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El ideal de la madre disfraza las vivencias de la maternidad

Ligia Orellana

La maternidad es una multitud de experiencias que jamás cumplirán a cabalidad con el mito de la madre.
ElFaro.net / Publicado el 11 de Mayo de 2021

El Día de la Madre se perfila como un reconocimiento a las tareas de cuidado que tradicionalmente han recaído sobre las mujeres, pero en este proceso hemos configurado una imagen idealizada. Madre buena, santa, abnegada, bella, acogedora, fiel, incondicional. Sagrada e intocable. No podemos ser como ella. No podemos hacer lo que ella hace. Haríamos bien en intentarlo. El cuidado se materializa en acciones, a través del trabajo doméstico y el trabajo emocional (la labor de monitorear y regular las emociones propias y las de los demás). No obstante, persiste la visión de que los hombres –y en ocasiones, otras mujeres–“ayudan” en la casa, expresión que implica que el trabajo doméstico no les corresponde.

El llamado a “quedarse en casa” para evitar contagios ha significado que la casa requiere tanta o más atención que de costumbre. Hay que limpiar, cocinar, organizar compras, negociar responsabilidades, brindar cuidados físicos y emocionales a miembros de la familia, y anticipar estas tareas planificando horarios, listas de compras y comidas. Desde el inicio de la pandemia, hace poco más de un año, se alertó sobre el aumento de estas demandas domésticas que tradicionalmente se atribuyen a las mujeres. Con o sin crisis sanitaria, estas actividades sostienen el funcionamiento de la sociedad y se denominan economía del cuidado (care economy). La figura que mejor personifica la economía del cuidado es la madre y su labor, se cree, no es digna de remuneración.

El mito de la madre es uno de los más arraigados en el imaginario salvadoreño, como señaló el psicólogo social Ignacio Martín-Baró. La madre es una figura idealizada que toca fibras sociales profundas. Este coexiste con otro mito, el de la “esposa amante”, que naturaliza la sumisión de la mujer al proyecto vital del hombre: el hombre se realiza en la esfera pública y a través de mil y una actividades, mientras que la mujer se realiza en lo doméstico, al responsabilizarse por su hogar y matrimonio. Apegarse a estos mitos no es cuestión de género. Es necesario que hombres sostengan mitos sobre hombres y que mujeres sostengan mitos sobre mujeres para poder sancionar a quienes rompan las normas dentro de su propio grupo.

La imagen ideal de la madre encubre la multiplicidad de realidades de la maternidad, como religión, edad, estado civil, nivel de ingresos económicos, entre otros. No obstante, las instituciones sociales (la familia, la religión, la publicidad, el Estado) pactan aplausos para las madres, siempre y cuando se ajusten al mito. Los discursos tradicionales sobre la maternidad la evocan como un destino biológico, con mayor insistencia cuando es fruto de la ignorancia o la necesidad. En El Salvador se celebra cualquier embarazo, aun el de una niña de 11 años violada por su padrastro. Al mismo tiempo, en El Salvador se también condena y encarcela por décadas a una madre cuyo cuerpo expulse un feto inviable. Estos extremos demuestran que el país no tiene mayor interés en garantizar el bienestar de las madres como personas, exaltando su abnegación ideal, por un lado, y negándole el acceso a sus derechos individuales por otro.

El mito de la madre se exalta también por su rol de protectora y transmisora de valores familiares y sociales. La madre vale en tanto reproduzca la misma ideología que la oprime. Una investigación en estudiantes universitarias en el país durante la pandemia reportó el consabido patrón de imponer a las hijas, y no a los hijos, las tareas del hogar. Resulta obvio señalar que “las madres son las primeras en inculcar el machismo”: esa es la función que se exige de ellas. Este señalamiento también es un atisbo a la conveniencia de la madre como chivo expiatorio. Cuando nos falta ánimo para culpabilizar a víctimas o perpetradores, culpamos a sus madres por no proteger, por no educar como se debe, por crear monstruos.  

Al mito de la madre, señalaba Martín-Baró, se contrapone el antimito de “la prostituta”. En el imaginario salvadoreño, una trabajadora sexual se considera un cuerpo al servicio del hombre, es “propiedad pública” y no es transmisora de valores. Por ello, se considera de los peores insultos ser llamado hijo de una de ellas. El trabajo sexual, en realidad, es de una complejidad que escapa a este artículo, pero no se debe olvidar que muchas trabajadoras sexuales son madres. Ellas realizan una labor remunerada para sostenerse a sí mismas y a sus familias y que no tiene por qué ser un secreto o una vergüenza para sus hijos e hijas. No obstante, estas son madres –como muchas otras– que no se ajustan al mito y, por ende, quedan fuera de todo reconocimiento. La idealización agradece pero también castiga.

Lo mejor que podemos hacer para celebrar el Día de la Madre es humanizar este rol. La maternidad no debe ser una vivencia obligatoria ni una vivencia negada; la maternidad debe ser elegida libremente. Para ello debe contar con apoyo social, organizacional y estatal, desde educación sexual y reproductiva, cuidado prenatal, procesos ágiles de adopción, políticas de apoyo a la crianza. Con todas estas necesidades por suplir, conviene desechar el término de madres-en-potencia que impone un destino biológico. Vale más enfocarse en las madres-consumadas y en quienes quieren serlo, que siguen siendo personas por sí mismas, con horizontes que incluyen, pero no se limitan, a la familia. Una madre, en virtud de este rol, es capaz de un trabajo de cuidados extraordinarios. Esto nunca ha estado en duda. Las madres nos cuidan pero ¿quiénes cuidan a las madres? 

Por mucho tiempo se creyó que la igualdad de género ocurriría cuando las mujeres entraran al mercado laboral. Ahora, por el contrario, se habla de los dos o tres “turnos” de las mujeres: empleo (cuando lo hay), trabajo doméstico y crianza. Reducido el mito a lo mundano, las responsabilidades familiares de una madre se consideran decisiones personales. Bajo este supuesto, tanto la feminización de la pobreza como la de la economía de cuidados mantienen niveles alarmantes ante el ojo indolente de las instituciones sociales y políticas del país. No obstante, la economía del cuidado no parte de características esenciales de una mujer, sino de las habilidades de un adulto funcional, independientemente de su género. Tanto como el país necesita que las mujeres entren a la economía tradicional, se necesita que los hombres entren a la economía del cuidado.

La maternidad es una multitud de experiencias que jamás cumplirán a cabalidad con el mito de la madre. Vaya el aprecio y reconocimiento a las mamás y a otras personas que terminan fungiendo este rol de cuidados fundamentales. A las madres biológicas y adoptivas. A las madres no heterosexuales, a las madres trans. A las madres satisfechas y a las que claman por el derecho al cansancio y a la queja. A las que están felices de recibir rosas y a las que desean un momento de paz. Se hará un justo reconocimiento a las madres cuando se acepte la complejidad de sus experiencias, y cuando las madres se beneficien de la economía del cuidado tanto como contribuyen a ella.

* Ligia Orellana es psicóloga salvadoreña, doctora en psicología por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. Actualmente es investigadora social en las áreas de prejuicio, violencia, bienestar subjetivo y temáticas LGBTI en el sur de Chile.  Es autora de los libros de cuentos Combustiones Espontáneas (UCA Editores, 2004), Indeleble (Colección Revuelta, 2011) y Antes (RIL Editores, 2015). Escribe también en los blogs  Qué Joder ,  Psicoloquio , y el webcómic  Simeonístico .
 
* Ligia Orellana es psicóloga salvadoreña, doctora en psicología por la Universidad de Sheffield, Reino Unido. Actualmente es investigadora social en las áreas de prejuicio, violencia, bienestar subjetivo y temáticas LGBTI en el sur de Chile.  Es autora de los libros de cuentos Combustiones Espontáneas (UCA Editores, 2004), Indeleble (Colección Revuelta, 2011) y Antes (RIL Editores, 2015). Escribe también en los blogs  Qué Joder ,  Psicoloquio , y el webcómic  Simeonístico .