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Los congresistas que envían cartas a Bukele tienen más poder de lo que él admite

Ricardo Valencia

El Salvador es un país insignificante para Washington; no tiene influencia geopolítica mundial ni poder económico. Cambiar la percepción del Congreso sobre un Gobierno con mala imagen no es fácil.
ElFaro.net / Publicado el 10 de Febrero de 2021

El mandatario y sus funcionarios siguen tratando de minimizar la importancia de un grupo de cartas y tuits de congresistas estadounidenses en los que se le critica por actos contra la prensa y vulnerar las instituciones democráticas. En los últimos días, los congresistas demócratas Norma Torres y Albio Sires condenaron los ataques contra militantes del FMLN, algo que ni el mismo Bukele ha hecho. El argumento preferido del Gobierno para desestimar este tipo de cartas es el siguiente: las firmas no son representativas de la totalidad de los congresistas en el Senado y la Casa de Representantes.

La idea que los voceros oficialistas tienen es que cartas firmadas por un pequeño grupo de congresistas son insignificantes, ya que la Casa de Representantes y el Senado tienen 435 y 100 miembros, respectivamente. A simple vista, la aritmética del Gobierno tiene lógica. Es más, de acuerdo a un artículo de la agencia de prensa Associated Press, el gobierno de Bukele -después de negarlo- ha pagado lobista para influir en líderes del partido republicano, como el jefe de la minoría de la Casa de Representantes, Kevin Mccarthy (R-CA) y el Representante de Arkansa Rick Crawford. Este intenso cabildeo ha logrado apenas un tuit por parte de Crawford un mes antes de las  elecciones presidenciales de Estados Unidos y una reunión con Milena Mayorga, la embajadora de El Salvador en Estados Unidos, a finales de diciembre de 2020.

Sin embargo, más que el número de firmas, debe estudiarse la “calidad” de los firmantes, y con ello me refiero a la capacidad de estas personas de influir en la percepción y política de Washington. Y es aquí donde radica el poder y la importancia de esas cartas.

Explicaré, a continuación, tres razones por las cuales estas cartas, firmadas por una amplia gama de congresistas, que incluyen al republicano y ferviente anticomunista Mario Diaz-Balart y a la estrella del ala de izquierda del partido Demócrata, Alexandria Ocasio-Cortez, evidencian el fracaso diplomático de Bukele en la capital estadounidense.

1)  El poder del congreso

Para empezar, la política exterior de Estados Unidos la conduce el órgano Ejecutivo a través del Departamento de Estado. Sin embargo, los encargados de dar recursos al gobierno federal es el Legislativo. En otras palabras, para que las metas geopolíticas del Gobierno de Joe Biden se cumplan, su departamento de Estado debe tener relaciones armoniosas tanto con la Casa de Representantes como con el Senado. El poder de los congresistas radica en bloquear legislación en los comités y cerrar los grifos de los fondos federales tal como lo hicieron al suspender la ayuda militar a Guatemala, Honduras y El Salvador en diciembre pasado. Y no solo eso, los congresistas pueden poner condiciones a la forma en que se destinan los recursos a otros países y evitar que algunos planes lleguen al pleno del órgano Legislativo. En otras palabras, los congresistas son los guardametas que pueden bloquear dinero, esfuerzos y dinamitar planes. Por eso la política de Biden y del Congreso, dominado ahora por los Demócratas, debe estar en armonía o al menos en un consenso básico. Por ahora, el consenso en el Washington de Biden es que Bukele es autoritario y con tendencias antidemocráticas.

2)  El poder de los firmantes

Si bien los congresistas son 535 individuos, no todos trabajan en todos los temas al mismo tiempo. Tal como sucede en la Asamblea Legislativa de El Salvador, el Senado y la Casa se dividen en comités de acuerdo al tema de las propuestas de Ley, y estos, a su vez, en subcomités. En temas de política exterior, los comités más importantes son los de relaciones exteriores y los de apropiaciones. En el primero se estudian temas que afectan a otros países y, en el segundo, se canalizan los recursos para los gastos del presupuesto. Para mala suerte de Bukele, el jefe del Comité de relaciones exteriores de la Casa de Representantes, Gregory Meeks, el jefe del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Robert Menéndez, y el jefe del Comité de apropiaciones del Senado, Patrick Leahy, han firmado buena parte de las cartas. Miembros del comité de apropiaciones de la Casa de Representantes, como el republicano Mario Diaz-Balart y la demócrata Norma Torres también han estado involucrados en misivas en relación con El Salvador. Es más, Torres impulsó la prohibición de que los gobiernos de El Salvador, Guatemala y Honduras usaran recursos de la cooperación de ese país para uso militares, la primera desde el asesinato de los jesuitas en 1989.

Albio Sires, jefe del subcomité de asuntos del hemisferio Occidental, que se deriva del comité de relaciones exteriores de la Casa de Representantes, también se ha mostrado crítico del Gobierno salvadoreño. Sires y Torres, quien también está en el comité de relaciones exteriores, pidieron colocar en la región embajadores que combatan la corrupción y defiendan los derechos humanos.

La Casa Blanca podría tratar de suavizar la posición del congreso –como lo hizo Trump–, pero las declaraciones de los nuevos funcionarios de Biden, como el asesor senior de seguridad, Juan S. González, indican que ni Biden ni el congreso busca amainar la presión sobre Bukele.

La nueva embajadora de El Salvador en Washington, Milena Mayorga, ha intentado contrarrestar esta situación al reunirse con los congresistas demócratas Tom Carper, Don Beyer y Sylvia García, pero ninguno de estos pertenecen al Comité de Apropiaciones o de Relaciones Exteriores. Carper es el jefe del Comité de Medioambiente y Obras Públicas, Beyer pertence al Subcomité de Comercio y García al de Inmigración. Estos acercamientos refuerzan, en todo caso, las credenciales de Bukele en migración y comercio, pero no la relación bilateral entre gobiernos. Es por eso que ha tenido que contratar firmas internacionales de cabildeo para tratar de cambiar la conversación de la situación política en El Salvador a las oportunidades de negocios.

3)  Bukele no tiene aliados en EE. UU.

Al hablar de aliados, no me refiero a simples reuniones con congresistas, sino a tener gente en el Congreso que defienda al país en los debates que ahí se dan. Bukele no tiene a nadie. Ni los Republicanos lo miran como un conservador confiable, como al presidente brasileño Jair Bolsonaro, ni los Demócratas creen que representa sus valores. La legitimidad de Bukele radica en que fue electo democráticamente, pero para un Washington ultraideologizado y con resaca de la administración Trump, esto no es suficiente.

Durante el gobierno de Antonio Saca, Diaz-Balart fue fiel defensor de la última administración de Arena. Los gobiernos de Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén tuvieron fuerte interlocución con demócratas, como el senador Patrick Leahy y el representante James McGovern. Vale la pena recordar que los presidentes Bush y Obama visitaron El Salvador. Ahora nadie defiende a Bukele, ni siquiera el senador republicano Marco Rubio, enemigo del Gobierno de Venezuela. “Bukele no tiene amigos en Washington y está botando el dinero en lobistas,” me comentó recientemente un líder de opinión estadounidense.

Michael Paarlberg, exasesor en Latinoamérica de la campaña del demócrata Bernie Sanders, y profesor de la Universidad de la Mancomunidad de Virginia, me dijo en una conversación telefónica que “Bukele se puso en una esquina al apostar demasiado en Donald Trump. Le concedió restringir la migración, pero Trump no cumplió con mantener el TPS”. Paalberg agrega que “los Republicanos y Demócratas pueden no estar de acuerdo en muchas cosas, pero cuando atacas a la prensa y a la legitimidad del sistema democrático, pierdes amigos en Washington rápidamente”.

El académico también enfatiza en que hay mucha gente en el Congreso y en el Departamento de Estado que cree que los Acuerdos de Paz fueron un modelo de convivencia para el mundo. “Esta gente no quiere que se destruyan los avances democráticos de los Acuerdos de Paz”.

El Salvador es un país insignificante para Washington; no tiene ni influencia geopolítica mundial ni poder económico. Cambiar la percepción del Congreso sobre un Gobierno con mala imagen no es fácil, más en una diplomacia dividida entre tres operadores: Mayorga, la canciller Alexandra Hill, y un grupo de lobistas estadounidenses que asesoran al presidente en sus relaciones con Washington desde una oficina en Casa Presidencial. Si Bukele no quiere terminar de hundirse en la capital estadounidense, a pesar de que gane la mayoría en la Asamblea Legislativa, debería tomarse en serio esas cartas y tuits que no representan “ni el 3 %” del Congreso estadounidense.

Ricardo J. Valencia es profesor asistente de comunicación de la Universidad Estatal de California, Fullerton. Twitter: @ricardovalp
 
Ricardo J. Valencia es profesor asistente de comunicación de la Universidad Estatal de California, Fullerton. Twitter: @ricardovalp