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El Salvador / Violencia
Greta y las mujeres del Penalito

Durante una semana, las bartolinas policiales de San Salvador, se abarrotaron con las personas capturadas durante los primeros días del Régimen de Excepción. Llegó a haber 600 personas a la vez. Afuera, se creó un micromundo, casi enteramente femenino, buscando obtener alguna información o pagando un plato de comida para los detenidos. Este es un relato sobre esa muchedumbre que se agolpó afuera del 'Penalito'. 

Carlos Barrera

Fecha inválida
Carlos Martínez

Cuando Greta vio llegar un autobús lleno de personas detenidas, supo que tenía que ir de inmediato a Wallmart.

Era domingo 27 de marzo, y las primeras personas capturadas bajo el régimen de excepción ya se contaban por cientos. La mayor parte de capturas se hizo en los departamentos donde el repunte de asesinatos de ese fin de semana fue más sensible: San Salvador y La Libertad. Todos los arrestados en esos departamentos durante esa primera jornada –y durante los días venideros– fueron trasladados a las bartolinas policiales de San Salvador, en la sede de la Sección de Servicios Extraordinarios, mejor conocida como El Penalito. Y Greta, cuyo negocio consiste en alimentar a los habitantes de las bartolinas, temió que si no fortalecía su reserva de alimentos naufragaría en el caos. El tiempo le daría la razón.

Durante una semana, las bartolinas de la PNC conocidas como El Penalito lucieron abarrotadas por personas que trataban de encontrar a alguno de sus familiares detenidos durante los primeros días del Estado de Excepción decretado por la Asamblea Legislativa. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Durante una semana, las bartolinas de la PNC conocidas como El Penalito lucieron abarrotadas por personas que trataban de encontrar a alguno de sus familiares detenidos durante los primeros días del Estado de Excepción decretado por la Asamblea Legislativa. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Es una mujer delgada y nerviosa, que corretea sin parar dentro de una oficinita atiborrada de rollos de papel higiénico, sandalias, boxers, camisetas y artículos de limpieza personal. Se decora el rostro con un maquillaje despampanante y felino que va a tono con su personalidad extrovertida. Hace cuatro años ganó una licitación pública y su negocio se convirtió en el único autorizado para vender comida a los familiares de los detenidos.

La Policía no cuenta con presupuesto para alimentar a los capturados, de manera que si nadie va al negocio de Greta a pagar por la comida del interno, ese interno no come. A esas personas, huérfanas de un plato caliente con el que espantar las penas, se les conoce en el argot carcelario como “rusos”.

La primera vez que la vi en acción fue el miércoles 30 de marzo, pero no me atreví a acercarme. Su oficina era un reactor nuclear: cientos de mujeres, jóvenes, mayores, solitarias y en grupos, se agolpaban frente al Penalito, mendigando en la única ventanilla de atención alguna información sobre los suyos: señoras que buscaban a sus hijos, hijas que buscaban a sus padres, chicas jóvenes a montones preguntando por sus parejas. Aquel era un territorio casi enteramente femenino: si un varón asomaba, solía ser un niño de la mano de una mujer, o escasos ancianos desorientados que intentaban seguir el ritmo del tumulto.

Cuando por fin conseguían confirmar que la persona a la que buscaban estaba en esas bartolinas, se atravesaban la calle e iban a pagarle a Greta un plato de comida. Para el miércoles, los detenidos habían pasado muy rápido de cientos a miles, y las mujeres no paraban de llegar y de agolparse frente al enrejado de la oficinita. Al ver periodistas, algunas vociferaban sus quejas: “Nos dicen que no quieren abogados particulares”, o “No me quieren decir ninguna información”, y las demás las secundaban a grito pelado. Otras nos veían con ojos huraños y se cubrían el rostro casi por instinto antes de escurrirse entre la multitud. Pero algo tenían en común: todas, o al menos todas con las que conversé, defendían la inocencia de los suyos, algunas con una enjundia y unas historias muy creíbles y otras, digamos, con una convicción muy poco vitaminada.

Una mujer compartía un plato de pollo frito con su hija de tres años. Dijo que estaba llegando a su casa, en la colonia San José del Pino, en Santa Tecla, cuando ella y su pareja fueron detenidos por los soldados. Iban a llevárselos a los dos, pero no supieron qué hacer con la niña, así que sólo se lo llevaron a él. Me mostró una colección de documentos que intentó enseñarle al policía de la ventanilla: papeles en los que constaba que él tenía un empleo formal, con carta de recomendación del jefe incluida, y una solvencia de antecedentes penales, pero el policía no quiso verlos. Aun así, ella estaba convencida de que si esperaba un poco, las autoridades se darían cuenta de que habían cometido un error y él saldría por el oscuro portón del Penalito de un momento a otro. Tenía tres días esperando.

A pesar de los traslados de El Penalito a Izaco fase 1 algunas mujeres permanecían a las afueras de las bartolinas esperando a recibir información de su familiar detenido, algunas de ellas llevaban una semana completa yendo al lugar para poder brindar alimentos a los detenidos. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
A pesar de los traslados de El Penalito a Izaco fase 1 algunas mujeres permanecían a las afueras de las bartolinas esperando a recibir información de su familiar detenido, algunas de ellas llevaban una semana completa yendo al lugar para poder brindar alimentos a los detenidos. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Otra llevaba también un fólder lleno de documentos. Su marido, dijo, es músico y el sábado por la noche, él le anunció su intención de reunirse con unos amigos en el bar Willy’s, sobre la alameda Juan Pablo II. A ella le pareció una idea estúpida, porque aquel sábado 26 de marzo fue una jornada sangrienta y sobre la capital flotaba un ambiente oscuro, sin mencionar que el presidente Nayib Bukele había ordenado ya a sus diputados que aprobaran un Régimen de Excepción. Pero a él no le importó: le prometió no beberse ni una cerveza y se largó. Esa noche fue detenido durante una redada policial en el Willy’s. Cuando la conocí, ella le había pagado, de muy mala gana, un plato de comida, y llevaba ese ramillete de papeles que probaban que él tenía un clavo metálico expuesto en la pierna derecha, recuerdo de un accidente de motocicleta que tuvo meses atrás, mientras conducía borracho. Deseaba, me dijo, que su marido saliera libre pronto para darle una patada en su pie herido.

Una señora estaba indignada con la presencia de periodistas y nos abominaba sin muchos distingos, aunque reservaba su desprecio más ardiente para aquellos que llevaban una cámara de fotos o de video a cuestas. Se negó a dirigirnos la palabra y nuestra presencia le hacía saltar el reflejo de taparse el rostro y darnos la espalda mientras mascullaba algún vilipendio. Hasta que llegó un vehículo de Medicina Legal. Su hijo estaba dentro y aquel carro la llenó de pánico; entonces su relación con nosotros cambió: “Periodista, periodista, si dice que es periodista vaya a preguntar por qué vino Medicina Legal, vaya a preguntar, ahí está el carro, ve, y no nos dicen nada, vaya a preguntar, periodista”. Y se volvía a tapar el rostro con su toalla. Fui a preguntar y volví con la respuesta, pero otra mujer, al parecer con más experiencia en estas vueltas,  estaba ya tranquilizando a las demás: “Es normal que llegue Medicina Legal, antes de procesarlos los revisan siempre”. Y entonces aquella señora –ya saciada su duda– no quiso ni escuchar mi explicación, que era la misma, y se alejó echándome miradas mortales tras su toalla protectora.

La mujer de las explicaciones supo que se había delatado, luciendo tan ducha en estos procedimientos, y sin necesidad de preguntas me aclaró el asunto: “Mi marido tuvo un problema con la ley en el pasado, pero él ya pagó lo que debía, y nunca ha estado en una pandilla. Estábamos comprando tacos el sábado en Plaza Mundo cuando lo arrestaron. Me dijeron que lo iban a acusar por agrupaciones, así, porque sí”, y se fue a poner al final de la cola de mujeres que esperaban su turno para pagar un plato de comida en la oficinita de Greta.

Cada cierto tiempo llegaba una patrulla de policías y bajaban a un nuevo grupo de detenidos. Así, en todo el país, llegaron aquel miércoles a sumar 1,800 personas. Que rápidamente pasarían de 2,000 y de 3,000 y de 4,000 y de 5,000. Todos ellos, ha asegurado el presidente Bukele hasta la saciedad, son pandilleros o colaboradores de pandilleros y, todos –ha llegado a prometer–, pasarán los siguientes 30 años de su vida en una prisión. La misma Policía se ha animado también a dictar sentencias muy precisas desde Twitter: cada día, desde que inició el Régimen de Excepción, suben fotografías de detenidos y anuncian su condena: “estos sujetos son acusados de agrupaciones ilícitas, delito por el que pasarán tras las rejas 30 años”, así, en caliente, el equipo encargado de redes de la Policía dicta sentencias como una ametralladora. A veces condena por 20 años, otras por 25. En otras ocasiones, decide ponerse severo: anuncia que tal persona es “palabrero” de alguna pandilla –usualmente de la MS-13– y acto seguido le receta 45 años de cárcel. A pesar de que la PNC no es juez, puede que no esté tan perdida: El año pasado, Bukele ordenó la destitución de jueces que le resultaban incómodos y ha promovido recientemente la idea de que aquellos juzgadores que no dicten sentencias según su gusto, deberán ser removidos de sus cargos e investigados por la Fiscalía.

Para el lunes 4 de abril, la Policía ya reportaba la captura de 5,747 personas y varios colegas llegamos al Penalito esperando encontrar un pandemonio de mujeres buscando información y comprándole comida a Greta. Pero no. El grupo de mujeres de aquel lunes no llegaba a 20. Unas cuantas hacían fila frente a la ventanilla de atención y otras pocas hacían cola frente a la oficinita.

Después de más de una semana de detenciones debido a Estado de Excepción, los alrededores de las bartolinas de la PNC conocidas como El Penalito lucían con menos afluencia de personas debido al traslado de los capturados hacia el penal de Izalco Fase 1. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Después de más de una semana de detenciones debido a Estado de Excepción, los alrededores de las bartolinas de la PNC conocidas como El Penalito lucían con menos afluencia de personas debido al traslado de los capturados hacia el penal de Izalco Fase 1. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Una señora muy pequeña esperaba su turno frente a la ventanilla de atención. Cuando consiguió ser escuchada por el policía, se asomó como pudo y escuchó que su hijo no estaba ahí, que se regresara a la delegación policial de la zona en la que fue detenido. Al lado de aquella ventanilla, la Policía ha pegado un sermón: “Padres y madres, eduquemos a nuestros hijos para no tener la pena de andar de bartolina en bartolina y de penal en penal en donde otros tratarán de adaptarlos a la vida que ustedes no pudieron hacer. Si justificamos sus malos actos ambos sufrirán y también las personas víctimas de ellos”.

Un oficial de Policía particularmente amable me explicó con alivio que en esas bartolinas ya no se recibirán a los detenidos de los departamentos de La Libertad y San Salvador, sino sólo a los detenidos del municipio capital. A fin de descentralizar los lugares de detención y de evitar caos dentro y fuera de las bartolinas, desde ese día cada delegación tendrá que lidiar con sus propios capturados. Aquel lunes, había sólo seis personas detenidas por sospechas de ser pandilleros. Aunque llegó a haber 600 a la vez. “No están adecuadas las instalaciones para tantos”, me confesó. Cuando se acumulaban demasiados internos, las autoridades trasladaban al penal de Izalco Fase 1, a los hombres; y al de Ilopango, a las mujeres. El último traslado había sido el día anterior, así que en las bartolinas solo estaba la pesca del día. Cuando pregunté su nombre al policía lo pensó un poco y me contestó: “El jefe”.

Ante la ausencia de caos, decidí probar suerte con las mujeres que hacían fila para pagar comida, pero resultó que aquel día conocería a Greta, que salió de su enrejado hecha una furia, a espantarme como a un perro. “¿¡Y por qué todos los periodistas solo vienen a tomar fotos aquí?, ¿Acaso no hay más comedores!?”, a gritos. “Señora, será tal vez porque en ese rótulo pone que este es el único comedor autorizado para vender comida a los internos, y además yo no tomo fotos”. Pero mi excusa no surtió efecto: “¿Y por qué sólo cosas malas dicen, y no dicen que yo hago donaciones de comida y que yo les regalo mascarillas a los internos y que hasta un ventilador he donado?”, “No sé, señora, yo no he escrito nada sobre usted, nunca, y no sabía esas cosas porque usted no me las había dicho”. Una de las mujeres de la cola comenzó a impacientarse y a lanzarme miradas malignas. “¡Yo se lo digo a uno para que oigan todos!”, siguió Greta, mirando sin disimulo a un fotógrafo de la agencia Magnum, que llevaba su cámara colgada del cuello y que creyó haber pasado desapercibido. La mujer de la fila lanzaba sonoros suspiros y entornaba los ojos para que Greta notara su desespero. “Mire qué regañada me ha dado, si quiere platicamos después y le explico lo que estoy haciendo, pero ahorita están esperando ellas y…”. Greta se metió a su oficina y redujo mi existencia a una mirada de esas que advierten.

Una chica llevaba el espanto en la cara. Era menuda y frágil, con unos redondos y negros ojos de niña. Parecía ser muy novata en estos asuntos. Tenía 22 años recién cumplidos y una bebé de poco más de un año en brazos. El padre de la niña era uno de los seis detenidos que aguardaban al interior del Penalito. La Policía botó su puerta y sacó a rastras al muchacho. Y ahora habitaba el desamparo, sin saber qué se esperaba de ella. ¿Su pareja estaba relacionada con pandillas? Y negó con timidez, moviendo la cabeza, sin despegar los ojos del suelo. Entonces, el rostro se le descompuso en un puchero, como una niña asustada y lloró en silencio, avergonzada. La bebé miraba a su madre y con el dedo índice siguió por su cara el recorrido de una lágrima.

“¡Venga pues!”. Era Greta llamándome y yo me vi venir otra regañiza en público. Pero no, me hizo pasar a su oficina y me ofreció un asiento. Entonces, me contó que lo que tiene se lo ha ganado a pulso: “Compare, compare mi comida con la de los otros puestos” y me mostró con orgullo una foto del menú de ese día: una ensalada verde acompañada de arroz y una generosa porción de picadillo de carne de soya con pollo. Y es que, claro, Greta no va al mercado, sino a Wallmart, donde le garantizan, dice, que la comida sea de la mejor calidad. Al ganar la licitación, alquiló un local cerca y lo adaptó para convertirlo en cocina y en ella batallan nueve empleados. De forma que cuando el sábado 26 vio llegar ese autobús lleno de capturados, supo que al día siguiente tendría a un contingente de mujeres haciendo cola para alimentar a sus hombres. Y supo también que debía correr a Wallmart. 

“¡Le hemos hecho huevos para salir con todo!, mírela a ella: aquí en la oficina ha dormido”, una mujer con ojeras como antifaces se había quedado dormida sobre un escritorio, y abrió un ojo solo para imitar una sonrisa y seguir profunda. Debido al incremento en los costos de básicamente todo, Greta tuvo que subir el precio de sus platos hasta $2.50. El jefe de la delegación le ha pedido que baje un poco los precios, pero a ella no le salen las cuentas.

$2.50 parece poco, pero a una señora le arrestaron a sus dos hijos en un puesto del Mercado Central y, si quiere alimentarlos los tres tiempos a ambos, debe pagar 15 dólares diarios, que en 15 días se convertirán en $225. Para la economía doméstica de la mayor parte de salvadoreños, aquello es una fortuna. Y eso cuando el detenido tiene quién por él. De lo contrario, el menú es la nada. Cuando sobra comida, Greta la empaca y la dona a los “rusos”. Por eso, algunas mujeres prefieren que a los suyos los trasladen a una cárcel, donde al menos tendrán dos tiempos de comida, con un menú muy específico, dictado por el mismísimo presidente: dos tiempos, cada uno con dos tortillas delgadas y un cucharonazo de frijoles. Pero al menos es comida gratis. A menos, claro, que Bukele cumpla un juramento que hizo ante dios y ante más de mil soldados, a los que dio un discurso antes de incorporarlos a labores de seguridad pública ese mismo lunes 4 de abril: juró que si las pandillas seguían matando, eliminaría totalmente la comida en las cárceles de pandillas, y no les serviría “ni un arroz”. Para colmo de males, no estaría Greta para donar sobras a tanto ruso.

Antes de que los capturados del Penalito fueran trasladados a Izalco, sus familiares habían pagado ya varios tiempos de comida, pero Greta, consciente, tiene servicio de devoluciones, pero eso amenazaba con desbordarla: vi un gran recipiente de plástico transparente, lleno de recibos de devoluciones. “¿Todo lo que hay en ese cumbo, Greta, son tiquetes de devoluciones?”. “Tres cumbos de esos tengo”.

Al día siguiente, el Gobierno anunció que la cifra de capturados se había incrementado a 6,312, y para el viernes 8 de abril anunciaba ya más de 8,000, en 13 días de Régimen de Excepción. Durante la operación Mano Dura, lanzada en 2003 por el presidente Francisco Flores, se capturó a 19,000 presuntos pandilleros en un año.

Así que Greta tiene comensales asegurados para rato. Nos dimos la mano y me hizo una última petición: “No vaya a poner mi nombre de verdad, búsquese uno que a usted le parezca lindo y así póngame”. Dicho y hecho.

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