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El Ágora

El Salvador, un cuarto lleno de huesos

Luego de una gira de cuatro meses por México con el Festival Ambulante, El cuarto de los huesos tuvo una presentación especial en San Salvador el pasado 21 de mayo, durante el Foro Centroamericano de Periodismo. Se trata del más reciente documental de Marcela Zamora, que da voz a las madres de desaparecidos que buscan un último consuelo en los antropólogos forenses del Instituto de Medicina Legal de El Salvador.

María Luz Nóchez

 
 

Madres que buscan a sus hijos desaparecidos en un país donde "desaparecido" ni siquiera es una figura legal. 20 cadáveres que mes a mes van a parar a fosas comunes, y podría decirse que porque nadie los reconoce. Pero también podría decirse que nadie los busca y también podría decirse que nadie los encuentra. Una unidad forense que carece de personal y presupuesto para cubrir la demanda impuesta por la espiral de violencia que les sobrepasa. Estos son los personajes que confluyen en El cuarto de los huesos, de la documentalista salvadoreña Marcela Zamora, estrenado en El Salvador hace una semana e inspirado en una crónica publicada en El Faro.

“Hay un conflicto entre dos burbujas que no se conectan. Esta es una realidad que a la gente no le interesa y que tiene la capacidad de no ver", explica Zamora. "Es el documental que más me ha costado filmar, editar y del cual todavía no me he sobrepuesto. Al final me apropié de la historia de estas madres y la sentí con ellas”, dice la directora, que lleva 12 años dedicada a la exploración del tema de la violencia.

La trayectoria de Zamora, de 34 años, siempre ha puesto en primera línea a las mujeres y su sufrimiento. En María en tierra de nadie (2010), su primer documental coproducido con El Faro, acompañó a un grupo de madres centroamericanas que viajaron a través de México en busca de sus hijos que desaparecieron en el camino mientras migraban en busca del “sueño americano”. También dirigió el Espejo roto (2014), que relata la convivencia con un grupo de niños y niñas en uno de los barrios más violentos de El Salvador. En 2014 estrenó La aradas, masacre en seis actos, un recuento inédito de sobrevivientes de la primera gran masacre a inicios de la guerra civil salvadoreña. Para El cuarto de los huesos se inspiró en El cuarto de los huesos está sobrepoblado, una crónica de Daniel Valencia, y en la serie fotográfica El último atuendo de los desaparecidos, de Fred Ramos, y decidió dar voz a algunas de las centenares de madres que a diario tienen como única tarea seguir las pistas de sus hijos desaparecidos.

Durante 60 minutos, los espectadores son testigos del retrato de la violencia en El Salvador, guiados por los antropólogos forenses del Instituto de Medicina Legal, que para los días de filmación (entre enero y abril de 2014) cada 30 días agregaban por lo menos una veintena de cadáveres de personas, en su mayoría hombres jóvenes, que fueron víctimas de la violencia entre pandillas.

Ese cuarto también esconde algo de historia de este país, pues allí están también los restos de quienes perecieron como resultado de la guerra civil entre 1980 y 1992. La violencia desbordada ha reunido, al azar, en este cuarto, las cajas y sobres de papel manila que contienen los huesos de víctimas y victimarios. No tienen nombre, ahí todos responden a un número, ahí no hay rivalidad entre pandillas, no hay territorios. Como piezas de museo, están ahí contando una historia de guerra en la posguerra. 

Las cámaras nos muestran que, como un conejo, los antropólogos forenses de Medicina Legal penetran en hoyos en la tierra. Las cámaras bajan hasta el fondo de esas cuevas para mostrarnos el esfuerzo por recuperar los restos de aquellos a los que el Estado les falló en su deber de protegerles. De ahí extraerán retazos de vidas humanas. Huesos a los que antes habrá que quitar los restos de carne y hervirlos en un caldero para tratar de averiguar la causa de muerte.

Entrar en este cuarto que almacena huesos de víctimas de la guerra y la posguerra obliga también al espectador a enfrentarse a la realidad de muchas madres salvadoreñas que buscan con denuedo los restos de sus familiares desaparecidos. Mujeres que muchas veces se enfrentan a la discriminación de las autoridades por la condición –y a veces pura sospecha– de pandilleros de sus hijos. Como reconoce una de ellas, el único consuelo frente al desdén al que se someten cada vez que preguntan sobre sus desaparecidos lo encuentran en la figura de un Dios consolador. Para ellas será, en última instancia, el encargado de hacer pagar por lo que han pasado sus hijos.

“Me pregunto adónde estará… Yo le pido a los responsables que sean sinceros y nos pidan perdón. Solo Dios es amor. Le he pedido que nos dé gran valor. Yo le pido a la Corte Suprema que trabaje por la humanidad. Que atiendan a todas las madres y que nos ayude a saber la verdad. Amnistía inmoral, fue traidora de la impunidad. [...] Nuestros hijos son lo más sagrado y son prisioneros de la impunidad”, canta una de las madres que ha decidido volcar parte de su duelo en la música.

“Mi documental no tiene rostros, tiene voces, porque estas mujeres corren el riesgo de que las maten”, dice la documentalista. Y es que además de llevar a cuestas la incertidumbre por desconocer el paradero de sus hijos, estas madres tienen que llevar su pena en silencio: no solo son víctimas de la violencia, además, deben convivir con ella. Dentro de su angustia, no obstante, hay unas pocas madres que logran un desenlace de cruel felicidad: tendrán una tumba a la que llevar flores, rezar y volver a llorar.

Zamora explicó que está previsto que el documental entre ahora a una etapa de giras internacionales, y durante esos meses no estará disponible para proyección en las salas de cine de El Salvador.

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