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La pedagogía de las armas

Julián González

En El Salvador, la guerra se imaginó y se practicó en las escuelas. Los gobiernos del siglo XIX crearon una cultura política cimentada en el autoritarismo, la “revolución” de los caudillos, los golpes de Estado y las guerras. Si bien la currícula educativa se modificó con el paso de los años, la pedagogía de las armas fue semilla para pasar al terror a punta de fusiles, a los estados de sitio y la suspensión de las garantías constitucionales, a la persecución política, a la captura, tortura y desaparición de personas. Un gobierno autoritario siempre se sentirá más atraído por las armas que por la educación.

ElFaro.net / Publicado el 27 de Agosto de 2021

En mayo de 1889, el presidente Francisco Menéndez aprobó un nuevo reglamento de instrucción pública primaria y una de las novedades fue la asignatura Ejercicios militares, la cual sería obligatoria desde el primero hasta el sexto grado.

A inicios de 1890, Felipe Solano, quien fungía como inspector de instrucción pública de Cabañas y Chalatenango, recibió de parte del Gobierno, y específicamente para el departamento de Cabañas, 300 cuadernos de escritura y 200 de aritmética, 50 pliegos de papel secante, siete mapas de geografía universal y 21 mapas de El Salvador. Entre otros útiles, recibió también 50 rifles de madera que, seguramente, estaban destinados a la clase de ejercicios militares.

El Salvador del siglo XIX había creado una cultura política cimentada en el autoritarismo, la “revolución” de los caudillos, los golpes de Estado y las guerras. Las armas definieron una buena parte de la historia política de la República.

Tropas salvadoreñas en el Puerto de La Unión en 1875. Foto por Eadweard Muybridge. Library of Congress.
 
Tropas salvadoreñas en el Puerto de La Unión en 1875. Foto por Eadweard Muybridge. Library of Congress.

Con aquella asignatura, Ejercicios militares, el Gobierno de Menéndez abrió las puertas de las escuelas a la cultura política autoritaria y militarista. A decir verdad, gobiernos anteriores, como el de Gerardo Barrios o el de Santiago González, habían coqueteado con la instrucción militar en las escuelas, pero fue Menéndez quien la institucionalizó de forma inequívoca.  

Hasta donde se ha podido comprobar, a través de la revisión del Diario Oficial, la obligatoriedad de los ejercicios militares en las escuelas se conservó hasta los inicios de la década de 1910. El último reglamento revisado, y que establece dichos ejercicios, fue aprobado por el presidente Fernando Figueroa en septiembre de 1908.

A continuación se comentan dos textos sobre instrucción militar que se publicaron en el tiempo en que Francisco Gavida asumió la Dirección General de Educación Pública.

El 22 de febrero de 1896, tras la renuncia de Alberto Masferrer como director de la Dirección General de Educación Pública, cargo que recibió el 4 de febrero de 1895, el presidente Rafael Antonio Gutiérrez asignó a Gavida dicha responsabilidad. Gavidia redujo las asignaturas de 22 a 9 y los grados de 6 a 3. La asignatura número nueve se denominó Gimnasia y ejercicios militares.

En abril de aquel año (1896) Gavidia resucitó la revista La Nueva Enseñanza, una publicación que circuló entre 1887 y 1890, dirigida por los intelectuales colombianos (Víctor Dubarry, Francisco Gamboa, Justiniano Núñez y Marcial Cruz) que participaron en la reforma educativa durante el período presidencial de Francisco Menéndez. La primera lección de ejercicios militares en el nuevo número publicado por Gavidia inició así:

 

9.ª ASIGNATURA

LECCIONES DE TÁCTICA MILITAR

Para las escuelas de la República

Lección 1.ª

Definiciones

TÁCTICA MILITAR. — Es el arte de disponer, mover y emplear las tropas sobre el campo de batalla, con orden, rapidez y recíproca protección, combinándolas entre sí con arreglo á la naturaleza de sus armas y según las condiciones del terreno y disposiciones del enemigo. Es táctica particular la que trata de una sola arma.

El cuerpo del niño era concebido como el soldado de mañana, por tanto, el infante debía aprender el porte, el ritmo marcial y la noción de campo de batalla, preparar su cuerpo ante la idea de un arma, pensar en el terreno de combate e imaginar a un enemigo. Los estudiantes debían pensarse como un colectivo, ser la tropa de la nación y pelear contra sus enemigos.

En el número de mayo de 1896 de La Nueva Enseñanza se publicó el texto “Enseñanza cívica” (correspondiente a la asignatura que llevaba el mismo nombre), del francés Julio Steeg. En la segunda parte de aquel texto, intitulada “Deberes cívicos”, el autor afirmaba lo siguiente:

Al Estado debemos, no sólo nuestro dinero y nuestro tiempo, sino también nuestra vida, si es necesario. Precisa tener un ejército para defender el país contra las agresiones del extranjero; se le forma con todos los ciudadanos capaces de llevar las armas. Todo el mundo debe pagar este tributo á su país, pasando en las filas el tiempo que marque la ley. En esto consiste el servicio militar. Cuando se ama la patria con pasión no se sienten esos años pasados á la sombra de su bandera. A pesar de que en el ejército no se disfruta toda la libertad que podría apetecerse, más tarde se recuerda con alegría y orgullo el tiempo en que se vestía el uniforme.

Hay, por fin, un deber cívico, deber que sólo existe en los países libres, el que corresponde al derecho de votar, mediante el que todo ciudadano ejerce funciones de soberano, nombrando sus representantes. Su deber es no abstenerse nunca, sino votar con inteligencia, conciencia y libertad. Una de las mayores faltas que se pueden cometer es votar al acaso, por debilidad ó miedo, á riesgo de entregar el gobierno de la ciudad ó de todo el país á malhechores. Pero hay algo peor todavía, y es vender su sufragio por favores ó dinero. El ejercicio del derecho electoral es sagrado; hay que votar sin dejarse llevar de la deferencia; pero tampoco conviene dejarse influir por la intimidación ó la corrupción. Un buen ciudadano no debe inspirar sus votos más que en el patriotismo.

Desde el año 1880, el Gobierno de Rafael Zaldívar le había apostado a la instauración de la escuela laica. Sin embargo, el vacío dejado por la supresión de la doctrina cristiana en las escuelas fue colonizado por un nuevo tipo de creencias: la religiosidad cívica. En adelante, el niño debía ofrendar su vida al Estado y la forma por excelencia sería a través del servicio militar. Amar la patria era amar las armas, estar predispuesto a ir al campo de batalla. Por amor y servicio había que combatir a los enemigos (imaginarios). La escuela pública se convirtió en una institución que exaltaba la disciplina militar, la ritualidad soldadesca, el uso de las armas y la guerra como principio de acción o reacción por parte del Estado. La escuela era un llamado a ser soldado de la República.

Contrario al tono idealista con el que el francés Julio Steeg escribía acerca del servicio militar y del derecho al sufragio, en El Salvador del siglo XX la clase militar fue uno de los principales obstáculos para que el país entrara en un proceso de democratización, con elecciones libres, pluralidad de partidos políticos y verdadera alternancia en el poder.

De la pedagogía de las armas se pasó al terror a punta de fusiles, a los estados de sitio y la suspensión de las garantías constitucionales, a la persecución política, a la captura, tortura y desaparición de personas, a la guerra civil. Alzaron las armas en contra de los enemigos, imaginarios o reales, internos o externos. La guerra se imaginó y se practicó en las escuelas.

Páginas de La Nueva Enseñanza (abril 1896).
 
Páginas de La Nueva Enseñanza (abril 1896).


*Julián González es profesor de Historia y Filosofía de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.