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Matamoros: un botadero de migrantes en plena pandemia

Sergio Arauz

Miles de migrantes están atrapados en México. La crisis por el coronavirus ha cerrado más de lo que ya estaban las fronteras de Estados Unidos y también las de Centroamérica. Una multitud que pretendía refugio en el Norte está atrapada ahora por los dos lados: no pueden avanzar, no pueden regresar. En Matamoros, ciudad controlada por La Maña, la crisis humanitaria se resume en un campamento a la orilla del río Bravo: 2,000 personas de Centroamérica, Venezuela, Cuba y otros países, sobreviven hacinados a la espera de una cita con un juez estadounidense o una posibilidad para volver a casa. Están botados, languidecen a unos metros del destino que buscaban. La pandemia es una agravante para estos migrantes sin retorno y sin destino.

ElFaro.net / Publicado el 24 de Mayo de 2020

—¡Se están cruzando!

Quien nos alerta a gritos es un grupo de bañistas que chapotean en el río Bravo, frontera natural entre México y Estados Unidos. Desde la orilla mexicana, más de un decena de migrantes silenciosos atestiguan cómo tres indocumentados nadan hacia el lado estadounidense. 

Es jueves 23 de abril y estamos abajo de un puente que cruza el río Bravo, entre Matamoros, Tamaulipas; y Brownsville, en el extremo sur de Texas. Arriba, en el puente, está una de las más transitadas rutas del comercio internacional entre Estados Unidos y México, más de 1,500 millones de dólares al año fluctúan por aquí, principalmente en artículos eléctricos y electrónicos. Abajo, en una de las riberas del río, uno de los puntos de paso furtivo de migrantes. 

Un grupo de migrantes se baña en el río Bravo, en Matamoros, cerca del campamento. Arriba de ellos está el puente internacional que conecta con Estados Unidos, donde transitan las personas que tienen autorización legal de entrada y de salida. Mientras que por el río Bravo lo intentan los indocumentados. El coronavirus, sin embargo, no ha frenado el cruce de migrantes del todo. Foto de El Faro: Fred Ramos.
 
Un grupo de migrantes se baña en el río Bravo, en Matamoros, cerca del campamento. Arriba de ellos está el puente internacional que conecta con Estados Unidos, donde transitan las personas que tienen autorización legal de entrada y de salida. Mientras que por el río Bravo lo intentan los indocumentados. El coronavirus, sin embargo, no ha frenado el cruce de migrantes del todo. Foto de El Faro: Fred Ramos.

Este río de 3,034 kilómetros cruza Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, cuatro de los seis estados mexicanos que comparten frontera con Estados Unidos, donde es conocido como río Grande. El río no se llama Bravo por gusto o Grande porque sí. Es un río de ríos. Lo alimentan principalmente los ríos Conchos y Pecos, pero también el Álamo, el Salado, el Conejos, el San Juan y el Chamos. Es río y es obstáculo. Es río y es muro de agua.

Los tres migrantes se han lanzado al agua justo debajo del puente, en las narices de las patrullas fronterizas que se pasean del otro lado, a 15 metros de uno de los campamentos de migrantes más grandes de México en estos meses de pandemia. 

El campamento parece un botadero de indocumentados, donde Estados Unidos ha tirado a buena parte de las casi 2,000 personas de nueve nacionalidades que malviven bajo 484 champas hacinadas. Esta gente espera que Estados Unidos les llame para su juicio de asilo o que las fronteras de Centroamérica, cerradas por la crisis, se abran para volver. Toda esta gente llegó aquí antes de la pandemia, pero ahora su abandono tiene agravante: justamente la pandemia. Muchos salen a trabajar, otros tratan de conseguir dinero con ventas ambulantes, algunos simplemente pidiendo. Sobreviven aquí aglomerados, aferrados a una posibilidad chiquita: que Estados Unidos los acepte. De todas las ciudades de Tamaulipas, Matamoros es la que reporta más contagios de coronavirus (289 casos confirmados a principios de mayo). Están entre riesgo y riesgo: la necesidad, la enfermedad.

Aunque el improvisado refugio está de lado mexicano, es obra de Estados Unidos. Los migrantes empezaron a juntarse bajo el puente, en la ribera del río, desde enero de 2019, cuando por orden del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, arrancó el Programa de Protección de Migrantes, mejor conocido como “Remain en México”. 

“Permanecer en México”, como se traduce en español, formó en distintas ciudades fronterizas mexicanas aglomeraciones de cientos y, en algunos puntos, como aquí en Matamoros, de miles de migrantes. El propósito central del programa es que muchas de las personas que pidan asilo humanitario en Estados Unidos sean trasladadas a México para esperar la decisión de una corte. O sea, quienes piden quedarse en Estados Unidos deben esperar la respuesta en México. Esta especie de deportación exprés significó la llegada de 60,000 migrantes a suelo mexicano solo en este 2020, según datos oficiales. Es todo un muro burocrático que refuerza el muro-río y el muro de hierro que Trump promete seguir construyendo. 

Los tres muchachos que cruzan el río Bravo escogieron esta hora, las 4 de la tarde, cuando hay más gente en la ribera, más espectadores. 

El lugar que escogieron para su pequeña hazaña es un punto del río que también sirve a los del campamento para huir del polvo y el calor de la tarde. Es la ribera donde muchas de las familias varadas acuden a chapotear en el río. Si la corriente no es poderosa, nadan hacia la mitado un poco más allá. Nadan, pues, un ratito en México, un ratito en Estados Unidos. Mientras no pateen y caminen por los breñales del extremo sur de Texas, la Patrulla Fronteriza no los persigue. Chapotear en el Bravo es el equivalente a meter medio cuerpo entre las rejas de Playas de Tijuana. Un gesto nada más. 

A diferencia del resto de bañistas, los tres muchachos no chapotean, migran. A esta hora, el célebre río parece manso. Los muchachos nadan con chalecos salvavidas. En su cintura llevan amarradas bolsas negras con sus ropas y calzado. 

Cruzan con la bendición de La Maña. 

La Maña también es testigo y autoridad de este cruce furtivo. La estructura criminal que controla Matamoros y parte del Golfo de México se nos ha manifestado en forma de troca mexicana. A unos metros de las letrinas públicas, justo en una de las enormes columnas que soportan el puente comercial, están dos hombres fortachones que metieron su todoterreno último modelo y sin placas hasta este punto del Bravo. Es una posición elevada en la ribera, un sitio perfecto para vigilar a los muchachos que migran. Para el fotógrafo y para mí, en cambio, es un mal lugar para tomar fotos y estar sin el permiso de los que mandan aquí. 

Los usuarios del todoterreno siguen de reojo a los tres muchachos. De reojo,  también, vigilan a los dos periodistas que llegamos de improvisto. Ningún migrante los llama por su nombre ni dice qué hacen ahí. Son muy notorios en el lugar, pero todo el mundo los ignora, como si no existieran. Si aquí en la ribera se pregunta por la camioneta que rondinea el lugar, los migrantes son esquivos, cambian el tema, terminan la plática. Ya dentro del campamento, en conversaciones aisladas, la gente reconoce que ese vehículo era de La Maña, forma en que se conoce en esta zona al Cártel del Golfo, organización oriunda de Matamoros que se lucra de los migrantes y el trasiego de drogas, entre otras tantas actividades ilícitas. La Maña no se mueve con mucha discreción en Matamoros, al menos no alrededor del campamento. Es vox populi entre los migrantes que quien quiera cruzar debe hablar con ellos y pagarles.

La tarifa por cruzar para dejarse atrapar del otro lado es de al menos $500, según nos contaron tres indocumentados que ya habían pagado por el trámite. Esto es más la compra de una licencia que la prestación de un servicio. Se paga porque La Maña permita el nado desesperado, no porque te pase en lancha. El servicio para cruzar con guía y sin ser atrapado cuesta al menos $6,000. La administración Trump y el coronavirus han generado el aumento a su máximo histórico de esta cuota, el pago por el brinco. Lo que hace una década costaba $1,500 y hace dos años podía conseguirse por $3,000, ahora cuesta $6,000. 

A unos metros del todoterreno, el vehículo de una empresa subcontratista de la comuna descarga la mierda de casi 30 baños plásticos, casetas habituales para camping o conciertos. Cuando hay viento, las bocanadas de tufo llegan hasta donde los bañistas. Descargan el excremento de los 2,000 migrantes en un camión que se lo llevará quién sabe dónde. En todo el campamento no hay más de 100 letrinas. 

La regla de aislarse es un privilegio que no pueden darse estas 2,000 personas varadas. De hecho, no pueden cumplir con casi ninguno de los eslóganes de la corrección en pandemia: ni la sana distancia ni quedarse en casa. Están apiñados, compartiendo cagaderos y a miles de kilómetros de sus casas, atrapados en un país cuyo gobierno ha decidido encajar en la estrategia antiinmigrante de su vecino del norte. 

Los tres muchachos ya están del otro lado y se meten al breñal. Los mirones, unos 50 migrantes esparcidos en la ribera del Bravo, siguen desde esta orilla el camino de los que cruzaron. El tufo de los baños aromatiza la escena. 

Avanzamos en la ribera, siguiendo los pasos de los migrantes. Caminan ya en Brownsville, al lado del muro de una universidad desde la que, antes del virus, podían escucharse porras deportivas que resonaban en el hacinado campamento de este lado. Los tres muchachos están escondidos en un breñal. Se esconden a un poco más de un kilómetro del punto del río Bravo en el que murieron Óscar y Valeria, padre e hija salvadoreños que dieron la vuelta al mundo en aquella terrible imagen de sus cuerpos flotando en la orilla.

Arriba, la fotografía tomada el 23 de junio de 2019, los cuerpos de Óscar y Valeria en el río Bravo. Foto de AFP. Abajo, la imagen de cómo luce ahora mismo el punto donde los cuerpos fueron encontrados. 
 
Arriba, la fotografía tomada el 23 de junio de 2019, los cuerpos de Óscar y Valeria en el río Bravo. Foto de AFP. Abajo, la imagen de cómo luce ahora mismo el punto donde los cuerpos fueron encontrados. 

Matamoros tiene frente a sí más de 100 kilómetros de río, el muro natural. Hay tramos con bardas cortas y un zigzag de calles donde se pasean las patrullas para proteger la frontera. El río desemboca en el Atlántico, cerca de playa Bagdad, donde no hay ni barda ni muro, pero sí llano y breñal controlado por el crimen organizado. A diferencia de lo que ocurre en otras zonas, aquí las autoridades estadounidenses confían en el río. 

Matamoros no es célebre en la frontera, al menos no es un ícono como Tijuana o Ciudad Juárez; ni tampoco como Nuevo Laredo o Nogales; podría decirse que se ha escrito más acerca del pueblito de Altar, en Sonora, a media frontera, que de Matamoros, uno de sus extremos. En parte, eso responde a que Matamoros es una de las plazas más complicadas para hacer periodismo en el norte mexicano, y eso es mucho decir, porque el norte es una de las regiones más hostiles al oficio en este país, donde a más periodistas se asesina en todo el mundo. Matamoros es una de las esquinas de un triángulo formado por Reynosa, una de las capitales mexicanas de la trata de personas para explotación sexual; y el pueblito de San Fernando, donde 72 migrantes fueron masacrados por Los Zetas en agosto de 2010. 

El desesperado nado de los tres migrantes ocurre cuando la frontera está más cerrada de lo habitual y el mundo es difícil de entender. 

Del otro lado, el grito mecánico: ¡uuuuh, uuuuh! Una camioneta de la Patrulla Fronteriza se acerca por la zona en la que están guarecidos los tres muchachos. El muro es una pared a veces, pero tecnología siempre: aunque no haya barda de metal en algunos tramos, hay censores de movimiento y cámaras por toda la frontera, sobretodo allá donde del otro lado del río hay ciudades como Matamoros.

El migrante, en estas latitudes, migra al norte, así es la historia de décadas. Ahora mismo, ese rumbo adquiere características exóticas. Estados Unidos es el epicentro del coronavirus en el mundo: 1,6 millones de contagios, 97,477 muertos contabilizados entre el 4 de marzo y este 24 de mayo, y la probabilidad de que empeore ya que están empezando a abrir la economía. De lado de México, en cambio, los contagios suman 65,856 y el registro de muertes es de 7,179 personas desde el 18 de marzo al 24 de mayo. Esos migrantes nadan de donde hay menos coronavirus a donde hay más, a la meca de la pandemia. 

La brújula de algunos migrantes dio un giro radical en estos meses. Hay noticias desde el albergue de La 72, en la frontera sur de México, de que algunos indocumentados llegan en buses de Migración desde campamentos del norte como este. Son deportados, pero no del todo, porque las fronteras centroamericanas están cerradas. Los dejan ahí, al margen de su región, y los exhortan a cruzar sin permiso hacia el otro lado. La migración al revés. Soldados guatemaltecos han devuelto a muchos de esos migrantes que terminan en el albergue pidiendo refugio. 

Sin embargo, el coronavirus no acabó con la aspiración de llegar al norte, solo la mermó. En todo marzo, Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos (conocidos como CBP), reportó la detención de 4,200 migrantes que cruzaban de manera irregular hacia Estados Unidos. Antes de la pandemia eran unos 10,000 mensuales. Menos migración no es nunca el fin de la migración. 

Los tres muchachos han recorrido casi 600 metros por la maleza de Texas. Tras 40 minutos de bracear y caminar, están en Estados Unidos, al menos entre su breña. Los migrantes siguen cruzando el río, pese a que lo más probable es que terminen detenidos en centros donde ya se han reportado contagios. 

Para los que insisten en cruzar, la crisis del coronavirus no es la más importante de sus crisis.  

Tres migrantes intentaron cruzar a Estados Unidos a través del río Bravo. Ellos nadaron hacia el otro lado del río. No lo lograron porque varias patrullas fronterizas de la Oficina estadounidense de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) los detectaron. Entonces decidieron volver al lado mexicano. La imagen fue tomada con discreción, pues miembros del grupo criminal que controla parte de Matamoros vigilaban la escena desde una camioneta. A 500 metros de este lugar está una cruz conmemorativa en el punto del río en el que murieron Óscar y Valeria, los salvadoreños mundialmente conocidos por morir en el cruze del Bravo. Foto de El Faro: Fred Ramos.
 
Tres migrantes intentaron cruzar a Estados Unidos a través del río Bravo. Ellos nadaron hacia el otro lado del río. No lo lograron porque varias patrullas fronterizas de la Oficina estadounidense de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) los detectaron. Entonces decidieron volver al lado mexicano. La imagen fue tomada con discreción, pues miembros del grupo criminal que controla parte de Matamoros vigilaban la escena desde una camioneta. A 500 metros de este lugar está una cruz conmemorativa en el punto del río en el que murieron Óscar y Valeria, los salvadoreños mundialmente conocidos por morir en el cruze del Bravo. Foto de El Faro: Fred Ramos.

Un cuarto personaje entra en la escena justo cuando los muchachos ya han visto y oído las patrullas. Un hombre moreno se les acerca y dice algo al oído de uno de los migrantes. Aunque tienen a las patrullas atrás, los tres migrantes le hacen una especie de rueda al cuatro personaje. El hombre parece un técnico de fútbol explicando una jugada a sus discípulos. Se escabullen entre el monte estadounidense y vuelven a lanzarse al río, nadan hacia Matamoros. La gente sigue el espectáculo. Los de la camioneta de La Maña también los pierden de vista. Todo apunta a que el hombre moreno es parte de la estrategia y acaba de cambiar la jugada de súbito.

Los tres vuelven a la ribera latinoamericana. El hombre moreno regresa detrás de ellos y se pierde entre la multitud de mirones. Las patrullas se van. La gente deja de mirar hacia el río y vuelve al albergue. Los muchachos se mezclan entre las champas del campamento. “No vayan a hablar con ellos, no es buen momento”, me aconseja uno de los migrantes que presenció la escena. La Maña se va. 

Así transcurrió nuestro segundo día en uno de los grandes campamentos fronterizos en estos extraños tiempos. Hay migrantes que llevan aquí 300 días y no pretenden rendirse, no tan cerca del otro lado. Hay otros que sí quieren volver por donde vinieron, sobre todo los de Centroamérica, pero las fronteras están cerradas. En el norte también lo están, pero siempre lo han estado. 

Esta es la gente que quedó atrapada en México. Este es el resumen de un país inmenso convertido en centro de cuarentena para los que buscan el Norte. 

¿Triste campamento o programa de protección?

Matamoros es un pueblo productivo. Aquí operan unas 150 maquilas de marcas estadounidenses en las que se producen artículos eléctricos y electrónicos de todo tipo, principalmente repuestos de automóviles de la General Motors, Ford y Chrysler. Es una superficie de 4,000 kilómetros cuadrados que produce 11,000 millones de dólares anuales, casi el  50% del PIB de El Salvador. Hay industria, pero no hay metrópoli con rascacielos ni museos ni zona turística reconocible. Otra industria que caracteriza a Matamoros es la del crimen organizado. También es la sede de uno de los cárteles más célebres y poderosos de los últimos tiempos, cuya riqueza no está contabilizada.  

Su casco urbano sin grandes edificios y sus calles son transitadas por variedad de trocas polarizadas, sin placas. Es una ciudad plana, ha crecido en horizontal. Debido a que es una urbe que produce artículos para Estados Unidos, no ha parado de producir. Un riesgo más para que el coronavirus se expanda. En previsión, Matamoros ya comenzó a cavar medio centenar de tumbas, una fosa común para depositar de manera temporal cadáveres, en caso de que los decesos por el coronavirus se disparen y no alcancen a ser procesados por los servicios funerarios.

Hoy es viernes 24 de abril, son las cinco de la tarde y la columna de gente que espera recoger su cena empieza a crecer. Los que reparten comida ordenan las filas desde las cinco, cuando el viento de la tarde sopla y hace menos exasperante el calor. 

Edison Sánchez, un venezolano calvo y avispado, organiza a la gente en la estación del centro del campamento. “¡Por favor! ¡Por favor!”, grita con su acento caribeño a un adusto cubano que no respeta el metro y medio de distancia. “En la línea blanca, en la línea”, le ordena. 

Desde mediados de marzo, cuando fue declarada oficialmente la pandemia de coronavirus, el campamento cerró el comedor, una gigantesca carpa en la que se congregaban a comer la mayoría de migrantes. Durante los cinco días que visitamos el campamento, las dos comidas que regalan dos organizaciones humanitarias se reparten a cada migrante, que debe llevarlas a su champa o comer al aire libre. Un cambio provocado por la pandemia. 

Uno de los que organiza la repartición de comida es Edison, quien junto a otros referentes del campamento hacen marcas de cal por cada metro y medio en el polvoso camino del campamento. Buscan una sana distancia imposible. 

-¿No es tonto esto? Si al final siempre duermen juntos y hacinados -digo a Edison. 

-Algo hay que hacer, al menos pa’ comer, algo es algo -responde y ríe. 

La comida la paga Angry Tías y Abuelas del Río Grande Valley, organizaciones de Estados Unidos que desde antes de la pandemia repartían la alimentos. En estos días, han contratado a un comedor local para preparar un desayuno y una cena diaria para las casi 2,000 personas.  

El cruce documentado por el puente internacional es más complicado, por lo que las personas de esas organizaciones tienen más dificultades para justificar que cruzan para realizar una actividad esencial. Sin matices: esencial como alimentar a miles de personas. 

Imagen del puente migratorio en Matamoros. La frontera Estados Unidos y México es una de la más transitadas del mundo. Desde el 20 de marzo, el Gobierno de Estados Unidos cerró sus fronteras con México. el presidente Donald Trump dijo que los viajes
 
Imagen del puente migratorio en Matamoros. La frontera Estados Unidos y México es una de la más transitadas del mundo. Desde el 20 de marzo, el Gobierno de Estados Unidos cerró sus fronteras con México. el presidente Donald Trump dijo que los viajes "no esenciales" con dicho país están prohibidos con el fin de contrarrestar la propagación del virus en su país. Sin embargo, Estados Unidos continúan enviado retornados a sus países de origen. En el caso de Guatemala en un vuelo federal venían 77 deportados. 44 de ellos dieron positivos a las pruebas de COVID-19. Foto de El Faro: Fred Ramos. 

Poco a poco, ha disminuido el paso de personal de ayuda humanitaria, aunque aún es frecuente ver a gente de la organización a cargo de la clínica de Global Response Management o de Médicos Sin Fronteras, que también tiene carpa y hacen jornadas de educación y tomas de temperatura aleatorias en las cuatro áreas del campamento. 

El venezolano Edison es solo una de las varias voces que me contó su tragedia. Casi todos accedieron a hablar ante la grabadora al tercer día. Su relato es escandaloso, pero no exclusivo. Le ocurrió a varios más de este campamento. En diciembre del año pasado, Edison fue secuestrado y  extorsionado en Reynosa por otro grupo criminal, el Cártel del Noreste, heredero de Los Zetas, famoso por secuestrar migrantes en microbuses que se estacionan cerca de la sede donde los dejan los buses estadounidenses en los que son deportados, pero también por secuestrar a migrantes que están por cruzar. 

Ese fue el caso de Edison. Lo raptaron antes de lanzarse al río. Pagó por su libertad. Se lanzó al río. Cruzó y fue detenido por la Patrulla Fronteriza. Edison, como muchos otros, no cruzó por aquí, cruzó por Reynosa, a 89 kilómetros y, tras unos días detenido, fue botado en Matamoros.

Edison

“Mi travesía duró casi un año. Pasé toda Centroamérica, desde Panamá, por puntos ciegos. Vine a México sin coyote, con mi hijo. Entré por el Suchiate, y desde allá logré venir hasta arriba, Reynosa. Pero es así como me secuestran, estuve más de diez días secuestrado, y me estaban pidiendo $10,000, pero yo no tenía, ni mi familia tampoco. Llegué a un acuerdo con los secuestradores y pague $4,000. Aceptaron y me soltaron y por eso fue que me cruce el río a la parte de Estados Unidos, con el niño, por la parte de Reynosa. 

Cuando pasé a Estados Unidos, pedí ayuda médica, sabiendo que estaba golpeado. El niño, desnutrido. Prácticamente me negaron todo tipo de ayuda cuando yo tenía pruebas de que yo era perseguido político (en Venezuela) y que había sido secuestrado (en México). Me regresaron a México. Me dijeron que no les interesaba, que no podían ayudar. El día que me detuvieron me engañaron, me revisaron mis papeles en ese momento, me los quitaron. Me aíslan de toda la gente, en todo momento, me llevaron engañado hasta otra parte, que es acá enfrente del parqueo del Instituto de Migración de Matamoros.  

Me decían que venía a otro albergue, que iba a estar mejor. Al final me trajeron hasta acá en Matamoros, pero me engañaron. Me decían que me llevaban donde me iban a dar protección. Me trajeron aquí. Era mentira. Aquí estoy mal, no sé qué hacer”, cuenta Edison. 

A parte del venezolano, hablé con otros dos migrantes que cruzaron el río por Reynosa. Estados Unidos los devolvió a México por el puente de Matamoros. Edison logró que su hijo se quedara en Estados Unidos debido a que tiene a su mamá allá y, por ser menor, puede esperar su trámite de asilo de ese lado. “Ya está con su mamá, con eso basta”, dice. Edison es uno de los varados, uno que ya no tiene fe. “Yo no tengo esperanza, la verdad es que no sé qué hacer”, dice con sus ojos húmedos. Lleva más de 150 días durmiendo acá. 

Dentro de lo malo, lo menos malo parece ser la resignación: Edison cree que Matamoros es menos inseguro que Reynosa. 

Languidece aquí, al otro extremo continental de donde nació, varado dentro del programa estadounidense que ejecuta México sin que exista un presupuesto para atender a los miles que piden asilo y que terminan hacinados en estas champas. La comida es donada por organizaciones humanitarias, las medicinas y atención médica es provista por organizaciones humanitarias. El alcalde de Matamoros instaló algún domo como comedor. El gobierno de Estados Unidos no ha puesto un peso. 

El MPP es la iniciativa del presidente Trump para impedir que todas las peticiones de asilo humanitario se resuelvan en Estados Unidos. La idea dio los resultados esperados: miles se amontonaron aquí desde enero de 2019, cuando se hizo efectiva la ley de Trump que convierte a las principales ciudades fronterizas de México en depósito de los solicitantes de asilo de Estados Unidos. Empezaron siendo unos 200, pero para julio de 2019 se habían acumulado 2,500. 

Varias de las personas con las que hablé me contaron de una lista para pedir asilo. Dijeron que era controlada por la Maña y personal de Migración. Por eso esas personas no quieren que su nombre aparezca mencionado. Alguien que fue testigo de los trámites y los pagos lo dice así: “simple corrupción del personal de Migración con el crimen organizado que llegó a cobrar entre 1,000 y 1,500 dólares por migrante”. Dinero a cambio de esperanza, no de certezas. 

Una persona que colaboró en la creación de la famosa lista cuenta que nació con la idea de poner orden para que los migrantes pasaran por el puente para pedir una cita de asilo en Brownsville, Texas.  “Muchos venezolanos y cubanos empezaron a pagar por estar en los primeros lugares y pasar primero, eso creó la corrupción”, cuenta quien tiene copia de esa lista. Ese procedimiento parece haber desaparecido desde hace un par de meses. 

Un periodista, un abogado de migrantes que hace trámites de asilo, dos migrantes del campamento y uno que pagó por ser incluído me explicaron los amaños de la lista. No hay mucho que decir: “Si estabas en los primeros lugares, te cruzabas al lado de Estados Unidos para iniciar el trámite de pedir asilo”, dice un abogada defensora de migrantes. Pero aquello no garantizaba nada. La mayoría de los que subían en la lista iban a su cita, pero luego volvían a este botadero de gente a esperar la siguiente cita. “Yo pagué y estoy en el trámite, tengo cinco meses así”, me confirmó un centroamericano que conoció a Óscar y Valeria, quienes desesperados por no tener dinero para pagar un puesto en aquel papel se cruzaron el río Bravo y murieron ahogados en junio de 2019.

Este campamento mezcla a migrantes que llegaron desde el sur hace meses con migrantes que fueron devueltos por Estados Unidos, con quienes llegaron a Matamoros en caravana y otros que sortearon todo México con coyotes o por su cuenta. Desde que a mediados de marzo la pandemia se hizo más notable, los migrantes devueltos de Estados Unidos no entran al campamento con una excepción: estando allá pudimos enterarnos de una mujer deportada que venía de un centro de detención en el Norte y pasó una noche en el campamento. Sin embargo, muchos de los que aquí duermen salen a pedir dinero o a hacer jornadas de trabajo. En Matamoros el virus ha contagiado a cientos. 

“Yo ya no aguantó, en serio, hay días que solo llorando paso. Uno se deprime”, dice Ana, una salvadoreña que cruzó, fue atrapada en Estados Unidos, pidió asilo y espera la respuesta de este lado. 

Es un mensaje político todo esto: Estados Unidos no los quiere en su territorio ni mientras esperan ni mientras deciden si creer o no su pedido de auxilio. Cada segundo parece contar. Un segundo menos en que esa gente permanezca en el norte es un segundo ganado para esa administración. Es un mensaje político también el de México, aceptando esa postura de su vecino. Estados Unidos botando gente; México, recibiéndola en condiciones paupérrimas.

Ana es veinteañera, pero parece mayor. Casi siempre está sudando porque casi siempre está cerca de un fogata de maderos sobre los que cocina lo que caiga: la mayoría de veces son papas con algo, huevo, frijoles. Ana me suplicó no describirla físicamente ni fotografiarla. “No le doy mi nombre real porque yo me quiero regresar y me da pena que me reconozca mi familia. Yo tengo cita hasta finales de mayo y dicen que me la van a volver a retrasar”, me cuenta afuera de su champa y junto a su hija. 

Migró con coyote, aunque algunos de sus vecinos me aseguran que es de las que vino en caravana. Ana migró para mejorar su vida, eso es un hecho. Quiere que su familia la vea tras lograr algo de ese cambio, no que la sepan desamparada en esta marginal de migrantes a la orilla del Bravo. 

Hablé con 15 personas de distintas nacionalidades. Al menos cinco salvadoreños con los que busqué conversación me dijeron que no querían hablar con periodistas de un medio de su país, porque temían ser reconocidos por sus familiares o los pandilleros de los que huyeron. 

La pandemia no detuvo la muerte en Centroamérica. Las pandillas siguen teniendo control en sus territorios y gobernando la vida cotidiana de decenas de miles de personas. Desde que las alarmas por el virus prendieron en América, allá por marzo, muchos migrantes han seguido huyendo. Total, de qué sirve estar sano si te van a matar. 

Aquí, al que no desespere, al que aguante en ese compendio de champas llamado refugio, le espera una audiencia con un juez estadounidense. Esas audiencia son realizadas en un cuarto del otro lado del puente, en Brownsville. Muchas veces, esas audiencias duran una hora, pero para cruzar el puente hay que pasar varias formalidades. “Yo me levanto a las cuatro de la mañana cuando me toca la cita a las 9 de la mañana”, dice Héctor, un hondureño que va por su tercer encuentro con un juez. Porque tras el encuentro, el migrante “suertudo” vuelve a México hasta que le caiga un mensaje en su teléfono con otra cita. 

La burocracia es parte del muro de Trump.

La esperanza es un juez en una pantalla.

Esperan meses por un vía crucis de encuentros con un juez de Estados Unidos que los oye desde su computador. Se cruzan al lado de Estados Unidos por un momento y conocen un cuarto blanco de una oficina federal. En la primera cita, el juez les explica el proceso, nada más, todo en una pantallita. Luego pasan meses hasta que llegue la segunda cita. Meses para la tercera. Meses… El sistema de asilo de Estados Unidos es la burocracia más aletargada dedicada a quienes tienen toda la prisa del mundo. 

Un migrante suele migrar por necesidad. Mientras un migrante migra, esa necesidad engorda: ese migrante no trabaja durante su camino, no gana. Meses en este campamento se traduce en más miseria para las familias de estas 2,000 personas. 

“La mayoría de abogados que ofrecen servicios gratuitos lo hacen en casos fuertes, personas de Cuba, Nicaragua, Venezuela, que solicitan asilo político. Aunque no son todos, pero optan por los que tienen el chance más alto de recibir protección”, explica Stephanie Leutert, académica experta que conoce el terreno y trabaja para una iniciativa de Centroamérica y México de la Universidad de Austin, Texas.  

Los casos de migrantes centroamericanos que huyen de la violencia pandillera tienen apenas posibilidades de lograr que les den el beneficio. El sistema está hecho para quienes huyan de regímenes políticos principalmente. Aún así, las estadísticas dicen que menos del 1% de todos los que lo piden y soportan el trámite tienen éxito. 

El campamento tiene un poco más de un año de estar instalado en Matamoros, en la ribera del río Bravo. Su crecimiento comenzó después que el gobierno estadounidense implementño la política “Remain en Mexico” (“Permanecer en México”), a finales de enero del 2019. Foto de El Faro: Fred Ramos.
 
El campamento tiene un poco más de un año de estar instalado en Matamoros, en la ribera del río Bravo. Su crecimiento comenzó después que el gobierno estadounidense implementño la política “Remain en Mexico” (“Permanecer en México”), a finales de enero del 2019. Foto de El Faro: Fred Ramos.

El campamento del doctor Rojas

El caso del doctor Dayron Elizondo Rojas tiene todas las credenciales para obtener asilo. Ya está iniciado, pero el coronavirus ralentizó lo que ya avanzaba con aturdimiento. El doctor Rojas es la referencia y autoridad del campamento. Lleva casi un año varado en Matamoros, desde el 27 de junio pasado, cuando la pandemia no se avistaba. Nunca durmió en las champas, pero está atrapado en Matamoros como sus pacientes. El doctor Rojas se mantuvo trabajando desde que estuvo en México y su condición de experto en cuidados intensivos le permitió tener fondos para alquilar una habitación. 

“Esto fue creciendo poquito a poco, producto del mismo protocolo de vuelta de los migrantes a México”, dice el doctor Rojas.  Su historia ha sido publicada en el New York Times y otros medios de similar relevancia. Huyó de dos regímenes autoritarios: Cuba y Venezuela. Rojas fue enviado de Cuba hacia Venezuela a una de las misiones médicas que inventó el expresidente Hugo Chávez y continuó Maduro. Desertó de la misión porque asegura que lo obligaban a inventar pacientes y porque básicamente no estaba de acuerdo con las formas del régimen. Regresó a Cuba, le prohibieron practicar su profesión y lo hostigaban con amenazas de sacarlo de su casa. “Solo el hecho de querer desertar de la misión trae consecuencias”, cuenta. Llegó a México el año pasado. Aquí, el intensivista trabajó en una maquila y ganó algún dinero para rentar donde vivir.  

Helen Perry, directora de operaciones de Global Response Management (GRM), organización que ha ofrecido ayuda médica a zonas de riesgo como Irak y Yemen, le dio trabajo como médico a cargo de este campamento. 

Mientras espera su cita de asilo, el doctor Rojas trabaja de 10 de la mañana a 4 de la tarde.

Dairon Elisondo Rojas ejerce como médico en el campamento de migrantes de Matamoros, en la frontera entre México y Estados Unidos. Foto de El Faro: Fred Ramos.
 
Dairon Elisondo Rojas ejerce como médico en el campamento de migrantes de Matamoros, en la frontera entre México y Estados Unidos. Foto de El Faro: Fred Ramos.

En el campamento hay cuatro áreas de champas y tiendas de campaña. Casi en medio está la clínica del doctor Rojas, fundada por la organización Global Response Management (GRM). Esta organización aún mantiene personal de ayuda humanitaria e instaló un hospital para atender casos de coronavirus y hasta montó un carpa de aislamiento. 

Según datos del doctor Rojas, solo en el área uno del campamento, hay 125 tiendas de campaña y 250 personas. En esa área hay varados de Honduras, El Salvador, Guatemala, Cuba y Ecuador. En el área dos hay 100 tiendas de campaña para 700 personas. Está muy cerca del centro del campamento, donde la Alcaldía matamorense montó dos toldos gigantes que sirven como proteger de la lluvia a los que alcanzaron cupo en esta zona. Los que no alcanzaron espacio ahí tienen su champa a la intemperie. 

Muchas de las tiendas se distribuyen alrededor de una cancha de baloncesto que ya no sirve para tal propósito. Es el área tres, que tiene 199 tiendas de campaña en las que duermen apiñadas unas 1,000 personas, según datos del doctor Rojas. Aquí hay principalmente hondureños, pero también colombianos, salvadoreños y guatemaltecos. 

En el centro del campamento hay unos graderíos que sirven de banca de parque de cientos de migrantes que llegan a ver sus teléfonos, a cargar la batería o a pasar el tiempo. 

El área cuatro es exclusiva para mexicanos y está a metros de los baños cuyo olor a mierda inunda la ribera del río, justo debajo del puente donde intentaron cruzar los tres muchachos. 

No hay ninguno que se salve del hacinamiento. La mayoría de los migrantes mexicanos son huraños con la prensa y prefieren no mezclarse con el resto. “Vienen del sur, muchos de comunidades indígenas y, por falsa ilusión, creen que solo es de esperar”, me cuenta explica Gladys Cañas, defensora de los derechos de los migrantes que es testigo del nacimiento y crecimiento de este lugar. 

En este falso refugio, el doctor Rojas es el principal estratega para enfrentar la pandemia. Advierte que un solo caso de coronavirus sería una catástrofe y que por eso está haciendo un plan. “Estamos intentando prevenir y evitar puertas por las cuales pudiera entrar el virus. Una son los pacientes que vienen deportados y los que vienen de Estados Unidos, pero no sabría decir con precisión si aún continúan haciendo esto”, explica. Recuerda que lo hicieron hasta finales de marzo pasado, cuando ya era pandemia. 

Lo que dice el doctor me lo confirmó Karla, una migrante que fue devuelta el 27 de marzo. Llegó a Matamoros en uno de “dos buses grandes” cuya tripulación estima en 180 personas. Aunque Karla sí pasó alguna noche en el campamento, asegura que el resto de los 180 no se quedaron ahí. Hay, afuera de este botadero de gente, muchos más migrantes atrapados en esta ciudad, anónimos, clandestinos. 

Karla Peréz, la salvadoreña que cruzó el río Bravo en marzo este año, es la única que, desde marzo, ha dormido una noche en el campamento tras ser devuelta a México en buses de Estados Unidos. La mayoría de deportaciones ocurren en otros puentes fronterizos del sur de Estados Unidos. A Karla la regresaron el 27 de marzo. Llegó en medio de la pandemia en un bus copado de gente que estuvo en un centro de detención en Brownsville. “Veníamos 180, yo traía a mis hijos y conté unos 20 menores de edad”, cuenta.

Muchos de los 180 terminaron en el sur, fueron abandonados por autoridades de Migración de México en Villahermosa o Tapachula. “Yo escuché que para allá los iban a llevar”. Karla, en cambio, fue dejada en las afueras de la calle del Instituto Nacional de Migración de Matamoros. “Me amenazaron (un agente migratorio) de que no me fuera a meter al campamento por esto del virus”, dice. 

Pero, a falta de opciones, se metió. No tenía donde ir. Durmió esa noche en su carpa del campamento en la que había dejado sus cosas. “Mire, yo solo fui para recogerlas y ver donde me iba. Llegue solo ver que me robaron todo”. Karla dejó de estar varada en el campamento, encontró una casa abandonada en las afueras de Matamoros. Vive ahí. Quiere quedarse en México. 

Karla Peréz, una salvadoreña que cruzó el río Bravo en marzo de este año. Dice que la regresaron el 27 del mismo mes. Llegó en medio de la pandemia en un bus copado de gente que estuvo en un centro de detención en Brownsville. Foto de El Faro: Fred Ramos.
 
Karla Peréz, una salvadoreña que cruzó el río Bravo en marzo de este año. Dice que la regresaron el 27 del mismo mes. Llegó en medio de la pandemia en un bus copado de gente que estuvo en un centro de detención en Brownsville. Foto de El Faro: Fred Ramos.

Edison, el venezolano, coincide en que a la mayoría de buses los dejan en el parqueo del INM, sin más, sin protocolo. Botados.  

A diferencia de Edison, varado en el campamento, Karla tiene esperanzas de quedarse y buscar trabajo ahí. “Es que en El Salvador me van a matar, por favor no ponga mis datos ni mi historia de allá”. Un Informe de Human Rights Watch, publicado el 5 de febrero, revela que al menos 138 personas que fueron deportadas de Estados Unidos a El Salvador entre 2013 y 2018 fueron asesinadas, y otras 70 sufrieron desde violaciones hasta torturas en el país. 

Los que son devueltos y quedan varados en las afueras del instituto de Migración de Matamoros, Nuevo Laredo, Reynosa, también son presa fácil de ser secuestrados. 

La historia que ganó el prestigioso premio Pulitzer este año es precisamente sobre migrantes secuestrados por el narco que han sido devueltos por Estados Unidos usando el Programa de Protección de Migrantes.  “El secuestro de migrantes en el norte de México ha sido común durante mucho tiempo. Por lo general, los cárteles participan con la Policía y agentes del INM. Para los cárteles, este es un negocio con una infraestructura poderosa. Sobre todo se aprovechan de los migrantes que tienen familiares en Estados Unidos para extorsionarlos hasta por $6,000, a cambio de ser liberados”, explica Emely Green, periodista que documentó la historia de uno de esos secuestros. 

El Programa de Protección a Migrantes ha generado que México sea un limbo para quienes insisten en sus casos de asilo, y un lugar donde también languidecen aquellos que no quieren regresar a sus país aunque hayan desistido de sus casos de asilo o hayan sido rechazados por una corte. Y las autoridades mexicanas aportan en toda esta cadena de desprecio: deportan a muchos sin consultarles si quieren pedir asilo en México. Un estudio de Instituto para las Mujeres en Migración confirma que las personas detenidas por el INM son frecuentemente presionadas a firmar la forma de retorno voluntario sin que se les explique su significado e implicaciones. “El 75% de las personas detenidas no fueron informadas de su derecho a solicitar asilo”, concluye el estudio. 

Todas la voces que contaron sus tragedias y sus crisis, tienen muy escasas probabilidades de lograr una salida amigable de este falso refugio. Están los quieren insistir en el trámite, aguantar. Hay otros que quieren quedarse en Matamoros y buscarse la vida ahí, trabajar un tiempo y ahorrar. Otros insisten ahorrar para cruzar el Bravo sin ser atrapados. Otros, principalmente los centroamericanos, esperan un bus de Migración que los regrese deportados a sus países. 

Si alguno quiere quedarse en otra ciudad mexicana, las opciones son riesgosas: una es irse en bus o vehículo por un inmenso corredor en línea recta que llega hasta Monterrey y que pasa por una carretera federal en forma de panza, casi 70 kilómetros bordeando Reynosa. Es en tramo en el que existe un riesgo inminente de ser secuestrado por el narco, un tramo en el que al final hay puesto del Ejército que pide papeles. 

Gladys Cañas, la protectora de migrantes que fundó Ayudándoles a Triunfar, sostiene que entrar o salir por una carretera de Matamoros hacia otra parte del país es como tirar una moneda al aire. Cuando le pedimos que nos guiará y aconsejara sobre la mejor forma de llegar con cierta seguridad desde Monterrey a Matamoros, nos dijo: “pues solo se pueden encomendar a Dios, pediré por ustedes”.  

La otra alternativa, la que muchos toman, es intentar cruzar a Texas sin ser detenido por la Patrulla Fronteriza. Hay un obstáculo antes de intentarlo siquiera: La Maña vigila que nadie lo haga sin su venia. Esa venia, si se pretende entrar a Estados Unidos sin permiso de sus autoridades, cuesta $6,000. 

Una menos probable es escabullirse de La Maña, de la Patrulla Fronteriza, de los sensores, por el Bravo, y cruzar furtivamente. 

“Hay un refugio, yo sí creo que se puede. Muy de noche y si se conoce el camino”, me cuenta Rodrigo (seudónimo que me autorizó a usar para citarlo), un caribeño que tiene diez meses en este campamento y se está pensando cruzar sin pagar licencia a La Maña. Dice que conoce el camino, que se lo han contado los mismos coyotes. 

La más excepcional de las formas de salir del campamento de Matamoros es por el puente de Estados Unidos, con papeles. La formalidad es siempre la última alternativa para un migrante, la oportunidad más raquítica, el intento menos esperanzador. 

Todas las voces o historias coinciden en una esperanza casi de espejismo. El que quizá sea el campamento de migrantes más grande y único en características, en estos tiempos de pandemia, ha conglomerado en un solo lugar lo más parecido a una babel de motivos por los que migrar. Todos llegaron y terminaron en Matamoros por un muro de trámites, narcos, río y falso refugio. Todo conjura para evitar que pasen, pero muchos siguen creyendo que pueden hacerlo. 

Perla Vargas, una nicaragüense que huye del régimen de Daniel Ortega, vive a unos metros de la clínica. Perla denuncia que mataron a su primo, que hostigaron a su hija y le pintaron una cruz en la puerta de su casa. “Si me quedo, me torturan o me meten a un chipote (cárcel)”, dice Perla, que era empleada pública de una clínica estatal. Tiene todo documentado. Ya lleva cuatro entrevistas con un juez estadounidense y, a diferencia del venezolano Edison, tiene esperanza de que será aceptada. Además, la acuerpa una abogada muy dedicada. 

Perla es la encargada de la farmacia de la clínica y una de las referentes de más de 100 nicaragüenses que huyen por razones políticas o por pobreza. También hay cerca de 50 venezolanos, algunos de ellos también dicen ser opositores que han sido expulsados por el régimen de Maduro.

Perla cabe en el perfil de gente que podría colarse por el muro de trámites y obtener asilo. Pertenece a esa gente que no llega al 1%. 

Perla Vargas, una nicaragüense que huye del régimen de Daniel Ortega. Vive en un núcleo de champas y su familia tiene una tienda en el campamento. Tiene esperanza de que Estados Unidos le conceda asilo, ya que dice tener pruebas de su caso y un abogado muy dedicado. Es también la encargada de la farmacia de la clínica del campamento. Foto de El Faro: Fred Ramos.
 
Perla Vargas, una nicaragüense que huye del régimen de Daniel Ortega. Vive en un núcleo de champas y su familia tiene una tienda en el campamento. Tiene esperanza de que Estados Unidos le conceda asilo, ya que dice tener pruebas de su caso y un abogado muy dedicado. Es también la encargada de la farmacia de la clínica del campamento. Foto de El Faro: Fred Ramos.

Dicho de otra forma: el muro burocrático es efectivo. Detiene a casi el 100%. La pandemia es parte del muro sin tener un ladrillo. De todos los solicitantes del Programa de Protección de Migrantes creado por Trump, el primer caso de asilo concedido ocurrió en agosto de 2019. Lo ganó un hondureño de 30 años cuyo triunfo judicial intentó ser revertido por personal del Departamento de Seguridad Nacional. El dato sale de un estudio dirigido por Stephanie Leutert y realizado por estudiantes de las universidades de Stanford, Michigan-Ann arbor, Bates Colleges y Austin Texas. La palabra "Protección" en el nombre del programa es más que demagogia, es mentira.

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Ha pasado casi un mes desde que estuve en el campamento. Hoy es 20 de mayo y en aquel botadero de gente ya ha habido una decena de casos sospechosos de contagio del virus.

El doctor Rojas dice que no tiene un número exacto de pruebas realizadas, pero rondan las 80, según recuerda. Es el único campamento migrante con hospital y carpa de aislamiento de casos sospechosos. En toda la frontera. Es, pues, lo mejor que la frontera tiene para ofrecer a esta gente. Gladys Cañas, a cuya oficina llegan decenas de migrantes al día a pedir ayuda, dice que la incertidumbre, desde siempre persistente, crece. Cree que más personas se quieren regresar, abandonar a metros de Estados Unidos su intención de llegar.

Desde hoy es oficial que todas las audiencias con jueces de inmigración de mayo han sido reprogramadas. Las de abril pasaron a mayo. Hoy, las de mayo pasaron a junio. La frontera está más cerrada que nunca.

Todos los muros de Trump están siendo efectivos.