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Esto hizo la tormenta Amanda en la Santa Lucía

Carlos Martínez

La colonia Santa Lucía, en el municipio de Ilopango, fue uno de los lugares más afectados por la tormenta tropical Amanda. Para muchos de los vecinos, las pérdidas son totales. 12 horas después del momento más crítico, este es un retrato de la zona.

ElFaro.net / Publicado el 1 de Junio de 2020

Llovió todo un día y toda una noche, sin tregua alguna, hasta que el agua llegó a todo. A todo. Alrededor de las cinco de la mañana del 31 de mayo, una riada arrasó la colonia Santa Lucía, en Ilopango, producto de los potentes aguaceros desatados por la tormenta tropical Amanda.

Se coló, por ejemplo, en la casa de un matrimonio de ciegos, a los que la comunidad tiene en especial consideración y que, cuando sintieron el agua en las rodillas, se las arreglaron para subir al plafón. Era tal la presión del agua en su sala, que la puerta estaba bloqueada y los rescatistas tuvieron que darle varias veces con una almádana para conseguir que se abriera. Los dos pudieron finalmente ser evacuados hacia un albergue.

Algunos de los habitantes de la colonia Santa Lucía, en Ilopango, tiraron sus pertenencias a la basura. Las tuberías de esta colonia  colapsaron durante la tormenta que azotó a El Salvador desde la noche del sábado 30 de mayoFoto de El Faro: Víctor Peña. 
 
Algunos de los habitantes de la colonia Santa Lucía, en Ilopango, tiraron sus pertenencias a la basura. Las tuberías de esta colonia  colapsaron durante la tormenta que azotó a El Salvador desde la noche del sábado 30 de mayoFoto de El Faro: Víctor Peña. 

También invadió la casa de la familia Hernández. Convirtió en basura los sofás, las camas, las imágenes de Jesús crucificado pegadas en la pared, la bolsa de alimentos recibidos como ayuda por la pandemia de covid-19 –porque, hay que decirlo, esto ocurre en medio de una tenebrosa pandemia–, la harina desparramada, los macarrones blandos regados por el suelo, las mesitas, los guardarropas con todo y ropa, la cocina arrastrada por la sala, el televisor muerto, y aquel lodo tenaz llenándolo todo, pegado en todo, haciendo remolinillos sobre el suelo. Pareciera que en aquella casa hubiera entrado una manada de caballos salvajes.

Santa Lucía es un barrio obrero, de clase media baja, pero ahí también hay clases sociales y los Hernández no están en la cima: aquella casita es habitada por tres familias, que hacen un total de diez personas, de las cuales cuatro son niños pequeños, más dos perros, un gato, dos tortugas, un perico y una coneja mansa. El agua perdió el juicio a una velocidad anormal, pasó del tobillo a la rodilla y de la rodilla a la cintura en un parpadear, y cuando temieron ahogarse dentro de su propia casa, los Hernández y su arca de animales subieron al techo, donde pasaron horas soportando la tormenta a cara pelada.

Gustavo Hernández, un muchacho de 22 años, padre de dos chiquillos de cinco y de uno, andaba la calamidad en la cara, revisando una vez y otra más, el video del naufragio de su moto, que es también su fuente de sustento. Gustavo ha conseguido un trabajo temporal en Hugo, una aplicación de encomiendas. Por la noche del 30 de mayo hizo su último viaje del día, para llevar unas alitas de pollo picantes y se fue a su casa bajo la lluvia. La moto duerme dentro de la casa, como uno más de la familia, en medio de la sala. Cuando al fin pudieron bajar del techo, la moto apenas asomaba un espejo por sobre el agua. Aquel muchacho sabe que sobre sus espaldas pesa la cuota de $117 mensuales que no se ahogaron junto a su Yamaha roja.

No es una novedad que la colonia Santa Lucía se inunde, porque no es la primera inundación, pero esto fue otra cosa. Y sumado a la tormenta está el hecho de que algunas colonias cercanas, ubicadas en terrenos más elevados, han hecho obras que precipitan las aguas lluvias hacia abajo. La comunidad Belén, por ejemplo, tuvo un problema durante el invierno pasado, cuando el suelo se hundió dejando una enorme cárcava. Para evitar que eso volviera a ocurrir, los vecinos de la Santa Lucía sellaron algunas tuberías y algunas bóvedas y eso hizo que el agua corriera libre. Entonces se hizo otra cárcava, más abajo, en la residencial Santa Lucía, cuyos vecinos hicieron lo mismo. Así que el agua fue a dar, ya sin bridas, al fondo de todo: a la colonia Santa Lucía, que ya no tiene vecinos más abajo a quienes mandarles la correntada.

Mauro Vidal, de 43 años, observa los estragos que la lluvia dejó en su vivienda, en el pasaje J, de la colonia Santa Lucía, en el municipio de Ilopango, del departamento de San Salvador. Foto de El Faro: Víctor Peña. 
 
Mauro Vidal, de 43 años, observa los estragos que la lluvia dejó en su vivienda, en el pasaje J, de la colonia Santa Lucía, en el municipio de Ilopango, del departamento de San Salvador. Foto de El Faro: Víctor Peña. 

 

“Tengo 43 años de vivir acá. Siempre en invierno se inunda, pero esto no pasaba desde el huracán Mitch, en el 98”, asegura Mauro Vidal, desde su casa desastrada. Cuando el agua comenzó a meterse a borbotones, y brincó del patio a la sala, Mauro buscó una escalera para subir a su esposa, con un brazo enyesado, al techo, donde se juntaron con otras familias e improvisaron un toldo para cobijar malamente a los niños y a los ancianos y ahí, apuñados, buscar calor para hacerle frente a la madrugada. Mauro tiene el trabajo suspendido, porque es operador de Pullmantur, una empresa de autobuses que se especializa en viajes regionales, desde el sur de México hasta Costa Rica, cuya flota duerme el sueño de los justos en un parqueo acorralado por la pandemia.

A unas casas de ahí, andaba Kevin Alexander, con una cinta métrica, midiendo la distancia entre el suelo y la marca que la riada dejó en la pared de su casa: un metro con veinte centímetros, lo suficiente para sobrepasar con holgura el tamaño de sus máquinas de coser eléctricas. Con su familia tenía montada en la sala una suerte de mini maquila, con cuatro máquinas potentes, cuyos motores pasaron a mejor vida. En los últimos días, la familia de Kevin se les había arreglado para producir mascarillas y con esos ingresos torear la emergencia sanitaria.

Y así, el carro de William no arranca y los asientos son un harapo, y unas casas más allá la tubería reventó en medio de la sala y levantó el piso. La tubería de aguas negras, para ser precisos, y se formó una miasma maloliente y flotante. Y más allá, dicen que un vecino salió nadando en medio de la noche para alcanzar la lancha con la que algunos soldados y policías se lanzaron a rescatar gente. Algunos se van a casa de un familiar, pero la mayoría se queda para cuidar su todo: su moto inútil, su televisor, sus máquinas de coser, sus colchones chorreantes, sus fotografías familiares, su ropa, su todo empapado y roto, pero su todo al fin y al cabo.

Algunas familias de la colonia Santa Lucía, en Ilopango, dejaron sus casas luego de la la tormenta tropical Amanda inundara la zona. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Algunas familias de la colonia Santa Lucía, en Ilopango, dejaron sus casas luego de la la tormenta tropical Amanda inundara la zona. Foto de El Faro: Víctor Peña.

“Desde el viernes yo vine a pedirles que desalojaran, que se fueran del lugar, vine el sábado con el ministro de la Defensa a decirles. La gente no se quiere ir, la gente quiere quedarse acá, hemos tratado de decirles de diferentes formas”, se quejó el ministro de Obras Públicas, Romeo Rodríguez, que hizo un recorrido por el lugar la tarde del domingo 31 de mayo.

El gobierno ha dispuesto de la casa de retiro “Monte Albernia”, que cuenta con 52 cuartos, disponibles exclusivamente para los vecinos de la colonia Santa Lucía, pero solo cinco personas han accedido a trasladarse a aquel lugar. El ministro prometió también una obra de $3 millones para mejorar la capacidad hidráulica en la zona, a ver si así, de una vez por todas, la Santa Lucía deja de ser una calamidad predecible.