sin pago, vendedores de calle, y aún no saben cómo cobrar la ayuda de $300 dólares entregada por el Gobierno. La cuarentena continuará hasta al menos el 28 de abril. Esta es una estampa más de los estragos económicos de la pandemia en el sector más marginal de una sociedad donde conviven en pocos kilómetros condominios de lujo y champas. 

ElFaro.net / Publicado el 10 de Abril de 2020

 

Norma Vásquez tiene 53 años, es madre, abuela y cabeza de hogar en una casa donde viven diez personas. La casa de la familia Vásquez es una pequeña caja formada por láminas y bambú. La sala también funciona como dormitorio y comedor. Debido a que los miembros en edad de trabajar pertenecen al sector informal, todos se han quedado sin ingresos por no poder salir de casa. De la familia Vásquez nadie fue favorecida con los $300 que el gobierno brindará a las familias para apalear la crisis económica causada por la pandemia del coronavirus, ''Este día puse a cocinar las últimas libras de maíz que tengo, para mañana ni mis hijos y yo sabemos que vamos a comer'', dijo Norma.
 
Norma Vásquez tiene 53 años, es madre, abuela y cabeza de hogar en una casa donde viven diez personas. La casa de la familia Vásquez es una pequeña caja formada por láminas y bambú. La sala también funciona como dormitorio y comedor. Debido a que los miembros en edad de trabajar pertenecen al sector informal, todos se han quedado sin ingresos por no poder salir de casa. De la familia Vásquez nadie fue favorecida con los $300 que el gobierno brindará a las familias para apalear la crisis económica causada por la pandemia del coronavirus, ''Este día puse a cocinar las últimas libras de maíz que tengo, para mañana ni mis hijos y yo sabemos que vamos a comer'', dijo Norma.

 

 

 

Antonia Alfaro tiene 61 años de edad. Hasta el 21 de marzo del 2019 trabajaba en servicio doméstico para una familia en Ciudad Merliot, Santa Tecla. Antonia ganaba $6 una vez a la semana por lavar, planchar y hacer limpieza. En su casa, vive con su hija y su nieto, Gabriel, de 7 años, y no aparece beneficiada con el bono de $300 que entregará el gobierno.
 
Antonia Alfaro tiene 61 años de edad. Hasta el 21 de marzo del 2019 trabajaba en servicio doméstico para una familia en Ciudad Merliot, Santa Tecla. Antonia ganaba $6 una vez a la semana por lavar, planchar y hacer limpieza. En su casa, vive con su hija y su nieto, Gabriel, de 7 años, y no aparece beneficiada con el bono de $300 que entregará el gobierno. "El 21 de marzo me llamó mi patrona y me dijo que me presentara hasta que el gobierno diera la orden (de finalización de la cuarentena). Desde ese día yo no gano ni un dólar. Aquí con la comida que nos regala la gente la vamos pasando'', dijo.

 

 

 

El 31 de marzo del 2020, en plena cuarentena, en la casa de Antonia Alfaro solo quedaba una sartén con arroz y unos granos de frijol, era lo último que había para comer para dos mujeres adultas y un niño. No quedaba más para el siguiente día.
 
El 31 de marzo del 2020, en plena cuarentena, en la casa de Antonia Alfaro solo quedaba una sartén con arroz y unos granos de frijol, era lo último que había para comer para dos mujeres adultas y un niño. No quedaba más para el siguiente día.

 

 

 

Wendy Cabrera tiene 25 años de edad, estudia una licenciatura en inglés y desde el 13 de marzo dejó de ir a la universidad debido a la crisis. Wendy vive con su padre, Manuel Cabrera. En casa tienen internet residencial: ''solo para enviar las tareas tengo que ponerle saldo al celular, para poder tener internet, con un dólar que le ponga ya logro enviar todo lo que me han dejado. Al principio fue difícil adaptarme, pero ya me acostumbre, paso aquí encerrada'', dijo.
 
Wendy Cabrera tiene 25 años de edad, estudia una licenciatura en inglés y desde el 13 de marzo dejó de ir a la universidad debido a la crisis. Wendy vive con su padre, Manuel Cabrera. En casa tienen internet residencial: ''solo para enviar las tareas tengo que ponerle saldo al celular, para poder tener internet, con un dólar que le ponga ya logro enviar todo lo que me han dejado. Al principio fue difícil adaptarme, pero ya me acostumbre, paso aquí encerrada'', dijo.

 

 

 

Graciela Umaña (izquierda) tiene 21 años, trabajaba de hacer limpieza en un colegio de Ciudad Merliot. Su salario era de $80 quincenales. Graciela es vecina de Karina Rivas, de 23 años, ambas son madres. Karina trabajaba en el mercado de Merliot, pero su patrona le dijo que ya no llegara para evitar las multitudes en el mercado. Karina dice estar a punto de acabar con los pocos ahorros que tenía. Ninguna de las dos mujeres salió beneficiada con el bono de $300.
 
Graciela Umaña (izquierda) tiene 21 años, trabajaba de hacer limpieza en un colegio de Ciudad Merliot. Su salario era de $80 quincenales. Graciela es vecina de Karina Rivas, de 23 años, ambas son madres. Karina trabajaba en el mercado de Merliot, pero su patrona le dijo que ya no llegara para evitar las multitudes en el mercado. Karina dice estar a punto de acabar con los pocos ahorros que tenía. Ninguna de las dos mujeres salió beneficiada con el bono de $300.

 

 

 

José Alfaro tiene 44 años, trabaja de mantenimiento de jardinería. La empresa para la que trabaja suspendió labores, pero él no dejo de recibir su salario, $300 mensuales. ''Afortunadamente, yo tengo mi trabajito y no me han echado, me han seguido pagando y eso me ayuda unos días, pero imagínese la pobre gente que no tiene trabajo y no salió con el bono de $300'', dijo mientras jugaba con sus perros en lo que él llama su jardín.
 
José Alfaro tiene 44 años, trabaja de mantenimiento de jardinería. La empresa para la que trabaja suspendió labores, pero él no dejo de recibir su salario, $300 mensuales. ''Afortunadamente, yo tengo mi trabajito y no me han echado, me han seguido pagando y eso me ayuda unos días, pero imagínese la pobre gente que no tiene trabajo y no salió con el bono de $300'', dijo mientras jugaba con sus perros en lo que él llama su jardín.

 

 

 

Luis Flores tiene 55 años, es mecánico automotriz, trabaja desde su casa, pero desde que se decretó la cuarentena domiciliar no ha recibido ni un cliente. El único vehículo que repara es el de un amigo que vive en la zona.
 
Luis Flores tiene 55 años, es mecánico automotriz, trabaja desde su casa, pero desde que se decretó la cuarentena domiciliar no ha recibido ni un cliente. El único vehículo que repara es el de un amigo que vive en la zona. "Esto está crítico, ya solo seis dólares me quedan, y el único que me da trabajo es un amigo que igual está jodido porque hace viajes y, con eso de que nadie sale, le ha ido mal", dijo.

 

 

 

Jesús Urrutia (derecha) de 71 años de edad y Manuel Cabrera de 49, durante una visita a su amigo Luis Flores, los tres son vecinos, las casas no tiene divisiones, es suficiente con dar unos pasos y estar en la casa de otra persona, ellos dijeron que mantienen la distancia y evitan saludarse con el apretón de manos. Todos los días se reúnen a las 3:30 para tomar café, Jesús además de ser amigo de Luis Flores también es su único cliente en el pequeño taller improvisado.
 
Jesús Urrutia (derecha) de 71 años de edad y Manuel Cabrera de 49, durante una visita a su amigo Luis Flores, los tres son vecinos, las casas no tiene divisiones, es suficiente con dar unos pasos y estar en la casa de otra persona, ellos dijeron que mantienen la distancia y evitan saludarse con el apretón de manos. Todos los días se reúnen a las 3:30 para tomar café, Jesús además de ser amigo de Luis Flores también es su único cliente en el pequeño taller improvisado.

 

 

 

Erick Monterrosa tiene 30 años, esposa y tres hijos, trabaja de vender pan, pero en la panadería no le quisieron dar una carta que demuestre ante la Policía que es vendedor de la empresa, por eso su ruta está reducida a la comunidad El Espino.
 
Erick Monterrosa tiene 30 años, esposa y tres hijos, trabaja de vender pan, pero en la panadería no le quisieron dar una carta que demuestre ante la Policía que es vendedor de la empresa, por eso su ruta está reducida a la comunidad El Espino. "Antes, me quedaban de ganancia $12 al día, y en estos días de cuarentena solo me quedan $4. Mi ruta normal es Merliot y Santa Tecla, pero ahora solo a la gente de la comunidad le vendo", dijo.

 

 

 

Fredy Hernández tiene 14 años y estudia octavo grado. Fredy no tiene computadora y no puede acceder al sistema para hacer las tareas en linea.
 
Fredy Hernández tiene 14 años y estudia octavo grado. Fredy no tiene computadora y no puede acceder al sistema para hacer las tareas en linea. "Las tareas que me dejan las hago a mano y le tomo fotos para enviarlas por mensaje a mi maestro", dijo mientras jugaba de encestar en un predio frente a su casa. La cesta de Fredy es improvisada por un árbol y una llanta de bicicleta.

 

 

 

María Inglés tiene 74 años. Se dedica a vender tortillas y comida con sus hijas, pero desde que se decretó la cuarentena han dejado de vender. María no fue beneficiada con el bono de $300 que entregará el gobierno.
 
María Inglés tiene 74 años. Se dedica a vender tortillas y comida con sus hijas, pero desde que se decretó la cuarentena han dejado de vender. María no fue beneficiada con el bono de $300 que entregará el gobierno. "Estamos en una situación bien delicada, en unos días ya no vamos a tener para comer, yo quisiera que me dieran esa ayuda para mí y mi familia", dijo mientras cortaba unas rosas del pequeño jardín que ha improvisado en la acera del bulevar Cancillería.

 

 

 

Aquí es normal ver a los niños jugar en la calle en plena cuarentena, la calle es el único espacio que tiene para distraerse, las casas son estructuras improvisadas en muy poco espacio. Para los padres es muy complicado mantenerlos dentro de las casas de lámina en las que hace un calor insoportable y viven hasta diez personas.
 
Aquí es normal ver a los niños jugar en la calle en plena cuarentena, la calle es el único espacio que tiene para distraerse, las casas son estructuras improvisadas en muy poco espacio. Para los padres es muy complicado mantenerlos dentro de las casas de lámina en las que hace un calor insoportable y viven hasta diez personas.

 

 

 

Raquel Flores, de 41 años, da un baño a su hijo Gabriel, de 5. Aquí no hay agua en las casas, deben acarrearla todos los días desde chorros comunitarios. Raquel no cuenta con un trabajo formal. Antes de la cuarentena hacia trabajo de costurera para los vigilantes del Sistema de Integración Centroamericano, pero en su mayoría ya no llegan a laborar. En la casa de Raquel nadie salió beneficiado con el bono de $300.
 
Raquel Flores, de 41 años, da un baño a su hijo Gabriel, de 5. Aquí no hay agua en las casas, deben acarrearla todos los días desde chorros comunitarios. Raquel no cuenta con un trabajo formal. Antes de la cuarentena hacia trabajo de costurera para los vigilantes del Sistema de Integración Centroamericano, pero en su mayoría ya no llegan a laborar. En la casa de Raquel nadie salió beneficiado con el bono de $300. "Para este día, yo solo cuento con un dólar en mi bolsa. Hoy en la mañana unos vecinos nos regalaron unas pupusas para poder comer, pero para el resto del día no se como voy a hacer, estoy muy preocupada por la alimentación de mi hijo", dijo.

 

 

 

Cristian Martínez tiene 19 años y trabaja para el negocio familiar, venta de elotes y atol. Antes de la cuarentena, Cristian salía a vender en su motocicleta.
 
Cristian Martínez tiene 19 años y trabaja para el negocio familiar, venta de elotes y atol. Antes de la cuarentena, Cristian salía a vender en su motocicleta. "Me iba a las colonias de Merliot a vender y hasta allá por la calle que va para el volcán, ahorita no voy, si lo hago me lleva la Policía. Ahora con mi familia estamos sobreviviendo de lo poco que logramos vender aquí en la comunidad", dijo.

 

 

 

La comunidad El Espino está ubicada en el bulevar Cancillería, Antiguo Cuscatlán. Aquí, las 65 familias están rodeadas de organismos internaciones, universidad privada, centros comerciales y apartamentos de lujo. Viven tan cerca, pero a la vez tan lejos de los privilegios que otras personas pueden tener para resistir la cuarentena domiciliar que se extenderá hasta el próximo 28 de abril.
 
La comunidad El Espino está ubicada en el bulevar Cancillería, Antiguo Cuscatlán. Aquí, las 65 familias están rodeadas de organismos internaciones, universidad privada, centros comerciales y apartamentos de lujo. Viven tan cerca, pero a la vez tan lejos de los privilegios que otras personas pueden tener para resistir la cuarentena domiciliar que se extenderá hasta el próximo 28 de abril.