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De ciudades bipolares a ciudades cuidadoras

Sofía Bonilla

Aunque algunas corrientes de pensamiento llaman a sacar de la pobreza a los “individuos” para avanzar hacia el desarrollo, invertir en espacio público es una plataforma más efectiva.
ElFaro.net / Publicado el 12 de Mayo de 2021

Las ciudades tienen personalidad y esta puede ser percibida especialmente desde su espacio público. Todos experimentamos, consciente o inconscientemente, el sentir que tiene cada urbe. Hay zonas vibrantes, lugares donde uno se siente cómodo, zonas que dan miedo, ambientes en donde se percibe todo pesado, denso. Al habitarla o visitarla, nos hacemos una imagen de la personalidad de cada ciudad.

El Área Metropolitana de San Salvador (AMSS) es el centro socioeconómico e institucional principal de El Salvador. Este territorio aglomera casi un tercio de la población nacional y con ellos una gran diversidad de dinámicas sociales y culturales. Es previsible que una ciudad así, capital, cuente con múltiples caras. Sin embargo, no es desconocido que el AMSS tenga entre su amalgama de temperamentos personalidades completamente opuestas, tal cual persona diagnosticada con bipolaridad.

Una adolescente embarazada, socioeconómicamente excluida, con ascendencia jornalera, campesina o indígena, que se mueve a pie o en bus a trabajar de manera informal (si es que su entorno le da permiso), vive la capital salvadoreña de una manera muy distinta a un hombre adulto joven, clase media-alta, (y también se vale decirlo) blanco, quien accede con su vehículo a su trabajo, bienes y servicios. Aun así, bipolar, San Salvador y sus conurbaciones nos ha maltratado a todos de una u otra manera y no fácilmente nos da la palmada de impulso que uno necesita para continuar su día.

Entre finales del 2019 y el primer trimestre del 2020, participé junto a Glasswing International en el proceso de consulta de la actualización de la Política Metropolitana de espacios públicos (que entró en vigencia en diciembre 2020), un esfuerzo impulsado además por el Consejo de Alcaldes y Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (COAMSS-OPAMSS).  En el proceso se entrevistó a más de 100 habitantes y usuarios del Área Metropolitana de San Salvador (AMSS). Se dialogó con jóvenes de comunidades empobrecidas, estudiantes, personas exprivadas de libertad (intentando reintegrarse a la sociedad), representantes de grupos LGBTIQ, mujeres víctimas de violencia, personas con alguna discapacidad, ciclistas, entre otros.

Ariana Markowitz, especialista en espacios públicos y coordinadora de este proceso, explica que se entrevistaron técnicos y expertos, pero se buscó registrar, especialmente, voces que retaran la política pública, incorporando reflexiones de quienes se mantienen excluidos del derecho a acceder todo lo que la ciudad nos puede brindar

Nos encontramos con historias, inquietudes y miedos, que van desde acoso sexual, abusos de poder, agresiones físicas y verbales, así como atropellos de derechos, perpetrados tanto por autoridades, pandillas, vecinos, personas del sexo opuesto e, incluso, pares de los entrevistados que tienen actitudes dominantes. Entre las anécdotas de las entrevistas también hubo relatos de agresiones por parte de automovilistas, amenazas entre vecinos por invasión del espacio ­­–que en realidad es público–, tocamientos callejeros, intimidación por el que se crea más fuerte (“el del carro más grande, el del cuerpo más robusto, el líder de la zona”).

También se escucharon historias de asesinatos por cruce de fronteras invisibles pero tangibles; así como de niñas, niños y jóvenes imposibilitados para jugar libremente, juzgados por los antecedentes de sus padres y los entornos en donde crecen. Estas, y muchas más historias, trascienden el mismo espacio físico. San Salvador nos golpea a todos, aunque sin duda se ensaña con unos más que con otros.

Seguramente, más de algún lector está pensando “Eso ya lo sé, no tiene nada nuevo”; “yo soy parte de uno o varios de esos grupos violentados”. No me extrañaría que, por tanto, la realidad lo haga cuestionarse ¿por qué se impulsó una actualización de la Política de Espacios Públicos, si ya había una vigente (COAMSS/OPAMSS, 2010) y en la realidad nada cambia? Y, ¿qué gano yo con un documento más?

En primer lugar, hay que notar que las respuestas de los 100 participantes hablan de “situaciones” que se dan en el espacio público, no de la construcción física de este. Experiencias negativas entre personas, experiencias abrumadoras, de angustia, desconfianza y miedo aparecen de manera repetitiva. Esto trata del uso del espacio y no solo del mismo espacio físico construido.

Precisamente, uno de los primeros logros de la nueva política es la ampliación de la definición de espacio público, que pasó de limitarse meramente como infraestructura tangible (parques y plazas), a incluir su forma intangible; es decir, el uso que hacemos de él. Esto abre una amplia gama de posibilidades para integrar espacios para el goce de la población. ¿Quién no ha disfrutado de un partido de fútbol en una calle? ¿Cuántos barrios han acompañado a un vecino en un funeral de un ser querido en el quiosco improvisado que se considera casa comunal? ¿Quién no ha disfrutado de una fiesta patronal en un predio polvoso y sin mobiliario? ¿Quién no hizo competencia de silbadores y cuetes en ríos y quebradas en sus navidades de infancia? A más de alguna de estas preguntas asentiremos, sin duda, usted, querido lector, y yo.

En segundo lugar, la nueva Política de Espacios Públicos no es una herramienta cuantitativa que busca enorgullecerse de números y áreas, sino un compromiso con una reflexión más profunda de lo que debería ser el “lugar de encuentro” entre ciudadanos, un espacio para facilitar y multiplicar el acceso de oportunidades para vivir mejor.

Para poder hacerse una mejor idea habrá que leer el documento entero, pero para Markowitz el eje detonador y urgente y de la nueva política es ­–palabras más, palabras menos– que el AMSS se convertirá en una metrópoli cuidadora no solo de sus habitantes, sino también de la naturaleza que alberga.

Impulsar espacios públicos que cuiden a la ciudadanía y al medioambiente deberá, pues, traducirse en aceras con árboles que refresquen, caminos en donde nadie se pierda, en donde sea posible transitar sin sentirnos intimidados. Una política como la actual buscará espacios públicos amplios e inclusivos, en donde se pueda ir de manera autónoma aun siendo menor de edad o anciano, ciego, sordo o haciendo uso de una silla de ruedas y sin importar la ropa que vistan. De igual forma, garantizará espacios en donde el no contar con dinero sea una prohibición para acceder a este.

Cuando la solución a la indeseada violencia se basa en combatir la violencia con violencia, lo que se consigue, sobre todo, es impulsar la inseguridad y el miedo, como una espiral viciosa, expansiva y sin fin. Por el contrario, promover que los municipios cuiden de sus habitantes significa crear una ciudad que acoge, no que expulsa o fuerza a la migración; una ciudad que acompaña, no que abandona; una ciudad que abraza, no que golpea; una ciudad que no es bipolar, sino que siempre cuida. Invertir en espacio público puede generar mayores beneficios para la sociedad que invertir en vigilancia, guardianes y armas, ya sea privados o públicos.

A través del espacio público, los gobiernos municipales tienen un gran poder en sus manos para mejorar la vida de las personas, especialmente la de los estratos más marginados. Y es que, aunque algunas corrientes de  pensamiento llaman a sacar de la pobreza a los “individuos” para avanzar hacia el desarrollo, es evidente que invertir en espacio público es una plataforma más efectiva, multiplicadora y sostenible para impulsar derechos y mejoras de la calidad de vida para la sociedad en su conjunto.  

Definitivamente, tener una política pública nos beneficia a nosotros como ciudadanos. Contar con un instrumento legal, con compromisos y responsabilidades, aceptadas y adquiridas por los 14 gobiernos locales del AMSS, nos otorga poder para exigir lo que en ella dice, y apoya a las municipalidades en concretar su labor de mejor modo. Aprovecho este espacio para invitar a los nuevos concejos municipales y equipos técnicos de las alcaldías a hacer uso de esta herramienta y apoyarse en ella para el período de gestión que recién comienza.

Sé que la medicina no actuará de forma inmediata y que el tratamiento de la bipolaridad de la capital salvadoreña requiere de un proceso largo de curación, pero la actualización de la Política Metropolitana de Espacios Públicos es, sin duda, un instrumento de gran valor para la construcción de una ciudad mejor para todas y todos.

Sofía Bonilla es urbanista. Arquitecta por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, Planificadora Urbana por la Universidad Técnica de Dortmund, Alemania. Actualmente es coordinadora del Laboratorio de Espacios públicos de Glasswing International.
 
Sofía Bonilla es urbanista. Arquitecta por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, Planificadora Urbana por la Universidad Técnica de Dortmund, Alemania. Actualmente es coordinadora del Laboratorio de Espacios públicos de Glasswing International.