“El Óscar lo guardé por muchos años en un clóset”

Diego Murcia / Fotos de Luis Velásquez

 
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Andrés Guttfreund puede jactarse de ser el único salvadoreño en tener un Óscar sobre su escritorio o junto a la chimenea, al que le cuelga escapularios para que no luzca tan ostentoso ante los ojos de los visitantes que llegan a su casa. Hijo de judíos que hicieron fortuna como comerciantes en El Salvador, en aquellos años en que en Alemania empezaba a crecer el fuego del nazismo, Guttfreund representa al salvadoreño que desea ver a su nostálgica patria como cuna de arte. Una cuna que no se deja arrullar por su propia resistencia a lo nuevo y a lo desconocido. Pese a estos desánimos, él quiere hacer crecer a la industria nacional del cine produciendo largometrajes y hasta sueña con traer al actor nominado al Óscar por mejor actor Viggo Mortensen. En su vida relacionada con las artes escénicas ha tenido el privilegio de trabajar con leyendas como Lawrence Olivier y Roberto Rossellini. Y es esa experiencia la que quizás le da más autoridad y seguridad para expresar su sueño: que este país pueda llegar a producir entre siete y nueve películas buenas al año. Solo entonces, dice, se podrá hablar de una época de oro del cine salvadoreño.

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