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El Ágora

La visita de los niños salvahondureños a Marte

Un grupo de niños que viven en los exbolsones, antes suelo salvadoreño y desde 1992 territorio hondureño, ha sacrificado horas de sueño para llegar hasta San Salvador y visitar el Museo de Arte, Marte. No saben qué van a encontrar, pero la sola idea de dar un vistazo a la capital del país del que tanto les han hablado sus padres los anima para soportar ocho horas de viaje, lluvia y lodo.

 
 

Tres de la mañana. Llueve como si el cielo tuviera una especial saña con esta tierra. Dos camiones grandes y desvencijados, de esos que se usan para transportar ganado, se llenan poco a poco de un grupo de niños y niñas uniformados. Estamos frente al centro escolar Hibueras, en Nahuaterique-centro, y ya va siendo hora de bajar de la montaña y atravesar el Paso del mono, la frontera de Honduras con El Salvador, para conocer el Marte.

Los niños y sus padres y sus maestros anticiparon el mal clima y se han procurado bolsas de nylon, gorras y paraguas. Mientras uno de los camiones espera a los últimos pasajeros, el primero arranca. Cuando por fin llegan los tardistas del segundo camión, son recibidos con abucheos. Y luego los niños gritan quizá con el mismo entusiasmo de aquellos que se atreven con una montaña rusa. Y vaya que el trayecto en picada lo asemeja. A nadie lo ponen de cabeza en este fin del mundo, con pendientes pronunciadas, laderas de infarto y curvas asesinas, pero tampoco hay garantías, salvo la pericia de los conductores, y las fuerzas de nuestras manos, que eviten que salgamos volando, con camión o sin camión, a los precipicios en el camino.

De tanto en tanto, todos nos aferramos a unos lazos dispuestos horizontalmente en la cama del camión, y de cuando en cuando vamos rebotando los unos con los otros. Y, sin embargo, aquí todo es risas. Agarrarse con mucha fuerza, sin que importen los callos, es obligación para no rebotar con los demás. La otra opción es aferrarse a la armazón del camión, pero de un lado está floja, y da la impresión de que apoyarse mucho significaría caer del vehículo en movimiento.

En este rincón del mundo, que otrora fue paso obligado para los miles de refugiados de la guerra civil salvadoreña, los trayectos son de piedra y de lodo, sobre todo durante el invierno, y están llenos de cráteres que toca esquivar para que el vehículo no quede estancado, o para que el peatón no se deslice y caiga. Toma alrededor de una hora llegar hasta la frontera y la lluvia, a medida que nos acercamos a El Salvador, cae cada vez más fuerte. Aquí no hay autobuses, y subirse a un camión, o la cama de un pick up (o caminar hasta que los pies aguanten) no tiene nada de extraordinario. Es el pan de cada día para quienes buscan las compras del mercado, el súper o la ropa en San Francisco Gotera, la ciudad salvadoreña más cercana. Todos estos niños hondureños, con todos estos padres (que se sienten salvadoreños) hoy viajarán, la mayoría por primera vez, mucho muy lejos del limbo fronterizo al que los condenó una resolución de La Haya en 1992.

En el Área Metropolitana de San Salvador (AMSS) hay salvadoreños que ni siquiera saben dónde queda el Museo de Arte de El Salvador, el Marte. A más de 200 kilómetros de distancia, hay niños que han decidido madrugar y enfrentarse a la lluvia para tener la oportunidad de conocerlo. Aunque, para ser justos, la emoción que desbordan tiene más que ver con dar un vistazo a la capital de ese país del que tanto le han hablado sus padres. No tienen una idea muy clara de qué alberga el museo, pero solo la promesa de un paseo a un territorio nuevo, desconocido e inexplorado fue excusa para bañarse con guacaladas de agua fría en una madrugada lluviosa en una zona con alturas por arriba de los mil 500 metros sobre el nivel del mar.

En los exbolsones que ahora pertenecen a Honduras todos están acostumbrados a las bajas temperaturas de la zona, a los lodazales que se forman con la lluvia y al subibaja que representa moverse por los caminos que unen Nahuaterique-centro con Las Aradas y Palo Verde, comunidades que hasta 1992 también pertenecieron a El Salvador. Las condiciones de vida, sin embargo, varían entre ellos, aun cuando la distancia es de 45 minutos a pie. Los más privilegiados en Nahuaterique-centro tienen energía eléctrica y hasta servicio de televisión por cable. A medida que uno se interna hacia Palo Verde, las luces se van desvaneciendo en una especie de fade out. Fuera de Nahuaterique-centro, buscando hacia El Salvador, no hay energía eléctrica. Desplazarse dentro de las casas implica auxiliarse del brillo de la pantalla del celular, una lámpara de baterías o una planta solar. Desde noviembre de 1992, Nahuaterique pertenece a territorio Hondureño. Pese al fallo de La Haya, sin embargo, sus habitantes viven en un limbo. Tienen doble nacionalidad, pero su ubicación es tan ambigua que ni siquiera Google maps la reconoce como destino, sino como una doble franja en donde abajo dice El Salvador y arriba Honduras.

Tres días antes de emprender la expedición a Marte, les pedimos a los niños que dibujaran cómo se imaginaban el museo y la ciudad. La escuela se tomó en serio la asignación y en lugar de darles solo una página en blanco para que echaran a volar su imaginación, les entregó una en formato de evaluación en donde, además de las generalidades (nombre, edad, grado), les pedían responder a las siguientes preguntas: ¿Qué esperan ver en el museo? ¿Cómo se imaginan la ciudad? Y por último les pedían que dibujaran lo que habían descrito anteriormente. No tienen mayor idea ni referencia de qué es un museo. Sobre sus expectativas de lo que se iban a encontrar luego de ocho horas de viaje, de los 90 niños que hicieron la prueba, la mayoría repondió que esperaba encontrar “cosas bonitas”, "cosas de la antigüedad", y haciendo uso de su imaginación dibujaron edificios de varios niveles, como la Torre Citi, algunos grises, otros de varios colores, rodeados de árboles e incluso una fuente. Hubo quien dibujó algo muy parecido al monumento al Salvador del mundo, otro que al interior del museo dibujó huesos y otro que dibujó el cuadro de un gato.

A las 5:15 de la mañana todos han pasado sin problema el chequeo en la frontera, a pesar de que los permisos de algunos niños están humedecidos por la tormenta que enfrentamos para "bajar" a El Salvador. La lluvia parece dar tregua el tiempo que dura el trámite y mientras algunos aprovechan para hacer pipí en los alrededores, otros piden permiso para usar el baño y el lavamanos. Los empleados ofrecen café para paliar las inclemencias del clima. Según el plan de los organizadores, habría dos buses esperando nuestra llegada para llevarnos hacia San Salvador. Debido a la lluvia, que ya lleva dos horas sin parar, el tramo es prácticamente lodo. Hasta acá, la calle aún no está pavimentada. Llegar hasta los buses implica un nuevo viaje en la montaña rusa, pero esta vez es más apretado, un solo camión llevará a toda la tripulación hasta Rancho Quemado, donde, así sea en mal estado, las calles ya son de asfalto. Apretados sobre la cama del camión, las bolsas y sombrillas tratan de formar una sola capa. La lluvia arrecia y ahora hay que hacer malabares para sujetarse de algo, o alguien, y cubrirse con una porción del nylon. 45 minutos después, y con los buses esperando frente a nosotros, cobijarse de la lluvia dejó de ser una prioridad. Todos se tiran del camión para correr entre los pequeños ríos de agua lluvia para lograr el mejor asiento, el mejor bus: uno es de la línea especial, es polarizado, con aire acondicionado, televisor y dvd integrado; el otro es un urbano común y corriente, la puerta trasera no cierra completamente y la ventana derecha del asiento del final tiene una gotera que filtra lluvia durante todo el recorrido.

Hibueras es un centro escolar de educación básica que alberga una población de 266 alumnos, desde primero a noveno grado. Está ubicado en Nahuaterique-centro, pero acoge alumnos que vienen desde Las Aradas y Palo Verde. No es que esta escuela tenga las mejores instalaciones de la zona, sino que es la única en siete kilómetros a la redonda. Quienes viven en estas comunidades tienen que caminar todos los días entre 45 minutos y una hora para llegar hasta su centro de estudios. Los contrastes en esta escuela son una ironía. Está conectada a un sistema nacional que le permite compartir información con el ministerio de educación de Honduras y los demás centros educativos de la región de manera trimestral. Todo está automatizado, y en cuestión de clics se obtiene información de los alumnos sobre su desempeño, número de ausencias y desertores. Gracias a ese sistema también tienen acceso a contenidos por unidad y exámenes. En lo digital, Hibueras no parece una escuela recluida en el limbo entre dos países tercermundistas, pero en el plano físico la realidad es otra.

Los recursos con los que cuenta Hibueras son limitados y no alcanzan para comprar inmobiliario adecuado. Los padres han apoyado mandando a hacer las sillas para que sus hijos reciban clase.

Los recursos con los que cuenta Hibueras son limitados y no alcanzan para comprar inmobiliario adecuado. Los padres han apoyado mandando a hacer las sillas para que sus hijos reciban clase.

Fuera del sistema, la realidad supera cualquier avance tecnológico. A la izquierda del centro de cómputo/biblioteca/secretaría/sala de maestros, hay tres salones en donde reciben clases los alumnos de primero a sexto grado de manera simultánea. La frontera que divide un grado de otro dentro de cada salón son las filas de pupitres que se dan la espalda y la decoración en las paredes con los dibujos y carteles realizados en cada materia. Para cuando llegamos, los niños habían sido despachados a sus casas. Si la lluvia azota mucho, el agua se mete a los salones tienen como tragaluz un enorme ventanal cerrado con barrotes. En uno de los salones, a la derecha, la pizarra da fe de la clase de Matemática que se impartió en la última hora; a la izquierda, las partes de una flor sobre la de Ciencias. Las maestras tienen que hacer duelo de voces para dar la clase, pero la mezcla de contenidos es inevitable. A pesar de todo esto, Marco Antonio Pérez, el director de la escuela, presume de que la suya es una de las pocas que no ha tenido desertores en lo que va del año.

Marco Antonio Pérez ronda los 40 años y es un rebelde en moto. O al menos se precia de cuidar esa apariencia. Alto, piel morena, se mueve con una chaqueta y botines de cuero. Mide aproximadamente 1.80 metros, usa chaqueta de cuero y botines complementarios a su apariencia de motociclista. Es hondureño y viaja todos los días desde Marcala, el municipio más cercano del lado de Honduras. Desde septiembre de 2010 le fue confiada la dirección de Hibueras. Bajo su gestión ha intentado remozar las instalaciones y darle más vida a la comunidad estudiantil con actividades extracurriculares. A falta de fondos, ha pedido apoyo a los padres de familia y así, por ejemplo, se logró reemplazar algunos pupitres viejos por sillas de madera financiadas por los padres de familia. También ha conseguido nueve computadoras de escritorio y conexión inalámbrica de internet para poner a funcionar un modesto centro de cómputo en la escuela. En su lucha por sacar adelante el centro escolar, se encontró con la Fundación para el Desarrollo Educativo Morazán en Acción (Fundemac), que en 2012 le propuso un proyecto de mejoramiento de la infraestructura. Pérez llevó la propuesta al ministro de educación de Honduras de ese entonces, Alejandro Ventura, quien rechazó la ayuda de la ONG salvadadoreña porque “se trata de una clara invasión extranjera”, recuerda Pérez que le dijo. Hasta donde han podido, Fundemac ha ayudado con la instalación de un huerto escolar y la capacitación de alumnos y maestros para cosechar alimentos que se utilicen para preparar el refrigerio.

Entre las actividades extracurriculares, Marco Antonio Pérez también ha sido el principal promotor de excursiones a campo. Luego de meses de reuniones con el consejo de padres de familia, en julio de 2015, logró llevar una excursión con 70 alumnos al casco histórico de Comayagua, antigua capital de Honduras. Ese mismo mes, Fundemac había llevado a los estudiantes del centro escolar Rancho Quemado, en territorio salvadoreño, a conocer Marte y en septiembre le propuso al director replicar la experiencia con los niños de Hibueras. Esta vez, a algunos padres de familia la noticia no les pareció tan buena idea. En agosto, El Salvador superó la tasa de homicidios de Honduras  y reportó un promedio de 14 asesinatos por día. Entre los padres de familia corrió el temor. En palabras de los papás, “San Salvador está bien peligroso. Los van a asaltar y a quemar en los buses”, recuerda Pérez que le dijeron.

Estela Amaya y su mamá han decidido no bajar del bus. Pasadas las 9 de la mañana, los buses han hecho una parada en una gasolinera en el desvío de San Miguel para que los pasajeros usen el baño y compren desayuno y comida para el camino. Está cerniendo y el cielo sigue gris. La fila del baño avanza lentamente y la de la tienda es tan larga que el vigilante ha decidido dejar entrar a la personas de cinco en cinco. Mientras algunos compran jugo, café, gaseosas, churros y galletas, Estela Amaya y su mamá comparten unos panes con crema.

El 25 de septiembre, a las 2:15 de la mañana, una alarma polifónica, como de videojuego de esos de antaño, se activó en la casa de la familia Amaya. El frío cala hondo, pero Estela, de 13 años, se está echando guacaladas de agua congelada. Sale a un patio de tierra compactada y rodeado de macetas de hortensias de distintos colores. Su baño no tiene paredes ni una cortina que le dé privacidad y está compuesto de un barril del que brota agua a chorros. Se baña de pies a cabeza en cuestión de cinco minutos, y mientras va de regreso al cuarto para cambiarse nsuelta un escueto "no", con meneo de cabeza incluido, cuando se le pregunta si tiene frío. Estela y María Cándida Amaya, su madre, viven en Palo Verde, que caminando, calculan, queda a 45 minutos a cuesta de Nahuaterique-centro. En la casa no tienen servicio de energía eléctrica ni agua potable. Para solventarlo recurren a la luz de las velas, una lámpara de baterías, la luz de la pantalla del celular... El agua que rebalsa en el barril que funciona como pila viene de una manguera que está conectada a una quebrada. Estela no quería que su mamá la acompañara en esta aventura y en su afán por evitarlo se había inventado que en el bus no había cupo.

Una vez que se oculta el sol, María Cándida Amaya y Estela tienen que turnarse el uso de la lámpara de baterías si quieren moverse de un lugar a otro. Después de vivir 33 años en la comunidad Palo Verde, dicen que el servicio de energía eléctrica no les hace falta.

Una vez que se oculta el sol, María Cándida Amaya y Estela tienen que turnarse el uso de la lámpara de baterías si quieren moverse de un lugar a otro. Después de vivir 33 años en la comunidad Palo Verde, dicen que el servicio de energía eléctrica no les hace falta. "Ya estamos acostumbradas a que cuando se pone oscuro nos encerramos", sentencia María Cándida. 

Estela tiene 13 años, pero pasa por una niña de nueve. No tiene televisor en su casa, pero dice que tampoco le hace falta. Los días los pasa entre la escuela, hacer tareas, ayudar a su mamá con las del hogar, y revisar las últimas publicaciones de sus amigos en Facebook o en enviar y recibir mensajes de texto en su celular. María Cándida Amaya, la mamá de Estela, es ama de casa y no tiene un ingreso fijo. El sustento de la casa lo provee su hijo, el hermano de Estela, quien trabaja como campesino en Arambala, El Salvador. María terminó adquiriendo la nacionalidad hondureña por huir de un país en guerra hace 33 años. Pero aunque el conflicto la obligó a dejar su hogar, no reniega de ser salvadoreña. “Nosotros nos pusimos a llorar con el fallo de La Haya”, dice resignada, y explica que posterior a la noticia de noviembre de 1992, regresaron al pueblo que habían abandonado, pero que ya no fue lo mismo. María Cándida estaba junto a su madre e hijos escuchando la radio cuando se enteraron. “No tenía trabajo y tenía que criar a mis tres hijos. Nos regresamos porque no tenía sentido estar sufriendo allá teniendo la milpa acá. Por lo menos sacábamos las tortillas”, agrega.

El paisaje de la Longitudinal del Norte no es precisamente variado. Casas, muros de tierra, árboles y curvas predominan hacia donde uno vea. Pero hay algunos que para los pasajeros vale la pena pararse del asiento para poder apreciarlos mejor, como la panorámica del Valle de Jiboa sobre una de las curvas y que perfila el volcán de San Vicente, el río Lempa y un accidente de tránsito que ha dejado un herido sobre el asfalto.

Cuando Estela se enteró de la posibilidad de visitar Marte se anotó en la lista sin pensar siquiera en si su mamá pondría alguna objeción. Lo más lejos que había llegado en su vida era San Francisco Gotera, un pueblo que pasamos hace dos horas. La noche anterior, ante la expectativa de lo que podría hacer una vez en San Salvador, Estela bromea con el director sobre dónde van a almorzar: “Ya te dije que vamos a ir a comer al Wendy’s”, le dice Marco Antonio Pérez. Estela ríe en complicidad. “Prepará las tortillas en una manta que nos vamos a ir a sentar a las mesas y eso vamos a almorzar”, remata el director.

Cuando por fin, después de cinco horas de viaje en bus, entramos a San Salvador, la lluvia persiste. Son las 11 de la mañana y el encuentro es con el tráfico de Soyapango. Plaza Mundo, la estación del Sitramms, líneas de carros esperando pasar. No parecen muy impresionados. Algunos siguen durmiendo, otros platican entre ellos, ajenos a lo que pasa a su alrededor, y otros señalan elementos del paisaje citadino como recordando lo que vieron en clase: un semáforo, una pasarela (un paso a desnivel). Atravesamos el bulevar del ejército, seguido del bulevar Arturo Castellanos para incorporarnos a la Avenida Manuel Enrique Araujo y luego a la Avenida Revolución. Algunos asoman por la ventana, pero como quien busca aire en su desesperación por salir ya del bus.

Llegar a Marte desde Hibueras toma ocho horas: tres en camión hasta llegar a la frontera, cinco más en bus para llegar hasta el parqueo del museo. Todas bajo la lluvia. Para los 110 niños que conformaban la excursión, todo eso fue una insignificancia, parte del viaje. Los zapatos, calcetas, calcetines y pantalones húmedos y salpicados fueron una preocupación que la dejaron en el bus. De camino, algunos aprovechan la lluvia para sacar su mano por la ventana, coger un poco en su mano y limpiar sus zapatos. Cuando el bus termina de estacionarse, todos se paran aliviados de poder estirar las piernas. No les queda mucho tiempo para explorar, son las 11:30 a.m. y tienen que formarse en fila india para entrar al museo.

Luego de recibir tres horas seguidas de lluvia sobre un camión, los niños pasan su proceso de secado sentados cinco horas en un bus, una hora y media de recorrido en el museo, y nueve horas más de regreso hacia Nahuaterique.

Luego de recibir tres horas seguidas de lluvia sobre un camión, los niños pasan su proceso de secado sentados cinco horas en un bus, una hora y media de recorrido en el museo, y nueve horas más de regreso hacia Nahuaterique.

El Marte recibe a los niños con un sándwich y un jugo de naranja, a los papás y maestros con café y galletas. Los divide en cuatro grupos e inicia el recorrido por la exposición “Al compás del tiempo”. Ellos no lo saben, pero su llegada a Marte se planificó desde otro lugar del que tampoco tienen referencias: Londres, Inglaterra. Desde allá, Nicolás Opinsky, el financista del fondo “Vamos al Museo” aportó 2 mil dólares para que esta visita fuera posible. 

La visita dura una hora y media y los grupos se detienen a observar cuatro piezas por sala. El guía la explica, les hace preguntas sobre lo que ven en ella, desarrolla la actividad descrita en el folleto que les entregaron al iniciar el recorrido y se mueve a la siguiente. Un grupo inicia en la sala 4, arte contemporáneo, y la primera pieza que les presentan es el Sputnick Ice, del artista salvadoreño Simón Vega. Se trata de una cápsula espacial elaborada de materiales reciclados. Los niños la recorren en círculo y a más de alguno lo que le dan ganas de meterse en ella. La guía les hace notar que pueden acercarse todo lo que quieran sin sobrepasar la línea gris marcada en el suelo. Entre pieza y pieza, y cambio de sala, algunos aprovechan para detenerse algunos segundos y tomar una foto con el celular a las que más les han llamado la atención, pero no leen la cédula. La maestra frustra algunos intentos y los exhorta a no separarse del grupo. Al hacer la transición antes de entrar a la sala 3, "El impacto del conflicto armado", les presentan la escultura en hierro de José Simeón Cañas, del escultor salvadoreño Rubén Martínez, y les piden que posen igual que él: pies hacia atrás, la derecha hacia arriba, como pidiendo auxilio. Al menos un par recoge una de las piedrecillas blancas que sirven de cama a la escultura como recuerdo.

Niños del centro escolar Hibueras observan con detenimiento los materiales reciclados que utilizó el artista para construir su cápsula espacial.

Niños del centro escolar Hibueras observan con detenimiento los materiales reciclados que utilizó el artista para construir su cápsula espacial.

Antes de despedirse, todos pasan al lobby del antiguo auditórium del museo para pintar con crayolas, acrílico y pinceles. El tema es libre, no tiene nada que ver con lo que acaban de conocer. Algunos pintan círculos, otros árboles con frutas que, según el color, parecen ser manzanas. Hay quienes incluso utilizan la página para retratarse. Esta es la única actividad en la que participan casi exclusivamente los niños. Los únicos adultos que se suman a la dinámica: Marco Antonio Pérez, el director, y dos maestros más. Las mamás que descansan en las sillas después del recorrido también están asombradas. No saben describir lo que vieron, aunque hubo una que les recordó lo que hace algún tiempo vivieron. De todo el recorrido, Benigna García, 35 años, se lleva la imagen del "Sumpul" del pintor salvadoreño Carlos Cañas, un homenaje a los campesinos, hombres, mujeres y niños masacrados (más de 300) por soldados salvadoreños y hondureños a las orillas del río Sumupl, fronterizo con Honduras, en la zona norte de El Salvador. "Me hizo recordarme de una parte de mi vida", dice ella Benigna. Ella vive en Las Aradas, a una hora de Hibueras. Su plan para este día era acompañar a sus hijos, Iris y Meylin, hasta Rancho Quemado. Ahí se bajaría del bus para visitar a su prima. Mientras platicábamos en el camino decidió hacer el viaje completo y aunque según ella "no estaba vestida" para la ocasión, regresó satisfecha con el recorrido: "imagínese lo que me iba a perder", concluye. 

A la 1:45 p.m. todos recogen las obras de arte pintadas por ellos y regresan al salón Ernesto Álvarez para el discurso de despedida y la foto de registro. Es momento de regresar al bus. Parecen aliviados de que todo haya terminado, aunque las ocho horas que les tomará regresar no son un consuelo. No sabían qué iban a encontrar y después de una hora y media tampoco lo pueden definir. “Todo estaba bien bonito”, “pueden dibujar mucho ahí”, “me gustaron las pinturas”, “lo que más me gustó fue hacer los dibujos”, dicen al ser interrogados sobre qué les pareció la visita. De regreso ya no hay lluvia, y tampoco hay tiempo de pasar por un Wendy’s para degustar unas ricas tortillas. Pasarán unas cuatro horas de nuevo en el bus hasta llegar a San Miguel y comprar un almuerzo, o la versión que cada uno tenga de él, en la misma gasolinera en que desayunaron.

Para finalizar el recorrido, los guías del museo piden a los niños que, usando acrílico, crayolas y un pincel dibujen el lugar desde el que han venido.

Para finalizar el recorrido, los guías del museo piden a los niños que, usando acrílico, crayolas y un pincel dibujen el lugar desde el que han venido.

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