Quizá los adjetivos con que se ha venido anunciando “Avatar” han sido demasiado sublimes, y han despertado expectativas desproporcionadas y provocado reacciones injustas, tanto en positivo como en negativo. El mismo nombre del director ya viene cargado. James “Titanic” Cameron es, sin lugar a dudas, el hijo mejor desarrollado del cine comercial de Hollywood. Su mejor cualidad es no pretender otra cosa que armar y poner a funcionar efectivas maquinarias de entretenimiento, que rinden sus frutos en la taquilla —aún no se supera la recaudación final de “Titanic”— y esto hace que los señores del dinero no duden —ni en tiempos de crisis— darle el mayor presupuesto jamás soñado en las colinas californianas. Su peor debilidad es ese tufillo a cursi y melodrama que le impregna a sus historias de amor, siempre predecibles y acarameladas, con el final conmovedor que aman los estadounidenses, y por lo tanto, que ha aprendido a amar gran parte de la población cinéfila del mundo.
“Avatar” es entretenimiento puro, y este es un mérito que solo le podría descontar alguien que no gusta de sentarse en las butacas muy a menudo. Es también un portentoso ejemplo del cine cásico, y en este punto empiezo a cuestionar los adjetivos promocionales. “Avatar” no pretende ni podría revolucionar nada, ni marcar un antes ni un después. “Avatar” sigue un camino bien señalizado por la historia del cine de aventuras, con esos guiños de lo épico y de lo bélico que siempre aderezan a la perfección el tono grandilocuente buscado para una película como esta.
Los principales tópicos del guión son tratados sin originalidad pero con respeto. El encuentro de dos mundos echa mano, por ejemplo, de “Danza con Lobos”, vemos el discurso del ecologismo new age de “El señor de los anillos” —hasta de “Pocahontas” (sic)— y para ilustrar la maldad imperialista recurre a “Starwars” y hasta a “Apocalypse Now”, por citar los ejemplos comerciales más emblemáticos y obvios. Lo bueno es que Cameron es honesto en todo momento, y no es casualidad que los “aborígenes” extraterrestres utilicen arcos, flechas, trenzas y que dancen con los espíritus del bosque; tampoco que la operación para incendiar el gran árbol de la vida se llame “Valquiria”, tal como la música que suena en la escena del espectacular incendio en la obra de Coppola; tampoco es gratuita la presencia de Sigourney Weaver, experta cinematográfica sin par en la vida alienígena.
Se habló mucho de la tecnología que hizo posible esta película, y sí, visualmente es un espectáculo sin fisuras —quizá sobrado de entusiasmo en algunos diseños—, sin embargo, el cine no es solo tecnología, y a estas alturas cuesta distinguir dónde están todos esos millones de dólares, y estamos claros de que si algo se supera cada año en la historia reciente del séptimo arte es la tecnología.
El arte del cine comercial es saber combinar todo lo mencionado y saber armar secuencias de acción cuya dificultad despierta emociones, aprovechar sin abusos el recurso del 3D y proponer una galería de personajes y escenarios que enriquecen y estimulan la imaginación.
El guión para Cameron no es el requisito que más le angustia llenar. Hace sus propios guiones en función de cómo visualiza contarlo, porque él es un maestro de la forma, no del contenido. De ahí que encontremos tanto lugar común, que los diálogos abunden en brillo pero carezcan de oro. Sobresale su intento de acuñar otra frase de amor como “Si saltas, yo salto”, pero a este “Te miro, me miras” no le auguro mucho impacto, a menos que esté sobreestimando la sensibilidad de las nuevas generaciones. Tampoco se preocupa por dar muchas explicaciones científicas a los hechos desencadenantes, sabe que no está haciendo ciencia ficción, sabe que si nos da acción no pedimos razones.
Con los personajes, que responden al guión, tampoco hay mucho que elogiar, aunque tampoco que reclamar. La selección de actores fue bastante atinada: nos deja ver un prometedor Sam Worthington, que como el soldado Jake Sully hace crecer correctamente su personaje; Weaver, como la doctora Grace Augustine, se apropia de la empatía y funge como conciencia de la película; Stephen Lang, como el coronel Quaritch, se gana el odio con su perfecta representación del neurótico y sediento de destrucción militar estadounidense. Aún es difícil calificar las actuaciones intervenidas por las computadoras, pero la intuición me hace inclinarme por destacar a Zoë Saldana (Neytiri) y Wes Studi (Eytukan).
“Avatar” es una película que merece ser vista, es una buena muestra de que el cine comercial puede servir para contar fábulas sencillas de manera espectacular, sin perder de vista que su único objetivo es entretener. Eso de salvar el mundo y cambiar vidas dejémoselo a otros, que para nuestra suerte, aún existen por ahí.
| Dirección y guión: | James Cameron |
| País: | EUA |
| Año: | 2009 |
| Duración: | 162 minutos |
| Elenco: | Sam Worthington (Jake Sully), Zoë Saldana (Neytiri), Sigourney Weaver (doctora Grace Augustine), Michelle Rodríguez (Trudy), Giovanni Ribisi (Selfridge), Wes Studi (Eytukan), Stephen Lang (coronel Quaritch) |
| Producción: | James Cameron, Jon Landau y Rae Sanchini |
| Música: | James Horner |
| Montaje: | James Cameron, John Refoua y Stephen Rivkin |
| Vestuario: | Mayes C. Rubeo y Deborah Lynn Scott |
| Fotografía: | Mauro Fiore |
